Paternidad

Un recordatorio para los padres en el día de los padres

Por: Sugel Michelén
Fuente: Coalición por el Evangelio

No sé cuántos países celebran el día de los padres en la misma fecha que nosotros lo hacemos en RD (es decir, el último domingo de Julio). Pero sea cual sea la fecha de este evento en el calendario de cada país, no quise dejar pasar la oportunidad sin traer una nota de recordatorio para todos los que somos padres.

Tanto en Ef. 6:1-4 como en Col. 3:20-21, el apóstol Pablo escribe unas palabras sobre el deber de los hijos de obedecer a sus padres, y el deber de los padres de criar a sus hijos en el marco del evangelio. El pasaje de Efesios es el más extenso de los dos, así que voy a tomarlo como punto de partida:

“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.

Aunque en los versículos 1 y 4 aparece la palabra “padres” en nuestra versión RV60, en el original griego son dos palabras distintas. La del versículo 1 puede ser traducida como “progenitores”, e incluye tanto al padre como a la madre. Es por eso que Pablo se vale del quinto mandamiento del Decálogo para recordar a los hijos que debían honrar a su padre y a su madre. De manera que ambos padres tienen una responsabilidad en la crianza de sus hijos, y ambos poseen la misma autoridad sobre ellos.

Sin embargo, el término que Pablo usa en el vers. 21 es la palabra griega páteres que parece señalar de manera especial a los hombres, a los padres. Ellos son los que tienen la responsabilidad primaria de guiar a la familia, incluyendo a sus esposas en el papel de madres.

Contrario al pensamiento del mundo en ese sentido, Dios coloca sobre los hombres la responsabilidad del liderazgo de su familia. Por supuesto, nosotros sabemos que las madres juegan un papel vital en la crianza de los hijos. Generalmente ellas pasan más tiempo con ellos y ejercen una influencia determinante en sus vidas. Pero el hombre es responsable ante Dios de proveer a su esposa y a sus hijos la guía, el sostén y la protección que necesitan en un clima de amor y servicio.

Ser cabeza de la familia no es contemplado en la Biblia como una ventaja, sino como una gran responsabilidad. Nosotros tenemos un trabajo que debemos hacer de manera intencional, procurando el bien espiritual y físico de nuestra esposa y nuestros hijos. Dios nos ha llamado a hacer un trabajo, un trabajo que está muy por encima de nuestras capacidades naturales y que solo puede ser hecho en dependencia de Él. Él nos contrató, Él nos da los recursos que necesitamos cada momento para poder ser los padres que Él quiere que seamos, y Él nos pedirá cuentas algún día por esa mayordomía que nos fue confiada.

Lamentablemente, la influencia del mundo ha tenido un impacto profundo en la iglesia de Cristo en este asunto. En muchos hogares cristianos es la mujer y no el hombre la que va delante en la vida espiritual de la familia y la crianza de los hijos. Leí recientemente que un autor cristiano fue a proponerle a una casa publicadora un libro sobre la paternidad. ¿Saben lo que el encargado la respondió? Que los libros dirigidos a los padres no venden. “Nuestros estudios nos han mostrado que el 80% de los libros sobre crianza son comprados por las madres. Ellas los leen y se los pasan a sus maridos, que apenas los leen. Es difícil mercadear la paternidad a una audiencia femenina”.

Y el impacto que ese matriarcado está produciendo en las iglesias y en la sociedad es sencillamente devastador, sobre todo para el desarrollo de un verdadero liderazgo. La masculinidad es algo que se produce mayormente en un ambiente en el que las mujeres se comportan como mujeres y los hombres se comportan como hombres (lean bien: no como “machos”, sino como hombres).

De manera que tanto el padre como la madre tienen la responsabilidad de criar a los hijos en el temor de Dios, pero el padre es el principal responsable de ese deber.

Apreciamos todo comentario que pueda complementar este artículo para edificación de los lectores de este blog.

 

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

Sobre el autor...

​Sugel Michelén (MTS) es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Ha sido por más 35 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios. Es autor de varios libros, incluyendo De parte de Dios y delante de Dios y El cuerpo de Cristo. El pastor Michelén y su esposa Gloria tienen 3 hijos y 5 nietos. Puedes seguirlo en Twitter.

Paternidad

10 lecciones inolvidables sobre ser padre

Por: Ray Ortlund
Fuente: Coalición por el Evangelio

Públicamente, mi papá fue uno de los grandes pastores de su generación. Sirvió de manera notable durante veinte fructíferos años en Lake Avenue Congregational Church en Pasadena, donde John y Noël Piper adoraron durante sus días en el seminario Fuller. Papá y John eran amigos muy cercanos.

En privado, mi papá era el mismo que en público. Solo había un don Ray Ortlund, un auténtico cristiano. La distancia entre lo que vi en el Nuevo Testamento y lo que vi en mi papá era corta. Era el hombre más parecido a Cristo que he conocido, la clase de hombre y el tipo de padre que anhelo ser.

Sin ningún orden en particular, aquí diez lecciones sobre ser papá que aprendí al mirar a mi padre, con cada lección vivida a partir de los recuerdos de su cuidado por mí.

  1. Nunca estaba demasiado ocupado

Mi padre era un pastor muy ocupado, pero nunca estaba demasiado ocupado para mí. Cuando sentía que no había tenido tiempo suficiente conmigo, decía: “Hey Bud, ¿quieres faltar a la escuela mañana e ir a la playa?”. ¡No tardé mucho en estar de acuerdo con eso! Así que nos fuimos. Surfeamos, hablamos, y nos divertimos juntos. Al día siguiente escribió una nota a la escuela para explicar mi ausencia, y cuando la llevé a la oficina del director, tacharon mi ausencia de “inexcusable”. Supongo que la razón no contaba; un padre que quiere ponerse al día con su hijo. Pero a papá no le importaba. Era yo quien le importaba. Y yo lo sabía.

  1. Era un hombre de la Biblia

Mi papá se dedicó de todo corazón a Jesús. En mi cumpleaños numero diecisiete, él y mi mamá me dieron una Biblia nueva. En la página de enfrente escribió lo siguiente:

Bud,

Nada es mayor que tener un hijo, un hijo que ama al Señor y camina con Él. Tu madre y yo hemos encontrado en este libro nuestro tesoro más querido. Te lo damos, y al hacerlo no podemos darte nada mejor. Sé un estudiante de la Biblia y tu vida estará llena de bendiciones. Te amamos.

Papá

9/7/66

(Filipenses 1:9-11)

Cuando leí eso, sabía que mi padre decía cada palabra en serio. Él era un hombre de la Biblia, y la bendición de la que escribió era obvia en su propia vida.

  1. Siempre alabó a Dios

Cuando crecía, la mayoría de las mañanas no necesitaba un reloj despertador. Me despertaba con el sonido de mi papá a través del pasillo, cantando en la ducha. Todas las mañanas, a todo pulmón y de manera alegre, cantaba este himno:

Cuando la mañana cubre de oro los cielos, 

Mi despabilado corazón clama:

¡Que Jesucristo sea alabado!

Bien en el trabajo o en la oración,

A Jesús yo clamo:

¡Que Jesucristo sea alabado!

Muchos hombres no son transparentes. No tengo ni idea de lo que creen. Pero con mi padre nunca me cuestioné sobre qué le importaba más, o sobre lo que buscaba en la vida. Ni una sola vez. En lo absoluto. Ni siquiera un poco. Él nunca mantuvo un bajo perfil de la vida. Jesús era demasiado maravilloso para él. Alabó al Señor a lo largo de su vida, en público y en privado, de una manera clara y maravillosa que no podía ser ignorada.

  1. Él me animó

Mi papá me dio la libertad para que yo pudiera cumplir el llamado de Dios en mi vida. Me guió de manera apropiada, por supuesto, pero nunca se aferró a mí con temor, ni esperaba que yo siempre viviera cerca. Todo lo contrario. Me instó a seguir a Cristo en cualquier lugar. De vez en cuando me daba este discurso: “Escucha, hijo. Los cristianos de corazón medio son los más miserables de todos. Saben lo suficiente acerca de Dios como para sentirse culpables, pero no han ido lo suficientemente lejos con Cristo para ser felices. ¡Sé completamente incondicional a Él! No me importa si eres un excavador de zanjas, siempre y cuando ames al Señor con todo tu corazón”.

No le impresionaba el éxito del mundo, o el asistir a las escuelas correctas, y toda esa pretensión y falsedad. Él quería algo mejor para mí, algo que tenía que encontrar por mi cuenta. Pero nunca dudé de la urgencia con la que deseaba para mí un claro llamado de Dios en mi vida. Y lo recibí, en parte porque mi papá no se inmiscuyó en él, sino que me animó a seguir al Señor por mi cuenta.

  1. Caminaba verdaderamente con Dios

Recuerdo bajar temprano una mañana y caminar a donde mi padre, en la sala de estar. Allí estaba, de rodillas, con el rostro enterrado en las manos, absorto en silenciosa oración. Él no sabía que había alguien más allí. No era teatro. Era real. Mi papá tenía un verdadero caminar con Dios. Nunca se me ocurrió preguntarme si Jesús era el Señor de su corazón y de nuestro hogar. Papá amaba el evangelio. Él sirvió a la iglesia. Dio testimonio a nuestros vecinos. Incluso entregó el diezmo cuando no tuvo dinero para hacerlo. Marcó la pauta en nuestra casa, y nuestro hogar fue un lugar de alegría, honestidad, y consuelo. Jesús estaba allí.

  1. Me enseñó teología en el patio

Un día, cuando yo tenía once o doce años, mientras estábamos haciendo trabajos de jardinería afuera —no recuerdo el contexto— mi papá se detuvo, me miró a los ojos y dijo: “Sabes, Bud, antes de que el tiempo empezara, Dios te escogió”. Yo lo miré perplejo. ¿El Dios Todopoderoso pensó en mí, un ser minúsculo? ¿Desde ese entonces? Me sentí tan amado por Dios. Años más tarde, cuando comprendí mejor la doctrina de la elección, no tuve problema con ella. Me encantó. Mi papá había comenzado mi educación teológica desde mi infancia durante nuestra conversación cotidiana.

  1. Nos amaba cuando no era fácil hacerlo

Mi madre, una noche antes de que papá llegara a casa, me dijo que él practicaba algo todos los días. Trabajaba duro durante todo el día y llegaba cansado a casa. Así, mientras subía los escalones de la escalera, antes de extender la mano para abrir la puerta trasera de casa, levantaba una sencilla oración a Dios: “Señor, necesito algo de energía extra en este momento”. Y Dios respondía a esa oración. Nunca vi a mi papá entrar a casa sin emoción positiva para dar. Más bien se acercaba a mi mamá, la besaba con un beso enorme, y luego se volvía hacia mí y me decía: “¡Vamos, Skip, vamos a luchar!”. Y nos íbamos a la habitación del frente a luchar en el suelo, junto con una explosión de cosquillas y risas. Día a día, la realidad de Dios en el corazón de mi papá le daba energía para amar a su familia cuando no era fácil.

  1. Me ayudó a amar a la iglesia

El hecho de que papá fuera pastor me hizo “el hijo del pastor”, obviamente. De vez en cuando la gente bien intencionada de la iglesia me decía cosas tontas, como si tuviera que ser perfecto o superior o algo que ellos esperaban. Así que papá me dijo: “Hijo, cuando la gente dice cosas así, no tiene intención de dañarte. Pero no es justo. No se dan cuenta de eso. Quiero que lo sepas, y trata de ignorarlo”.

Papá tenía altos estándares de la vida cristiana. Pero era lo suficientemente sabio como para saber que un niño de diez años sigue a Cristo de una manera diferente a la de un niño de cuarenta años. Era realista y compasivo. Me dio permiso para ser un niño cristiano. Y él es la principal razón terrenal por la que amo a la iglesia hoy. Él me mostró, sabiamente, cómo la vida de la iglesia no necesita ser opresiva.

  1. Vivió su fe de manera simple y práctica

Papá me enseñó a caminar con el Señor de manera práctica. Por ejemplo, una declaración que estableció como una a seguir diariamente fue la siguiente:

Mi declaración de fe mañanera

Creo que hoy:

  1. Dios está dirigiendo soberanamente mi vida mientras me entrego a Él, y que Él me ama incondicionalmente, y yo lo amo y lo pongo primero en mi vida.
  2. Cristo es mi Señor y maestro, y busco permanecer en Él y hacer su voluntad inmediatamente y correctamente.
  3. El Espíritu Santo es mi amigo, maestro, y guía, que abrirá y cerrará puertas hoy y me llenará de sí mismo para hacerme un servidor eficaz.
  4. Ahora encomiendo mi esposa y mi familia al Señor, quien los ama tanto como a otros a quienes amo. Ellos también están bajo su cuidado soberano.
  5. Salgo teniendo una fe audaz, y me relajo en el Señor, disfrutando este día dado por Él. Confío en que Él me usará hoy.

Era simple, pero válido. Papá ejemplificó cómo hacer accesible y práctico el cristianismo diario.

  1. Me dijo que el ministerio no lo es todo

Ser un “hijo de pastor” era a veces difícil, como ya he mencionado. Lo que me hizo sobrellevar esta dificultad fue el amor de mi padre por mí, y mi admiración por él. Yo lo amaba profundamente. Aun lo hago. Incluso mientras escribo esto, se me hace un nudo en la garganta. Lo extraño tanto. Ser el hijo de un pastor piadoso fue un privilegio sagrado que me fue dado como un regalo de Dios mismo. Mi respeto por mi papá y su atracción personal —el verdadero cristianismo que vi en él, la belleza con la que sirvió como pastor, incluso cuando sufrió— el impacto personal de todo esto fue que crecí para honrar el ministerio pastoral. Y hoy, yo mismo me regocijo en ser pastor. Lo que me lleva a mi escenario final.

Temprano el domingo 22 de julio del 2007, mi papá se despertó en su habitación de hospital en Newport Beach. Él sabía que finalmente el día de su liberación de esta vida había llegado. Le pidió a la enfermera que llamara a la familia. Ese día mi esposa Jani y yo estábamos lejos, en Irlanda, por asuntos ministeriales. No sabíamos lo que estaba sucediendo en casa. Pero la familia se reunió alrededor de la cama de papá. Leyeron la Escritura. Cantaron himnos. Papá dio una bendición patriarcal y una amonestación personal a cada uno, un mensaje adecuado para alentar y guiar. Él pronunció sobre ellos toda la bendición de Aarón: “El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y tenga de ti misericordia; el Señor alce sobre ti su rostro, y te dé paz” (Nm. 6:24-26).

Y luego, en voz baja, durmió.

Más tarde le pregunté a mi hermana sobre el mensaje de papá para mí. Fue este: “Dile a Bud: el ministerio no lo es todo. Jesús lo es”.

Las últimas palabras de mi padre resumieron su vida como padre, y su vida entera.

Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Omar Jaramillo.

Sobre el autor...

Ray Ortlund es el pastor principal de Immanuel Church en Nashville, Tennessee, y sirve como miembro del Concilio de The Gospel Coalition. Puedes seguirlo en Twitter.

Edificación de la Iglesia

La iglesia ante la sombra del consumismo

Por: Anónimo
Fuente: Desarrollo Cristiano Internacional

Todavía recuerdo esos dos momentos, tan aparentemente sencillos y sin mayor trascendencia, uno en mi iglesia local y otro en una ciudad de un país sudamericano:

  • «Pastor, nos estamos cambiando de iglesia porque en la otra congregación tienen un buen programa para niños que está más a tono con la necesidad de nuestros hijos pequeños… y anhelamos que ellos sigan al Señor desde su infancia».
  • «Pastor, mi visión es que mi iglesia se convierta en la primera mega-iglesia de la ciudad y estoy trabajando en ello… ya estoy ministrando en la radio y en la televisión».

Me tomó años darme cuenta que ambas conversaciones reflejaban, más que instancias aisladas, un cambio de actitud y perspectiva que comienza a tomar cada vez más fuerza en la Iglesia Evangélica Latinoamericana.

Lo que parecen acciones motivadas por buenas y loables intenciones, más bien proyectan una nueva «comprensión» de lo que es ser Iglesia. Tal pareciera que estamos sucumbiendo más y más a la «cultura del consumo» y a su consecuencia natural, el «consumismo».

El diccionario de la Real Academia Española define «consumismo» como la «tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios». Pero esto, más bien parece enfocarse en las actitudes y prácticas económicas de la población… ¿o será que hay algo más detrás?

Quisiera enfocarme, si bien brevemente por lo limitado del espacio disponible, en las dos caras de la moneda del movimiento evangélico de hoy: en nosotros como creyentes y como líderes.

¿Qué mentalidad comienza a caracterizarnos como creyentes?

En primer lugar, no cabe duda que el perfil económico de la Iglesia en nuestro continente ha cambiado radicalmente. Hace apenas 50 años, nos caracterizábamos por ser iglesias de gente humilde con poca preparación académica… hoy, por la gracia de Dios son cada vez más los creyentes —y sus hijos— que poseen educación avanzada. Eso también se ha reflejado en el aumento del ingreso del creyente promedio en nuestras iglesias. Pero, ¿cómo impacta aquello en la obra del Reino?

Muchos de nuestros creyentes han abrazado el patrón de consumo de la sociedad en la que estamos inmersos y ahora quieren más y más de lo último. Nuestros jóvenes, aun los más humildes, lucen extravagantes teléfonos inteligentes y zapatos deportivos de marca. Nuestros hermanos en la fe luchan por agregarle a sus viviendas todo tipo de lujitos «según sus posibilidades». Cada vez más, vemos autos más grandes y nuevos en el estacionamiento o en las áreas adyacentes al templo. Si bien no siempre nuestros hermanos cuentan con los recursos para adquirir dichos bienes y los servicios resultantes, recurren con frecuencia a las opciones de crédito cada vez más asequibles. Pareciéramos ser víctimas de las mismas campañas publicitarias de los medios de comunicación que afectan al resto de la población.

Sin embargo, como los recursos que cada creyente posee son, en última instancia, limitados, entre más gastamos en satisfacer los deseos del corazón, menos quedará disponible para invertir en la obra del Reino. Las ofrendas para misiones y proyectos evangelísticos parecieran languidecer, al mismo tiempo que mejora la vestimenta y el estatus económico de nuestra membresía. Por favor, no me malentienda, no es que nuestra gente haya dejado de dar, sino que dar para el Reino no es prioritario, y mucho menos para una causa que demande sacrificio e incomodidad, como lo fue para nuestros hermanos macedonios del primer siglo (2 Corintios 8.1-4).

Tal vez pensemos que esto solo aplica al creyente común, pero no es así. Hace unos años, mientras participaba de una reunión de pastores, el predicador invitado compartió un poderoso mensaje profético en el que nos animaba a pedirle a Dios lo que añoraba nuestro corazón. El mío se quebrantó al escuchar el clamor de mis colegas del ministerio levantar oraciones como: «Señor, tú sabes que necesito un auto nuevo…», «Señor, siempre te he pedido una casita propia para mi familia…», etc. En un momento en que el Espíritu Santo se estaba moviendo, no hubo quien llorase y pidiese por su comunidad y sus flagelos, por la salvación de familiares, vecinos y amigos, por la restauración de quienes se habían apartado, etc. Todo se centró en nosotros mismos y en nuestras propias necesidades del momento. No me malinterprete, todas eran peticiones válidas… ¡pero cuán distintas fueron las del joven rey al que Dios le dio la misma oportunidad (2 Crónicas 1.7-10)!

Claro está que la definición de «consumismo» del diccionario siempre enfrentará el problema: lo que para algunos es un gasto innecesario, para otros es de suma importancia… es un asunto de perspectiva relativa. Y tal vez ese sea el problema, que hemos dejado de fundamentar nuestras decisiones en los valores eternos de la Palabra de Dios y simplemente lo hacemos en base a nuestra opinión. ¡Y todos sabemos que nuestra “opinión” puede cambiar muy fácilmente… tan solo basta que cambien las circunstancias que nos rodean! Pero creo que el problema que enfrentamos como creyentes trasciende lo económico. Tiene que ver con la actitud resultante de darle demasiada importancia a adquirir y poseer aquello que sentimos que «agrega valor» a nuestras vidas y a la de nuestras familias. Esto me lleva a la primera conversación citada al principio del escrito.

¿Qué mejor actitud que la de unos padres que se preocupan por la salud espiritual de sus hijos? ¿Por qué no buscar lo mejor —el mejor programa, los mejores maestros, las mejores instalaciones— para ellos? Bueno, tal vez esto nos lleve precisamente a concluir que buscamos y examinamos a las iglesias locales con el mismo lente con que examinamos las vitrinas y escaparates de las tiendas por departamento, para encontrar el producto que mejor nos luzca. Si bien la iglesia local tiene la responsabilidad de servir a la comunidad de fe, no es menos cierto que dicho servicio trasciende en mucho la relación proveedor-cliente del mundo comercial. La iglesia y su liderazgo no están para satisfacer nuestros deseos y anhelos, ni siquiera para respaldar de manera indiscriminada nuestros sueños y aspiraciones. Están para promover la causa del Reino de los cielos, para «perfeccionarnos a todos nosotros para la obra del ministerio» (Efesios 4.11-12).

Esto implica que nos incorporamos a una iglesia local para aprender a ser más como Cristo y servir a la comunidad por la que derramó su sangre, de la manera en que Él nos dirija a hacerlo. Lo sencillo y práctico de la demanda divina encuentra su mejor expresión en las palabras del Maestro: «¿Por qué me llaman “Señor” y no hacen lo que les digo?» (Lucas 6.46, parafraseado).

Al enfrentar este problema, como creyentes necesitamos «ponernos la mano en el corazón» y preguntarnos si no será que nosotros, como pastores y líderes, hemos propiciado —si bien con las mejores intenciones— el afianzamiento de esa mentalidad.

¿Qué mentalidad pudiera estar influyendo en nosotros como pastores y líderes?

La mentalidad de «sociedad de consumo» que comienza a caracterizar a la Iglesia Latinoamericana depende necesariamente de un liderazgo que la alimente y propicie. Y es que, al comenzar a dar un énfasis desmedido al crecimiento de nuestras congregaciones —y con esto hago referencia a la segunda conversación citada al inicio del escrito— dejamos de lado un genuino enfoque en el Reino.

Creo que en medio de una cultura que busca la excelencia como medio para promover su producto por encima de los demás, la iglesia local comienza a caer en la trampa de igualarse con su contraparte comercial. Buscamos brindar a la congregación el programa más excelente posible, acompañado por los mejores músicos, cantantes e instrumentos; los mejores predicadores y maestros; las mejores y más cómodas instalaciones, etc. Si bien nada de esto es malo en sí mismo, jamás reemplazará el claro objetivo de toda iglesia local: formar hombres y mujeres para seguir y servir a Dios donde Él les coloque, en empresas, instituciones y comunidades. No es extraño ver a una iglesia cambiar su equipo de sonido por uno más costoso, remodelar el templo para hacerlo más atractivo y ponerle aire acondicionado o calefacción (según sea el caso), para brindar el mejor ambiente posible. El problema es que todo eso requiere que se priorice el uso de fondos limitados de la iglesia local. Algo se sacrifica cuando invertimos más de la cuenta en mantener a la congregación con nosotros y en atraer a los creyentes de otras congregaciones a la nuestra.

Estoy seguro de que ningún pastor o líder pensaría conscientemente en perjudicar a otras iglesias hermanas; pero también creo que pocos nos preguntamos por qué hacemos lo que hacemos. La reflexión honesta delante de Dios abre la puerta para que el Espíritu Santo nos confronte con nuestras verdaderas motivaciones, ante lo engañoso de nuestro corazón (Jeremías 17.9-10). Lo que generalmente comienza con una sincera carga por llegar a la comunidad de los no alcanzados, no tarda en sucumbir ante las presiones de una comunidad que cada vez más coloca todo en el altar del éxito —entendiendo por éste una iglesia grande, con recursos y visibilidad en la co¬munidad, con su secuela de beneficios tangibles para su liderazgo.

Sí, tal vez hoy la norma —promovida sin mala intención por los medios de comunicación— sea la de una iglesia que brinda los mejores servicios a su membresía. Aquello se nos muestra en la televisión o lo escuchamos en la radio cristiana. Todos, como pastores, queremos brindar lo mejor a nuestros feligreses, especialmente ante el temor —a veces inconsciente— de perderlos y que busquen otra congregación que sí lo ofrezca. Pero tanto unos como otros hemos dejado de lado nuestra verdadera vocación.

En ese ambiente de competencia por mantener miembros que buscan la mejor «iglesia local», nos desvivimos por ofrecerles más por menos. Les brindamos genuinos espectáculos de alabanza y adoración excelente; y les damos enseñanzas de calidad en el mínimo tiempo posible, para evitar cansarlos o interferir con el resto de su día. La contraparte de este enfoque es que abraza también una mentalidad de especialización de la mano de una dotación y capacitación superiores. Eso convierte a la mayoría de nuestra membresía en meros espectadores y críticos consumados del culto evangélico. Y por ende, cada vez más surgen comparaciones entre iglesias locales, entre equipos de alabanza y entre predicadores. ¡Y por supuesto que ninguno de nosotros quiere quedar del lado menos favorecido!

¿Qué hacer al respecto?

Estoy convencido de que la solución al problema planteado no es ni complicada ni difícil si optamos por preferir la agenda de Dios. Se trata de volver la mirada a la Iglesia Primitiva y a la que ha perdurado por más de dos mil años sobre la Tierra enfrentando todo tipo de persecuciones y desastres —de adentro y de fuera. ¿Qué tal si consideramos los siguientes pasos?

  1. Enseñemos todo el consejo de Dios a la congregación —como lo hiciera el apóstol (Hechos 20.26-28)— y no tan solo los temas que nos gustan más a nosotros como líderes o que promueven la agenda del momento de la iglesia local, o animen a la gente a ofrendar más.
  2. Enfaticemos lo que está en el corazón del evangelio (lo vital) y no sus periferias (lo secundario): la salvación del no creyente (Marcos 16.15), el discipulado y la formación del creyente (Mateo 28.19-20) para la obra del ministerio que, necesariamente, implica ganar a otros para Cristo y no tan sólo servir en los confines del templo.
  3. Enseñemos que solo somos mayordomos, y no dueños de los bienes y recursos que Dios ha puesto en nuestras manos con propósito eterno: ¡que sean de bendición a la comunidad en la que fuimos implantados por Dios… y más allá! Esto implicará dar generosamente y aun de manera sacrificial para la obra de Dios (2 Corintios 9.6-8), pero nos corresponderá a nosotros, como pastores y líderes, asegurar que tales ofrendas sean invertidas en expandir el Reino y no en «mantener» a los creyentes dentro de la comunidad o mejorar la calidad de vida del liderazgo.

Asegurémonos de modelar en nosotros, como pastores y líderes, una actitud enseñable ante la Palabra de Dios, permitiéndole corregirnos; y estemos dispuestos a compartir tales correcciones con la congregación a medida que crecemos en ella. Oremos para que podamos ser genuinos ejemplos de hombres y mujeres que colocan la expansión del Reino —y no el crecimiento numérico o financiero de nuestra congregación— como primera prioridad; y atrevámonos a convertirnos en los principales dadores de la congregación.

¡Adelante y que el Señor les bendiga!

 

© Desarrollo Cristiano Internacional, 2013.

Biblia y Teología

Cinco maneras en que la ira de Dios no es como la nuestra

Por: Colin Smith
Fuente: Coalición por el Evangelio

El tema de la ira (o enojo) de Dios hacia el pecado y hacia los pecadores es claramente y ampliamente enseñado en la Biblia. Y esta verdad está tan entrelazada con la esperanza de nuestra paz unos con otros y con Dios que, si perdemos uno, también perdemos nuestra esperanza del otro.

La ira de Dios no es como la ira humana

Cuando hablamos de la ira de Dios, debemos recordar que es la ira de Dios. Todo lo que sabemos acerca de Él, que Él es justo, que Él es amor, y que Él es bueno, necesita ser considerado en nuestro entendimiento de su ira.

Las palabras “enojo” e “ira” nos hacen pensar en nuestra propia experiencia de estas cosas. Tú puedes haber sufrido por alguien que habitualmente está enojado. La ira humana a menudo puede ser impredecible, mezquina, y desproporcionada. Estas cosas no son ciertas sobre la ira de Dios. La ira de Dios es la respuesta justa y mesurada de su santidad hacia el mal.

Aquí hay cinco maneras en que la ira de Dios es diferente a la nuestra.

1. La ira de Dios es provocada

“No olvides cómo provocaste a ira al Señor tu Dios en el desierto”, Deuteronomio 9:7.

Este tipo de lenguaje se usa repetidamente en la Biblia. La ira de Dios no es algo que resida en Él por naturaleza. Es una respuesta al mal. Es provocada.

Hay una diferencia muy importante entre la ira de Dios y su amor. La Biblia dice: “Dios es amor”. Esa es su naturaleza. El amor de Dios no es provocado. Dios no nos ama porque ve algo de sabiduría, belleza, o bondad en nosotros. La razón por la que Dios nos ama radica en su naturaleza, no en la nuestra.

Pero la ira de Dios es diferente. Es su santa respuesta a la intrusión del mal en su mundo. Si no hubiera pecado en el mundo, no habría ira en Dios.

A menudo se ha señalado que lo contrario del amor no es el odio; es la indiferencia. ¿Qué esperanza tendríamos en un mundo acechado por el terror si Dios simplemente mirara con una sonrisa débil o incluso con un ceño fruncido? La esperanza de un mundo cuya historia está repleta de violencia reside en un Dios que se opone implacablemente a todo mal, y que tiene el poder, la capacidad, y la voluntad de destruirlo.

2. Dios es lento para la ira

“Compasivo y clemente es el Señor, lento para la ira y grande en misericordia”, Salmos 103:8.

Estas cualidades se repiten una y otra vez en el Antiguo Testamento, como si fueran las cosas más importantes que necesitas saber acerca de Dios.

¿Por qué Dios permite que el mal continúe en el mundo? ¿Por qué no regresa ahora y lo borra? En 2 Pedro 3:9 se nos recuerda que: “El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con ustedes, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento”.

Dios ofrece gracia y perdón en Jesucristo. La gente viene a Él en arrepentimiento y fe todos los días y Dios pacientemente mantiene abierta la puerta de gracia. El día de la ira de Dios vendrá, pero Él no tiene prisa en traerlo, porque entonces será cerrada la puerta de gracia.

3. La ira de Dios se revela ahora

“Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad”, Romanos 1:18.

Cuando lees Romanos 1, encuentras que los pecadores van en una de tres direcciones. Ellos suprimen la verdad acerca de Dios, intercambian la verdad por una mentira, y adoran las cosas creadas en lugar del Creador. ¿Cómo revela Dios su ira cuando los pecadores hacen estas cosas? Dios los entrega a sus pasiones.

“Por lo cual Dios los entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones”, Romanos 1:24.

“Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes”, Romanos 1:26.

Cuando vemos que la estructura moral de nuestra cultura está siendo desgarrada, los cristianos deben clamar a Dios por misericordia sobre la base de Romanos 1: “Señor, lo que vemos a nuestro alrededor es un signo de tu ira y juicio. Sé misericordioso, oh Señor, y por favor no nos abandones por completo”.

4. La ira de Dios está almacenada

“Pero por causa de tu terquedad y de tu corazón no arrepentido, estás acumulando ira para ti en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios”, Romanos 2:5.

Toda la historia de la Biblia lleva a un día en que Dios lidiará con todo el mal de una vez y para siempre. En ese día, el juicio de Dios será completamente revelado. Este será el día de ira en el que Dios recompensará todo mal.

Dios hará esto en perfecta justicia. Nadie será acusado de un solo pecado que no cometió, y el castigo por cada pecado coincidirá con el crimen. Toda boca será detenida, porque todos sabrán que Él juzgó con justicia. Entonces Dios dará comienzo a un cielo nuevo y tierra nueva que serán el hogar de la justicia.

5. La ira de Dios es sobre los pecadores

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él”, Juan 3:36.

Juan no dice: “La ira de Dios vendrá sobre los desobedientes”. Él dice: “La ira de Dios permanece sobre él”. Ya está ahí. ¿Por qué? Por naturaleza somos hijos de ira (Ef. 2:3). Es el estado en el que nacimos.

Aquí nos encontramos cara a cara con el meollo del problema humano. ¿Cuál es? No es que estamos perdidos y necesitamos encontrar nuestro camino en un viaje espiritual. No es que estamos heridos y necesitamos ser sanados. El meollo del problema humano es que somos pecadores bajo el juicio de Dios, y su ira divina está sobre nosotros, a menos que sea quitada.

El derramamiento de la ira de Dios sobre Jesucristo fue el mayor acto de amor que este mundo jamás haya visto

La ira de Dios fue derramada

Esto nos lleva al corazón de lo que sucedió en la cruz. La ira divina hacia el pecado fue derramada, o aplicada, sobre Jesús. Él se convirtió en la “propiciación” por nuestros pecados (Ro. 3:25) al sacrificarse por nosotros. Esta gran palabra “propiciación” significa que la recompensa o el pago por nuestros pecados se derramó sobre Jesús en el Calvario.

El derramamiento de la ira de Dios sobre Jesucristo fue el mayor acto de amor que este mundo jamás haya visto. Y Jesús está ante nosotros hoy, un Salvador vivo. Él nos ofrece el incalculable regalo de la paz con Dios. Él está listo para perdonar tus pecados y para llenarte de su Espíritu. Él es capaz de salvarte de la ira y reconciliarte con el Padre. Él ha abierto la puerta del cielo, y es capaz de darte entrada. ¿Estás listo para encontrar la paz con Dios a través de Él?


Publicado originalmente en Unlocking The Bible. Traducido por Jenny Midence-Garcia.

Sobre el Autor...

​Colin Smith (MPhil, London School of Theology) es el pastor principal de The Orchard Evangelical Free Church en los suburbios del noroeste de Chicago, y es un miembro del concilio de The Gospel Coalition. Para más recursos de Colin Smith visite Unlocking the Bible. Puedes seguir a Colin en Twitter.

Autoayuda

Ciencia y fe: 3 mitos y verdades

Por: Ana Ávila
Fuente: Coalición por el Evangelio

¿Qué te inspira a adorar a Dios?

Quizá el sermón del domingo pasado te dejó conmovido por la profundidad de tu pecado y lo glorioso de la cruz. Tal vez padecías una dolorosa enfermedad y tu oración por sanidad fue respondida. Podría ser que tu hijo, quien negó a Dios por mucho tiempo, por fin ha entendido el evangelio y abrazado a Cristo como su Salvador.

Hay tantas ocasiones, cotidianas y extraordinarias, que nos impulsan a exaltar a nuestro Dios por su belleza y su poder.

Para mí, una de esas ocasiones fue mi clase de biología celular.

Todavía recuerdo el camino a casa después de aquellas lecciones. Las figuras que representaban distintas estructuras celulares seguían impresas en mi mente horas después de haber terminado de estudiar. Sus detalles perfectamente diseñados bailaban delante de mis ojos, moviéndose de un lado al otro en un vals bioquímico diseñado para la vida.

Al peatón promedio pudo haberle sido extraño ver a esa estudiante universitaria bajando del autobús con una enorme sonrisa en el rostro, mirando al cielo en adoración al Dios de las adeninas y las timinas. Pero para mí era lo más natural del mundo. La ciencia me llevaba a adorar a mi Señor cada día.

Con más frecuencia, sin embargo, la ciencia y la fe se presentan como enemigas. Como maneras opuestas de ver la realidad. La caricatura de la ciencia mira con desprecio a la fe por su ingenuidad y falta de sentido común. La caricatura de la fe da la espalda a la ciencia por su materialismo y fijación con lo temporal.

Es hora de dejar de tomar partido en una guerra que no existe entre la ciencia y la fe. Dilucidar estos tres mitos puede ayudarte a entender por qué:

Mito #1: “La fe y la ciencia interpretan la realidad de maneras incompatibles”.

A veces parece que nos imaginamos a “la fe” y a “la ciencia” como dos imponentes personajes que hacen declaraciones definitivas sobre la realidad. Son figuras que demandan tu lealtad absoluta. Estás con ellos o contra ellos. ¿Pero de dónde surgen estos personajes? ¿Existen en realidad?

Lo que en esta conversación solemos llamar “la ciencia” es en realidad un grupo de personas que utilizan metodologías de observación y experimentación para investigar el universo material. “La fe”, en este caso, es la teología cristiana. Los teólogos son otro grupo de personas que estudian la persona y obra de Dios revelada en la Escritura. Así que “la ciencia” y “la fe” no son entidades homogéneas que se dedican a hacer declaraciones definitivas acerca del universo. Por supuesto, el objetivo de ambas es la verdad, pero el buen científico y el buen teólogo admiten que el llegar a ella puede ser complicado. El análisis de estos grupos está en constante desarrollo y el desacuerdo dentro de la comunidad científica o teológica no es poco común.

Ambos grupos estudian distintos aspectos de la realidad —uno el universo observable y el otro la revelación de Dios en la Escritura— y muchas veces pueden desempeñar su trabajo sin toparse el uno con el otro. A través de sus observaciones, “la ciencia” formula interpretaciones de la realidad que no tienen que ver con las áreas de estudio de “la fe” y viceversa. Sin embargo, existen ocasiones en las que sus dominios de estudio se acercan y las chispas empiezan a saltar.

Temas como el origen de la vida, la edad del universo y el funcionamiento de la mente humana son asuntos que pueden (¡y deben!) abordarse desde perspectivas teológicas y empíricas. ¿Pero qué pasa cuando estas perspectivas ofrecen interpretaciones que se encuentran en conflicto? R. C. Sproul lo resume muy bien:

“Si una teoría de la ciencia —la revelación natural— está en conflicto con una teoría teológica, esto es lo que tengo por seguro: alguien está equivocado. No salto a la conclusión de que debe ser el científico. Puede ser el teólogo. Pero tampoco salto a la conclusión de que debe ser el teólogo. Bien podría ser el científico. Tenemos seres humanos falibles interpretando la revelación natural infalible, y seres humanos falibles interpretando la revelación especial infalible”.

Los teólogos y los científicos observan y luego interpretan. Estas interpretaciones pueden estar equivocadas. Todos tenemos puntos ciegos. Todos tenemos presuposiciones filosóficas. Por esta razón, es preciso que teólogos y científicos estén en constante comunicación para refinar sus interpretaciones.

La verdad es una. Seamos científicos o teólogos, podemos buscarla con fidelidad.

Verdad #1: Tanto el teólogo como el científico son intérpretes falibles de revelaciones infalibles de Dios. Ellos pueden y deben conversar para poner a prueba su interpretación de la verdad.

Mito #2: “Para ser un científico serio debes dejar la fe a un lado”.

Los que deciden ponerse del lado de “la ciencia” suelen afirmar que el método científico es la única manera de obtener información confiable acerca de la realidad. Si bien no podemos negar que el método científico es una herramienta poderosa —herramienta que ha resultado en que nuestro entendimiento del universo avance a saltos agigantados en unos cuantos siglos— esto no significa que lo único que podemos abrazar como cierto es aquello que fue comprobado empíricamente en un laboratorio.

Es fácil afirmar que el único conocimiento auténtico es fruto del método científico… lo difícil es verificar la validez de esa afirmación. Si decimos que el único conocimiento auténtico es fruto del método científico, ¿cómo sabemos que esa declaración representa conocimiento auténtico? ¿La ha demostrado alguien a través de la investigación científica? Por supuesto que no; por definición, las afirmaciones metafísicas como esta son inaccesibles a la ciencia empírica.

La realidad es que todos (cristianos, ateos e incluso agnósticos) tenemos fe —todos creemos, al menos funcionalmente— en ciertos axiomas que no son demostrables a través del método científico.

Asumimos que el universo es real y ordenado, y que nuestros sentidos pueden percibirlo de manera relativamente confiable. Para los cristianos, que el universo tenga estas características tiene todo el sentido del mundo. Para el ateo, no hay explicación… las cosas simplemente son así. Pero el científico ateo las afirma, por fe. No puede comprobarlas en el laboratorio.

Si deseas aprender más sobre si la fe —en particular la fe cristiana— es un estorbo para la ciencia, escucha este episodio de Piensa Podcast.

Verdad #2: “Todos tenemos fe en cosas que no podemos demostrar, y hay excelentes científicos que profesan la fe cristiana”. 

Mito #3: “La ciencia surgió contra la creencia en Dios de la edad media”.

Es cierto que la revolución científica vino al final de la edad media, pero la razón no fue porque los hombres se libraron de Dios… sino porque los hombres regresaron a la Biblia. Como explica el filósofo Vishal Mangalwadi:

“El éxito de la Reforma para establecer la autoridad intelectual de la Biblia desató en la cultura popular la enseñanza de la Biblia en cuanto a Dios, la creación, el hombre, el pecado, la salvación, el conocimiento, la educación y el sacerdocio de todos los creyentes. Estas ideas bíblicas […] fueron cruciales para el nacimiento de lo que ahora llamamos la revolución científica”.1

Durante la Reforma Protestante, los cristianos no solo se dieron cuenta de que ellos eran sacerdotes y podían acercarse a la Biblia por ellos mismos. También entendieron que había dos revelaciones, la especial (Escritura) y la general (Creación), y que ambas podían ser estudiadas. Esta idea de explorar la creación de Dios para la gloria de Dios fue lo que motivó al menos en parte a muchas de las grandes figuras de la revolución científica. Francis Bacon, considerado como padre del método científico, escribió:

“Porque nuestro Salvador dijo: «Erráis, ignorando las escrituras y el poder de Dios» [Mt 22.29], dejando ante nosotros dos libros que estudiar, si queremos estar a salvo del error: primero, las Escrituras, que revelan la voluntad de Dios; y luego, las cosas creadas [la ciencia natural] que expresan su poder, de las cuales, estas últimas sirven de clave para las primeras: no solo al abrir nuestro entendimiento para captar el verdadero sentido de las Escrituras mediante las nociones generales de la razón y las reglas del habla, sino principalmente al abrir nuestra creencia, al conducirnos a una adecuada meditación en la omnipotencia de Dios, que está firmada y esculpida principalmente en sus obras”.2

Resulta que la Ana universitaria, fascinada con el mundo de la biología celular, no estaba sola en su adoración al Creador. Científicos como Newton, Galileo y Kepler vieron su trabajo como algo que glorificaba al Señor, no algo que demostraba su inexistencia. No eran cristianos a pesar de su inteligencia. Ellos veían claramente la conexión entre su fe y su conocimiento científico.

Verdad #3: “La ciencia surgió para estudiar ‘el segundo libro de Dios’: la creación”.


1 El libro que dio forma al mundo, p. 249.
2 Ibid., p. 255.

Sobre la Autora...

Ana Ávila es editora senior en Coalición por el Evangelio, Química Bióloga Clínica, y parte de Iglesia Reforma. Es autora de “Aprovecha bien el tiempo: Una guía práctica para honrar a Dios con tu día”. Vive en Guatemala junto con su esposo Uriel y el bebé Judá. Puedes encontrarla en YouTubeInstagram, y Twitter.

Edificación de la Iglesia

La fiesta de Pentecostés: 3 lecciones para la iglesia

Por: Josías De La Cruz H
Fuente: Coalición por el Evangelio

Esta semana los judíos celebran la fiesta bíblica conocida en hebreo como שַבֻוֹת (shavuot) o “semanas”, término que luego fue traducido al griego como Pentecostés. Medité en las riquezas que pude extraer al recordar dicha fiesta y me pareció oportuno compartirlas en este artículo. En Levítico leemos que el Señor instituyó esta fiesta e instruyó a Su pueblo sobre el tiempo de su celebración:

“Contarán para ustedes, desde el día después del Día de Reposo (desde el día que han de traer el Omer de la ofrenda mecida) siete semanas, estas serán completas. Hasta el día después del séptimo Día de Reposo, contarán 50 días. Y traerán una ofrenda nueva al Señor” (Lv  23:15-16, traducción personal; énfasis añadido).

Como ya vimos en dos artículos previos (sobre la fiesta de Purim y la Pascua), es importante recordar dichas fiestas bíblicas, instituidas en el primer pacto, porque aún contribuyen a la edificación de la iglesia. Esta fiesta no es la excepción.

Quizá te preguntes, ¿qué riquezas se esconden detrás de la fiesta bíblica de Shavuot que los cristianos debiéramos aprovechar? Aquí te presento tres lecciones que nos deja la fiesta judía de Pentecostés.

1) Nos apunta a la resurrección de Jesús

Esta celebración bíblica estaba conectada con las primicias de la cosecha. La razón del nombre Shavuot (Semanas), viene por las siete semanas que se deben contar, empezando desde el domingo después de la Pascua (Lv 23:15). En dicho domingo, el Omer (una gavilla de los primeros frutos, Lv 23:10-11) era presentado ante el Señor.

Jesús usó la analogía del grano de trigo para hablar de su muerte y se identificó con este grano al decir: “Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. En verdad les digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto” (Jn 12:23-24). Desde un punto de vista botánico “ya hay un embrión creciendo dentro de la semilla de trigo cuando esta cae al suelo; este usualmente quiebra la semilla después de dos días en suelo húmedo”.[1] Es decir, Jesús dijo que a menos que dicho grano no sea “quebrado” (muere) no emanará la vida de él. Pablo repite la misma idea en 1 Corintios 15:36.

De igual forma, Jesús fue horrendamente quebrado en la cruz y al tercer día la vida brotó en Él (Hch 13:30; Ro 8:11). Similar a como antes de Shavuot, la gavilla de los primeros frutos se presenta a Dios el domingo después de la Pascua, así se presentó el Mesías resucitado el domingo después de su crucifixión. Tal como el pueblo de Dios celebraba el brote de vida de los nuevos frutos —durante las semanas previas a Shavuot— de igual manera, durante esos mismos 49 días previos a Shavuot (Pentecostés), los discípulos celebraron la resurrección de Jesús (Hch 1:3).

Es por esto que Pablo afirma que la fiesta de Shavuot, la cual inicia con los primeros frutos de la cosecha en el domingo de resurrección, realmente nos apunta a la resurrección misma de Jesús. “Más ahora el Cristo [Mesías] ha resucitado de entre los muertos, el primer fruto de los que durmieron” (1 Co 15:20, énfasis añadido; traducción personal).[2]

2) Nos recuerda la obra del Espíritu Santo

El Señor pudo haber elegido otro día para su resurrección y sus múltiples apariciones, pero decidió hacerlo todo en conforme a Su propósito en el tiempo que Él señaló. La promesa del derramamiento del Espíritu tampoco fue la excepción. El clímax de la festividad ocurre “después del séptimo Día de Reposo” (Lv 23:16). De acuerdo con cálculos basados en Éxodo 19:1, la Torá fue dada tres meses después del Éxodo de Egipto. Esto nos ubica en el mes de Sivan, noveno mes del calendario judío moderno.

Ya que también este fue el mes en que cayó Shavuot, ambos eventos terminaron siendo asociados, llegando a conocerse como la “Fiesta de la entrega de la Torá”.[3] En el momento en que Dios entrega la Torá a Moisés, “todo el pueblo presenció las voces, las flamas de fuego, el sonido de la trompeta y el monte humeando.[4] Y viendo el pueblo, temblaban de temor estando de pie a la distancia” (Éx 20:18, cursiva añadida; traducción personal). Lucas registra sucesos similares con la llegada del Espíritu Santo, permitiendo ver un paralelismo con un vocabulario genérico entre ambos eventos:

Entrega de la
Torá a Moisés 

(Éx 20:18)

Derramamiento del
Espíritu Santo 

(Hch 2:2-6)

“sonido de trompeta (viento)

y el monte humeando…

“vino del cielo un ruido como el de

una ráfaga de viento impetuoso…

voces…

se les aparecieron lenguas…

flamas de fuego.

como de fuego que se posaron sobre ellos”.

Antes de que el Nuevo Testamento fuese redactado, el filósofo judío Filón (20 a. C. – 45 d. C.) comentó sobre las “flamas de fuego” en Éxodo 20:18: “las llamas se convirtieron en un discurso articulado en el lenguaje familiar para la audiencia (Decal. 46)”.[5] Sin embargo, esta vez en Hechos 2, de acuerdo a la profecía, Dios dice “pondré mi Torá (ley) en lo más profundo de ellos y sobre sus corazones la escribiré” (Jr 31:33, traducción personal).

Es por esto que después de esta manifestación del Espíritu y esta nueva entrega de la ley en el corazón de los creyentes, por medio de Cristo en el Nuevo Pacto (He 8:10; 10:16; cp. Ro 3:20), vemos vidas cambiadas. A la persona que negó al Señor (Mt 26:73-74), Cristo la transformó en alguien que lo amaba con todo su corazón, mente y fuerza (Hch 5:29, 40-41). Otra que perseguía cristianos para matarlos (Hch 22:20), llegó a amar a su prójimo como a sí mismo por amor a Cristo (Ro 9:3), y hay muchos ejemplos más.

En Shavuot traemos un regalo nuevo a Dios de nuestras primicias, pero sobre todo, recordamos que el mayor y nuevo regalo ya vino de parte de Dios: el derramamiento de su Santo Espíritu, por el cual creemos en el evangelio y con quien moraremos para siempre.

3) Nos brinda oportunidad de evidenciar nuestra fe

La llenura del Espíritu Santo en Shavuot (Pentecostés) sobre los creyentes los capacitó para poner en práctica su fe. Shavuot es una de las tres fiestas obligatorias donde Dios requería que todo varón de 20 años o más del pueblo de Israel peregrinara a Jerusalén. Es durante estas “semanas” cuando el Señor ordena a su pueblo que no recojan toda la cosecha de los campos para que el pobre, la viuda, el afligido, el necesitado y aún el gentil, puedan ser suplidos por el Señor durante los largos viajes de peregrinación a Jerusalén.

La fiesta de Shavuot nos desafía a preguntarnos ¿cuántos estaríamos dispuesto a dejar, por varias semanas, dinero y comida para los extranjeros necesitados, los pobres y afligidos que rondan en nuestras ciudades? En otras palabras, el mensaje que Dios intenta comunicar en esta fiesta de las “semanas” es claro: Lo que caracterizará la fiesta de Pentecostés es la misericordia, compartir con el necesitado y el gozo en el Señor al amar al prójimo como a nosotros mismos.

De hecho, es en este contexto de Shavuot que Rut, una extranjera afligida y necesitada, llega al campo de Booz por medio de quien Dios provee para ella (Rut 2:3). Esta es una de las razones de por qué en la tradición judía en Shavuot se estudia el libro de Rut que nos sirve para recordar que, si estamos en la condición de Rut, Dios suplirá nuestras necesidades.

Pero si tenemos la bendición de estar en una situación de abundancia como la de Booz, estamos llamados a ser el instrumento de Dios para el necesitado. El hacer obras no es un error, el creer que ellas salvan sí lo es (Ef 2:8-10). Obedecer a Dios es la manifestación externa de la fe en Dios. Es por eso que la verdadera fe hace obras. En otras palabras, las obras son directamente proporcional a la fe; es decir, voy a obrar si creo (Stg 2:18). Así que, cuando guardamos los mandamientos estamos expresando fe y amor por Dios, que fue exactamente lo que hizo Booz y es también a lo que Cristo nos llamó (Lv 19:9-10; Rut 2:3-9; cp. Jn 14:15; 1 Jn 5:3). Queridos hermanos, Shavuot nos recuerda que no es suficiente con solo hablar de Jesús, sino que también debemos mostrar a Jesús (Jn 13:35).

[1] Keener, Craig S., The IVP Bible Background Commentary New Testament, 2nd Edition, (IVP Academic, 2014) p. 286.
[2]  La palabra griega que Pablo usa para “primer fruto” en 1 Corintios 15:20 es ἀπαρχή (aparje), que es una traducción del término hebreo plural בִּכּוּרִים (bicurim) “primeros frutos”. Pero Pablo lo usa aquí en griego singular, “primer fruto”. En Romanos 8:23, Pablo también usa este mismo término griego para enseñar que los creyentes tenemos las primicias del Espíritu Santo.
[3] Joseph Shulam, “Flame Like Fire – Shavuot.” Teaching From Zion, Vol. 24 (May 2009): 5. “La identificación de Shavuot con la entrega de la Torá… posiblemente se remonta incluso al periodo bíblico tardío” (p. 5).
[4]  Esta palabra קוֹלֹת (kolot) puede ser traducida como “truenos,” pero también como “sonidos” o “voces”.
[5] Joseph Shulam, Flame Like Fire – Shavuot, p. 6.

Sobre el Autor...

Josías De La Cruz H. es ingeniero civil y estudió Hebreo Bíblico en el Instituto Biblical Language Center. También tiene estudios teológicos y ministeriales en Southeastern Baptist Theological Seminary. Está escribiendo su tesis de Maestría en Ciencias Bíblicas y Filología en la Universidad Bar-Ilan en Israel, da clases en el Instituto de Estudios Bíblicos de Israel y trabaja como Socio de Investigación en Philos Project. Josías vive en Israel junto a su esposa Lianny y su hija Hadasa. Puedes seguirlo en Twitter.

Mujer: Vive tu fe

Una oración para una madre que está agotada

Por: ​Christina Fox
Fuente: Coalición por el Evangelio

La maternidad es el mejor trabajo del mundo, y el trabajo más difícil que me haya tocado hacer. Me ha llenado de gozo y me ha mostrado un nivel de amor que nunca había conocido. También ha llevado mi mente, mi cuerpo y mis emociones al límite. He sobrevivido con menos sueño del que es humanamente posible. He aprendido más de lo que quisiera de insectos, de ciencia y de cómo funcionan las máquinas (tener un par de varones le hace eso a cualquiera). Las marcas físicas puedan desvanecerse, pero hay marcas en mi corazón que quedarán para siempre.

Aunque el gozo es abundante, hay días donde la maternidad me agota hasta los huesos. Hay veces que no estoy segura de si voy a aguantar hasta el final del día. Cuando por fin llega la noche, mi cabeza se hunde en mi almohada, y no estoy segura de qué logré en todo el día. Mi corazón suspira porque sé que mañana probablemente sea igual.

Como el trabajo nunca termina, sé que me levantaré mañana a una casa que arreglar y platos que lavar. Y por los estornudos que he estado escuchando, puedo ver una enfermedad que se avecina.

Algunas temporadas se sienten más intensas que otras. Es fácil sentirme desanimada luego de un ciclo sin fin de desastres, físicos y emocionales. El gozo puede llegar a sentirse como algo del pasado y que está fuera de mi alcance. Podemos sentirnos aisladas y solas. Pudiéramos poner en duda nuestras cualidades como madres o llegar a pensar que le hemos fallado a nuestros hijos.

Es cierto: la maternidad es difícil, y no podemos solas. Como dijo John Piper en su libro  A Godward Life (Una vida que va hacia Dios): “Necesito ayuda. Siempre. En todo. Me estoy engañando a mí mismo si creo que puedo moverme una pulgada sin la ayuda de Dios”. Así como no podemos vivir sin agua, no podemos hacer nada apartados de Cristo, incluyendo el ser madres. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de Mí nada pueden hacer” (Juan 15:5).

En vez de nadar en un mar de culpabilidad o desear que la vida sea diferente, debemos ir a la Fuente de nuestra fuerza, gozo y paz. Debemos beber del agua viva que solo Cristo provee. Allí encontraremos que las verdades del evangelio están siempre a nuestro alcance, siempre listas para refrescar, recordar y restaurar. Jesús murió para liberarnos de tratar de vivir por nuestra cuenta. Él vino a redimirnos de la esclavitud al pecado y a restaurar nuestra relación con el Padre. Él enfrentó toda tentación y angustia que nosotros podamos enfrentar, pero a la vez vivió una vida sin pecado. La muerte no lo pudo contener, garantizando una futura resurrección para todo el que confíe en Cristo.

Cuando estas verdades saturen nuestra alma sedienta, encontraremos el alimento y la fuerza que desesperadamente necesitamos. Y es por Cristo que podemos venir ante el trono de la gracia para encontrar la ayuda que necesitamos (Hebreos 4:16). Si tú, al igual que yo, te sientes agotada, esta oración es para ti:

*********************

Amado Padre que estás en los cielos: Vengo a ti cansada y abatida en este día tan largo. Ser una madre puede ser tan difícil. Tantas veces me siento impotente e inadecuada. Una parte de mí se quiere quejar, pero entonces recuerdo hasta qué punto fuiste abatido y sé que no puedo hablar. Recuerdo que eres el Varón de Dolores y que entiendes qué tan difícil puede ser la vida. También recuerdo que Tú guardas cada una de mis lágrimas y que te importan mis problemas, mis pruebas y mis temores.

El libro de Hebreos me dice que puedo acercarme con confianza y encontrar la gracia y la misericordia que necesito. Así que vengo donde ti para entregar estas cargas a tus pies. Me siento sobrecogida por tantas cosas en mi vida. Siento como que nunca puedo avanzar. Desde que limpio un desorden por un lado, encuentro otro por otro lado. Algunos días me pregunto si es que no estoy hecha para ser mamá. Yo sé que hoy no te he glorificado como es debido. He fallado en amar como tú me amas. He fallado en extender a otros la gracia que me has extendido. Perdóname por luchar con mis propias fuerzas. Perdóname por no encontrar mi satisfacción completa solo en ti y estar buscándola en otro lugar.

Cada una de estas fallas me recuerdan cuánto necesito de un Salvador. El día de hoy me recuerda que necesito a Jesús más de lo que lo necesité ayer, y mañana lo necesitaré más todavía. Estoy tan agradecida de todo lo que me das. Tú nunca te cansas ni desmayas. Aun mientras estoy dormida, Tú sigues trabajando. Nada pasa fuera de tu conocimiento y voluntad. Tú nunca estás en el punto que no puedes aguantar más. Y el pozo de tu gracia nunca se seca. Por lo que Cristo hizo por mí, yo te pido que pongas en mí un corazón limpio. Renueva mi alma dentro de mí. Dame la fuerza del evangelio para cada día. Abre mis ojos para que pueda ver tu mano obrando en los desastres de mi vida. Sé tú mi constante en medio de mis fluctuaciones. Mantén al evangelio siempre delante de mí y hazlo realidad en mi vida como madre. Yo oro que mañana estés conmigo en el medio del lodo y el fango de la maternidad. Ayúdame a encontrar mi gozo en ti y no en mis circunstancias. Que yo pueda recordar que aun cuando no lo sienta, tú estás conmigo, nunca me dejarás ni me desampararas.

Esta noche dormiré en paz sabiendo que cuando yo no pueda más, tu me sostienes en tu mano. Y abriré mis ojos en la mañana encontrando misericordia, nueva y fresca, lista para mí.

Es por Cristo y en Cristo que oro. Amén.

Sobre la Autora...

​Christina Fox es una consejera, escritora y madre, no necesariamente en ese orden. Vive con su esposo y sus dos hijos en el sur de la Florida. Puedes leer sobre su caminar en la fe en su blog y en Facebook.

Edificación de la Iglesia

La necesidad del estudio bíblico

Para este articulo sobre los desafíos para los pastores tenemos una entrevista con hermano Nicolás Davies, un misionero quien colabora con Desarrollo Cristiano. Hermano, ¿es posible presentarse?

 ¡Por supuesto! Me llamo Nicolás Davies, y mi esposa Kysha y yo somos misioneros australianos acá en Perú. Trabajamos con una organización que brinda cursos teológicos a toda Latinoamérica. Se llama MOCLAM. Y hemos tenido la bendición de colaborar con Desarrollo Cristiano durante los últimos tres años.

Con todas las presiones y las necesidades que enfrentan los pastores, ¿Qué es lo más olvidado?

Es verdad que los pastores tienen muchos desafíos y que cada semana hay una lista extensa de responsabilidades normales y eventos urgentes que luchan por su atención. Esto ha sido especialmente verdad durante el último año de la pandemia. He hablado con varios pastores en apuros. Dan, dan y dan con toda dedicación, por el amor que tienen por su gente, pero la pandemia ha tenido un efecto grave. Hacen malabares con la iglesia, su familia, su trabajo, y la necesidad de tener el culto por internet, por WhatsApp, o por transmisión de radio. Además, ¿Hay alguien que no haya perdido familia o consiervos? La carga en los hombros de los pastores es fuerte.

Entonces, es razonable que dejen atrás sus estudios bíblicos, que considero como la necesidad más olvidada en este tiempo. No solo los de ellos, sino de sus líderes también.

¿Estudios bíblicos? Hablando de todos los desafíos que los pastores enfrentan en su ministerio ¿no será que necesitan algo que les motive para seguir con las disciplinas espirituales, como un curso sobre la oración, por ejemplo?

No hay duda alguna que los pastores necesitan la oración. Pero no quiero distinguir tanto entre la vida espiritual de los pastores y la formación bíblica continua. Por toda la Biblia vemos la relación íntima entre el ánimo y la consolación del Señor, y su palabra. En Salmo 119 versículo 52 el salmista declara “Me acordé, oh Jehová, de tus juicios antiguos, y me consolé.” En Juan 8, Jesús les advirtió que sus discípulos tienen que permanecer en su palabra, y en su segunda carta a Timoteo, Pablo le exhorta que fuera un obrero que usa bien la palabra de verdad. ¡Y Pablo escribió esto desde la cárcel!

¿Entonces los estudios bíblicos de un pastor no compiten con las disciplinas espirituales?

En el sentido de ocupar parte de su día que pudieran usar para orar o ayunar, claro que hay competencia. Pero en el sentido de que uno sea más importante que el otro, creo que no.

No solo porque ser discípulo de Jesús es profundizar en la palabra como expliqué, sino porque para dar hay que llenarse. Ser un pastor es dar mucho a la gente de su iglesia. El pastor normalmente es la parada obligada para los que buscan a otro con quien puede llorar. Como dije antes, ser pastor es dar, dar, y dar. Pero cuando Pablo pidió que lloremos con los que lloran, es interesante ver que la razón de este amor en Romanos capítulo 12 se basa en la teología profunda de Romanos capítulos 1 al 11.

Obviamente no quiero decir que con este pasaje Pablo manda que todos los pastores tengan que estudiar teología continuamente. Sin embargo, si la motivación del amor de todos los cristianos es el conocimiento profundo de quien es Jesús y lo que ha hecho por nosotros (como lo desarrolla Pablo en la primera mitad de Romanos), con mayor razón aún para los pastores. Para alentar a los demás, sea en la prédica o en la conversación pastoral, los pastores necesitan alentarse por un conocimiento profundo de la palabra.

Por esta razón MOCLAM y Desarrollo Cristiano colaboramos: compartimos la misma visión de la importancia del estudio profundo y riguroso de la Biblia como parte fundamental a la obra del pastor.

Digo que esta necesidad de los estudios bíblicos existe para los líderes también. Me imagino que, dado a que es difícil encontrar tiempo para estudiar para un pastor, todavía es más difícil que este mismo pastor encuentre el tiempo para formar a los líderes de esta manera también, ¿cierto?

Sin duda. Especialmente durante el último año también. Pero nuestro ejemplo es Pablo y Timoteo. A pesar de las dificultades en esa iglesia, en su segunda carta, Pablo quería que Timoteo también se esforzara en encargar sus enseñanzas a hombres fieles para enseñar a otros también.

Es necesario tener el objetivo de capacitar a la próxima generación, aunque esto puede ser difícil dadas las circunstancias, pero necesitamos proclamar el evangelio de Cristo de nuevo en cada generación.

Y los pastores no tienen que ‘reinventar la rueda’, si me permite una expresión inglesa. Hay un montón de recursos excelentes para pastores que quieren tener la capacitación o formación para sus líderes, entonces no tienen que empezar desde cero. Hay muchos pastores que usan los recursos de Desarrollo Cristiano y los cursos de MOCLAM para ayudar con esto.

Entonces para terminar, ¿como quiere animar a los pastores? 

Nadie va a fingir que ser pastor es fácil. Y hay muchos que tratan de no hundirse en este tiempo, haciendo lo que pueden, a veces sin mucho apoyo. Hermanos, Dios es nuestra fuerza y su Espíritu nos está transformando cada vez más como Jesús, día a día. Aunque sea poco y signifique el sacrificio de algo en una lista larga de cosas buenas, para continuar en la obra pastoral, hay que estudiar la palabra tanto como orar, y formar a los líderes. El autor de Hebreos retrata ricamente a Jesús en su carta con la meta de animar la fe de esa congregación, “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.” Que imitemos su ejemplo para alentar a nuestras congregaciones y preparar la próxima generación.

Nicolás Davies ha contribuido una serie de artículos desarrollando temas que surgieron en esta conversación. Puede ver los otros artículos en los siguientes enlaces.

Edificación de la Iglesia

Formación bíblica para la predica

En este artículo continuamos nuestra conversación sobre la importancia de la formación bíblica, pensando especialmente en la predica. Si no ha leído el artículo anterior, puede leerlo acá.  

 ¿Cómo podemos reconocer una buena prédica?

Es una buena pregunta porque invertimos hasta diez o quince horas, quizás más, en su preparación, entonces queremos saber que lo que resulta edifica la gente en la congregación. Obviamente se puede evaluar una prédica en muchas maneras, pero para mí una pregunta útil es, “al final del culto, cuando sale la congregación para almorzar con la familia, ¿en que debe pensar como resultado de la predica?

Obviamente queremos que Jesús esté en la mente y los labios de la congregación después de escuchar nuestra predica. De todos modos, toda la Biblia habla de Jesús como vemos en la conversación en el camino a Emaús en Lucas 24. “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.”

Mejorando lo que puedo decir, en su libro Comunicación por medio de la Predicación el pastor Orlando Costas enfatiza la necesidad de predicación cristocéntrica.

“La predicación es, finalmente, un acto dinámico en el cual Dios se dirige a hombres y mujeres fuera y dentro de su pueblo, para confrontarlos con las profundas implicaciones de su obra redentora en Cristo.”

Vemos que el pastor subraya dos cosas:

  • Que Dios usa la predicación para comunicar a la iglesia y al mundo.
  • Y que la predicación es una proclamación de lo que el Padre hace en el mundo a través de la muerte redentora y la resurrección de Jesús.

 

Y los dos son necesarios, ¿no?

¡Claro que sí! No es que el formato de la prédica resuene místicamente con las verdades de Dios más que la canción o un letrero. Lo que hace a una prédica una comunicación de Dios al mundo es el contenido: el evangelio. La misión, la muerte, y la resurrección de Jesús es el poder. Por esta proclamación cristocéntrica, Dios nos confronta a nosotros y al mundo.

De hecho, si seguimos esta lógica, quizás podemos atrevernos a decir que una prédica que no es cristocéntrica no es una prédica. ¡Pero no quisiera poner palabras en la boca del pastor Orlando!

Creo que todos estarían de acuerdo con la importancia de que la prédica debería ser cristocéntrica, es una imagen bonita que, al final del culto, la congregación esté pensando en Jesús, renovados para la semana que viene. Pero repetir el evangelio cada semana puede resultar en prédicas repetitivas sin mucha aplicación. 

Si la prédica solo es un repaso del evangelio, entonces sí. Pero me acuerdo la observación del director de mi seminario: “si la prédica aburre o es repetitiva, es por la falta de estudio del texto bíblico.”

Porque lo que es emocionante es que este énfasis cristocéntrico nos ayuda a tener la aplicación. La Biblia es una fuente que refleja la complejidad de la vida humana. Y por supuesto porque es la historia de Dios revelándose sí mismo y relacionándose con la humanidad en todos los altibajos de la vida, como parte de su plan de anular los efectos del pecado que nos contaminan. Si invertimos el esfuerzo, cavando en el pasaje, en su contexto – especialmente pensando en su conexión con Jesús – pues, ¡imagínese la iglesia con una dieta así!

La prédica cristocéntrica no solo levanta los corazones al entender mejor al Salvador, sino que abre la puerta para hacer real este mismo evangelio en la vida de los hermanos y las hermanas.

¿Uno resulta en el otro, entonces?

Vemos esto en la Biblia. En el Nuevo Testamento hay un patrón general que muestra que la aplicación siempre es resultado de la implicación de la teología cristocéntrica. Vimos así el ejemplo de Romanos en nuestra última conversación, ¿no? En los capítulos 1 al 11 de la teología resaltando Cristo y la gracia, y los capítulos 12 al 16 mostrando las implicaciones de esto en la vida de esta iglesia.

Hay más. En Efesios Pablo elabora tres capítulos explicando cómo Jesús, resucitado y exaltado, reina con autoridad. Escribe, “…el poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío…”(1:19-21)

Y Pablo examina esta idea en estos tres capítulos, conectándola con nuestra salvación y unión con Cristo en un solo cuerpo. Solo después de esta teología cristocéntrica profunda, llega Pablo a las implicaciones en el principio del capítulo 4, “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados…”, y luego explica la aplicación de las verdades de los capítulos 1 al 3 para las vidas de esta iglesia en los capítulos 3 al 6.

Pedro hace lo mismo, dentro del primer capítulo en su primera carta, el apóstol explica la esperanza viva que tenemos en Cristo (1:3-9), prometido de antemano por los profetas (1:10-12), y luego les anima a una vida de santidad (1:13-25), la frase ‘por tanto’ marca la relación entre estos temas, “por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado” (1:13)

Para los autores bíblicos es sólo al proclamar como es Jesús en toda su profundidad que es posible entender las implicaciones para la vida diaria. La aplicación rica sale de la exposición profunda de Cristo y su obra.

Es muy obvio que estas argumentando a favor del estudio bíblico para la predica. 

Sí. Predicar así requiere el estudio continuo de la Biblia. Si tenemos la visión de que nuestra gente salga del culto reflexionando en la grandeza de todo lo que el Padre hace por Jesús y qué significa para sus vidas, entonces es necesario que nos profundicemos en el estudio bíblico. Antiguo Testamento y Nuevo Testamento sistemáticamente. Es necesario que veamos las partes de un libro en el contexto de todo el libro, y dentro del contexto más amplio de la historia de salvación en Cristo. Es necesario que entendamos como un salmo es diferente que una carta. Es necesario pelearse con pasajes difíciles. Que Cristo sea grande en la vida de nuestra iglesia por nuestras predicas requiere el estudio cuidadoso, diligente, y humilde de la Biblia.

Gracias a Dios, nos ha dado la gente en la comunidad global de Cristo de quien podemos aprender: en estos días hay un montón de recursos. Para estudios más doctrinales, en Desarrollo Cristiano puede obtener el Curso de Formación Teológica Evangelio por Francisco Lacueva. Para estudiar el texto bíblico voy a recomendar (¡por supuesto!) los cursos de MOCLAM que examinan libros de Biblia sistemáticamente.

La predicación es un arte con muchos aspectos claves: la obra del Espíritu Santo, el carácter y la vida del predicador, el testimonio personal. Pero si queremos participar realmente en este acto dinámico de Dios de confrontar a los hombres y mujeres con las profundas implicaciones de su obra redentora en Cristo, es necesario que cavemos en la palabra de Dios para que mostremos su luz desde el púlpito. Y dado que la Palabra de Dios es más cortante que toda espada de dos filos, cuando muestra su luz, resaltando a Cristo, Dios cambia vidas.

En el próximo mes, vamos a continuar la conversación por explorar como el estudio bíblico ayuda en la obra pastoral de alentar y animar.

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Edificación de la Iglesia

Alentar a otros por la Palabra

Continuando la conversación sobre la formación bíblica, hablamos de su uso para animar a los hermanos.

 En mi Biblia, y creo que en las de muchos, hay una lista de versículos para varios problemas y dificultades que enfrentamos. Como una concordancia de pasajes pastorales. ‘Si esta triste, lea Juan 16:33’, por ejemplo. Si me permite una pregunta capciosa, esto es suficiente, ¿no? ¿Qué puede contribuir más la formación bíblica al tema de alentar a los otros?

Pues, ¡nunca quisiera negar la utilidad de estas listas! En los momentos difíciles de la vida poder encontrar un pasaje para fortalecernos es una bendición, como una venda en el momento de una herida.

Pero como pastores y líderes sabemos que la variedad de problemas y dificultades que enfrentan la gente son múltiples, ¿no? Entonces esperamos que nuestra gente tenga sus raíces profundamente en lo que Dios nos ha revelado en las Escrituras para que aguanten las tormentas, no que sigan colocándose solo vendas, momificados con versículos individuales. Como dice el salmista en 119:28, “Se deshace mi alma de ansiedad; Susténtame según tu palabra.”

Sabemos que la Biblia habla del rango completo de la experiencia humana en todos sus altibajos, y si vamos a aplicar estas riquezas para animar y fortalecer a nuestra gente, necesitamos estudiarlo. Cada libro de la Biblia tiene una contribución a la obra de alentar si tenemos la paciencia y el cuidado. Como observó el Dr. Dominick Hernández, el director del programa hispánico de Southern Baptist Theological Seminary, “La importancia de Romanos y Gálatas es completamente igual a la de Levítico y Números. Estudiar y aplicar toda la Palabra de Dios nos hace poner en práctica lo que decimos creer acerca de la autoridad bíblica.”

Entonces un ejemplo sería que podemos usar las historias de las mujeres infértiles en la Biblia, como Ana, como un recurso para nuestras hermanas que enfrentan este mismo desafío, ¿no?

Esto tiene su papel. Pero con estas riquezas pastorales que la Biblia nos da, viene también la responsabilidad de no imponer en nuestra gente una carga ilícita.

¿“Una carga ilícita”? ¿En que sentido?

La carga del legalismo, especialmente a los que están pasando por desafíos. En este ejemplo de imitar a Ana nos arriesgamos al aconsejar a una persona que su respuesta a las dificultades sea depender de sus propios esfuerzos en vez de mirar a Jesús. Es decir, si no tenemos cuidado, podemos decir a una pareja quien ha intentado tener hijos sin éxito por muchos años que necesitan ser más como Ana, mostrando más dedicación en la oración. En otras palabras, les damos como una fórmula: “Ana hizo esto, entonces ustedes también.”

Pero, vemos en la canción de alegría de Ana en 1 Samuel 2 que Ana sabía que su embarazo no fue para ella, sino para Israel, un hecho enfatizado en la última frase del versículo 11. En el contexto, aquel hijo – dado en el tiempo de apostasía de aquella época – iba a hacer volver a Israel al Señor. Obviamente, Jesús es el cumplimiento al embarazo de Ana, no nosotros. El Espíritu no quiere que usemos las Escrituras para animar la confianza en nuestros propios esfuerzos y dedicación, sino en Cristo.  La carga ilícita es alentar a la gente con un legalismo de buenas intenciones, en vez de recordarles quienes son en Cristo y las bendiciones que hemos recibido por él.

Para hacer esto necesitamos estudiar toda la Biblia, invirtiendo tiempo en la interpretación que resalta a Jesús primero. Y con esta conexión con Cristo y la gracia establecida, podemos reflexionar en el carácter de Dios, visto también en Jesús, con respecto a la tristeza y la frustración de la infertilidad. También podemos reflexionar en la naturaleza humana a la luz de la mancha del pecado y de la encarnación que afirma nuestra naturaleza. Además, podemos aconsejar sobre la infertilidad sobre la base de la gracia que tenemos en la cruz, y la esperanza de la nueva creación.

Si puedo resumir todo esto, quiere decir que la formación bíblica le da a un pastor herramientas mas amplias para animar su gente en dificultades.

“Más amplias” en el sentido, primero, de ser herramientas Cristocéntricas  basadas en la gracia, no las obras.  Y segundo, en el sentido de que el uso Cristocéntrico abre más de la Biblia a las situaciones pastorales. El libro de Rut no es solo para mujeres, sino para varones también. Las historias de Saulo son tanto para mujeres como para varones.

Y hasta este punto hemos hablado sobre la formación bíblica para alentar en una forma reactiva. Pero no queremos olvidar su papel preventivo también. Si predicamos sistemáticamente por todas partes de la Biblia, con un ojo abierto a las riquezas pastorales que hay, podemos armar nuestra gente con un banco de conocimiento bíblico al que podemos referir para animarlos en sus momentos de dificultad. Les podemos decir “¿Se acuerdan lo que vimos en la historia de Ana?”

No sé usted, pero mi impresión del salmo 119 es que el sustento de la Palabra de Dios que pidió el salmista no es nada ligero. ¡Sustentar es comida que llena para continuar, de todos modos! Y si puedo continuar esta metáfora, para preparar esta comida sustanciosa para alentar, hay que preparar con los estudios cuidadosos de la Biblia.

En el próximo mes, vamos a explorar el rol del estudio bíblico en la formación de los líderes futuros de la iglesia.

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