Conferencia por el Bicentenario del Perú – Cesar Vidal

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Sobre el autor...

Historiador, abogado y autor español, César Vidal es conocido también por su labor como periodista. Estudió Derecho en la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Alfonso X, es doctor en Creencias Religiosas por la UNED y se ha formado en Teología en la Logos Christian College. Además, habla ocho idiomas.

Puedes encontrar a Cesar Vidal en:

¿SOMOS LIBRES, SEÁMOSLO SIEMPRE?

Por: Francisco Vergara

En el Perú se celebra la independencia el 28 de julio. Este significativo momento ocurrió hace 200 años. Para conmemorar la independencia se realizó un concurso público para establecer el Himno Nacional del Perú (llamado originalmente Marcha Nacional del Perú), el mismo que fue estrenado el 23 de setiembre de 1821. La letra es de José de la Torre Ugarte y la música fue compuesta por José Bernardo Alcedo. La primera intérprete fue Rosa Merino en la fecha indicada. Durante algunos años, desde 1840, se introdujo una estrofa apócrifa y anónima, que se entonaba como primera, aludiendo al sufrimiento silencioso de los peruanos. Al descubrirse su carácter apócrifo se discutió y, después de muchas idas y venidas en 2005, el Tribunal Constitucional establece que la estrofa espuria, aunque tal, debe continuar considerándose como símbolo patrio. Recién a partir del año 2009 se decidió que en las ceremonias oficiales debe entonarse el coro y la última estrofa, que a continuación mencionamos:

Coro: Somos libres, seámoslo siempre, / seámoslo siempre / y antes niegue sus luces, / sus luces, sus luces el Sol / que faltemos al voto solemne / que la Patria al Eterno elevó / que faltemos al voto solemne / que la Patria al Eterno elevó / que faltemos al voto solemne / que la Patria al Eterno elevó.

Estrofa VI: En su cima los andes sostengan / la bandera o pendón bicolor / que a los siglos anuncie el esfuerzo / que ser libres, que ser libres, / que ser libres por siempre nos dio / a su sombra vivamos tranquilos / y al nacer por sus cumbres el sol / renovemos el gran juramento / que rendimos, que rendimos, / que rendimos al Dios de Jacob, / que rendimos al Dios de Jacob, / al Dios de Jacob.

Como se aprecia, tanto el coro como la sexta estrofa, hacen una referencia al Dios Eterno, al Dios de Jacob. Eso, sin duda, alude a la experiencia cultural de un país dominado por la religiosidad, algo que nos acompaña hasta nuestros días. Pero, podemos cantar sin ruborizarnos: Somos libres, seámoslo siempre. Nuestra pregunta no es política, como podría suponerse dado el contexto de cambio de gobierno en el que estamos inmersos, con las controversias propias de una situación como ella.

¿Somos libres, seámoslo siempre? Aunque la letra del himno nacional del Perú es entonada con mucho fervor y sentimiento patriótico en las ceremonias oficiales, y aunque al terminar de entonarse se grite con mucha fuerza también: ¡Viva el Perú!, como cristianos nos podemos preguntar con total legitimidad: ¿Somos libres?, ¿de qué somos libres? El himno alude solamente a una realidad política: la independencia de España; pero hay otra dependencia o esclavitud mucho más sutil, pero igualmente real y nociva para la vida social, en comunidad, la esclavitud del pecado.

La única salida para esa dependencia es venir a Cristo: Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres (Jn. 8:36). El contexto de esa afirmación es un diálogo entre el Señor Jesús y los judíos que le seguían. Al parecer querían desconocer su historia: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie (Jn. 8:33). Ellos habían estado bajo el yugo egipcio más de 400 años, luego de manera intermitente y sucesiva fueron dominados por una serie de potencias mundiales que emergieron, y en ese mismo instante estaban bajo el yugo del poder romano. ¿Cómo podían decir que no habían sido esclavos de nadie?

No obstante, la intervención del Señor apuntaba en otra dirección: Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Jn. 8:32). No se trataba de consideraciones políticas, que pueden ser superadas mediante procesos sociales. Se trata de una esclavitud o dependencia espiritual, que es muy grave, porque la mayoría de las veces no se acepta fácilmente (Jn. 8:34). Esta realidad espiritual solo puede ser superada por procesos espirituales. Vivimos una ficción, una ilusión, de ser libres cuando en realidad vivimos en esclavitud de nuestros deseos pecaminosos o de los pecados consuetudinarios. Salir de esa condición y llegar a ser hijos de Dios requiere una intervención del Espíritu de Dios, que nos convenza de pecado, de justicia y de juicio; y nos haga venir a Cristo en arrepentimiento y fe.

La verdad, según la Biblia, no la encontramos en una proposición racional, lógica, inteligente, coherente; se puede (y debe) expresar en esos términos, pero está referida a una persona concreta: Jesucristo. Fue Él quien dijo: Yo soy la verdad (Jn. 14:6). No es solamente que transmite o comunica la verdad, Él mismo personifica la verdad. Si queremos ser verdaderamente libres debemos venir a Cristo.

Pablo dice en Ro. 6:16-18:

16 ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? 17 Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; 18 y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.

De modo que ahora en Cristo somos siervos de la justicia que es en Él, por la libertad de la esclavitud del pecado. Luego de experimentar esa libertad en Cristo podremos cantar con verdadera convicción: Somos libres, seámoslo siempre. Dios bendiga a nuestra patria y que los cristianos seamos de bendición para nuestros coterráneos y todos aquellos que se albergan en esta tierra.

La iglesia ante la sombra del consumismo

Por: Anónimo
Fuente: Desarrollo Cristiano Internacional

Todavía recuerdo esos dos momentos, tan aparentemente sencillos y sin mayor trascendencia, uno en mi iglesia local y otro en una ciudad de un país sudamericano:

  • «Pastor, nos estamos cambiando de iglesia porque en la otra congregación tienen un buen programa para niños que está más a tono con la necesidad de nuestros hijos pequeños… y anhelamos que ellos sigan al Señor desde su infancia».
  • «Pastor, mi visión es que mi iglesia se convierta en la primera mega-iglesia de la ciudad y estoy trabajando en ello… ya estoy ministrando en la radio y en la televisión».

Me tomó años darme cuenta que ambas conversaciones reflejaban, más que instancias aisladas, un cambio de actitud y perspectiva que comienza a tomar cada vez más fuerza en la Iglesia Evangélica Latinoamericana.

Lo que parecen acciones motivadas por buenas y loables intenciones, más bien proyectan una nueva «comprensión» de lo que es ser Iglesia. Tal pareciera que estamos sucumbiendo más y más a la «cultura del consumo» y a su consecuencia natural, el «consumismo».

El diccionario de la Real Academia Española define «consumismo» como la «tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios». Pero esto, más bien parece enfocarse en las actitudes y prácticas económicas de la población… ¿o será que hay algo más detrás?

Quisiera enfocarme, si bien brevemente por lo limitado del espacio disponible, en las dos caras de la moneda del movimiento evangélico de hoy: en nosotros como creyentes y como líderes.

¿Qué mentalidad comienza a caracterizarnos como creyentes?

En primer lugar, no cabe duda que el perfil económico de la Iglesia en nuestro continente ha cambiado radicalmente. Hace apenas 50 años, nos caracterizábamos por ser iglesias de gente humilde con poca preparación académica… hoy, por la gracia de Dios son cada vez más los creyentes —y sus hijos— que poseen educación avanzada. Eso también se ha reflejado en el aumento del ingreso del creyente promedio en nuestras iglesias. Pero, ¿cómo impacta aquello en la obra del Reino?

Muchos de nuestros creyentes han abrazado el patrón de consumo de la sociedad en la que estamos inmersos y ahora quieren más y más de lo último. Nuestros jóvenes, aun los más humildes, lucen extravagantes teléfonos inteligentes y zapatos deportivos de marca. Nuestros hermanos en la fe luchan por agregarle a sus viviendas todo tipo de lujitos «según sus posibilidades». Cada vez más, vemos autos más grandes y nuevos en el estacionamiento o en las áreas adyacentes al templo. Si bien no siempre nuestros hermanos cuentan con los recursos para adquirir dichos bienes y los servicios resultantes, recurren con frecuencia a las opciones de crédito cada vez más asequibles. Pareciéramos ser víctimas de las mismas campañas publicitarias de los medios de comunicación que afectan al resto de la población.

Sin embargo, como los recursos que cada creyente posee son, en última instancia, limitados, entre más gastamos en satisfacer los deseos del corazón, menos quedará disponible para invertir en la obra del Reino. Las ofrendas para misiones y proyectos evangelísticos parecieran languidecer, al mismo tiempo que mejora la vestimenta y el estatus económico de nuestra membresía. Por favor, no me malentienda, no es que nuestra gente haya dejado de dar, sino que dar para el Reino no es prioritario, y mucho menos para una causa que demande sacrificio e incomodidad, como lo fue para nuestros hermanos macedonios del primer siglo (2 Corintios 8.1-4).

Tal vez pensemos que esto solo aplica al creyente común, pero no es así. Hace unos años, mientras participaba de una reunión de pastores, el predicador invitado compartió un poderoso mensaje profético en el que nos animaba a pedirle a Dios lo que añoraba nuestro corazón. El mío se quebrantó al escuchar el clamor de mis colegas del ministerio levantar oraciones como: «Señor, tú sabes que necesito un auto nuevo…», «Señor, siempre te he pedido una casita propia para mi familia…», etc. En un momento en que el Espíritu Santo se estaba moviendo, no hubo quien llorase y pidiese por su comunidad y sus flagelos, por la salvación de familiares, vecinos y amigos, por la restauración de quienes se habían apartado, etc. Todo se centró en nosotros mismos y en nuestras propias necesidades del momento. No me malinterprete, todas eran peticiones válidas… ¡pero cuán distintas fueron las del joven rey al que Dios le dio la misma oportunidad (2 Crónicas 1.7-10)!

Claro está que la definición de «consumismo» del diccionario siempre enfrentará el problema: lo que para algunos es un gasto innecesario, para otros es de suma importancia… es un asunto de perspectiva relativa. Y tal vez ese sea el problema, que hemos dejado de fundamentar nuestras decisiones en los valores eternos de la Palabra de Dios y simplemente lo hacemos en base a nuestra opinión. ¡Y todos sabemos que nuestra “opinión” puede cambiar muy fácilmente… tan solo basta que cambien las circunstancias que nos rodean! Pero creo que el problema que enfrentamos como creyentes trasciende lo económico. Tiene que ver con la actitud resultante de darle demasiada importancia a adquirir y poseer aquello que sentimos que «agrega valor» a nuestras vidas y a la de nuestras familias. Esto me lleva a la primera conversación citada al principio del escrito.

¿Qué mejor actitud que la de unos padres que se preocupan por la salud espiritual de sus hijos? ¿Por qué no buscar lo mejor —el mejor programa, los mejores maestros, las mejores instalaciones— para ellos? Bueno, tal vez esto nos lleve precisamente a concluir que buscamos y examinamos a las iglesias locales con el mismo lente con que examinamos las vitrinas y escaparates de las tiendas por departamento, para encontrar el producto que mejor nos luzca. Si bien la iglesia local tiene la responsabilidad de servir a la comunidad de fe, no es menos cierto que dicho servicio trasciende en mucho la relación proveedor-cliente del mundo comercial. La iglesia y su liderazgo no están para satisfacer nuestros deseos y anhelos, ni siquiera para respaldar de manera indiscriminada nuestros sueños y aspiraciones. Están para promover la causa del Reino de los cielos, para «perfeccionarnos a todos nosotros para la obra del ministerio» (Efesios 4.11-12).

Esto implica que nos incorporamos a una iglesia local para aprender a ser más como Cristo y servir a la comunidad por la que derramó su sangre, de la manera en que Él nos dirija a hacerlo. Lo sencillo y práctico de la demanda divina encuentra su mejor expresión en las palabras del Maestro: «¿Por qué me llaman “Señor” y no hacen lo que les digo?» (Lucas 6.46, parafraseado).

Al enfrentar este problema, como creyentes necesitamos «ponernos la mano en el corazón» y preguntarnos si no será que nosotros, como pastores y líderes, hemos propiciado —si bien con las mejores intenciones— el afianzamiento de esa mentalidad.

¿Qué mentalidad pudiera estar influyendo en nosotros como pastores y líderes?

La mentalidad de «sociedad de consumo» que comienza a caracterizar a la Iglesia Latinoamericana depende necesariamente de un liderazgo que la alimente y propicie. Y es que, al comenzar a dar un énfasis desmedido al crecimiento de nuestras congregaciones —y con esto hago referencia a la segunda conversación citada al inicio del escrito— dejamos de lado un genuino enfoque en el Reino.

Creo que en medio de una cultura que busca la excelencia como medio para promover su producto por encima de los demás, la iglesia local comienza a caer en la trampa de igualarse con su contraparte comercial. Buscamos brindar a la congregación el programa más excelente posible, acompañado por los mejores músicos, cantantes e instrumentos; los mejores predicadores y maestros; las mejores y más cómodas instalaciones, etc. Si bien nada de esto es malo en sí mismo, jamás reemplazará el claro objetivo de toda iglesia local: formar hombres y mujeres para seguir y servir a Dios donde Él les coloque, en empresas, instituciones y comunidades. No es extraño ver a una iglesia cambiar su equipo de sonido por uno más costoso, remodelar el templo para hacerlo más atractivo y ponerle aire acondicionado o calefacción (según sea el caso), para brindar el mejor ambiente posible. El problema es que todo eso requiere que se priorice el uso de fondos limitados de la iglesia local. Algo se sacrifica cuando invertimos más de la cuenta en mantener a la congregación con nosotros y en atraer a los creyentes de otras congregaciones a la nuestra.

Estoy seguro de que ningún pastor o líder pensaría conscientemente en perjudicar a otras iglesias hermanas; pero también creo que pocos nos preguntamos por qué hacemos lo que hacemos. La reflexión honesta delante de Dios abre la puerta para que el Espíritu Santo nos confronte con nuestras verdaderas motivaciones, ante lo engañoso de nuestro corazón (Jeremías 17.9-10). Lo que generalmente comienza con una sincera carga por llegar a la comunidad de los no alcanzados, no tarda en sucumbir ante las presiones de una comunidad que cada vez más coloca todo en el altar del éxito —entendiendo por éste una iglesia grande, con recursos y visibilidad en la co¬munidad, con su secuela de beneficios tangibles para su liderazgo.

Sí, tal vez hoy la norma —promovida sin mala intención por los medios de comunicación— sea la de una iglesia que brinda los mejores servicios a su membresía. Aquello se nos muestra en la televisión o lo escuchamos en la radio cristiana. Todos, como pastores, queremos brindar lo mejor a nuestros feligreses, especialmente ante el temor —a veces inconsciente— de perderlos y que busquen otra congregación que sí lo ofrezca. Pero tanto unos como otros hemos dejado de lado nuestra verdadera vocación.

En ese ambiente de competencia por mantener miembros que buscan la mejor «iglesia local», nos desvivimos por ofrecerles más por menos. Les brindamos genuinos espectáculos de alabanza y adoración excelente; y les damos enseñanzas de calidad en el mínimo tiempo posible, para evitar cansarlos o interferir con el resto de su día. La contraparte de este enfoque es que abraza también una mentalidad de especialización de la mano de una dotación y capacitación superiores. Eso convierte a la mayoría de nuestra membresía en meros espectadores y críticos consumados del culto evangélico. Y por ende, cada vez más surgen comparaciones entre iglesias locales, entre equipos de alabanza y entre predicadores. ¡Y por supuesto que ninguno de nosotros quiere quedar del lado menos favorecido!

¿Qué hacer al respecto?

Estoy convencido de que la solución al problema planteado no es ni complicada ni difícil si optamos por preferir la agenda de Dios. Se trata de volver la mirada a la Iglesia Primitiva y a la que ha perdurado por más de dos mil años sobre la Tierra enfrentando todo tipo de persecuciones y desastres —de adentro y de fuera. ¿Qué tal si consideramos los siguientes pasos?

  1. Enseñemos todo el consejo de Dios a la congregación —como lo hiciera el apóstol (Hechos 20.26-28)— y no tan solo los temas que nos gustan más a nosotros como líderes o que promueven la agenda del momento de la iglesia local, o animen a la gente a ofrendar más.
  2. Enfaticemos lo que está en el corazón del evangelio (lo vital) y no sus periferias (lo secundario): la salvación del no creyente (Marcos 16.15), el discipulado y la formación del creyente (Mateo 28.19-20) para la obra del ministerio que, necesariamente, implica ganar a otros para Cristo y no tan sólo servir en los confines del templo.
  3. Enseñemos que solo somos mayordomos, y no dueños de los bienes y recursos que Dios ha puesto en nuestras manos con propósito eterno: ¡que sean de bendición a la comunidad en la que fuimos implantados por Dios… y más allá! Esto implicará dar generosamente y aun de manera sacrificial para la obra de Dios (2 Corintios 9.6-8), pero nos corresponderá a nosotros, como pastores y líderes, asegurar que tales ofrendas sean invertidas en expandir el Reino y no en «mantener» a los creyentes dentro de la comunidad o mejorar la calidad de vida del liderazgo.

Asegurémonos de modelar en nosotros, como pastores y líderes, una actitud enseñable ante la Palabra de Dios, permitiéndole corregirnos; y estemos dispuestos a compartir tales correcciones con la congregación a medida que crecemos en ella. Oremos para que podamos ser genuinos ejemplos de hombres y mujeres que colocan la expansión del Reino —y no el crecimiento numérico o financiero de nuestra congregación— como primera prioridad; y atrevámonos a convertirnos en los principales dadores de la congregación.

¡Adelante y que el Señor les bendiga!

 

© Desarrollo Cristiano Internacional, 2013.

La fiesta de Pentecostés: 3 lecciones para la iglesia

Por: Josías De La Cruz H
Fuente: Coalición por el Evangelio

Esta semana los judíos celebran la fiesta bíblica conocida en hebreo como שַבֻוֹת (shavuot) o “semanas”, término que luego fue traducido al griego como Pentecostés. Medité en las riquezas que pude extraer al recordar dicha fiesta y me pareció oportuno compartirlas en este artículo. En Levítico leemos que el Señor instituyó esta fiesta e instruyó a Su pueblo sobre el tiempo de su celebración:

“Contarán para ustedes, desde el día después del Día de Reposo (desde el día que han de traer el Omer de la ofrenda mecida) siete semanas, estas serán completas. Hasta el día después del séptimo Día de Reposo, contarán 50 días. Y traerán una ofrenda nueva al Señor” (Lv  23:15-16, traducción personal; énfasis añadido).

Como ya vimos en dos artículos previos (sobre la fiesta de Purim y la Pascua), es importante recordar dichas fiestas bíblicas, instituidas en el primer pacto, porque aún contribuyen a la edificación de la iglesia. Esta fiesta no es la excepción.

Quizá te preguntes, ¿qué riquezas se esconden detrás de la fiesta bíblica de Shavuot que los cristianos debiéramos aprovechar? Aquí te presento tres lecciones que nos deja la fiesta judía de Pentecostés.

1) Nos apunta a la resurrección de Jesús

Esta celebración bíblica estaba conectada con las primicias de la cosecha. La razón del nombre Shavuot (Semanas), viene por las siete semanas que se deben contar, empezando desde el domingo después de la Pascua (Lv 23:15). En dicho domingo, el Omer (una gavilla de los primeros frutos, Lv 23:10-11) era presentado ante el Señor.

Jesús usó la analogía del grano de trigo para hablar de su muerte y se identificó con este grano al decir: “Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. En verdad les digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto” (Jn 12:23-24). Desde un punto de vista botánico “ya hay un embrión creciendo dentro de la semilla de trigo cuando esta cae al suelo; este usualmente quiebra la semilla después de dos días en suelo húmedo”.[1] Es decir, Jesús dijo que a menos que dicho grano no sea “quebrado” (muere) no emanará la vida de él. Pablo repite la misma idea en 1 Corintios 15:36.

De igual forma, Jesús fue horrendamente quebrado en la cruz y al tercer día la vida brotó en Él (Hch 13:30; Ro 8:11). Similar a como antes de Shavuot, la gavilla de los primeros frutos se presenta a Dios el domingo después de la Pascua, así se presentó el Mesías resucitado el domingo después de su crucifixión. Tal como el pueblo de Dios celebraba el brote de vida de los nuevos frutos —durante las semanas previas a Shavuot— de igual manera, durante esos mismos 49 días previos a Shavuot (Pentecostés), los discípulos celebraron la resurrección de Jesús (Hch 1:3).

Es por esto que Pablo afirma que la fiesta de Shavuot, la cual inicia con los primeros frutos de la cosecha en el domingo de resurrección, realmente nos apunta a la resurrección misma de Jesús. “Más ahora el Cristo [Mesías] ha resucitado de entre los muertos, el primer fruto de los que durmieron” (1 Co 15:20, énfasis añadido; traducción personal).[2]

2) Nos recuerda la obra del Espíritu Santo

El Señor pudo haber elegido otro día para su resurrección y sus múltiples apariciones, pero decidió hacerlo todo en conforme a Su propósito en el tiempo que Él señaló. La promesa del derramamiento del Espíritu tampoco fue la excepción. El clímax de la festividad ocurre “después del séptimo Día de Reposo” (Lv 23:16). De acuerdo con cálculos basados en Éxodo 19:1, la Torá fue dada tres meses después del Éxodo de Egipto. Esto nos ubica en el mes de Sivan, noveno mes del calendario judío moderno.

Ya que también este fue el mes en que cayó Shavuot, ambos eventos terminaron siendo asociados, llegando a conocerse como la “Fiesta de la entrega de la Torá”.[3] En el momento en que Dios entrega la Torá a Moisés, “todo el pueblo presenció las voces, las flamas de fuego, el sonido de la trompeta y el monte humeando.[4] Y viendo el pueblo, temblaban de temor estando de pie a la distancia” (Éx 20:18, cursiva añadida; traducción personal). Lucas registra sucesos similares con la llegada del Espíritu Santo, permitiendo ver un paralelismo con un vocabulario genérico entre ambos eventos:

Entrega de la
Torá a Moisés 

(Éx 20:18)

Derramamiento del
Espíritu Santo 

(Hch 2:2-6)

“sonido de trompeta (viento)

y el monte humeando…

“vino del cielo un ruido como el de

una ráfaga de viento impetuoso…

voces…

se les aparecieron lenguas…

flamas de fuego.

como de fuego que se posaron sobre ellos”.

Antes de que el Nuevo Testamento fuese redactado, el filósofo judío Filón (20 a. C. – 45 d. C.) comentó sobre las “flamas de fuego” en Éxodo 20:18: “las llamas se convirtieron en un discurso articulado en el lenguaje familiar para la audiencia (Decal. 46)”.[5] Sin embargo, esta vez en Hechos 2, de acuerdo a la profecía, Dios dice “pondré mi Torá (ley) en lo más profundo de ellos y sobre sus corazones la escribiré” (Jr 31:33, traducción personal).

Es por esto que después de esta manifestación del Espíritu y esta nueva entrega de la ley en el corazón de los creyentes, por medio de Cristo en el Nuevo Pacto (He 8:10; 10:16; cp. Ro 3:20), vemos vidas cambiadas. A la persona que negó al Señor (Mt 26:73-74), Cristo la transformó en alguien que lo amaba con todo su corazón, mente y fuerza (Hch 5:29, 40-41). Otra que perseguía cristianos para matarlos (Hch 22:20), llegó a amar a su prójimo como a sí mismo por amor a Cristo (Ro 9:3), y hay muchos ejemplos más.

En Shavuot traemos un regalo nuevo a Dios de nuestras primicias, pero sobre todo, recordamos que el mayor y nuevo regalo ya vino de parte de Dios: el derramamiento de su Santo Espíritu, por el cual creemos en el evangelio y con quien moraremos para siempre.

3) Nos brinda oportunidad de evidenciar nuestra fe

La llenura del Espíritu Santo en Shavuot (Pentecostés) sobre los creyentes los capacitó para poner en práctica su fe. Shavuot es una de las tres fiestas obligatorias donde Dios requería que todo varón de 20 años o más del pueblo de Israel peregrinara a Jerusalén. Es durante estas “semanas” cuando el Señor ordena a su pueblo que no recojan toda la cosecha de los campos para que el pobre, la viuda, el afligido, el necesitado y aún el gentil, puedan ser suplidos por el Señor durante los largos viajes de peregrinación a Jerusalén.

La fiesta de Shavuot nos desafía a preguntarnos ¿cuántos estaríamos dispuesto a dejar, por varias semanas, dinero y comida para los extranjeros necesitados, los pobres y afligidos que rondan en nuestras ciudades? En otras palabras, el mensaje que Dios intenta comunicar en esta fiesta de las “semanas” es claro: Lo que caracterizará la fiesta de Pentecostés es la misericordia, compartir con el necesitado y el gozo en el Señor al amar al prójimo como a nosotros mismos.

De hecho, es en este contexto de Shavuot que Rut, una extranjera afligida y necesitada, llega al campo de Booz por medio de quien Dios provee para ella (Rut 2:3). Esta es una de las razones de por qué en la tradición judía en Shavuot se estudia el libro de Rut que nos sirve para recordar que, si estamos en la condición de Rut, Dios suplirá nuestras necesidades.

Pero si tenemos la bendición de estar en una situación de abundancia como la de Booz, estamos llamados a ser el instrumento de Dios para el necesitado. El hacer obras no es un error, el creer que ellas salvan sí lo es (Ef 2:8-10). Obedecer a Dios es la manifestación externa de la fe en Dios. Es por eso que la verdadera fe hace obras. En otras palabras, las obras son directamente proporcional a la fe; es decir, voy a obrar si creo (Stg 2:18). Así que, cuando guardamos los mandamientos estamos expresando fe y amor por Dios, que fue exactamente lo que hizo Booz y es también a lo que Cristo nos llamó (Lv 19:9-10; Rut 2:3-9; cp. Jn 14:15; 1 Jn 5:3). Queridos hermanos, Shavuot nos recuerda que no es suficiente con solo hablar de Jesús, sino que también debemos mostrar a Jesús (Jn 13:35).

[1] Keener, Craig S., The IVP Bible Background Commentary New Testament, 2nd Edition, (IVP Academic, 2014) p. 286.
[2]  La palabra griega que Pablo usa para “primer fruto” en 1 Corintios 15:20 es ἀπαρχή (aparje), que es una traducción del término hebreo plural בִּכּוּרִים (bicurim) “primeros frutos”. Pero Pablo lo usa aquí en griego singular, “primer fruto”. En Romanos 8:23, Pablo también usa este mismo término griego para enseñar que los creyentes tenemos las primicias del Espíritu Santo.
[3] Joseph Shulam, “Flame Like Fire – Shavuot.” Teaching From Zion, Vol. 24 (May 2009): 5. “La identificación de Shavuot con la entrega de la Torá… posiblemente se remonta incluso al periodo bíblico tardío” (p. 5).
[4]  Esta palabra קוֹלֹת (kolot) puede ser traducida como “truenos,” pero también como “sonidos” o “voces”.
[5] Joseph Shulam, Flame Like Fire – Shavuot, p. 6.
Josías De La Cruz H

Sobre el Autor...

Josías De La Cruz H. es ingeniero civil y estudió Hebreo Bíblico en el Instituto Biblical Language Center. También tiene estudios teológicos y ministeriales en Southeastern Baptist Theological Seminary. Está escribiendo su tesis de Maestría en Ciencias Bíblicas y Filología en la Universidad Bar-Ilan en Israel, da clases en el Instituto de Estudios Bíblicos de Israel y trabaja como Socio de Investigación en Philos Project. Josías vive en Israel junto a su esposa Lianny y su hija Hadasa. Puedes seguirlo en Twitter.

La necesidad del estudio bíblico

Para este articulo sobre los desafíos para los pastores tenemos una entrevista con hermano Nicolás Davies, un misionero quien colabora con Desarrollo Cristiano. Hermano, ¿es posible presentarse?

 ¡Por supuesto! Me llamo Nicolás Davies, y mi esposa Kysha y yo somos misioneros australianos acá en Perú. Trabajamos con una organización que brinda cursos teológicos a toda Latinoamérica. Se llama MOCLAM. Y hemos tenido la bendición de colaborar con Desarrollo Cristiano durante los últimos tres años.

Con todas las presiones y las necesidades que enfrentan los pastores, ¿Qué es lo más olvidado?

Es verdad que los pastores tienen muchos desafíos y que cada semana hay una lista extensa de responsabilidades normales y eventos urgentes que luchan por su atención. Esto ha sido especialmente verdad durante el último año de la pandemia. He hablado con varios pastores en apuros. Dan, dan y dan con toda dedicación, por el amor que tienen por su gente, pero la pandemia ha tenido un efecto grave. Hacen malabares con la iglesia, su familia, su trabajo, y la necesidad de tener el culto por internet, por WhatsApp, o por transmisión de radio. Además, ¿Hay alguien que no haya perdido familia o consiervos? La carga en los hombros de los pastores es fuerte.

Entonces, es razonable que dejen atrás sus estudios bíblicos, que considero como la necesidad más olvidada en este tiempo. No solo los de ellos, sino de sus líderes también.

¿Estudios bíblicos? Hablando de todos los desafíos que los pastores enfrentan en su ministerio ¿no será que necesitan algo que les motive para seguir con las disciplinas espirituales, como un curso sobre la oración, por ejemplo?

No hay duda alguna que los pastores necesitan la oración. Pero no quiero distinguir tanto entre la vida espiritual de los pastores y la formación bíblica continua. Por toda la Biblia vemos la relación íntima entre el ánimo y la consolación del Señor, y su palabra. En Salmo 119 versículo 52 el salmista declara “Me acordé, oh Jehová, de tus juicios antiguos, y me consolé.” En Juan 8, Jesús les advirtió que sus discípulos tienen que permanecer en su palabra, y en su segunda carta a Timoteo, Pablo le exhorta que fuera un obrero que usa bien la palabra de verdad. ¡Y Pablo escribió esto desde la cárcel!

¿Entonces los estudios bíblicos de un pastor no compiten con las disciplinas espirituales?

En el sentido de ocupar parte de su día que pudieran usar para orar o ayunar, claro que hay competencia. Pero en el sentido de que uno sea más importante que el otro, creo que no.

No solo porque ser discípulo de Jesús es profundizar en la palabra como expliqué, sino porque para dar hay que llenarse. Ser un pastor es dar mucho a la gente de su iglesia. El pastor normalmente es la parada obligada para los que buscan a otro con quien puede llorar. Como dije antes, ser pastor es dar, dar, y dar. Pero cuando Pablo pidió que lloremos con los que lloran, es interesante ver que la razón de este amor en Romanos capítulo 12 se basa en la teología profunda de Romanos capítulos 1 al 11.

Obviamente no quiero decir que con este pasaje Pablo manda que todos los pastores tengan que estudiar teología continuamente. Sin embargo, si la motivación del amor de todos los cristianos es el conocimiento profundo de quien es Jesús y lo que ha hecho por nosotros (como lo desarrolla Pablo en la primera mitad de Romanos), con mayor razón aún para los pastores. Para alentar a los demás, sea en la prédica o en la conversación pastoral, los pastores necesitan alentarse por un conocimiento profundo de la palabra.

Por esta razón MOCLAM y Desarrollo Cristiano colaboramos: compartimos la misma visión de la importancia del estudio profundo y riguroso de la Biblia como parte fundamental a la obra del pastor.

Digo que esta necesidad de los estudios bíblicos existe para los líderes también. Me imagino que, dado a que es difícil encontrar tiempo para estudiar para un pastor, todavía es más difícil que este mismo pastor encuentre el tiempo para formar a los líderes de esta manera también, ¿cierto?

Sin duda. Especialmente durante el último año también. Pero nuestro ejemplo es Pablo y Timoteo. A pesar de las dificultades en esa iglesia, en su segunda carta, Pablo quería que Timoteo también se esforzara en encargar sus enseñanzas a hombres fieles para enseñar a otros también.

Es necesario tener el objetivo de capacitar a la próxima generación, aunque esto puede ser difícil dadas las circunstancias, pero necesitamos proclamar el evangelio de Cristo de nuevo en cada generación.

Y los pastores no tienen que ‘reinventar la rueda’, si me permite una expresión inglesa. Hay un montón de recursos excelentes para pastores que quieren tener la capacitación o formación para sus líderes, entonces no tienen que empezar desde cero. Hay muchos pastores que usan los recursos de Desarrollo Cristiano y los cursos de MOCLAM para ayudar con esto.

Entonces para terminar, ¿como quiere animar a los pastores? 

Nadie va a fingir que ser pastor es fácil. Y hay muchos que tratan de no hundirse en este tiempo, haciendo lo que pueden, a veces sin mucho apoyo. Hermanos, Dios es nuestra fuerza y su Espíritu nos está transformando cada vez más como Jesús, día a día. Aunque sea poco y signifique el sacrificio de algo en una lista larga de cosas buenas, para continuar en la obra pastoral, hay que estudiar la palabra tanto como orar, y formar a los líderes. El autor de Hebreos retrata ricamente a Jesús en su carta con la meta de animar la fe de esa congregación, “Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.” Que imitemos su ejemplo para alentar a nuestras congregaciones y preparar la próxima generación.

Nicolás Davies ha contribuido una serie de artículos desarrollando temas que surgieron en esta conversación. Puede ver los otros artículos en los siguientes enlaces.

Formación bíblica para la predica

En este artículo continuamos nuestra conversación sobre la importancia de la formación bíblica, pensando especialmente en la predica. Si no ha leído el artículo anterior, puede leerlo acá.  

 ¿Cómo podemos reconocer una buena prédica?

Es una buena pregunta porque invertimos hasta diez o quince horas, quizás más, en su preparación, entonces queremos saber que lo que resulta edifica la gente en la congregación. Obviamente se puede evaluar una prédica en muchas maneras, pero para mí una pregunta útil es, “al final del culto, cuando sale la congregación para almorzar con la familia, ¿en que debe pensar como resultado de la predica?

Obviamente queremos que Jesús esté en la mente y los labios de la congregación después de escuchar nuestra predica. De todos modos, toda la Biblia habla de Jesús como vemos en la conversación en el camino a Emaús en Lucas 24. “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.”

Mejorando lo que puedo decir, en su libro Comunicación por medio de la Predicación el pastor Orlando Costas enfatiza la necesidad de predicación cristocéntrica.

“La predicación es, finalmente, un acto dinámico en el cual Dios se dirige a hombres y mujeres fuera y dentro de su pueblo, para confrontarlos con las profundas implicaciones de su obra redentora en Cristo.”

Vemos que el pastor subraya dos cosas:

  • Que Dios usa la predicación para comunicar a la iglesia y al mundo.
  • Y que la predicación es una proclamación de lo que el Padre hace en el mundo a través de la muerte redentora y la resurrección de Jesús.

 

Y los dos son necesarios, ¿no?

¡Claro que sí! No es que el formato de la prédica resuene místicamente con las verdades de Dios más que la canción o un letrero. Lo que hace a una prédica una comunicación de Dios al mundo es el contenido: el evangelio. La misión, la muerte, y la resurrección de Jesús es el poder. Por esta proclamación cristocéntrica, Dios nos confronta a nosotros y al mundo.

De hecho, si seguimos esta lógica, quizás podemos atrevernos a decir que una prédica que no es cristocéntrica no es una prédica. ¡Pero no quisiera poner palabras en la boca del pastor Orlando!

Creo que todos estarían de acuerdo con la importancia de que la prédica debería ser cristocéntrica, es una imagen bonita que, al final del culto, la congregación esté pensando en Jesús, renovados para la semana que viene. Pero repetir el evangelio cada semana puede resultar en prédicas repetitivas sin mucha aplicación. 

Si la prédica solo es un repaso del evangelio, entonces sí. Pero me acuerdo la observación del director de mi seminario: “si la prédica aburre o es repetitiva, es por la falta de estudio del texto bíblico.”

Porque lo que es emocionante es que este énfasis cristocéntrico nos ayuda a tener la aplicación. La Biblia es una fuente que refleja la complejidad de la vida humana. Y por supuesto porque es la historia de Dios revelándose sí mismo y relacionándose con la humanidad en todos los altibajos de la vida, como parte de su plan de anular los efectos del pecado que nos contaminan. Si invertimos el esfuerzo, cavando en el pasaje, en su contexto – especialmente pensando en su conexión con Jesús – pues, ¡imagínese la iglesia con una dieta así!

La prédica cristocéntrica no solo levanta los corazones al entender mejor al Salvador, sino que abre la puerta para hacer real este mismo evangelio en la vida de los hermanos y las hermanas.

¿Uno resulta en el otro, entonces?

Vemos esto en la Biblia. En el Nuevo Testamento hay un patrón general que muestra que la aplicación siempre es resultado de la implicación de la teología cristocéntrica. Vimos así el ejemplo de Romanos en nuestra última conversación, ¿no? En los capítulos 1 al 11 de la teología resaltando Cristo y la gracia, y los capítulos 12 al 16 mostrando las implicaciones de esto en la vida de esta iglesia.

Hay más. En Efesios Pablo elabora tres capítulos explicando cómo Jesús, resucitado y exaltado, reina con autoridad. Escribe, “…el poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío…”(1:19-21)

Y Pablo examina esta idea en estos tres capítulos, conectándola con nuestra salvación y unión con Cristo en un solo cuerpo. Solo después de esta teología cristocéntrica profunda, llega Pablo a las implicaciones en el principio del capítulo 4, “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados…”, y luego explica la aplicación de las verdades de los capítulos 1 al 3 para las vidas de esta iglesia en los capítulos 3 al 6.

Pedro hace lo mismo, dentro del primer capítulo en su primera carta, el apóstol explica la esperanza viva que tenemos en Cristo (1:3-9), prometido de antemano por los profetas (1:10-12), y luego les anima a una vida de santidad (1:13-25), la frase ‘por tanto’ marca la relación entre estos temas, “por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado” (1:13)

Para los autores bíblicos es sólo al proclamar como es Jesús en toda su profundidad que es posible entender las implicaciones para la vida diaria. La aplicación rica sale de la exposición profunda de Cristo y su obra.

Es muy obvio que estas argumentando a favor del estudio bíblico para la predica. 

Sí. Predicar así requiere el estudio continuo de la Biblia. Si tenemos la visión de que nuestra gente salga del culto reflexionando en la grandeza de todo lo que el Padre hace por Jesús y qué significa para sus vidas, entonces es necesario que nos profundicemos en el estudio bíblico. Antiguo Testamento y Nuevo Testamento sistemáticamente. Es necesario que veamos las partes de un libro en el contexto de todo el libro, y dentro del contexto más amplio de la historia de salvación en Cristo. Es necesario que entendamos como un salmo es diferente que una carta. Es necesario pelearse con pasajes difíciles. Que Cristo sea grande en la vida de nuestra iglesia por nuestras predicas requiere el estudio cuidadoso, diligente, y humilde de la Biblia.

Gracias a Dios, nos ha dado la gente en la comunidad global de Cristo de quien podemos aprender: en estos días hay un montón de recursos. Para estudios más doctrinales, en Desarrollo Cristiano puede obtener el Curso de Formación Teológica Evangelio por Francisco Lacueva. Para estudiar el texto bíblico voy a recomendar (¡por supuesto!) los cursos de MOCLAM que examinan libros de Biblia sistemáticamente.

La predicación es un arte con muchos aspectos claves: la obra del Espíritu Santo, el carácter y la vida del predicador, el testimonio personal. Pero si queremos participar realmente en este acto dinámico de Dios de confrontar a los hombres y mujeres con las profundas implicaciones de su obra redentora en Cristo, es necesario que cavemos en la palabra de Dios para que mostremos su luz desde el púlpito. Y dado que la Palabra de Dios es más cortante que toda espada de dos filos, cuando muestra su luz, resaltando a Cristo, Dios cambia vidas.

En el próximo mes, vamos a continuar la conversación por explorar como el estudio bíblico ayuda en la obra pastoral de alentar y animar.

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Alentar a otros por la Palabra

Continuando la conversación sobre la formación bíblica, hablamos de su uso para animar a los hermanos.

 En mi Biblia, y creo que en las de muchos, hay una lista de versículos para varios problemas y dificultades que enfrentamos. Como una concordancia de pasajes pastorales. ‘Si esta triste, lea Juan 16:33’, por ejemplo. Si me permite una pregunta capciosa, esto es suficiente, ¿no? ¿Qué puede contribuir más la formación bíblica al tema de alentar a los otros?

Pues, ¡nunca quisiera negar la utilidad de estas listas! En los momentos difíciles de la vida poder encontrar un pasaje para fortalecernos es una bendición, como una venda en el momento de una herida.

Pero como pastores y líderes sabemos que la variedad de problemas y dificultades que enfrentan la gente son múltiples, ¿no? Entonces esperamos que nuestra gente tenga sus raíces profundamente en lo que Dios nos ha revelado en las Escrituras para que aguanten las tormentas, no que sigan colocándose solo vendas, momificados con versículos individuales. Como dice el salmista en 119:28, “Se deshace mi alma de ansiedad; Susténtame según tu palabra.”

Sabemos que la Biblia habla del rango completo de la experiencia humana en todos sus altibajos, y si vamos a aplicar estas riquezas para animar y fortalecer a nuestra gente, necesitamos estudiarlo. Cada libro de la Biblia tiene una contribución a la obra de alentar si tenemos la paciencia y el cuidado. Como observó el Dr. Dominick Hernández, el director del programa hispánico de Southern Baptist Theological Seminary, “La importancia de Romanos y Gálatas es completamente igual a la de Levítico y Números. Estudiar y aplicar toda la Palabra de Dios nos hace poner en práctica lo que decimos creer acerca de la autoridad bíblica.”

Entonces un ejemplo sería que podemos usar las historias de las mujeres infértiles en la Biblia, como Ana, como un recurso para nuestras hermanas que enfrentan este mismo desafío, ¿no?

Esto tiene su papel. Pero con estas riquezas pastorales que la Biblia nos da, viene también la responsabilidad de no imponer en nuestra gente una carga ilícita.

¿“Una carga ilícita”? ¿En que sentido?

La carga del legalismo, especialmente a los que están pasando por desafíos. En este ejemplo de imitar a Ana nos arriesgamos al aconsejar a una persona que su respuesta a las dificultades sea depender de sus propios esfuerzos en vez de mirar a Jesús. Es decir, si no tenemos cuidado, podemos decir a una pareja quien ha intentado tener hijos sin éxito por muchos años que necesitan ser más como Ana, mostrando más dedicación en la oración. En otras palabras, les damos como una fórmula: “Ana hizo esto, entonces ustedes también.”

Pero, vemos en la canción de alegría de Ana en 1 Samuel 2 que Ana sabía que su embarazo no fue para ella, sino para Israel, un hecho enfatizado en la última frase del versículo 11. En el contexto, aquel hijo – dado en el tiempo de apostasía de aquella época – iba a hacer volver a Israel al Señor. Obviamente, Jesús es el cumplimiento al embarazo de Ana, no nosotros. El Espíritu no quiere que usemos las Escrituras para animar la confianza en nuestros propios esfuerzos y dedicación, sino en Cristo.  La carga ilícita es alentar a la gente con un legalismo de buenas intenciones, en vez de recordarles quienes son en Cristo y las bendiciones que hemos recibido por él.

Para hacer esto necesitamos estudiar toda la Biblia, invirtiendo tiempo en la interpretación que resalta a Jesús primero. Y con esta conexión con Cristo y la gracia establecida, podemos reflexionar en el carácter de Dios, visto también en Jesús, con respecto a la tristeza y la frustración de la infertilidad. También podemos reflexionar en la naturaleza humana a la luz de la mancha del pecado y de la encarnación que afirma nuestra naturaleza. Además, podemos aconsejar sobre la infertilidad sobre la base de la gracia que tenemos en la cruz, y la esperanza de la nueva creación.

Si puedo resumir todo esto, quiere decir que la formación bíblica le da a un pastor herramientas mas amplias para animar su gente en dificultades.

“Más amplias” en el sentido, primero, de ser herramientas Cristocéntricas  basadas en la gracia, no las obras.  Y segundo, en el sentido de que el uso Cristocéntrico abre más de la Biblia a las situaciones pastorales. El libro de Rut no es solo para mujeres, sino para varones también. Las historias de Saulo son tanto para mujeres como para varones.

Y hasta este punto hemos hablado sobre la formación bíblica para alentar en una forma reactiva. Pero no queremos olvidar su papel preventivo también. Si predicamos sistemáticamente por todas partes de la Biblia, con un ojo abierto a las riquezas pastorales que hay, podemos armar nuestra gente con un banco de conocimiento bíblico al que podemos referir para animarlos en sus momentos de dificultad. Les podemos decir “¿Se acuerdan lo que vimos en la historia de Ana?”

No sé usted, pero mi impresión del salmo 119 es que el sustento de la Palabra de Dios que pidió el salmista no es nada ligero. ¡Sustentar es comida que llena para continuar, de todos modos! Y si puedo continuar esta metáfora, para preparar esta comida sustanciosa para alentar, hay que preparar con los estudios cuidadosos de la Biblia.

En el próximo mes, vamos a explorar el rol del estudio bíblico en la formación de los líderes futuros de la iglesia.

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Formar a la nueva generación

Seguimos en nuestra conversación acerca de la formación bíblica con el tema de la importancia de esta formación para la nueva generación de pastores y líderes. 

Para muchos pastores, la idea de capacitar otros líderes es un sueño poco realista. Ya de por sí, es difícil que un pastor encuentre tiempo para su propio estudio bíblico, cuánto más será difícil que tenga tiempo para formar a otros.

Oh, sin duda. Un pastor tiene que hacer malabares con su familia, su trabajo, y sus responsabilidades cpn la iglesia, su propia vida espiritual y descanso. Es fácil leer como pidió Pablo que Timoteo encargara ‘a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros’, pero hacerlo es otra cosa. No solo esto. Pocas iglesias y denominaciones tienen acceso a un seminario, aun si los pastores futuros tienen el dinero para invertir en la matrícula y el tiempo para estudiar. Más, ¿cuál pastor quiere ‘perder’ una persona activa de su iglesia para dejarlo estudiar? Es un desafío grande.

Aparte de estos pastores enfrentando este sueño poco realista, hay otros que quitan la importancia de tal formación bíblica para sus líderes, ¿no? ¿Puede comentar sobre los que enfatizan que es suficiente con tener el llamamiento y la devoción?

Pues, ¿quién puede negar la importancia de estos dos? En el Nuevo Testamento vemos como los doce discípulos y los otros discípulos predicaban el evangelio desde Pentecostés sin tener que aprobar un curso en la homilética. Esto es un papel del Espíritu Santo, ¿no? Además, todos conocemos a pastores y líderes con una fe fuerte sin estudios formales. Tengo la bendición de conocer un evangelista y plantador de iglesias así en el norte del Perú, un siervo muy humilde que carece de una preparación formal. Con razón cuando Pablo le escribió a Timoteo qué cualidades debía tener un líder de la iglesia, nombró el carácter cristiano y la piedad. En la vida de un pastor, y de cualquier cristiano,  el testimonio es lo más importante.

Al mismo tiempo, los discípulos tenían tres años con Jesus, y todavía tenían mucho para aprender como vemos por todo de Hechos. Timoteo pasaba muchos años con Pablo. Apolos tenía un espíritu fervoroso y sabía las escrituras, como lo describe Hechos 18, sin embargo necesitó tiempo con Priscila y Aquila para que le expusiera ‘más exactamente el camino del Señor’. La formación teológica nunca reemplaza el llamamiento y la devoción, pero hay mucha sabiduría en animar que los pastores y líderes futuros para que estudien la Biblia.

Sería el momento perfecto para hablar sobre MOCLAM, ¿no?

Pues, es claro que, hablando como misionero de una organización involucrada en el área de la formación y la educación teológica, sería engañoso fingir otra cosa. Pero puedo dejar este papel a un lado porque lo importante no es que la próxima generación de líderes de la iglesia estudien en MOCLAM, sino que estudien. Punto. No creo que sea una sorpresa para nadie que la pandemia haya resaltado esta necesidad. ¿Cuántos siervos han perdido sus vidas a causa de COVID-19 y sus complicaciones? En algunas denominaciones las pérdidas llegan casi al 10% de los pastores fallecidos ¿no? ¿Quién va a tomar la carga de estas iglesias?

Además, si fingimos que no hubiera una pandemia, tendríamos los desafíos que enfrentan cada iglesia en cada país acerca de la necesidad de formar y capacitar los que van a proclamar el evangelio y predicar la Biblia a la próxima generación con sus desafíos nuevos.

Esto es una declaración grande, pero si me permite objetar con la observación que el mensaje de la Biblia no cambia. 

Ah sí, sería bueno aclarar esto. La Biblia no cambia, por supuesto. Y lo que pide de nosotros es lo mismo. Pero la sociedad sí cambia. Y nuestros pensamientos como una sociedad sobre el mundo. Por ejemplo, podemos imaginar a un pastor que empezó el ministerio en una generación de cristianos preocupados por el dinero entonces cuando piensa en la aplicación del texto bíblico, su perspectiva será mostrar cómo la Biblia desafía estas tendencias. Pues, los años pasan e imaginamos que las próximas generaciones no piensen como sus abuelos, tienen una mentalidad menos enfocada en el dinero. Este pastor sigue predicando la Biblia con fidelidad, pero sus flechas de la aplicación no dan en el blanco, digamos.

Como si fuera la aplicación peruana para una congregación tailandesa, ¿no? 

Exacto. Podemos continuar nuestra escena e imaginar que este pastor también ha invertido en la formación de algunos en su iglesia. Ellos van a estar alerta a estos cambios, especialmente si han aprovechado de la disciplina de estudios formales en la Biblia y de ser discipulado por el pastor. Además, van a poder reconocer el pecado en la mentalidad que la nueva generación. A primera vista, es una generación de cristianos menos obsesivos con el dinero, pero quizás tiene poco interés en las misiones, o algo así.

Aparte de este desafío entre las generaciones,  la constitución de nuestras congregaciones manda que seamos intencionados con la próxima generación de pastores. Más que en el pasado, actualmente vivimos en un país en el que los hermanos y las hermanas en nuestras iglesias – y los visitantes también – tienen un rango de experiencias en cuanto a  educación y trabajo. Estos cambios traen desafíos distintos para los pastores porque ya hay contraargumentos a las repuestas que satisfacían la última generación. Creo que estamos de acuerdo que un futuro pastor necesita ahora de empezar a pensar rigurosamente sobre la Biblia para que pueda aplicar la Biblia con sabiduria y inteligencia en su ministerio futuro.

Y no solo los futuros pastores. La próxima generación necesita líderes de ministerios de varones y mujeres y jóvenes, profesores de la escuelita dominical. Todos necesitan saber cómo usar la Biblia entonces todos pueden aprovechar la formación teológica.

Antes mencionamos que son muchas las dificultades que tiene que enfrentar un pastor para formar a otros, pero creo que esas dificultades son menos graves que las que traería para la iglesia del Perú la falta de una nueva generación bien capacitada. La inversión vale la pena.

En el último artículo del próximo mes, vamos a hablar más sobre algunos opciones para la formación bíblica, especialmente sobre MOCLAM

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Como estudiar en MOCLAM

En los últimos meses hemos conversado sobre la importancia de la formación bíblica para pastores. En esta conversación, hablamos de los cursos de MOCLAM.

Hermano Nicolas, su deseo de animar pastores y líderes para que hagan estudios bíblicos es parte de su  papel como director de MOCLAM en Perú. ¿Es posible explicarnos más sobre MOCLAM? 

Sí, debo hablar en mi calidad oficial, ¿no? MOCLAM es una serie de 18 cursos de estudios bíblicos cortos y muy económicos. Hay panoramas de toda la Biblia, de libros enteros como el curso Nuevo Testamento 1 que explora todo el evangelio de Marcos. También de grupos de libros, como Antiguo Testamento 1 que examina todo el Pentateuco. Hay una pizca de cursos de doctrina y historia también. Los 70 soles que cuesta cada curso incluye inscripción, los materiales en formato PDF, y la evaluación del examen y el ensayo. Nuestro enfoque está en el texto bíblico y la meta es que los que estudian con nosotros (tenemos estudiantes en casi todo latinoamérica) tengan un conocimiento mejor de esto al fin de cada curso.

¿Y el nombre? ¿Que significa ‘MOCLAM’?

Estos cursos fueron desarrollados por un seminario en Australia que se llama Moore College para predicadores laicos en la iglesias. Hace 20 años algunos misioneros acá vieron como algunos pastores y líderes no podían asistir a el semanario por el dinero o el tiempo, entonces tradujeron los cursos para satisfacer esta necesidad. Queremos apoyar a los pastores que tienen ganas de cavar más profundamente en la Palabra de Dios.

La palabra ‘MOCLAM’ es una versión breve de la frase Moore College en Latino América. Sí, es un título un poco complicado, pero después de 20 años de historia en muchos países es un nombre que tiene la reputación de ofrecer cursos bien cristocentricos. En nuestra página web hay resúmenes de todos los cursos.

Y este enfoque en la Biblia es la base de nuestra colaboración con el Desarrollo Cristiano. Como todos saben, Desarrollo Cristiano tiene casi 40 años apoyando y capacitando a los pastores peruanos de todo el país. Hace algunos años nos dimos cuenta que tenemos la misma visión de animar que los pastores y líderes se dediquen a los estudios bíblicos profundos y sistemáticos como esencial a sus papeles, entonces decidimos colaborar. Y es una gran bendición poder apoyar al ministerio excelente de Desarrollo Cristiano.

En algunas conversaciones anteriores, habló de los recursos para estudios bíblicos que no son de MOCLAM.  ¿Es posible recomendar más de estos?

Con mucho gusto. Ya recomendé el Curso de Formación Teológica Evangelio por Francisco Lacueva. Si un pastor quiere una serie de libros un poco más sustanciosa, hay la serie se llama CTC, la Coleccion Teologica Contemporanea. Ejemplos de estos son Monoteísmo y Cristología en el Nuevo Testamento por Richard Baukham, o Jesús Es el Cristo: Estudios Sobre la Teología de Juan, por Leon Morris. Más que leer un libro solo, tener una dieta regular de una serie que se enfoque en el texto bíblico resulta en mucha profundidad. Aunque los cursos de ETE,  son excelentes también, especialmente para los que quieren formar una fuerte base inicial en el texto bíblico.

Y para los que están interesados en MOCLAM, ¿cómo pueden estudiar?

Como dije, hay más información en nuestra página web, y un video también.

Hay varias opciones. Durante el año tenemos cursos online con clases una vez cada semana. La inscripción y pago es todo online y es fácil y rápido. Publicamos estos cursos en nuestro Facebook. Si nos siguen allá pueden recibir estas noticias. Aparte de este nivel individual, también trabajamos con grupos de pastores, organizaciones e iglesias para ayudarles a tener los cursos. Queremos colaborar con grupos e iglesias que quieren formar una cultura en su iglesia o organización de estudios bíblicos profundos. No solo en Lima sino en todo el Perú. Sobre todo, me gustaría animarles a tener una conversación conmigo, quizás estudiar un curso online para probar cómo son, y luego pensar en formar un grupo.

Si es con MOCLAM, o ETE, o con una serie de libros, lo más importante es que los pastores y líderes estudien la Biblia de una manera sistemática. La profundidad del conocimiento de la Biblia de una iglesia nunca es superior a la del pastor.  Si queremos iglesias con raíces profundas en el conocimiento de las Escrituras, de tal forma que corran la carrera con fidelidad, entonces debemos empezar con el pastor.

Con esto terminamos nuestra entrevista con Nicolas Davies.

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