La sumisión comienza en casa

Fuente: Desarrollo Cristiano Internacional

En la vida matrimonial, si cada cónyuge obedece las Escrituras, cultivando una relación de mutua sumisión y de servicio recíproco, refrenará la corriente de matrimonios marchitos o rotos. De este modo los esposos y las esposas irán aprendiendo a compartir juntos las responsabilidades del liderazgo en sus hogares. Resulta inevitable que surja la pregunta de cómo resolver las situaciones sin salida que se dan en la toma de decisiones cuando las opiniones difieren.

La práctica constante de depositar sobre el varón la responsabilidad de pronunciar la última palabra es la solución que menos honra a Dios. Esta coloca una carga poco realista sobre el marido para que tome siempre la decisión correcta y en la esposa fomenta una mentalidad de escape, quien, entonces, o se resigna a la posición de derrota permanente o se vuelve una manipuladora del macho que maneja el poder.

A continuación presento algunas sugerencias alternativas para resolver decisiones conflictivas de manera honrada y práctica.

  1. Cédanse el lugar el uno al otro, denle la ventaja a la otra persona, esfuércense por agradarla, opten por lo que la otra prefiere. Esto es lo que significa ser siervo y someterse mutuamente (Fil 2.3–4). Si los mandatos de someterse (Ef 5.21) y de ser siervos unos de otros (Gá 5.13) no se aplican, ante todo, al sometimiento de uno mismo a la persona que está más cerca, sea esposa o esposo, ¿a quién más deberán aplicarse? Al igual que la caridad, el sometimiento comienza en casa.
  2. Repártanse las responsabilidades con base en las capacidades, la experiencia y la habilidad de cada uno. Las áreas de servicio pueden acordarse de antemano para que cada cónyuge sea responsable de presentar decisiones finales en las áreas específicas en las que muestra capacidad.
  3. Permítanse concesiones. Busquen el término medio porque es un procedimiento con base bíblica (Lc 14.31–32; Hch 6.1–6; 15.37–40).
  4. Definan los principios bíblicos que se relacionan con el tema en discusión y tomen sus decisiones sobre la base de una evaluación.
  5. Pidan juntos la dirección de Dios y espérenla. Pospongan la decisión para beneficiarse de la perspectiva que les da el tiempo, porque Dios usa tanto la oración como el tiempo para resolver diferencias y conflictos.
  6. Manténganse a la expectativa de la dirección que Dios les proveerá mediante las circunstancias. La historia tiene sus maneras.
  7. Cuando una decisión afecte a un cónyuge más que a otro, pesará más la opinión de aquel a quien más le concierne la decisión. Esto es lo que significa la vida en comunidad. Por ejemplo, un esposo quiere tener más hijos porque le gustan los niños, pero su esposa sabe que está balanceándose al borde de una crisis nerviosa debido al peso que para ella representa su hogar. La voz de ella debe ser la que determine esta decisión, a menos que, por supuesto, él esté dispuesto a quedarse en casa y criar a sus hijos.
  8. Lleven a cabo juntos proyectos de investigación sobre el tema que propició el conflicto. Lean, vayan a conferencias, tomen cursos para edificar la base de una buena decisión (Ef 5.17; Stg 1.5–6). Por ejemplo, el uso del castigo físico con los hijos es un tema delicado que puede convertirse en una fuente de graves conflictos en las parejas jóvenes. En vez de actuar por impulsos emocionales o canfiando en socializaciones del pasado, la pareja deberá investigar ambas caras del tema y llegar a un consenso.
  9. Decidan remitir la cuestión a una tercera persona que sea confiable y objetiva, luego de acordar que ambos se sujetarán a lo que ella determine (1Co 6.5).
  10. Ejecuten un cambio de roles. Ambos cónyuges pueden por turno articular su posición respectiva de la manera más clara posible. Luego ocupen el rol del otro cónyuge por un período de tiempo para identificarse con su manera de pensar. La empatía que genera este intercambio por lo general provee una salida.

Bajo la dirección del Espíritu Santo, también pueden encontrarse otros métodos creativos para resolver las diferencias sin recurrir a la horrible práctica pagana en la que un cónyuge ejerce control sobre el otro. Según el principio de «una sola persona», cuanto más dominante sea uno con su cónyuge, más daña su matrimonio y empobrece su propia vida. A la inversa, según el mismo principio de «una sola persona», cuanto más uno afirma y edifica a su cónyuge y estimula su crecimiento independiente, más aporta a su matrimonio y enriquece su propia vida, sin mencionar la simple obediencia a Dios, quien desea que ninguno de sus hijos caiga bajo el yugo de la esclavitud (Ef 5.28).

Las palabras del apóstol Pablo resuenan hoy día con un realismo convincente: «Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por tanto, manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yudo de la esclavitud» (Gá 5.1).

Cada generación de cristianos debe examinar sus creencias y sus prácticas bajo el microscopio de las Escrituras, tanto para indetificar aquellos desechos del mundo que con tanta facilidad nos acosan, como para purificarse de ellos y proteger con mucho celo la libertad adquirida a tan alto costo para nosotros —tanto hombres como mujeres— en la cruz del Calvario.

 

Preguntas para estudiar el texto en grupo

  1. Según el autor, ¿cuál es la mejor manera de frenar la corriente de matrimonios marchitos y rotos? ¿De qué manera consigue usted y su cónyuge florecer su propio matrimonio?
  2. ¿Cuáles de las sugerencias del autor para resolver conflictos le parecen más factibles de aplicar en su matrimonio?, ¿cuáles le gustaría implementar con su cónyuge?
  3. ¿Qué otros métodos creativos sugeriría usted aplicar para solucionar diferencias de opinión?
  4. ¿En qué se fundamenta el autor para afirmar que la práctica en la que un cónyuge ejerce control sobre el otro es horrible y pagana? ¿Qué consecuencias sufren los matrimonios que la aplican?

Se tomó y adaptó de El lugar de la mujer en la iglesia y la familia, lo que la Biblia dice, 1985, segunda edición, Nueva Creación. Se publica con permiso del autor.

El autor, nacido y criado en Francia, se doctoró en estudios bíblicos por la Universidad de Boston, por siete años se integró a un programa de posdoctorado en la Sorbona de París bajo la mentoría del profesor Oscar Cullmann. Es autor de varios libros e innumerables artículos. Fue líder fundador de Willow Creek Community Church, una iglesia cerca de Chicago. Está casado con María. Tienen cuatro hijos adultos y dos nietos.

Un recordatorio para los padres en el día de los padres

Por: Sugel Michelén
Fuente: Coalición por el Evangelio

No sé cuántos países celebran el día de los padres en la misma fecha que nosotros lo hacemos en RD (es decir, el último domingo de Julio). Pero sea cual sea la fecha de este evento en el calendario de cada país, no quise dejar pasar la oportunidad sin traer una nota de recordatorio para todos los que somos padres.

Tanto en Ef. 6:1-4 como en Col. 3:20-21, el apóstol Pablo escribe unas palabras sobre el deber de los hijos de obedecer a sus padres, y el deber de los padres de criar a sus hijos en el marco del evangelio. El pasaje de Efesios es el más extenso de los dos, así que voy a tomarlo como punto de partida:

“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.

Aunque en los versículos 1 y 4 aparece la palabra “padres” en nuestra versión RV60, en el original griego son dos palabras distintas. La del versículo 1 puede ser traducida como “progenitores”, e incluye tanto al padre como a la madre. Es por eso que Pablo se vale del quinto mandamiento del Decálogo para recordar a los hijos que debían honrar a su padre y a su madre. De manera que ambos padres tienen una responsabilidad en la crianza de sus hijos, y ambos poseen la misma autoridad sobre ellos.

Sin embargo, el término que Pablo usa en el vers. 21 es la palabra griega páteres que parece señalar de manera especial a los hombres, a los padres. Ellos son los que tienen la responsabilidad primaria de guiar a la familia, incluyendo a sus esposas en el papel de madres.

Contrario al pensamiento del mundo en ese sentido, Dios coloca sobre los hombres la responsabilidad del liderazgo de su familia. Por supuesto, nosotros sabemos que las madres juegan un papel vital en la crianza de los hijos. Generalmente ellas pasan más tiempo con ellos y ejercen una influencia determinante en sus vidas. Pero el hombre es responsable ante Dios de proveer a su esposa y a sus hijos la guía, el sostén y la protección que necesitan en un clima de amor y servicio.

Ser cabeza de la familia no es contemplado en la Biblia como una ventaja, sino como una gran responsabilidad. Nosotros tenemos un trabajo que debemos hacer de manera intencional, procurando el bien espiritual y físico de nuestra esposa y nuestros hijos. Dios nos ha llamado a hacer un trabajo, un trabajo que está muy por encima de nuestras capacidades naturales y que solo puede ser hecho en dependencia de Él. Él nos contrató, Él nos da los recursos que necesitamos cada momento para poder ser los padres que Él quiere que seamos, y Él nos pedirá cuentas algún día por esa mayordomía que nos fue confiada.

Lamentablemente, la influencia del mundo ha tenido un impacto profundo en la iglesia de Cristo en este asunto. En muchos hogares cristianos es la mujer y no el hombre la que va delante en la vida espiritual de la familia y la crianza de los hijos. Leí recientemente que un autor cristiano fue a proponerle a una casa publicadora un libro sobre la paternidad. ¿Saben lo que el encargado la respondió? Que los libros dirigidos a los padres no venden. “Nuestros estudios nos han mostrado que el 80% de los libros sobre crianza son comprados por las madres. Ellas los leen y se los pasan a sus maridos, que apenas los leen. Es difícil mercadear la paternidad a una audiencia femenina”.

Y el impacto que ese matriarcado está produciendo en las iglesias y en la sociedad es sencillamente devastador, sobre todo para el desarrollo de un verdadero liderazgo. La masculinidad es algo que se produce mayormente en un ambiente en el que las mujeres se comportan como mujeres y los hombres se comportan como hombres (lean bien: no como “machos”, sino como hombres).

De manera que tanto el padre como la madre tienen la responsabilidad de criar a los hijos en el temor de Dios, pero el padre es el principal responsable de ese deber.

Apreciamos todo comentario que pueda complementar este artículo para edificación de los lectores de este blog.

 

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

Sugel Michelen

Sobre el autor...

​Sugel Michelén (MTS) es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Ha sido por más 35 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios. Es autor de varios libros, incluyendo De parte de Dios y delante de Dios y El cuerpo de Cristo. El pastor Michelén y su esposa Gloria tienen 3 hijos y 5 nietos. Puedes seguirlo en Twitter.

10 lecciones inolvidables sobre ser padre

Por: Ray Ortlund
Fuente: Coalición por el Evangelio

Públicamente, mi papá fue uno de los grandes pastores de su generación. Sirvió de manera notable durante veinte fructíferos años en Lake Avenue Congregational Church en Pasadena, donde John y Noël Piper adoraron durante sus días en el seminario Fuller. Papá y John eran amigos muy cercanos.

En privado, mi papá era el mismo que en público. Solo había un don Ray Ortlund, un auténtico cristiano. La distancia entre lo que vi en el Nuevo Testamento y lo que vi en mi papá era corta. Era el hombre más parecido a Cristo que he conocido, la clase de hombre y el tipo de padre que anhelo ser.

Sin ningún orden en particular, aquí diez lecciones sobre ser papá que aprendí al mirar a mi padre, con cada lección vivida a partir de los recuerdos de su cuidado por mí.

  1. Nunca estaba demasiado ocupado

Mi padre era un pastor muy ocupado, pero nunca estaba demasiado ocupado para mí. Cuando sentía que no había tenido tiempo suficiente conmigo, decía: “Hey Bud, ¿quieres faltar a la escuela mañana e ir a la playa?”. ¡No tardé mucho en estar de acuerdo con eso! Así que nos fuimos. Surfeamos, hablamos, y nos divertimos juntos. Al día siguiente escribió una nota a la escuela para explicar mi ausencia, y cuando la llevé a la oficina del director, tacharon mi ausencia de “inexcusable”. Supongo que la razón no contaba; un padre que quiere ponerse al día con su hijo. Pero a papá no le importaba. Era yo quien le importaba. Y yo lo sabía.

  1. Era un hombre de la Biblia

Mi papá se dedicó de todo corazón a Jesús. En mi cumpleaños numero diecisiete, él y mi mamá me dieron una Biblia nueva. En la página de enfrente escribió lo siguiente:

Bud,

Nada es mayor que tener un hijo, un hijo que ama al Señor y camina con Él. Tu madre y yo hemos encontrado en este libro nuestro tesoro más querido. Te lo damos, y al hacerlo no podemos darte nada mejor. Sé un estudiante de la Biblia y tu vida estará llena de bendiciones. Te amamos.

Papá

9/7/66

(Filipenses 1:9-11)

Cuando leí eso, sabía que mi padre decía cada palabra en serio. Él era un hombre de la Biblia, y la bendición de la que escribió era obvia en su propia vida.

  1. Siempre alabó a Dios

Cuando crecía, la mayoría de las mañanas no necesitaba un reloj despertador. Me despertaba con el sonido de mi papá a través del pasillo, cantando en la ducha. Todas las mañanas, a todo pulmón y de manera alegre, cantaba este himno:

Cuando la mañana cubre de oro los cielos, 

Mi despabilado corazón clama:

¡Que Jesucristo sea alabado!

Bien en el trabajo o en la oración,

A Jesús yo clamo:

¡Que Jesucristo sea alabado!

Muchos hombres no son transparentes. No tengo ni idea de lo que creen. Pero con mi padre nunca me cuestioné sobre qué le importaba más, o sobre lo que buscaba en la vida. Ni una sola vez. En lo absoluto. Ni siquiera un poco. Él nunca mantuvo un bajo perfil de la vida. Jesús era demasiado maravilloso para él. Alabó al Señor a lo largo de su vida, en público y en privado, de una manera clara y maravillosa que no podía ser ignorada.

  1. Él me animó

Mi papá me dio la libertad para que yo pudiera cumplir el llamado de Dios en mi vida. Me guió de manera apropiada, por supuesto, pero nunca se aferró a mí con temor, ni esperaba que yo siempre viviera cerca. Todo lo contrario. Me instó a seguir a Cristo en cualquier lugar. De vez en cuando me daba este discurso: “Escucha, hijo. Los cristianos de corazón medio son los más miserables de todos. Saben lo suficiente acerca de Dios como para sentirse culpables, pero no han ido lo suficientemente lejos con Cristo para ser felices. ¡Sé completamente incondicional a Él! No me importa si eres un excavador de zanjas, siempre y cuando ames al Señor con todo tu corazón”.

No le impresionaba el éxito del mundo, o el asistir a las escuelas correctas, y toda esa pretensión y falsedad. Él quería algo mejor para mí, algo que tenía que encontrar por mi cuenta. Pero nunca dudé de la urgencia con la que deseaba para mí un claro llamado de Dios en mi vida. Y lo recibí, en parte porque mi papá no se inmiscuyó en él, sino que me animó a seguir al Señor por mi cuenta.

  1. Caminaba verdaderamente con Dios

Recuerdo bajar temprano una mañana y caminar a donde mi padre, en la sala de estar. Allí estaba, de rodillas, con el rostro enterrado en las manos, absorto en silenciosa oración. Él no sabía que había alguien más allí. No era teatro. Era real. Mi papá tenía un verdadero caminar con Dios. Nunca se me ocurrió preguntarme si Jesús era el Señor de su corazón y de nuestro hogar. Papá amaba el evangelio. Él sirvió a la iglesia. Dio testimonio a nuestros vecinos. Incluso entregó el diezmo cuando no tuvo dinero para hacerlo. Marcó la pauta en nuestra casa, y nuestro hogar fue un lugar de alegría, honestidad, y consuelo. Jesús estaba allí.

  1. Me enseñó teología en el patio

Un día, cuando yo tenía once o doce años, mientras estábamos haciendo trabajos de jardinería afuera —no recuerdo el contexto— mi papá se detuvo, me miró a los ojos y dijo: “Sabes, Bud, antes de que el tiempo empezara, Dios te escogió”. Yo lo miré perplejo. ¿El Dios Todopoderoso pensó en mí, un ser minúsculo? ¿Desde ese entonces? Me sentí tan amado por Dios. Años más tarde, cuando comprendí mejor la doctrina de la elección, no tuve problema con ella. Me encantó. Mi papá había comenzado mi educación teológica desde mi infancia durante nuestra conversación cotidiana.

  1. Nos amaba cuando no era fácil hacerlo

Mi madre, una noche antes de que papá llegara a casa, me dijo que él practicaba algo todos los días. Trabajaba duro durante todo el día y llegaba cansado a casa. Así, mientras subía los escalones de la escalera, antes de extender la mano para abrir la puerta trasera de casa, levantaba una sencilla oración a Dios: “Señor, necesito algo de energía extra en este momento”. Y Dios respondía a esa oración. Nunca vi a mi papá entrar a casa sin emoción positiva para dar. Más bien se acercaba a mi mamá, la besaba con un beso enorme, y luego se volvía hacia mí y me decía: “¡Vamos, Skip, vamos a luchar!”. Y nos íbamos a la habitación del frente a luchar en el suelo, junto con una explosión de cosquillas y risas. Día a día, la realidad de Dios en el corazón de mi papá le daba energía para amar a su familia cuando no era fácil.

  1. Me ayudó a amar a la iglesia

El hecho de que papá fuera pastor me hizo “el hijo del pastor”, obviamente. De vez en cuando la gente bien intencionada de la iglesia me decía cosas tontas, como si tuviera que ser perfecto o superior o algo que ellos esperaban. Así que papá me dijo: “Hijo, cuando la gente dice cosas así, no tiene intención de dañarte. Pero no es justo. No se dan cuenta de eso. Quiero que lo sepas, y trata de ignorarlo”.

Papá tenía altos estándares de la vida cristiana. Pero era lo suficientemente sabio como para saber que un niño de diez años sigue a Cristo de una manera diferente a la de un niño de cuarenta años. Era realista y compasivo. Me dio permiso para ser un niño cristiano. Y él es la principal razón terrenal por la que amo a la iglesia hoy. Él me mostró, sabiamente, cómo la vida de la iglesia no necesita ser opresiva.

  1. Vivió su fe de manera simple y práctica

Papá me enseñó a caminar con el Señor de manera práctica. Por ejemplo, una declaración que estableció como una a seguir diariamente fue la siguiente:

Mi declaración de fe mañanera

Creo que hoy:

  1. Dios está dirigiendo soberanamente mi vida mientras me entrego a Él, y que Él me ama incondicionalmente, y yo lo amo y lo pongo primero en mi vida.
  2. Cristo es mi Señor y maestro, y busco permanecer en Él y hacer su voluntad inmediatamente y correctamente.
  3. El Espíritu Santo es mi amigo, maestro, y guía, que abrirá y cerrará puertas hoy y me llenará de sí mismo para hacerme un servidor eficaz.
  4. Ahora encomiendo mi esposa y mi familia al Señor, quien los ama tanto como a otros a quienes amo. Ellos también están bajo su cuidado soberano.
  5. Salgo teniendo una fe audaz, y me relajo en el Señor, disfrutando este día dado por Él. Confío en que Él me usará hoy.

Era simple, pero válido. Papá ejemplificó cómo hacer accesible y práctico el cristianismo diario.

  1. Me dijo que el ministerio no lo es todo

Ser un “hijo de pastor” era a veces difícil, como ya he mencionado. Lo que me hizo sobrellevar esta dificultad fue el amor de mi padre por mí, y mi admiración por él. Yo lo amaba profundamente. Aun lo hago. Incluso mientras escribo esto, se me hace un nudo en la garganta. Lo extraño tanto. Ser el hijo de un pastor piadoso fue un privilegio sagrado que me fue dado como un regalo de Dios mismo. Mi respeto por mi papá y su atracción personal —el verdadero cristianismo que vi en él, la belleza con la que sirvió como pastor, incluso cuando sufrió— el impacto personal de todo esto fue que crecí para honrar el ministerio pastoral. Y hoy, yo mismo me regocijo en ser pastor. Lo que me lleva a mi escenario final.

Temprano el domingo 22 de julio del 2007, mi papá se despertó en su habitación de hospital en Newport Beach. Él sabía que finalmente el día de su liberación de esta vida había llegado. Le pidió a la enfermera que llamara a la familia. Ese día mi esposa Jani y yo estábamos lejos, en Irlanda, por asuntos ministeriales. No sabíamos lo que estaba sucediendo en casa. Pero la familia se reunió alrededor de la cama de papá. Leyeron la Escritura. Cantaron himnos. Papá dio una bendición patriarcal y una amonestación personal a cada uno, un mensaje adecuado para alentar y guiar. Él pronunció sobre ellos toda la bendición de Aarón: “El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y tenga de ti misericordia; el Señor alce sobre ti su rostro, y te dé paz” (Nm. 6:24-26).

Y luego, en voz baja, durmió.

Más tarde le pregunté a mi hermana sobre el mensaje de papá para mí. Fue este: “Dile a Bud: el ministerio no lo es todo. Jesús lo es”.

Las últimas palabras de mi padre resumieron su vida como padre, y su vida entera.

Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Omar Jaramillo.

Sobre el autor...

Ray Ortlund es el pastor principal de Immanuel Church en Nashville, Tennessee, y sirve como miembro del Concilio de The Gospel Coalition. Puedes seguirlo en Twitter.

9 verdades que cada padre debe recordar

Por:Tim Challies
Fuente: Coalición por el Evangelio

¿Promete Proverbios que mi hijo no se descarriará? Hace poco alguién le hizo esta pregunta a John Piper en un episodio reciente del podcast Ask Pastor John. La pregunta estaba basada en Proverbios 22:6: “Enseña al niño el camino en que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él”. Piper terminó ese episodio compartiendo las siguientes 9 verdades que los padres deben recordar al criar a sus hijos:

1. En general, educar a los hijos a la manera de Dios los guiará hacia la vida eterna. En general, esto es cierto.

2. Esta realidad incluye poner nuestra esperanza en Dios y orar fervientemente por sabiduría y por Su salvación hasta el día en que muramos. No oren solo hasta que se conviertan a los 6 años. Oren hasta el día de la muerte por la conversión de sus hijos y por la perseverancia de su aparente conversión.

3. Satúralos con la Palabra de Dios. La fe viene por el oír y el oír por la Palabra de Dios (Romanos 10:17).

4. Sé radicalmente consistente y auténtico en tu propia fe. No solo en el comportamiento, sino también en tus afectos. Los niños necesitan ver lo precioso que es Jesús para mamá y papá, no solamente cómo se obedece, o cómo se va a la iglesia, o cómo se leen devocionales o cómo se cumplen los deberes, deberes y deberes. Necesitan ver, en el corazón de mamá y papá, el gozo y la satisfacción de que Jesús es el mejor amigo del mundo.

5. Modela la preciosidad del evangelio. Cuando nosotros los padres confesamos nuestros propios pecados y dependemos de la gracia, nuestros niños dirán: “Ah, no tienes que ser perfecto. Mamá y papá no son perfectos. A ellos les encanta la gracia. Aman el evangelio porque Jesús perdona sus pecados. Entonces sé que Él puede perdonar también mis pecados”.

6. Forma parte de una iglesia amorosa saturada de la Biblia. Los niños necesitan estar rodeados de otros creyentes, no solo de mamá y papá.

7. Exije obediencia. No seas perezoso. Hay muchos padres jóvenes hoy día que parecen tan perezosos. No están dispuestos a levantarse y hacer lo que se necesita hacer para corregir al niño. Por eso debemos ser consistentes con nuestros castigos y especialmente con todas nuestras promesas de cosas buenas que decimos que vamos a hacer por ellos.

8. Dios salva a niños de una paternidad fracasada o incrédula. Dios es soberano. Al final, no somos nosotros los que salvamos a nuestros niños. Dios salva niños, y apenas habría cristianos en el mundo si no los salvase de familias fracasadas.

9. Descansa en la soberanía de Dios sobre tus hijos. No podemos soportar el peso de Su eternidad. Eso es asunto de Dios, y debemos dejarle todo eso a Él.


Publicado originalmente para el blog de Tim Challies. Traducido por Manuel Bento.

Sobre el autor...

Tim Challies es un seguidor de Cristo, esposo de Aileen y padre de tres niños. Es pastor de Grace Fellowship Church en Toronto, Ontario, y cofundador de Cruciform Press.

¡A trabajar!

Fuente: Desarrollo Cristiano Internacional

La comunión exige comunicación; cuando esta falta, se originan situaciones deplorables en más del 50% de las parejas.

Todas las parejas experimentan conflictos y desacuerdos en su relación. Los problemas son parte de la vida. El ideal en la relación matrimonial no es vivir sin conflictos, sino saber cómo enfrentarlos e, incluso, utilizarlos convenientemente para el crecimiento de ambos. Para lograrlo se requiere una correcta comunicación, y la comunicación sin reservas debe practicarse con perseverancia. Para lograr esto, recomendamos:

  • No rehúses abordar los temas de fricción o controversia; pero para ello controla los sentimientos de modo positivo.
  • Encuentra el momento oportuno para conversar. Recuerda que los dos deben lograr el acuerdo.
  • Ataca el problema, no a la persona.
  • Intenta siempre mejorar tu propia actitud, pero no intentes cambiar la de la otra persona.
  • Evita el uso de palabras cargadas de emociones como: «en realidad no me amas», «siempre haces tal o cual cosa», «nada haces bien», «qué me importa», «nunca dices algo con sentido». Y cuídate mucho de herir con frases como: «eres una estúpida», «eres un tonto», «¿estás sordo?».
  • Responsabilízate de tus propias opiniones, palabras, acciones y reacciones. No eches la culpa a tu pareja de lo que haces o dices.
  • Evita retomar temas de discusiones pasadas.
  • Enfrenta un problema a la vez y, luego, encara el siguiente.
  • Ocúpate del presente y no del pasado, a no ser que te ayude a resolver el problema actual; de otro modo, lo único que lograrás será reflotar puntos de desacuerdos.
  • Expresa tus pensamientos y preocupaciones. Escucha, comprende y responde con amabilidad.
  • Suaviza el comienzo de una discusión. Separa un tiempo especial del día o de la noche, cuando todos se han ido a dormir. Nunca lo trates por teléfono o mail.
  • Esfuérzate en comprender con el mismo ahínco con el que solicitas ser comprendido.
  • Nunca resuelvas conflictos en público ni reveles cosas privadas a cualquiera.
  • No mezcles a terceras personas. Una discusión entre dos, exclusivamente, es más fácil de terminar que si toma parte en ella todo el pueblo o toda la familia.
  • No mezcles temas. Algunas personas aprovechan un momento de tensión para descargar rencores secretos.
  • Perdona y olvida el pasado, no trates de resucitar muertos.
  • Acepta la posibilidad de que estés equivocado. Muestra disposición a reconocer tus propios errores.
  • Comienza y termina el tema de discusión con una oración. Dios siempre está presente. Compórtate de una manera que lo honre.

Desafío para el mes

Reflexiona junto a tu cónyuge en la siguiente cita:

La comunicación es más que el deseo de hablar y escuchar; debe incluir la disposición de lograr objetivos y metas comunes. En el matrimonio debemos buscar palabras positivas, abundantes, personales y amorosas. Positivas, porque siempre voy a hablar bien de la persona que amo, en su presencia o ausencia. Abundantes, porque voy a esforzarme en reconocerla con palabras, con miradas y con gestos. Personales, porque existe un código de comunicación en cada pareja que debe pertenecer solo a ellos. Un cruce de miradas, un gesto con una mano, un movimiento de pie. Amorosas, porque estas palabras deben partir de un corazón respetuoso, honesto, fiel y perdonador, pues la ira, el enfado, el enojo y el dolor, deben dar paso a la reconciliación y al perdón (Sixto Porras).

Nuestro anhelo es que pueda vivir estos consejos en esta semana y que su familia sea mucho más feliz por ello.

 

Silvia es médica, especializada en sexualidad humana. José Luis es abogado. Son autores de numerosos libros, conferencistas internacionales y directores del sitio placeresperfectos.com.ar (consultas@placeresperfectos.com.ar). Juntos, pastorean la Iglesia «De la Ciudad», en Resistencia, provincia de Chaco, Argentina.

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