Hombre trabajando

3 razones para trabajar de buena gana

Por: Karina Evaristo
Fuente: Coalición por el Evangelio

Es común considerar el trabajo como algo desagradable o esclavizante. Frases como: «Mañana es lunes otra vez», expresadas en un tono de profunda decepción, son usuales cada reunión de domingo. Nos quejamos de nuestro trabajo y esperamos con ansias que llegue nuevamente el fin de semana. Pareciera que aquello en lo que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo se ha convertido en algo que no disfrutamos en lo más mínimo.

Incluso puede ser que tratemos de ser optimistas y aún así el trabajo nos resulte tedioso. Hace algunos años trabajé en una ONG reclutando al personal de campo y de oficina. Para este último grupo se hacía una inducción que incluía una visita a un proyecto social en una zona alejada de la capital. El propósito era que los trabajadores contables y de sistemas pudieran ver cómo su labor impactaba positivamente a cientos de niños. Muchos regresaban motivados a la oficina después de la visita. Sin embargo, este sentimiento se mantenía solo durante un tiempo. Con el pasar de los meses y en medio de las arduas jornadas de trabajo, la emoción se evaporaba.

Algo queda claro: somos prontos para olvidar el propósito de nuestro llamado y tardos para darnos cuenta de que el diseño de Dios para nuestras vidas incluye el trabajo.

Como cristianos, estamos llamados a honrar a Dios con toda nuestra vida, pero a veces parece que solo estamos disponibles para hacerlo cuando vamos a la iglesia. ¿Acaso lo que hacemos en lo cotidiano, de lunes a viernes, no forma parte de nuestra vida? ¿Por qué insistimos en separar nuestra vida laboral o académica de nuestra vida consagrada al Señor? Pareciera que somos expertos en desconectar nuestra adoración del domingo con nuestras labores del lunes.

Nuestras vidas como creyentes funcionan en sentido vertical con Dios y en sentido horizontal con nuestro prójimo y el mundo que nos rodea. Estamos llamados a trabajar para la gloria de Dios y para promover el bien común. Como Lutero decía: «Dios no necesita nuestras buenas obras, pero nuestro prójimo sí».[1]

Para trabajar de buena gana es crucial que comprendamos que nuestras labores «seculares» están íntimamente relacionadas con nuestra profesión de fe. ¿Cómo? Aquí hay tres verdades bíblicas que nos ayudan a entenderlo.

1) Fuimos creados para trabajar.

Estamos hechos a la imagen de un Dios que trabaja. Desde el inicio de las Escrituras podemos apreciar este concepto fundamental. Los primeros humanos recibieron instrucciones de trabajo inmediatamente después de su creación y antes de la caída; el trabajo no es el resultado del pecado. De hecho, Dios mismo trabaja por el puro placer de hacerlo. Por lo tanto, al trabajar nos identificamos con nuestro Creador y con Su hijo Jesús, quien dedicó la mayor parte de Su vida trabajando como carpintero. Ser portador de la imagen de Dios incluye, entre otras cosas, ser un trabajador.

Mientras que tu trabajo no sea deshonesto ni resulte denigrante hacia tu prójimo, es trabajo de Dios. Toda labor puede ser un servicio hacia el prójimo que Dios te ha llamado a amar (Mt 22:36-40). Si tu trabajo es un trabajo que necesita ser hecho, entonces estás haciendo el trabajo de Dios.

Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Dios los bendijo y les dijo: «Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra» (Gn 1:27-28).

2) El evangelio transforma el trabajo.

Como todo lo que ha sido corrompido por causa del pecado, nuestro trabajo necesita ser redimido por el evangelio.

En este mundo caído, donde nuestras relaciones están dañadas y la envidia parece ser el ADN de cualquier ambiente laboral, nuestro llamado como cristianos es a ser compasivos y bondadosos. Después de la caída el trabajo se volvió frustrante (Gn 3:16-19), pero por causa del evangelio, el trabajo recupera su propósito debido a que hemos sido redimidos y recuperamos nuestra comunión con Dios.

Ahora laboramos para contribuir con el bien común y recordando la esperanza de que Jesús volverá y restaurará el estado caído de todas las cosas; en la eternidad, el amor, la justicia y la verdad reinarán.

Cuando entiendes que la naturaleza del evangelio es cambiar la forma en que hacemos las cosas, dejas de ver tu trabajo como una maldición y comienzas a verlo como un medio para glorificar a Dios y bendecir a tu prójimo con tus labores. «Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3:23).

3) El trabajo es un medio para ser luz.

Los frutos de tu trabajo pueden ser muchos: a través de él puedes proveer a tu casa, puedes adquirir conocimiento y desarrollar tu carácter para crecer en madurez; puedes encontrar amistades con las que crecer laboralmente y a quienes compartir el evangelio.

Desde los que hacen el trabajo más sencillo hasta el más complejo, todos podemos ser colaboradores de Dios a través de nuestras labores para cumplir con Su misión en este mundo. Nuestros trabajos nos proveen una plataforma de servicio e influencia.

Adán labraba la tierra y la cultivaba. José pasó de ser un esclavo a gobernar; a los treinta años se convirtió en el segundo al mando de Egipto. Daniel ganó un puesto de honor entre los gentiles y pudo mostrar el poder de Dios frente al Rey Belsasar. Rut, siendo moabita, acompañó a su suegra anciana y viuda y no dudó en trabajar de forma incansable por su sustento. Pablo y Bernabé hacían tiendas. El mismo Jesús trabajó como carpintero gran parte de su vida; su trabajo ayudaba para el sustento de su familia.

¿Quién sabe lo que Dios hará a través de ti en el lugar al que te ha enviado a trabajar? «Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos» (Mt 5:16).

Tu trabajo importa

No es casualidad que hayas llegado al trabajo en el que te encuentras; Dios te puso allí para que seas sal y luz y finalmente, como decía Pablo, realizamos nuestro trabajo «como al Señor y no a los hombres» (Ef 6:7).

Trabajemos de buena gana sabiendo que todo lo que hacemos como creyentes puede ser un reflejo de la obra de Dios en nosotros y una forma de adorarlo. Pongámonos los lentes del evangelio y miremos a través de ellos sabiendo que todo buen esfuerzo, incluso el más sencillo, tiene un eco para la eternidad.

Derribemos la falsa dicotomía entre lo «secular» y lo «sagrado» y dejemos de pensar que solo somos cristianos dentro de las cuatro paredes de la iglesia. Que nuestra adoración sea un olor fragante las 24 horas del día, 7 días a la semana.


[1] Gustaf Wingren, Luther on Vocation [Lutero sobre la vocación], p. 38.

Sobre el autor

Karina Evaristo tiene 27 años y, sirve desde hace más de 10 años como líder de jóvenes en la Alianza Cristiana y Misionera de Comas en Lima, Perú. Es licenciada en psicología, especializada en recursos humanos, y culminó una MBA. Karina está cursando un diplomado en estudios bíblicos en el Instituto Integridad y Sabiduría. Trabaja para una compañía internacional de software y experiencia digital. Estudió en el Seminario Bíblico Alianza del Perú. Puedes seguirla en Instagram: @karievaristo.

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¿Estoy pecando? 6 preguntas para las áreas grises.

Por: Blake Glosson
Fuente: Coalición por el Evangelio

A continuación encontrarás quince acciones que algunas personas consideran pecaminosas y otras no. Cuenta cuántas de las siguientes las considerarías pecaminosas.

1. Besos con tu novio/novia

2. Ver películas clasificadas R (para público adulto)

3. Escuchar música no cristiana

4. Consumir alcohol

5. Decir malas palabras

6. Tatuarse

7. Asistir a un evento de Halloween

8. Usar las redes sociales

9. Darte un “atracón” de Netflix.

10. Conducir unos cuantos kilómetros por hora por encima del límite de velocidad

11. Faltar a la iglesia un domingo para asistir a un evento deportivo

12. Enviar a los hijos a la escuela pública

13. Apostar en eventos deportivos

14. Gastar dinero en artículos de lujo

15. Jugar a videojuegos que contengan violencia.

BONUS: Permitir que tus hijos hagan cualquiera de las anteriores.

Interpretando tu puntuación

¿A cuántas has respondido con un «sí»?

Si has conseguido 10 o más, ¡eres un legalista!

Si has sacado 5 o menos, ¡eres un antinomiano!

Es broma.

Si te costó responder estas preguntas y respondiste «depende» a muchas de ellas, puede que eso no sea malo.

Muchos cristianos catalogan algunos de estos temas como «áreas grises», una categoría que podríamos definir como acciones que la Escritura no identifica claramente como «pecaminosas» o «no pecaminosas» para todas las personas en todos los lugares y en todo momento.

Dicho de otra manera, un área gris (bíblicamente hablando) es cualquier asunto que no está claramente ordenado, prohibido o permitido en las Escrituras.

Desarrollando discernimiento

Las áreas grises en cuestiones morales siempre han existido para los creyentes (ver Ro 14:1-23). Las nuevas tecnologías y los problemas sociales modernos ofrecen ciertamente manifestaciones únicas de áreas grises, pero los cristianos siempre han necesitado ejercer sabiduría y discernimiento en innumerables situaciones de la vida.

Mi propósito en este escrito no es presentar mi opinión sobre la moralidad de estas posibles áreas grises, sino proveer preguntas que te ayuden a tomar decisiones morales respecto a las áreas grises en tu propia vida, de una manera bíblica y que honre a Dios.

Cuando no estés seguro de si una determinada acción es pecaminosa, hazte estas preguntas antes de proceder:

1. ¿Está el Espíritu Santo convenciéndome de que esto está mal? (Ro 14:23; Stg 4:17).

2. ¿Esta acción hace tropezar a un hermano o hermana? (Ro 14:20; 1 Co 8:9-13).

3. ¿Es esta acción perjudicial en lugar de beneficiosa para mi fe? (1 Co 6:12; 10:23).

4. ¿Esta acción me domina o me controla? (1 Co 6:12; 9:27).

5. ¿Esta acción me hace ser desobediente a alguien que Dios ha puesto en autoridad sobre mí? (Ef 6:1; He 13:17)

6. ¿Estoy juzgando a otros que no están de acuerdo conmigo en esta área gris? (Mt 7:1-5; Ro 14:13).

Si respondiste «sí» a una o más de estas preguntas, es probable que este comportamiento sea pecaminoso o al menos imprudente. Por supuesto, esta no es una lista exhaustiva de todo lo que la Biblia dice sobre las áreas grises y hay innumerables advertencias que podríamos añadir (por ejemplo, cómo distinguir la diferencia entre la convicción guiada por el Espíritu y una culpa legalista o cómo responder a la autoridad abusiva). Sin embargo, esta lista sirve como punto de partida.

¿Cómo seré juzgado?

Dios tiene dos tipos de «voluntad»: Su voluntad oculta y Su voluntad revelada (cp. Dt 29:29). Hay un sentido real en el que Dios nos ha ocultado parte de Su voluntad soberana (por ejemplo, si nos casamos con la persona cristiana A o B, o si vivimos en Greenville o en Dallas), mientras que nos ha revelado claramente otros aspectos de Su voluntad (por ejemplo, debes amar a tu prójimo y arrepentirte de tu pecado).

Entonces, ¿sobre qué aspecto de la voluntad de Dios vamos a ser llamados a rendir cuentas por nuestra obediencia?

El Catecismo Menor de Westminster (pregunta 39) nos ayuda aquí:

Pregunta: ¿Cuál es el deber que Dios exige al hombre?

Respuesta: El deber que Dios exige al hombre es la obediencia a Su voluntad revelada

Las dos últimas palabras son clave: Dios exige obediencia a Su voluntad revelada.

Deuteronomio 29:29 presenta tanto el lenguaje como la justificación de la afirmación de los teólogos de Westminster: «Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, mas las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que guardemos todas las palabras de esta ley».

Dios no está jugando contigo, viendo si puedes «adivinar bajo cuál sombrero» está el pecado y, si adivinas mal, pierdes. No está deseando secretamente que compres el carro rojo —sin decírtelo— y luego te castiga por comprar el carro azul. Ese no es el tipo de Padre que es nuestro Dios.

Dios quiere que obedezcamos sus mandamientos en las áreas blancas y negras y que busquemos su sabiduría en las áreas grises. Él sabe que no conocemos Su voluntad oculta (Sal 103:14), y no nos condena por ello. Pero con lo que sabemos de Su voluntad revelada en las Escrituras, estamos bien equipados para tomar decisiones sabias que honren a Dios, incluso en las áreas más grises (2 Ti 3:16-17).


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.

Sobre el autor

Blake Glosson es estudiante del Seminario Teológico Reformado. Anteriormente, sirvió como director de adultos jóvenes en la iglesia New Covenant Bible Church en St. Charles, Illinois.

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Nuestro Abogado y Defensor Jesucristo: 1 Juan 2:1-2, por Howard Marshall

Por: Howard Marshall
Fuente: Teología para Vivir

Hace unas semanas el ministerio ‘Teología para Vivir’, en colaboración con la Iglesia ‘La Capilla de la Roca’, comenzaron una serie de sermones expositivos en 1 Juan. Cada sermón está acompañado de una exposición de la Palabra en video, el bosquejo y contenido del sermón preparado por el expositor, así como un comentario adicional de acuerdo al pasaje en cuestión. La finalidad de esto es poder ayudar y motivar a los predicadores a predicar expositivamente de las Escrituras. El comentario que se presenta a continuación, esperamos que sirva como un complemento al sermón y el bosquejo, a fin de facilitar aún más a los predicadores la preparación de sus sermones expositivos.

Nuestro abogado y defensor Jesucristo: 1 Juan 2:1-2

  • Para ver el video del sermón, aquí.
  • Para ver el bosquejo del sermón, aquí.
  • Para ver el comentario exegético del sermón, aquí.

Nuestro abogado y defensor Jesucristo: 1 Juan 2:1-2

1 Juan 2:1–2

Verso 1. Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos Abogado (Intercesor) para con el Padre, a Jesucristo el Justo.

 

Verso 2. El mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

Comentario.

Verso 1. Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos Abogado (Intercesor) para con el Padre, a Jesucristo el Justo.

En este punto hay una breve pausa en el pensamiento, indicada por el «hijitos míos» dirigido por el autor a sus lectores.19 En los versículos anteriores ha tenido muy presentes a sus opositores, y ha citado la clase de afirmaciones que hacen, por las cuales otros miembros de la iglesia podrían ser desviados. Ahora dirige su atención más específicamente a los miembros de la iglesia y les hace una exhortación. El que haya escogido la palabra «hijitos» indica la cariñosa preocupación que tiene por ellos. Cuando los describe como hijos de Dios, emplea otra palabra griega (3:1).20 Es interesante notar que, aunque Jesús ordenó a sus discípulos no llamarse «padre» unos a otros (Mt. 23:9), a menudo se compara la relación del pastor con su congregación con la de un padre con sus hijos, y los pastores no tenían reparos en dirigirse a sus congregaciones como «hijos» (e.g., 1 Co. 4:14, 17; Gá. 4:19; 1 Ti. 1:2; Flm. 10; 3 Jn. 4).

En los versículos anteriores Juan había hecho hincapié en el hecho de que los cristianos no estaban libres del pecado. Era posible que sus lectores interpretaran esto21 como una licencia para pecar. Si una de las características de los cristianos era el pecado, y se podía conseguir el perdón gratuitamente, los lectores bien podían reaccionar como aquellos que decían: «¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?» (Ro. 6:1). Juan, por tanto, tenía que poner muy en claro que lo que él buscaba era que los cristianos no pecaran. El pecado no confesado era incompatible con la comunión con Dios. El propósito de Juan, por tanto, era que sus lectores reconocieran su pecado y lo confesaran, y también que se esforzaran por vivir sin pecado. Es fácil vivir sin pecado si uno niega que sus actos son realmente pecaminosos. Juan desea que sus lectores se den cuenta del hecho de que el pecado lo penetra todo … y que, sin embargo, vivan sin pecar.

Luego de insertar esta nota casi parentética, regresa por tercera vez al tema del perdón. Existe un remedio para aquellos que pecan y lo confiesan, y consiste en el hecho de que «tenemos a uno que habla ante el Padre en defensa nuestra.» Así parafrasea la NIV la palabra griega que generalmente se traduce como «abogado». La palabra castellana se basa en el latín advocatus, que a su vez corresponde al griego paraklētos, y significa literalmente «uno llamado al lado (para ayudar)». En este contexto, indudablemente significa un «abogado» o «defensor», en un contexto legal. Significa una persona que intercede en favor de otro. Hay buena evidencia de que éste era uno de los significados de la palabra griega, y era común en el Antiguo Testamento y en el trasfondo judío del Nuevo Testamento. Pablo también habla de Jesús como el que está a la diestra de Dios e intercede por nosotros (Ro. 8:34). Esta es la idea que se encuentra aquí. No tenemos nada que argumentar ante Dios para ganar el perdón por nuestros pecados, pero Jesucristo actúa como nuestro abogado y presenta su defensa en favor nuestro.22 Se lo describe como justo. A Juan le gusta emplear este adjetivo con respecto a Jesús, especialmente cuando piensa en Jesús como un ejemplo que deben seguir los cristianos (2:29; 3:7). También Pedro describe a Jesús en esta forma cuando contrasta la inocencia de Jesús con la maldad de los que lo mataron (Hch. 3:14; cf. 7:52), pero sobre todo se refería a Jesús como el Justo que murió por los injustos, para llevarnos a Dios (1 P. 3:18).23 Esta es la idea que se encuentra aquí. Jesucristo no solamente no tiene pecados propios por los cuales deba sufrir, sino que tiene la capacidad de interceder por otros, por cuanto no ha sido contaminado por el pecado. Puede, por así decirlo, presentar su propia justicia ante Dios y pedirle que perdone a los pecadores en base a su acto justo.24

Verso 2. El mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.  

Pero ¿cuál es precisamente el fundamento sobre el cual el abogado basa su caso? Juan pasa a elucidar el pensamiento describiendo a Jesús como «la propiciación» (hilasmos) por nuestros pecados. El único otro lugar del Nuevo Testamento donde se encuentra esta palabra es 4:10,25 y ha dado lugar a considerable debate, por no decir controversia. Cuando la palabra aparece fuera de la Biblia, transmite la idea de una ofrenda presentada por el hombre con el fin de aplacar la ira de un dios a quien ha ofendido. Era un medio de hacer cambiar al dios de una actitud de ira a una actitud favorable dándole algo para compensar por la ofensa que había sufrido. En la versión griega del Antiguo Testamento, sin embargo, el significado es debatible. Westcott y Dodd afirman que, mientras en el griego secular el objeto de la acción del verbo correspondiente es el dios ofendido, en el Antiguo Testamento el objeto es la ofensa misma, y de allí concluyen que «el concepto de la Escritura … no es el de apaciguar a alguien que está airado y que tiene un sentimiento personal contra el ofensor, sino el de cambiar el carácter de aquello que ocasiona desde fuera una necesaria separación y coloca un obstáculo inevitable a la comunión.»26 Esta opinión fue fortalecida al hacer notar que Dios mismo puede ser el que provee el sacrificio. La conclusión era que en las fuentes seculares la palabra significa «propiciación», i.e., un medio para aplacar a una persona ofendida, pero en la Biblia significa «expiación», i.e., un medio para neutralizar el pecado y anularlo. Como ninguna de estas palabras es de uso común hoy día, algunas versiones modernas ofrecen una paráfrasis. La Versión Ecuménica combina las dos ideas al traducir «sacrificio de purificación», ya que el «sacrificio» es algo que se ofrece a Dios y la «purificación» es algo que se hace debido al pecado. La Versión Popular dice: «Jesucristo se ofreció para que nuestros pecados sean perdonados»; mientras que la Biblia para Latinoamérica traduce: «El es la víctima por nuestros pecados».

La interpretación de la evidencia de Westcott y Dodd ha sido fuertemente cuestionada por L. Morris y D. Hill.27 Estos dos eruditos han demostrado que a menudo en el Antiguo Testamento está presente la idea de aplacar la ira de Dios cuando se usa el grupo de palabras en cuestión, y concluyen que lo mismo es verdad en el Nuevo Testamento. El sentido del pasaje en 1 Juan, entonces, sería que Jesús propicia a Dios con respecto a nuestros pecados.28 No cabe duda de que éste es el significado. En el versículo anterior Jesús actúa ante Dios como nuestro abogado. La imagen que continúa en este versículo es la de Jesús abogando por la causa de los pecadores culpables ante un juez a quien se le pide el perdón de una culpa que ellos reconocen. No se le está pidiendo que los declare inocentes, i.e., que diga que no hay evidencia de que hayan pecado, sino más bien que les conceda el perdón por el pecado que reconocen. Para que se conceda el perdón, se realiza una acción con respecto a los pecados que tiene el efecto de volver a Dios en favor del pecador. Si deseamos, podemos decir que los pecados son cancelados por dicha acción. Esto significa que una acción tiene el doble efecto de expiar el pecado y así propiciar a Dios. Estos dos aspectos son inseparables, y una buena traducción tratará de transmitir los dos.29

El sacrificio propiciatorio, naturalmente, es la muerte de Jesús. Esto es evidente por el hecho de que en la afirmación paralela de 1:7 es la sangre de Jesús la que nos limpia de todo pecado. La sangre es una metáfora de la muerte sacrificial.

Se deben notar dos puntos importantes. El primero es que Jesús es tanto el abogado como el sacrificio propiciatorio. Lo que ruega por los pecadores es lo que él mismo ha hecho a su favor. Esto es lo que lo hace para ellos un abogado justo. El segundo punto es que los términos de abogado y sacrificio parecen colocar a Jesús en contraste con Dios como si Dios tuviera que ser persuadido por un tercero de que nos perdone. Una debilidad inherente a la imagen que se emplea aquí es que corre el peligro de presentar a Dios como un juez reacio, a quien el abogado tiene que arrancar el perdón para los pecadores. Pero ésta sería una conclusión falsa. Ya en 1:9 Juan ha hecho hincapié en que Dios es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y en 4:9s. une su poderosa voz al coro del Nuevo Testamento que declara que fue Dios el Padre quien dio a Jesús su Hijo para que fuera el sacrificio propiciatorio por nuestros pecados. Es Dios mismo quien provee el medio de nuestro perdón y paga el costo. El término «abogado», en última instancia es inadecuado para expresar la paradoja del Dios ofendido que perdona por sí mismo nuestras ofensas dando a su propio Hijo para que sea nuestro Salvador.

Pero no es esto lo único de lo cual debemos admirarnos.30 En una de las típicas ideas que agrega, Juan añade que la eficacia de este sacrificio no se limita a los pecados del grupo particular de sus lectores, sino que alcanza a toda la humanidad.31 La provisión universal implica que todos los hombres la necesitan. No hay camino a la comunión con Dios excepto por el perdón de nuestros pecados por medio del sacrificio de Jesús. Al mismo tiempo, Juan descarta la idea de que la muerte de Jesús sea de eficacia limitada: la posibilidad del perdón es cósmica y universal. Como suele suceder, Carlos Wesley captó la idea admirablemente cuando escribió:

Sufrió para al mundo redimir; Propiciación por todos realizó; Por los que no vendrán a él El precio de su vida dio.32

La enseñanza de Juan en esta sección se levanta contra los errores de la iglesia de hoy que reflejan los del siglo i. Uno de estos errores es la idea de que los actos pecaminosos no nos privan del acceso a Dios. Los hombres modernos tratan el pecado con ligereza, y en la medida en que creen en Dios, tienen la convicción de que él es bastante tolerante con nuestras flaquezas y faltas. No se toma con la suficiente seriedad el mensaje de que Dios es luz. Probablemente pocas personas negarán que las acciones deliberada y claramente malas son incompatibles con la religión verdadera. Lo que niegan es que alguno de sus propios actos caiga en esa categoría. Hay un rechazo a medir las acciones por las normas de Dios. El otro error es la pretensión de no tener pecado. Sea lo que fuere que se diga posteriormente en esta epístola, aquí Juan se muestra muy firme contra cualquier pretensión de perfección que puedan tener los cristianos. Ninguno de nosotros está libre de pecado; ninguno de nosotros puede pretender que no necesita la limpieza ofrecida por Jesús a los pecadores.[1]

Adaptado de: I. Howard Marshall, Las Cartas de Juan (Buenos Aires; Grand Rapids, MI: Nueva Creación; William B. Eerdmans Publishing Company, 1991), 111-116.

 

Notas:

19 Las versiones castellanas traducen bien el griego teknion, literalmente «niñito», una forma diminutiva que expresa afecto.

20 Respecto a teknion, ver 2:12, 28; 3:7, 18; 4:4; 5:21. Juan usa también paidion (2:14, 18) en el mismo sentido.

21 Tauta se refiere a lo que acaba de escribir, pero el autor puede estar pensando en la epístola en su totalidad; cf. 5:13.

NIV New International Version

22 El significado de paraklētos en Juan 14–16 puede ser diferente del de este pasaje. No es necesario tratarlo aquí. Ver J. Behm, TDNT V, 800–814; R. E. Brown, The Gospel according to John, Nueva York, 1967, y Londres, 1971, II, 1135–1144; O. Betz, Der Paraklet, Leiden, 1963.

23 J. Jeremias, TDNT V, 707, sostiene que lo que aquí tenemos es un título mesiánico tradicional que se remonta a Isaías 53:11; cf. Enoc 38.2; 53.6

24 Posiblemente el pensamiento sea que su defensa no se basa en una vana pretensión.

25 Se emplean otras palabras de la misma raíz: hilaskomai en Lc. 18:13 y He. 2:17; hilastērion en Ro. 3:25 y He. 9:5; y hileōs en Mt. 16:22 y He. 8:12.

26 Westcott, 85–87; C. H. Dodd, «Hilaskomai, its cognates, derivatives and synonyms in the Septuagint», JTS 32, 1931, 352–360; reimpreso en The Bible and the Greeks, Londres, 1935, 82–95.

27 Ver L. Morris, The Apostolic Preaching of the Cross, London, 19653, caps. 5 y 6; D. Hill, Greek Words and Hebrew Meanings, Cambridge, 1967, cap. 2. Ver además R. R. Nicole, «C. H. Dodd and the Doctrine of Propitiation», Westminster Theological Journal 17, 1954–1955, 117–157; ídem, «‘Hilaskesthai’ Revisited», EQ 49, 1977, 173–177; N. H. Young, «C. H. Dodd, ‘Hilaskesthai’ and his critics,» EQ 48, 1976, 67–78.

28 El griego peri; cf. 4:10; 1P. 3:18. Ver también He. 5:3; 10:6, 8, 18, 26; 13:11; Riesenfeld, TDNT VI, 53–56.

29 El problema es si la acción tiene principalmente el propósito de expiar el pecado o de propiciar a Dios. El argumento común de que no puede estar presente la idea de propiciación porque es Dios quien provee el medio no puede aplicarse a este pasaje, ya que es Dios ante quien aboga el Hijo. (Por esta razón H. Clavier se equivoca al interpretar el pasaje en el sentido de que Dios ofrece la propiciación a los hombres con el fin de ganarlos y de que abandonen la oposición a él: «Notes sur un mot-clef du johannisme et de la sotériologie biblique: hilasmos», NovT 10, 1968, 287–304.) El hecho sería que el grupo de palabras puede tener diferentes matices en diversos contextos, y en algunos casos tiene el sentido de expiación (cf. 2 R. 5:18; Sal. 25:11; Sir. 5:5s.), mientras que en otros tiene el sentido de propiciación. Ver además J. D. G. Dunn, «Paul’s Understanding of the Death of Jesus», en R. J. Banks (ed.), Reconciliation and Hope, Grand Rapids/Exeter, 1974, 125–141, especialmente 137–139.

30 Nótese el extraño empleo de de tan avanzada la oración (BD 4752).

31 Cf. Jn. 1:29. La opinión de Westcott (44s.) de que debemos traducir «sino por todo el mundo» parece demasiado sutil.

32 The world He suffered to redeem;

For all He hath the atonement made;

For those that will not come to Him

the ransom of His life was paid.

«Father, whose everlasting love.» (The Methodist Hymnbook, Londres, 1933, No. 75).

[1] I. Howard Marshall, Las Cartas de Juan (Buenos Aires; Grand Rapids, MI: Nueva Creación; William B. Eerdmans Publishing Company, 1991), 111–116.

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Sobre el autor...

Howard Marshall (1934-2015),D.D. (Ashbury University); BA (Cambridge University); MA; BD; PhD (University of Aberdeen),ministro metodista Escoces, es considerado uno de los eruditos del Nuevo Testamento más importantes del siglo XX. Fue profesor emérito de Nuevo Testamento y Exegesis de la Universidad de Aberdeen en Escocia. Marshall también ocupo la catedra principal de la Asociación para la Investigación Bíblica y Teológica Tyndale, así también fue el presidente de la Sociedad Británica del Nuevo Testamento, entre otros muchos. Marshall tuvo un largo y fructífero matrimonio con Joyce, de quien tuvo cuatro hijos. Joyce fue con el Señor en 1996. Entre sus numerosas publicaciones tenemos; ‘Lucas: Historiador y Teólogo’(1989); ‘Los orígenes de la Cristología del Nuevo Testamento’ (1990), ‘Hechos’, (1980), ‘Jesús el Salvador: Estudios en la Teología del Nuevo Testamento’ (1990); ‘Un Comentario Crítico Exegético a las Epístolas Pastorales’, (1999); ‘Concordancia al Texto Griego del Nuevo Testamento’, (2002); ‘Mas allá de la Biblia: Pasando de la Escritura a la Teología’, (2004); ‘Teología del Nuevo Testamento: Muchos Testigos, un solo Evangelio’ (1994); ‘Perspectivas sobre la Expiación’ (2007), etc.

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Fuente: Blog Teología para Vivir

LA ORACIÓN: LOS CRISTIANOS PRACTICAN LA COMUNIÓN CON DIOS

 Y les dijo: cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal.Lucas 11:2–4

Dios nos hizo y nos ha redimido para que tengamos comunión con Él, y eso es la oración. Dios nos habla en el contenido de la Biblia y a través de él; su Santo Espíritu lo abre para nosotros y nos lo aplica, capacitándonos para comprenderlo. Nosotros le hablamos a Dios entonces acerca de Él mismo, de nosotros y de la gente de su mundo, dándole a lo que decimos la forma de respuesta a lo que Él ha dicho. Esta forma única de conversación en ambos sentidos continúa mientras perdura la vida.

Las cuatro partes de la oración.

La Biblia enseña y ejemplifica la oración como una actividad cuádruple que han de realizar los miembros del pueblo de Dios de manera individual, tanto en privado (Mateo 6:5–8) como en mutua compañía (Hechos 1:14; 4:24). Debemos:

  1. Expresar adoración y alabanza;
  2. Debemos hacer una contrita confesión del pecado y buscar el perdón;
  3. Hemos de manifestar gratitud por los beneficios recibidos,
  4. Hemos de expresar peticiones y súplicas, tanto por nosotros como por los demás.

El Padrenuestro (Mateo 6:9–13; Lucas 11:2–4) manifiesta adoración, petición y confesión; el Salterio contiene modelos de los cuatro elementos de la oración.

Mateo 6:9–13 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.

La petición, en la cual la persona que ora reconoce con humildad su necesidad y expresa su confianza total en que Dios la atenderá, usando sus recursos soberanos de sabiduría y bondad, es la dimensión de la oración que se destaca con mayor constancia en la Biblia (por ejemplo, Génesis 18:16–33; Éxodo 32:3133:17; Esdras 9:5–15; Nehemías 1:5–11; 4:4–5, 9;6:9. 14; Daniel 9:4–19; Juan 17; Santiago 5:16–18; Mateo 7:7–11; Juan 16:23–24;Efesios 6:18–20; 1 Juan 5:14–16. La petición, junto con las otras formas de oración, debe ir dirigida de ordinario al Padre, como nos muestra el Padrenuestro, pero se puede clamar a Cristo para pedir salvación y sanidad, como en los días de su carne (Romanos 10:8–13; 2 Corintios 12:7–9), y al Espíritu Santo para pedirle gracia y paz (Apocalipsis 1:4). No es posible que sea incorrecto presentarle nuestras peticiones a Dios como uno y trino, o solicitar una bendición espiritual de cualquiera de las tres Personas, pero es prudente seguir la pauta marcada por el Nuevo Testamento.

Oración en el Nombre de Cristo Jesús.

Jesús enseña que las peticiones al Padre se han de hacer en su nombre (Juan 14:13–14; 15:16; 16:23–24). Esto significa que invocamos su mediación, como el que nos consigue el acceso al Padre, y buscamos su apoyo, como intercesor nuestro en la presencia del Padre. No obstante, sólo podemos buscar apoyo en Él cuando pedimos de acuerdo con la voluntad revelada de Dios (1 Juan 5:14) y nuestros propios motivos para pedir son correctos (Santiago 4:3).

Jesús enseña que es correcto que presionemos a Dios con fervorosa insistencia cuando le presentamos nuestras necesidades (Lucas 11:5–13; 18:1–8), y que Él va a responder una oración así de manera positiva. Sin embargo, debemos recordar que Dios, quien sabe lo que es mejor de una forma que nosotros no lo sabemos, nos puede negar nuestra petición concreta en cuanto a la forma en que se van a satisfacer las necesidades. Con todo, si lo hace, es porque tiene algo mejor que darnos, que aquello que le hemos pedido, como era el caso cuando Cristo le negaba a Pablo la sanidad con respecto al aguijón en su carne (2 Corintios 12:7–9). Decir “Hágase tu voluntad”, rindiendo la preferencia que hemos expresado a la sabiduría del Padre, tal como hizo Jesús en Getsemaní (Mateo 26:39–44) es la forma más explícita de expresar fe en la bondad de lo que Dios tiene planificado.

No hay tensión ni falta de coherencia entre la enseñanza de las Escrituras sobre la preordenación soberana de todas las cosas por Dios y la relacionada con la eficacia de la oración. Dios preordena tanto los medios como el fin, y nuestra oración ha sido preordenada como el medio a través del cual Él hace que se cumpla su soberana voluntad.

Mateo 26:39–44 Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño. Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras.

Conclusión.

Los cristianos que oran con sinceridad, con reverencia y humildad, con la sensación de que son privilegiados y con un corazón puro (es decir, purificado, penitente), encuentran dentro de sí un instinto filial puesto allí por el Espíritu que los impulsa a dirigir su oración al Padre celestial y a confiar en Él (Gálatas 4:6; Romanos 8:15), así como un anhelo de orar que supera su incertidumbre sobre los pensamientos que deben expresar (Romanos 8:26–27). La misteriosa realidad de la ayuda del Espíritu Santo en la oración sólo llega a ser conocida por los que realmente oran.[1]

Tomado de: J. I. Packer, Teologı́a Concisa: Una Guı́a a Las Creencias Del Cristianismo Histórico (Miami, FL: Editorial Unilit, 1998), 195-197.

J I Packer

Sobre el autor...

James Innell Packer, J.I. Packer(1926-), es un teologo ingles, perteneciente a la Iglesia Anglicana. Ha servido como profesor de Teologia en ‘Regent College’ en Canada. Es considerado como uno de los Teologos de mayor influencia en el siglo XX, y quizá de todos los tiempos. Realizo estudios en la Universidad de Oxford (MA, PhD). Fue profesor de Griego en el Seminario anglicano ‘Oak Hill’ en Londres, antes de ser profesor en ‘Regents’. Ha escrito decenas de libros entre los cuales se cuenta: “Una búsqueda de la piedad: La vision puritana de la vida cristiana”, “Conociendo a Dios”, “La vida en el Espíritu”, “Afirmado el credo de los Apóstoles”, entre muchos otros.

¿Por qué la Biblia es tan importante para los cristianos?

Por: Pepe Mendoza

Antes de responder la pregunta, es importante señalar la diferencia entre las palabras “importante” y “necesario”. Algo es “importante” cuando es conveniente, interesante o se considera superior o influyente. Se habla, por ejemplo, de la importancia de cederle el paso a los ancianos o de la importancia de tener educación universitaria. Ambas situaciones son consideradas importantes por los beneficios que traen consigo, pero no podríamos decir que son absolutamente obligatorias.

Por el contrario, cuando señalamos que algo es “necesario”, estamos diciendo que se trata de algo esencial, indispensable, obligatorio y opuesto a lo voluntario o espontáneo. Por ejemplo, necesitas del aire para vivir; no existe un individuo que diga que el aire le es indiferente. Entonces, podríamos decir que algo es importante en relación con su valor y sus posibles resultados, mientras que algo es necesario porque es absolutamente indispensable e ineludible.

La Biblia no solo es importante, valiosa y útil para el cristiano, sino que también es absolutamente necesaria, indispensable e ineludible. Esto podría sonar extraño en tiempos en que la espiritualidad está marcada o definida por un sentimiento subjetivo y por supuestas premisas individuales autónomas marcadas por el “esto es lo que creo yo… y punto”. Hoy muchas personas se dicen cristianas y hasta muy devotas sin tener siquiera un entendimiento básico o un contacto mínimo con la Biblia. Por eso quisiéramos dejar en claro que la Biblia no solo es importante, sino que es necesaria para los cristianos.

La Biblia no solo es importante, valiosa y útil para el cristiano, sino que también es absolutamente necesaria, indispensable e ineludible

Dios se ha revelado

La fe judeocristiana afirma que el Dios Soberano se ha revelado, es decir, que Él mismo ha descubierto, manifestado y dado a conocer su persona y voluntad. ¿Por qué es necesaria la revelación de Dios mismo? Isaías responde a esta pregunta cuando afirma que los pensamientos y los caminos de Dios son superiores y diferentes a los nuestros. Desde nuestra perspectiva humana y debido a nuestra condición caída no podemos percibir a Dios y sus asuntos (Is 55:9; Ro 3:10-12). La revelación de Dios en la Biblia es importante y necesaria porque si Él no se hubiera dado a conocer, entonces no habría posibilidad alguna de que pudiéramos conocerle por nosotros mismos.

Moisés clarifica que el Señor se ha revelado en las Escrituras (otro nombre para la Biblia) para que le conozcamos, le sigamos y así podamos obedecerle (Dt 29:29). El apóstol Pablo nos dice que su predicación era el resultado de la revelación del “misterio que ha estado oculto desde los siglos y generaciones… [que] ahora ha sido manifestado a sus santos” (Col 1:26). La Biblia es importante y necesaria porque es la revelación que Dios hace de sí mismo y sin ella ¡no podrías conocer a Dios!

La Biblia transforma

La importancia y necesidad de la Biblia no queda reducida al conocimiento revelado de Dios, algo que ya es maravilloso y sublime. Además, la Biblia tiene un poder sobrenatural y transformador; ningún libro humano posee esta cualidad.

Jeremías afirma por revelación de Dios, “‘¿No es Mi palabra como fuego’, declara el Señor, ‘y como martillo que despedaza la roca?’” (Jr 23:29). Ese inmenso poder inherente transforma, alimenta y convierte tu corazón. David compuso un salmo para mostrar todos los beneficios de la Palabra de Dios: “restaura el alma… hace sabio al sencillo… alegran el corazón…alumbra los ojos…” (Sal 19:7-8). La Biblia es importante y necesaria porque es el único alimento que fortalece tu vida espiritual y es, como dice Pedro, algo que debemos anhelar: “deseen como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra, para que por ella crezcan para salvación” (1 P 2:2).

Si Dios no se hubiera dado a conocer, entonces no habría posibilidad alguna de que pudiéramos conocerle por nosotros mismos

Muchos quieren saber sinceramente qué es lo que Dios espera de ellos. Lo malo es que tienden a buscar la voluntad de Dios de forma mística y hasta un tanto esotérica, como si se esperase la llegada de una voz audible desde el cielo o alguna señal sobrenatural que muestre una luminosa flecha con la dirección para la vida. Sin embargo, el Señor ha dejado la Biblia como un medio espectacular para mostrar su voluntad, revelando lo que espera de nosotros de forma clara, abundante e ineludible.

Por ejemplo, si te preguntaras, ¿qué es lo que demanda Dios de mí? En la Biblia puedes encontrar la respuesta: “Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, Sino solo practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios?” (Mi 6:8).

La Biblia es importante y necesaria porque allí podemos encontrar luz para nuestro camino (Sal 119:105), la verdad que nos hace libres (Jn 8:31-32) y la forma de vida que le agrada a Dios y le da gloria a su nombre (Tit 3:8).

La Biblia es importante y necesaria para los cristianos porque allí se nos presentan las buenas noticias de salvación en Cristo Jesús (2 Ti 3:15). El evangelio nos anuncia primero la realidad de nuestra condición de separación de Dios, una realidad sin esperanza y con solo la muerte como destino final. Sin embargo, Dios se reveló para mostrar un plan de salvación amoroso, en donde el mismísimo Hijo de Dios vino para rescatarnos y liberarnos de nuestra condición mortal por su sola y absoluta gracia. Ahora en Él somos nuevas criaturas y tenemos esperanza porque esperamos su retorno anunciado con precisión en la Biblia.

¿Podrá un cristiano tener una relación distante y superficial con la Biblia? Por lo que hemos visto ahora, podemos decir como Pablo, ¡de ninguna manera!

Nota: Este artículo fue publicado primero en Coalición por el Evangelio: https://tinyurl.com/2nahedzw

pepemendoza

José “Pepe” Mendoza es el Director Editorial en Coalición por el Evangelio. Sirvió como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú. Es profesor en el Instituto Integridad & Sabiduría, colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary, y también trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana.

Puedes encontrar a José «Pepe» Mendoza en:

Oremos por Cuba: 5 motivos para clamar ante nuestro Dios

Por: JOSUÉ BARRIOS
Fuente: Coalición por el Evangelio

Cuba atraviesa una situación delicada a medida que se realizan una serie de protestas contra el gobierno. Mientras las últimas protestas masivas anteriores ocurrieron en agosto de 1994 y se concentraron en el malecón de La Habana, estas nuevas manifestaciones están abarcando toda la isla y resultan ser las más grandes en los últimos 60 años.

La hora es crucial para la nación y la incertidumbre parece reinar, pero como Iglesia creemos en un Dios que es soberano sobre todo y al mismo tiempo es pronto para escuchar nuestro clamor.

Sin importar dónde te encuentres, aquí hay cinco oraciones por Cuba que podemos elevar hoy por el país y la iglesia:

  • Oramos para que Dios tenga misericordia de la Isla y preserve las vidas humanas, en medio de una gran tensión que podría convertirse en un enfrentamiento entre cubanos con un mayor número de muertes (1 Ti 2:1).
  • Oramos para que los gobernantes sean responsables, sabios y justos ante las demandas y el clamor del pueblo (Pr 29:2).
  • Oramos por la economía en el país, que desde el comienzo de la pandemia se ha deprimido más aún, elevando el costo de la vida. Esto afecta la distribución de alimentos, medicinas y servicios (tales como la luz y el agua) en la isla (1 Ti. 6:8).
  • Oramos para que la iglesia pueda ser luz en este tiempo y conducirse con sabiduría, firme en sus convicciones bíblicas, reflejando un Reino que no es de este mundo, y que pueda llevar a otros la esperanza del evangelio (Mt 5:14-161 P. 2:9).
  • Oramos para que el Señor guarde la integridad física y espiritual de Su pueblo y sus pastores, mientras nuestros hermanos creyentes esperan en Él. Que tanto la iglesia como el resto del país puedan gozar de mayor paz en este lado de la eternidad (1 Ti. 2:2).

Nuestro Dios es “Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef 3:20). Acompáñanos a orar por Cuba.

Sobre el autor...

Josué Barrios sirve como Coordinador Editorial en Coalición por el Evangelio. Posee una licenciatura en periodismo y cursa una maestría en el Southern Baptist Theological Seminary. Vive con su esposa Arianny en Córdoba, Argentina, y sirve en la Iglesia Bíblica Bautista Crecer, donde realiza una pasantía ministerial. Puedes leerlo en josuebarrios.com y seguirlo en InstagramTwitter y Facebook.

No lo olvides, el evangelio es (aún) para cristianos

Por: Mitch Chase
Fuente: Coalición por el Evangelio

Los no cristianos que llegan a creer en el evangelio se convierten en santos que siguen creyendo en el evangelio. Este evangelio, o “buenas nuevas”, se trata de lo que Dios ha hecho por nosotros en Jesús.

Las buenas nuevas acerca de la persona y la obra de Cristo eran el plan de Dios desde antes que Él fundara la Tierra. En la sabiduría eterna y los decretos de la Trinidad, el Hijo entraría en el mundo de las criaturas de Dios de tal manera que uniera la verdadera humanidad a la verdadera divinidad. La encarnación no era el plan B.

El plan de redención previo a la creación revela cuán profundas son las raíces del amor de Dios para su pueblo. Los creyentes están seguros en el amor de Dios porque su amor no es algo que haya tenido un comienzo. Antes de que fuéramos, su amor ya era.

Cristo y Señor

La buena noticia es que la Palabra/Amor/Gracia/Sabiduría de Dios se hizo carne y habitó entre las personas. Jesús es el Cristo prometido o el Hijo de David (ver 2 S. 7:12-13; Mt. 1:1-17). La creación caída puso los ojos en el gobernante y redentor que traería shalom y renovación, y aún ahora este mundo gime para que todas las cosas sean hechas nuevas.

Los creyentes son seguidores del que aplasta la serpiente (Gn. 3:15). Son súbditos del Rey que vino, vivió, sufrió, murió, resucitó, y ascendió por ellos. Jesús es el Cristo porque es el gobernante prometido que será entronizado para siempre, conquistando a sus enemigos y reivindicando a su pueblo. Y Jesús es también Señor porque su reinado lo abarca todo, con total autoridad en el cielo y en la tierra que le pertenece. Así que los cristianos proclaman que Jesús es el Cristo y que Cristo es el Señor de todos.

El camino del discípulo es trazado bajo el reinado del soberano Jesús. Necesitamos el evangelio porque vuelve nuestra mirada hacia el reino interminable del Ungido de Dios. El evangelio nos ayuda a ver por qué los ídolos no pueden salvarnos. El reinado de Jesús,  ya inaugurado pero todavía no consumado, es un fundamento firme en un mundo que construye sobre la arena.

El Abogado que necesitamos

Los cristianos son aquellos que confiesan la verdad acerca de Jesús, buscan seguir los mandamientos de Jesús, y aman al pueblo de Jesús (ver toda la carta de 1 Juan). Pero, ¿quién de nosotros es un seguidor perfecto? Somos discípulos imperfectos, y esos son los únicos discípulos que siguen a Jesús de todos modos. El evangelio nos recuerda que Jesús cumplió la promesa de un nuevo pacto contenida en el Antiguo Testamento (Jer. 31:31 -34; Lc. 22:20). Debido a que su vida sin pecado y su muerte como pecador selló un nuevo pacto para pecadores como nosotros, nuestros fracasos y pecados no anulan nuestra posición para con Dios, ni disminuyen su amor por nosotros.

A través de la fe en Jesús, estamos unidos a Él. En nuestra unión con Él, Él es nuestro Abogado. En Cristo, hay perdón y purificación. Renovación y fuerza. Súplica y seguridad. Somos santos que luchan, pero Jesús es nuestro amigo que nunca falla y que nos lleva al Padre por los méritos de su vida obediente. Podemos ir confiadamente ante el trono de la gracia porque nuestro Salvador se sienta confiadamente a la diestra de Dios.

Creciendo dentro de una vida en el evangelio

Pablo no quería que los colosenses se apartaran de la esperanza del evangelio (Col. 1:23), quería que los gálatas anduvieran por el Espíritu que había comenzado una obra de salvación en ellos (Gá. 3:1-3; 5:16-26), y había predicado a los corintios las buenas nuevas “en el cual también están firmes” (1 Co. 15:1-2). Para Pablo, los cristianos nunca dejan atrás el evangelio para algo más grande, mejor, o más profundo. El evangelio es el poder de Dios para salvar, santificar, perdonar, y preservar. El evangelio es una noticia anclada en el consejo eterno de Dios. Este es un mensaje con profundidad, dimensión, y grandeza que no podemos comprender. El evangelio nunca nos queda pequeño; simplemente crecemos en nuestra comprensión del mismo.

Nuestro peregrinaje como cristianos es por un camino de gracia. La obra expiatoria de Jesús en la cruz asegura no solo que la pena del pecado ha sido pagada, sino también que el poder del pecado ha sido derrotado. Podemos caminar en la luz y por el Espíritu. Jesús, el Rey salvador, ha venido a libertarnos. El corazón del cristiano se ha arrepentido, se sigue arrepintiendo, ha creído, y sigue creyendo. La vida cristiana es una vida centrada en el evangelio (Gá. 2:20; Fil. 1:21). Jesús tomó su cruz hasta la muerte y después vino la resurrección y gloria. Ahora Jesús nos llama a tomar nuestra cruz diariamente (Lc. 9:23) para que podamos seguirlo con fe y hacia la gloria (Mt. 25:34; 2 Co. 4:17-18).

Un futuro lleno de buenas noticias

Si eres seguidor de Cristo, me pregunto qué ves en tu futuro. ¿Ves, con ojos de fe, a Dios obrando todas las cosas para tu bien y conformándote a la imagen de su Hijo amado (Ro. 8:28-30)? ¿Percibes, como a través de un espejo velado, que tus sufrimientos actuales darán paso a una gloria venidera que es incomparable y duradera (Ro. 8:18-25)? Estas esperanzas son buenas nuevas y por lo tanto evangelio, porque el evangelio no es solo lo que Jesús ha hecho, sino lo que hará.

La vida del verdadero discípulo se está desarrollando, día a día, en el amor de Dios. Y debido a que nuestra unión con Cristo nunca será cortada (Ro. 8:31-39), nuestro futuro está lleno de buenas nuevas las cuales son eternas. El nuevo pacto es para siempre, y así el evangelio es para siempre. Jesús es el Rey redentor quien compró de las naciones un pueblo para sí mismo por medio de su sangre (Ap. 5:9-10). La gracia divina que nos persiguió ahora nos mantendrá firmes, y el Cristo del evangelio satisfará nuestros corazones con el pan vivo y el agua viva que solo Él puede dar.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Jenny Midence García.

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