Paz a ustedes

Por: Pepe Mendoza

La Semana Santa siempre nos permite traer a la memoria de una manera más viva la obra monumental de nuestro Señor Jesucristo a nuestro favor. Reflexionar hoy en la muerte y resurrección de Jesucristo es posible a través del testimonio fidedigno que el Señor mismo nos dejó en las páginas del Nuevo Testamento. 

Es indudable que los escritores del Nuevo Testamento, inspirados por el Espíritu Santo, escribieron con pasión sobre unos acontecimientos tan impresionantes, no solo por los sucesos mismos, sino porque eran el cumplimiento de las profecías de la antigüedad, que se convirtieron con justa razón en el centro de su proclamación de las más grandes buenas noticias jamás oídas en favor de la humanidad. El apóstol Juan dijo: «Lo que hemos visto y oído les proclamamos también a ustedes, para que también ustedes tengan comunión con nosotros» (1 Jn 1:3). Es importante destacar que la «comunión» entre nosotros, los cristianos de todas las épocas y lugares, radica en el testimonio común transferido fielmente entre generaciones de que Jesucristo, como lo dice el apóstol Pedro, «… murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu» (1 P 3:18). No une a los cristianos su perfección, moralidad, religiosidad o impecabilidad, sino la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo, quien nos salva por gracia y no por nuestras obras. 

Ese testimonio de buenas noticias no solo es para los que todavía no conocen al Señor y su obra, sino que es un recordatorio constante del amor de Dios para los que hemos ya creído, tal como Pablo lo enfatiza al decir:

«Porque mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos. Porque difícilmente habrá alguien que muera por un justo, aunque tal vez alguno se atreva a morir por el bueno. Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro 5:6-8).

Estamos hablando de una obra de amor inconmensurable e incomprensible. Los muertos (repito: ¡muertos!, no inconscientes, débiles o simplemente caídos) en sus delitos y pecados ahora viven (repito: ¡viven” y no con una vida cualquiera, sino con vida ¡eterna!)  por el poder de Aquel que dio su vida por nosotros, ocupando nuestro lugar y muriendo la muerte que merecíamos, para resucitar y darnos la vida eterna que no merecíamos. Esa es la razón por la que Pablo también extiende este inmenso significado para ampliarlo y decir: 

«Entonces, ¿qué diremos a esto? Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas? […] Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Ro 8:30-32, 38).

Celebrar la Semana Santa cada año es volver a reafirmar la verdad del amor y la gracia de Dios a nuestro favor que se extiende hasta el punto de reconocer que nuestra vida ha sido radicalmente cambiada en nuestra esencia y en nuestra posición delante de Dios, porque hemos resucitado con Cristo para vivir una vida nueva. Por eso somos llamados a poner «la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces ustedes también serán manifestados con Él en gloria» (Col 3:2-4).

Quise recalcar toda la tremenda realidad espiritual de la culminación de la obra de Jesucristo a nuestro favor para que no dejemos que la conmemoración de un evento de tal magnitud nos encuentre  distraídos con respecto a las dimensiones de esa obra, hasta el punto de que terminemos, como la gran mayoría, simplemente aprovechando el tiempo para escapar unos días de la ciudad, o nos  dejemos llevar por la rutina simplemente para asistir a los eventos especiales que la iglesia prepara para estas fechas sin mucho ánimo y más por cumplir con un deber religioso.

Creo que el peligro de perder de vista la grandiosidad de la obra de Jesucristo también fue compartida por los mismos testigos presenciales. Los sucesos eran tan extraordinarios, tan inusuales, tan sobrenaturales y tan lejos de las expectativas meramente humanas de los discípulos, que ellos terminaron desconcertados. Él testimonio de los cuatro evangelistas no oculta ni soslaya esa realidad inevitable. La muerte del maestro fue un tremendo dolor para ellos y su resurrección fue algo realmente inesperado.

Por eso titulé esta reflexión breve con las palabras que Jesucristo dijo cuando se apareció a los discípulos, quienes, por cierto, Juan nos dice que estaban encerrados en un lugar «por miedo a los judíos» (Jn 20:19). En medio de sus temores, pensamientos contradictorios, tristezas y desesperanza, Jesús se aparece en medio de ellos, sin aviso y de forma sobrenatural, y les dice, «Paz a ustedes». La paz que Jesús afirma se evidencia dramática y claramente al mostrarles en sus manos y en su costado las huellas de su tormento mortal en la cruz. Sin embargo, las heridas que deberían evidenciar su muerte, en ese momento se convierten en la prueba suprema de que la muerte ha sido derrotada y Jesucristo vive para siempre.

No olvidemos al conmemorar esta Semana Santa que, más allá de todo lo que estemos pasando, las pruebas, victorias o los sufrimientos que estemos enfrentando, Jesucristo ha vencido a la muerte (nuestro mayor enemigo), está hoy sentado a la diestra del Padre (con todo poder y autoridad) y nos ha prometido lo siguiente: «Y si me voy y les preparo un lugar, vendré otra vez y los tomaré adonde Yo voy; para que dónde Yo esté, allí estén ustedes también» (Jn 14:3). Es indudable que ahora Jesús ha completado su obra de redención, su amor por nosotros es inalterable y puede decirte a ti y a mí con absoluta propiedad una vez más:

«Paz a ustedes»
(coloca tu nombre_________)

José “Pepe” Mendoza es el Asesor Editorial en Coalición por el Evangelio. Sirvió como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú. Es profesor en el Instituto Integridad & Sabiduría, colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary, y también trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana.

Puedes encontrar a José “Pepe” Mendoza en:

Por qué Jesús no bajó de la cruz para evitar Su muerte

Por: Matías Peletay
Fuente: Coalición por el Evangelio

De igual manera, también los principales sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, burlándose de Él, decían: «A otros salvó; a Él mismo no puede salvarse. Rey de Israel es; que baje ahora de la cruz, y creeremos en Él» (Mt 27:41-42).

Cuando Jesús estaba clavado en la cruz, en el momento de Su agonía, los principales sacerdotes y ancianos del pueblo le ofrecieron un trato tentador: si se bajaba de la cruz, es decir, si se liberaba de una manera milagrosa, ellos estarían dispuestos a creer que Él era el Cristo. La propuesta era atractiva, pues significaba evitar el dolor y conseguir que muchas personas creyeran en Él. Pero Jesús decidió quedarse en la cruz.

 

Para entender mejor esta oferta de último momento de parte de los líderes espirituales de Israel, podemos hacer un breve repaso de sus interacciones con Jesús.

Una generación incrédula

Los sacerdotes y líderes del pueblo se veían a sí mismos como los pastores del pueblo de la nación, eran los instructores que guiaban a los demás a través de sus enseñanzas. No estaban del todo equivocados. Pero el deseo de poder y la corrupción del corazón humano habían hecho que estos pastores se desviaran y desviaran al resto del pueblo con ellos. La corrupción de estos líderes espirituales se había acumulado por tanto tiempo que Dios había decidió arrebatarles su posición y pastorear Él mismo a Su rebaño (Ez 34:11-16). Dios mismo sería el pastor que los líderes debían ser, pero que no fueron.

Esta fue una de las promesas que Jesús, el buen pastor, vino a cumplir. Cuando comenzó a enseñar, los oyentes sabían que era distinto a los escribas, sacerdotes y demás líderes (Mr 1:22). Mientras más conocido era Jesús, más despertaba la envidia de los líderes espirituales de la nación. Luego del milagro tremendo de multiplicar los panes, unos fariseos se acercaron a Jesús para discutir con Él. Estos maestros de la ley exigían una señal del cielo (Mr 8:11-13). Actuaban como los jueces de la fe, como los únicos capaces de certificar si este hombre, que decía ser Dios, era realmente un enviado del cielo. Esta actitud arrogante les impedía ver las obras de Jesús a la luz del Antiguo Testamento, para entender que las promesas de Dios se estaban cumpliendo en Él.

Cuando Jesús se dirigió a Jerusalén para llevar a cabo Su plan como el Mesías de Dios, Sus palabras expresaban claramente que este plan incluía ser rechazado por los sacerdotes y principales del pueblo (Mr 8:31-32). En la ciudad de Jerusalén, Jesús fue recibido por la multitud como el rey esperado, una aclamación popular que fácilmente podría haber aumentado el resentimiento de los líderes de la ciudad. ¡Cuánto más luego de que Jesús echó a los mercaderes del templo! El escándalo era público, la autoridad de los sacerdotes y escribas era desafiada y la figura de Jesús crecía.

Por eso los sacerdotes, escribas y ancianos le salieron al encuentro para demandar explicaciones: «¿Con qué autoridad haces estas cosas, o quién te dio autoridad para hacer esto?» (Mr 11:28). Pero Jesús no les respondió. La pregunta solo tenía el propósito de censurar, de castigar y prohibir que Él siguiera enseñando y modificando las costumbres. Los líderes no estaban dispuestos a aprender o a escuchar alguna explicación de parte de Jesús.

Las señales estaban a la vista: los ciegos veían, los cojos andaban, los muertos eran resucitados y el evangelio era anunciado a los pobres (Mt 11:5-6). Las promesas de Dios, escritas por los profetas, se estaban cumpliendo ante los ojos de los escribas y fariseos, pero su corrupción no les permitía verlas. Su deseo de mantener el poder y su orgullo les impedía reconocer las señales. Una generación perversa y adúltera que exigía señales, pero que no era capaz de entender los tiempos acordes a las Escrituras.

Tal era la ceguera de su pecado, que cuando este liderazgo finalmente logró llevar a Jesús a la cruz, seguía pidiéndole señales a este hombre moribundo. Claro que lo hacían para burlarse, como lo hacía el resto de las personas que pasaban por allí, pero aún así se atrevieron a asegurar que ellos estarían dispuestos a creer que Jesús era el Mesías, si demostraba una señal poderosa y se bajaba de la cruz. ¿Puedes imaginarlo? Jesús liberándose de los clavos ante la multitud, recomponiendo Su cuerpo maltratado y castigado hasta el cansancio y revirtiendo todo Su sufrimiento para bajarse sano y sin un rasguño. Esa sí que sería una señal tremenda a ojos humanos.

¿No era esa invitación de los líderes del pueblo una buena oportunidad para demostrar que Jesús era el verdadero Hijo de Dios? ¿No se hubieran convertido los líderes de la nación y tras ellos, el resto del pueblo? A muchos de nosotros nos gustaría pensar que sí, porque es el tipo de señal y manifestación que nos gusta buscar.

Nos puede ayudar recordar la conocida parábola de Lázaro y el hombre rico (Lc 16:19-31), donde Jesús contó que el personaje rico aseguraba que si alguien de entre los muertos se levantaba y anunciaba la verdad a sus familiares, entonces se arrepentirían y serían salvos. Parece lógico. ¿Quién no creería si ve a un muerto resucitar para transmitirle un mensaje? Pero la respuesta de Abraham en la parábola fue: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguien se levanta de entre los muertos» (v. 31). Si no creen por el testimonio de las Escrituras, la Palabra de Dios, no creerán, aunque se levanten los muertos delante de sus propios ojos. Otro Lázaro, el amigo de Jesús, fue resucitado ante la vista de muchos, pero no todos los testigos creyeron (Jn 11:45-46).

Esto mismo podríamos decir de los principales sacerdotes y escribas que miraban a Cristo en la cruz. Aunque Jesús se hubiera bajado en una manifestación de poder ante sus ojos, sus corazones habrían seguido endurecidos. ¿Cuántos milagros había hecho Jesús antes y no fueron suficientes para sus pretensiones? Los mismos líderes lo reconocieron: «a otros salvó». Sabían muy bien que Jesús era capaz de hacer cosas extraordinarias, por eso se burlaban de Su condición dolorosa y aparentemente derrotada mientras estaba clavado en el madero.

Se quedó en la cruz

Por más tentadora que parecía la oferta en términos humanos, el plan eterno de Dios era diferente. Jesús es el cordero preparado desde antes de la fundación del mundo para pagar el precio de nuestro rescate (1 P 1:18-20). La muerte de Jesús era necesaria para nuestra salvación. La crucifixión parecía una escena de derrota, pero en realidad era el triunfo de Cristo sobre el pecado de Su pueblo. Jesús estaba destruyendo la condena que pendía sobre nuestras cabezas (Col 2:14) y, en Su mismo cuerpo, borró nuestra enemistad con Dios (Ef 2:16).

Quedarse en la cruz fue la verdadera victoria, la verdadera manifestación de poder. Para mentes humanas nubladas por el pecado, Jesús era un abatido, un pobre hombre derrotado e incapaz de evitar su muerte. Un herido por Dios. Pero nada estaba más lejos de la verdad, pues Él estaba llevando nuestras enfermedades y sufriendo nuestros dolores, para que todo aquel que cree en Él tenga vida eterna (Jn 3:16).

En nuestra mirada humana, limitada y egoísta, hubiéramos pensado que bajarse de la cruz podría haber sido la mejor opción. Una demostración tan potente y pública podría haber convencido a muchos. Pero Jesús, conociendo el plan eterno del Padre, puso Sus ojos en los frutos de Su aflicción (Heb 12:2). El amor a Su pueblo lo mantuvo en la cruz; miró al resultado y a los beneficiarios de Su muerte y, entonces, soportó las burlas, el desprecio y la muerte. Se quedó en la cruz no por falta de poder, sino por el poder de Su amor.

Al final, morir por amor era el paso previo y necesario para resucitar con poder, y de esa manera consumar la redención de los Suyos.

Nuestros ojos lo vieron

Ninguno de los testigos de Su muerte pudo discernir lo que realmente estaba sucediendo. Ni los burladores que pasaban, ni los sacerdotes y escribas que le injuriaban con arrogancia, ni Sus discípulos que huyeron, ni las mujeres que le lloraron. Fue la gloria del Cristo resucitado lo que convenció a Sus discípulos de su fe y lo que les permitió entender el verdadero sentido y significado de la cruz.

Pero ¿cómo convencer a aquellos que no pueden ver con sus ojos físicos a Jesús resucitado? La respuesta está en lo que Abraham le dijo al hombre rico en la parábola que Jesús relató: «a Moisés y a los profetas tienen». El Espíritu de Dios nos muestra la gloria de Cristo en las Escrituras, en Moisés y en los profetas. Es imposible entender, ver y conocer el significado de la cruz fuera de las Escrituras y sin la ayuda del Espíritu Santo. Gracias a la iluminación del Espíritu, podemos entender cuál fue el poder que actuó en la resurrección y coronación de Jesús, y que ahora vive en nosotros si hemos aceptado la redención por la fe (Ef 1:18-19).

Al conmemorar el día de la muerte de Jesús, nosotros vemos mucho más que una cruz de dolor, como solo veían aquellos líderes espirituales de Israel. Nosotros vemos la gloria de Cristo, Su triunfo sobre el pecado y el precio de nuestro rescate.

Los sacerdotes y ancianos, ciegos en su arrogancia, se burlaron del Salvador en Su sufrimiento. Pero cuando escucharon la predicación del evangelio y el Espíritu actuó por la Palabra, muchos judíos fueron convencidos de sus pecados y respondieron con arrepentimiento y fe (Hch 2:37-39). Gracias a la predicación y al testimonio de la iglesia de Jerusalén, incluso muchos sacerdotes vinieron a la fe (Hch 6:7). Tal vez muchos de ellos habían contemplado a Cristo en la cruz y menearon la cabeza, algunos en forma de burla y otros con decepción. Tal vez se convirtió alguno de aquellos que gritaron con soberbia: «que baje ahora de la cruz, y creeremos en Él».

Jesús no se bajó de la cruz, sino que se quedó por amor hasta que Su obra fue consumada (Jn 19:30), y por eso muchos sacerdotes después pudieron creer. De la misma manera nosotros creemos en Dios y hemos recibido Su perdón, porque Cristo no se bajó de la cruz, sino que se quedó allí por amor.

Sobre el autor

Matías Peletay sirve como editor en Coalición por el Evangelio. Vive en Cachi (Salta, Argentina) con su esposa Ivana y su hija Abigail, y juntos sirven como misioneros de la Iglesia Bíblica Bautista Crecer. Puedes escucharlo en el podcast Bosquejos y seguirlo en Twitter.

¡¡¡RESUCITÓ!!!

Por: Cesar Vidal Manzanares, historiador y periodista

El Canto del Siervo contenido en el libro del profeta Isaías hablaba de que ese misterioso personaje, “tras haber puesto su vida en expiación” vería luz (Isaías 53, 10-11), es decir, volvería a vivir.   Se trataba de una gozosa y esperanzada conclusión para un relato de sufrimiento y agonía cuyo protagonista era un judío fiel al que buena parte de su pueblo, descarriado espiritualmente, no comprendía e incluso había considerado castigado por Dios cuando lo que hacía era morir expiatoriamente por sus pecados.  Sin embargo, a pesar de aquellas referencias, cualquiera que hubiera observado lo sucedido el viernes de Pascua del año 30 en Jerusalén no hubiera albergado duda alguna de que la historia de Jesús – y con él, la de sus seguidores – había concluido.  Las autoridades del Templo – y sus aliados entre los judíos – podían respirar tranquilas porque, tras condenarlo y lograr que lo crucificaran, el peligro que representaba Jesús estaba conjurado.  Todo había terminado.  Como señalarían dos de los seguidores de Jesús, “nosotros esperábamos que era él quien había de redimir a Israel y ahora ha sucedido todo esto” (Lucas 24, 21).  De manera fácil de comprender, sus seguidores más próximos corrieron a ocultarse por temor a algún tipo de represalias.  A fin de cuentas, ¿era tan absurdo que tras la ejecución del pastor cayeran sobre sus seguidores?.  Así. de hecho, sólo algunas mujeres acudieron a sepultar a Jesús la tarde del viernes antes de que diera inicio el shabbat (Lucas 21, 55-56; Marcos 15, 47; Mateo 27, 61-66).  Todo había terminado.  Y entonces se produjo un cúmulo de acontecimientos que cambió – no resulta exagerado en absoluto decirlo así – la Historia de la Humanidad.

Durante el shabbat, el cadáver del judío Jesús descansó en un sepulcro, no utilizado y excavado en la roca, propiedad de José de Arimatea, un hombre acaudalado.  Al concluir el día de descanso prescrito por la Torah, María Magdalena, María de Santiago y Salomé compraron algunas hierbas aromáticas con la intención de ir a ungir al difunto al día siguiente (Marcos 16, 1).  Sin embargo, cuando muy de mañana, el domingo, llegaron al sepulcro, las mujeres descubrieron que se hallaba vacío (Lucas 24, 1; Juan 20, 1; Marcos 16, 2).  Inmediatamente, acudieron a informar de lo sucedido a los once y Pedro y el discípulo amado corrieron hasta la tumba para ver lo que había sucedido.  El discípulo amado acertó a ver únicamente los lienzos que habían cubierto a Jesús y el sudario colocado aparte y, como relataría tiempo después, repentinamente, captó que las palabras del Maestro referidas a que se levantaría de entre los muertos tenían un sentido claro que acababa de cumplirse aquel domingo (Juan 20, 7-9).  Por su parte, Pedro se quedó absolutamente pasmado por lo que se ofrecía ante sus ojos (Lucas 24, 12).  A partir de ahí los acontecimientos se dispararon.

En apenas unas horas María Magdalena (Marcos 16, 9-11; Juan 20, 11-18); las otras mujeres (Mateo 28, 8-10) y dos discípulos que iban camino de Emmaús (Lucas 24, 13-32; Marcos 16, 12-13) experimentaron distintas visiones del crucificado que se había levantado de entre los muertos.  Todo ello sucedió antes de que también Pedro lo contemplara (Lucas 24, 34; I Corintios 15, 5) y de que los Once, ya en las primeras horas de la noche, atravesaran la misma experiencia (Juan 20, 19-25; Lucas 24, 36-43; Marcos 16, 14).  Un par de décadas después Pablo realizaría un sumario de lo que fueron aquellos episodios que se extendieron todavía algunos días después del domingo de Pascua (I Corintios 15, 1-9).  De manera bien reveladora incluía a más de quinientos testigos de la resurrección de los que la mayoría seguía viva en los años 50 del siglo I.

Lejos de proporcionarnos descripciones míticas y cargadas con elementos legendarios – como, por ejemplo, hallamos en el Talmud o en los Evangelios apócrifos – nos ofrecen las fuentes una sucesión puntillosamente veraz y teñida por la lógica sorpresa de lo que aconteció durante el curso de aquellas horas.  Al respecto, no deja de ser significativo que haya sido un erudito judío, David Flusser, el que haya afirmado:

No tenemos ningún motivo para dudar de que el Crucificado se apareciera a Pedro, “luego a los Doce, después a más de quinientos hermanos a la vez… luego a Santiago; más tarde a todos los Apóstoles” y, finalmente, a Pablo en el camino de Damasco (I Corintios 15, 3-8)

Tampoco sorprende que otro estudioso judío, Pinchas Lapide, haya sostenido el mismo punto de vista subrayando además su carácter judío:

Yo acepto la resurrección del Domingo de Pascua no como una invención de la comunidad de discípulos sino como un acontecimiento histórico…

Lapide añadiría después en una monografía dedicada al tema:

Sin la experiencia del Sinaí no hay judaísmo; sin la experiencia de Pascua, no hay cristianismo.  Ambas fueron experiencias judías de fe cuyo poder irradiador, de manera diferente, tenía como objetivo el mundo de naciones.  Por razones inescrutables la fe en la resurrección del Gólgota fue necesaria para llevar el mensaje del Sinaí al mundo

Se mire como se mire, la prueba más obvia de que se había producido un antes y un después se halla en la transformación radical experimentada por los hasta entonces aterrados seguidores del Crucificado.  Aquellos acontecimientos cambiaron totalmente el rumbo del pequeño y atemorizado grupo.  No sólo permitió que sobreviviera sino que además le proporcionó una extraordinaria vitalidad que, en apenas unos años, desbordaría las dos riberas del Mediterráneo cubriendo todo el orbe romano y traspasando incluso sus fronteras.

Sin ningún género de dudas, los discípulos estaban convencidos sustancialmente de tres cuestiones fundamentales.  La primera era que las Escrituras se habían cumplido de manera meticulosamente exacta.  Efectivamente, Jesús era el mesías-siervo de Isaías (52, 13 – 53, 12).  Como él, no había resultado atractivo para Israel y había sufrido el desprecio (Isaías 53, 2-3).  Como él, había sido considerado como golpeado por Dios, aunque, en realidad, llevaba sobre si las aflicciones de Israel (Isaías 53, 4).  Como él, había sido traspasado y herido llevando los pecados de Israel (Isaías 53, 5).  Como él, había sido abandonado (Isaías 53, 6).  Como él, se había mantenido en silencio semejante a una oveja llevada al matadero (Isaías 53, 7).  Como él, había sido arrestado y sentenciado a muerte por la transgresión del pueblo (Isaías 53, 8).  Como él, había sido destinado a morir con los delincuentes aunque, al final, su cuerpo reposara en la tumba de un rico (Isaías 53, 9).  Como él, después de haber puesto su vida como sacrificio expiatorio, había “visto la luz” regresando de entre los muertos (Isaías 53, 10-11).  Como él… porque Jesús era él.  Y, por añadidura, no eran aquellas las únicas profecías mesiánicas que habían encontrado cumplimiento en su existencia.   ¿Acaso no había entrado como el mesías de paz descrito por Zacarías montado en un asno (Zacarías 9, 9)?  ¿Acaso no había sido vendido por treinta monedas de plata (Zacarías 11, 12-13)?  ¿Acaso no lo habían contemplado mientras lo traspasaban (Zacarías 12, 10)?  La respuesta no podía ser sino afirmativa.

La segunda cuestión es que la predicación era cierta.  El Reino era tan maravilloso como descubrir un tesoro enterrado o una perla de valor incomparable (Mateo 13).  Se manifestaba tan gozoso como una boda maravillosa o un banquete lleno de alegría (Lucas 14, 15-24).  Quedaba abierto a todos los pecadores que reconocieran que lo eran y que acudieran humildemente a Dios para recibir su perdón  (Lucas 18, 10-14).  Jesús había derramado su sangre por todos ellos para dar lugar a un Nuevo pacto ya anunciado por los profetas (Mateo 26, 28 con Jeremías 31, 31-32).  Sólo tenían que aceptar mediante la fe aquel incomparable ofrecimiento de Dios.

En los primeros escritos cristianos no se pretendió – a diferencia de lo sucedido en otras épocas o grupos – idealizar a personajes como Pedro, Santiago o Juan.  Por el contrario, se narró sin ambages lo bajo, cobarde y miserable de su conducta.  Precisamente al comportarse de esa manera quedaba también expuesto el amor de Dios que se había manifestado en Su Hijo Jesús, ese amor que Judas no había querido recibir.

Pero, en tercer lugar, los discípulos captaron que Jesús el mesías volvería para consumar su Reino.  Igual que lo que encontramos en otras fuentes judías como el Midrash Rabbah sobre Rut 5, 6, los discípulos de Jesús creían que el mesías se había revelado, luego se había ocultado de Israel y, al final, volvería a manifestarse.  Como en el Midrash Rabbah sobre Lamentaciones comentando Oseas 5, 15 estaban convencidos de que el mesías había regresado a su lugar de habitación previo a venir a este mundo y que después regresaría.  ¿Acaso no era eso lo que Jesús les había enseñado al hablarles de una limpieza de la cizaña al final de los tiempos? (Mateo 13, 36-43) ¿Acaso no era eso lo que Jesús les había enseñado al comparar el Reino con una red barredera?  (Mateo 13, 47-50) ¿Acaso no era eso lo que Jesús les quería decir al referirse a su triunfo tras morir y regresar de los muertos?  (Mateo 16, 27; Marcos 8, 38; Lucas 9, 26).   No podía caberles la menor duda.

Para ellos, la Historia de Israel adquiría ahora un nuevo significado.  Dios había cumplido ciertamente Sus promesas, las recogidas en la Torah y en los neviim, y lo había hecho de manera claramente identificable, siguiendo la revelación entregada a Su pueblo.  De esa manera, no sólo quedaba anunciada la redención largamente esperada por los hijos de Abraham, sino también la destinada a las naciones, a los goyim que podrían tener parte en el mundo por venir, el inaugurado por Jesús el judío, hijo de Abraham, hijo de David e Hijo de Dios.

Sobre el autor...

Historiador, abogado y autor español, César Vidal es conocido también por su labor como periodista. Estudió Derecho en la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Alfonso X, es doctor en Creencias Religiosas por la UNED y se ha formado en Teología en la Logos Christian College. Además, habla ocho idiomas.

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¿En qué se parece el domingo de ramos al evangelio de la prosperidad?

Por: Nathan Díaz
Fuente: Coalición por el Evangelio

Al comienzo de esta Semana Santa, estuve meditando sobre los eventos que sucedieron cada día de la última semana del ministerio de Jesús, con la ayuda del libro “The Final Days of Jesus” de Andreas Köstenberger y Justin Taylor. En este ejercicio, traté de imaginarme lo que pensó Jesús cuando todas las multitudes gritaban: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!  ¡Hosanna en las alturas!” (Mt. 21:9). Él sabía exactamente lo que estarían gritando unos días después: “¡Sea crucificado!” (Mt. 27:22-23). Sé que Jesús entendía perfectamente que el entusiasmo era superficial y pasajero. Lo sé porque a pesar de la aparente lealtad y del aparente amor que existía en la gente por Jesús, Él se lamentó por Jerusalén, profetizando los eventos de su propio juicio ante Pilato (“matan a los profetas”), y profetizando la próxima vez que se escucharían las palabras “Bendito el que viene en el nombre del Señor” (Mt. 23:37-39): su segunda venida. ¿Qué hacía que la gente siguiera a Jesús de una manera tan fiel en su entrada triunfal a Jerusalén? La respuesta es sencilla. Ellos pensaban que Jesús les daría algo que ellos querían: la liberación del imperio romano. Aclamaban a un Jesús que solucionaría sus problemas sociales: la opresión y los impuestos. Un Jesús que apoyara su orgullo nacionalista. El pueblo pensaba que este era el comienzo de su prosperidad. Ellos no entendían el verdadero propósito del ministerio de Jesús (Jn. 12:34-36). Cuando lo vieron humillado, a punto de ser condenado como criminal y en ninguna manera como un Mesías libertador y revolucionario, le dieron la espalda. Ya no tenía nada que ofrecerles. ¿O sí?

Bendito si me bendice

Hoy en día encontramos iglesias “cristianas” en toda Latinoamérica. Muchas organizan eventos “de bendición”, en los que logran convocar a las multitudes. Multitudes que gritarán: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” Pero, ¿qué es lo que provoca esta aparente lealtad a la persona de Cristo? La promesa de un milagro. “Ven, y todos tus problemas se solucionarán. ¿Estás enfermo? Jesús te sanará. ¿No tienes dinero? Jesús te hará rico. ¿Tienes problemas familiares? Cristo restaura relaciones”. No estoy diciendo que Dios no puede hacer estas cosas. Definitivamente Él es capaz de hacer más allá de lo que podemos imaginar. Lo que sí estoy diciendo es que esa no es la razón principal por la que Cristo vino. Y si vas a usar esas promesas para traer a la gente a tu iglesia, más vale que puedas mantener el estado de tu congregación en prosperidad y comodidad constantes, porque en el momento que se den cuenta de que el Jesús que ellos proclamaban no está cumpliendo con sus expectativas, gritarán “¡Crucifícalo!”. Alguna vez leí un artículo sobre el “show” que muchas iglesias tienen que hacer para atraer a la gente a sus servicios. El autor decía que lo que hagas para traer a la gente a tu iglesia, es lo que tendrás que hacer para mantenerlos en la iglesia. Y creo que es lo mismo que pasa en muchas iglesias donde los milagros y la prosperidad son los temas centrales, no el evangelio. La gente seguirá asistiendo mientras Jesús siga cumpliendo sus caprichos. Es el fenómeno “Aladino”. En el momento que las cosas ya no estén como ellos quisieran, se manifestará el tipo de tierra que eran (Lc. 8:13). Pero no importa: los que se van simplemente serán remplazados por otros que creerán que Jesús resolverá todos sus problemas en su próximo evento de milagros. Multitudes seguirán clamando “bendito el que viene en el nombre del Señor”.

Bendición real

No llamemos a la gente a la iglesia con promesas de cosas que ellos quieren. Traigámoslos a Cristo por lo que necesitan: el perdón de los pecados. Después de todo, de eso se trataban los últimos tres días de vida de Jesús; y de eso se trataba la pascua que los judíos habían venido celebrando por tantos años. Ese año celebraron la tradición del sacrificio del cordero de Pascua, y al día siguiente le gritaron a ese Cordero: “¡No cumpliste con lo que pensamos que nos darías!  ¡Mejor que te crucifiquen!”. En todo esto, pasaron por alto que ese era el punto central de la Pascua: la sangre de un Cordero perfecto para propiciar la ira de Dios, redimir a su pueblo y justificarnos delante de Dios. Sabemos por Hechos 2 que muchos de los que gritaron “¡Hosanna!”, para después gritar “¡Crucifícalo!”, luego pausaron a hacer una pregunta que transformaría sus vidas: “Hermanos, ¿qué haremos?” (Hch. 2:37). Como hizo en ese entonces, Dios sigue rescatando en su misericordia a gente que comienza buscando a Jesús por sus regalos y termina dándose cuenta de que el Dador de los dones es mejor que los dones. Si atraes a la gente a la iglesia por el evangelio, el evangelio es lo único que tendrás que seguir predicando para mantenerlos en la iglesia.

Sobre el autor...

​Nathan Díaz es pastor de enseñanza en la Iglesia Evangélica Cuajimalpa en la ciudad de México y productor del programa de radio “Clasificación A”, que se transmite en diversas emisoras a lo largo del mundo hispano. Estudió Biblia y teología en el Instituto Bíblico Moody de Chicago. Él y su esposa Cristin tienen tres hijos, Ian, Cael y Evan.

Aprovechando una Semana Santa diferente

Por: José “Pepe” Mendoza

Es evidente que esta Semana Santa será diferente. No habrán cantatas, retiros y mucho menos viajes de turismo y recreación que son tan comunes y hasta esperados en estos días. El COVID-19 te obliga a no salir y permanecer encerrado en casa todo el fin de semana. Estoy seguro que para nadie será un fin de semana agradable en todo el sentido de la palabra.  

No podemos negar que estas medidas especiales para este fin de semana son necesarias porque solemos convertir la Semana Santa un tiempo de mucho movimiento, viajes y recreaciónJustamente las autoridades quieren eliminar esas reuniones y celebraciones para reducir los contagios. Seamos sinceros: la Semana Santa tiene poco y nada de reflexión espiritual. Aun los cristianos nos hemos dejado llevar por el “espíritu” del tiempo y, más allá de alguna ceremonia el viernes o un servicio de resurrección temprano en la mañana del domingo, no somos muy diferentes al resto de los mortales, ¿no es cierto? 

El Nuevo Testamento señala la urgencia por mantener viva la centralidad de la resurrección de Cristo en nuestras mentes y corazones. Sabemos que al mundo le gusta robarse, restarle valor y brillo a nuestras celebraciones cristianas. Por ejemplo, en Semana Santa viajamos y buscamos huevitos, en Navidad comemos pavo y nos hacemos regalos y hasta los domingos nos ponen partidos de fútbol para tener la mente más ocupada en la tabla de posiciones del campeonato y menos en la adoración y la predicación de nuestra iglesia. Es posible que no lo hayas visto de esta manera, pero la realidad es que se trata de una batalla espiritual que busca distraer y debilitar nuestras mentes y corazones. 

Yo creo que es posible y hasta necesario que aprovechemos este fin de semana diferente para hacer algo que quizás no hemos hecho los años anteriores. ¿A qué me refiero? Pues a aprovechar este tiempo para afirmar, revalorar y confirmar en nuestras vidas la obra de Cristo en la cruz del calvario y su resurrección victoriosa de entre los muertos. 

El aspecto central y fundamental del evangelio radica en el pago que Jesús hizo por nuestros pecados en la cruz del calvario y su victoria suprema al resucitar de entre los muertos. Todo lo demás es accesorio y dependiente de esta obra gloriosa. Esto es tan importante que Pablo le llega a decir a los corintios, “y si Cristo no ha resucitado, vana es entonces predicación, y vana también la fe de ustedes” (1 Cor 15:11). Es indudable que estas son palabras mayores porque la palabra “vano” en el original griego es algo “vacío” o que no tiene razón de ser o existir.  

De lo anterior se desprende que si pierdes de vista la resurrección de Jesucristo como elemento central del evangelio, no estás simplemente olvidando un detalle de tu religión, lo que estás perdiendo es el mismo motor que hace posible que tu fe, creencias, prácticas, servicio y demás aspectos del cristianismo operen y tengan sentido. ¿Se dan cuenta porque es tan importante aceitar esta verdad continuamente? 

Podríamos este fin de semana empezar leyendo los cuatro relatos de Semana Santa en los cuatro evangelios. La belleza de estos relatos es que te puedes sumergir en la historia y llegar a convertirte en un observador cercano de esos sucesos trascendentales. Si lo empiezas a ver con detenimiento, quedarás impresionado por la enorme sorpresa que la resurrección produjo en los primeros discípulos. Aunque Jesús repitió en varias oportunidades que esto se daría, ellos nunca lo comprendieron y por eso no estuvieron preparados para tal evento magnífico. 

Vayamos paso a paso. Jesús había entrado triunfalmente en Jerusalén, el apoyo popular era multitudinario, pero todo se vino abajo en unas pocas horas. Fue terrible como todo se fue desmoronando tan rápidamente. Uno de los discípulos más cercanos se había vendido a los enemigos de Jesús y lo había entregado con un beso; Pedro le había negado en el momento en que más lo necesitaba, todos los demás habían huido dejándolo solo. En un juicio sumario, que contó con el apoyo mayoritario del pueblo que antes lo alababaJesús fue condenado a muerte. La poca esperanza que les quedaba a los discípulos se vino abajo. Poco tiempo después lo vieron morir en la cruz en medio de un dolor insoportable. 

Ninguno de ellos tuvo el valor siquiera de pedir el cadáver de Jesús. Fue José de Arimatea, un religioso, el que lo reclamó y enterró. Los discípulos estaban escondidos y solo dos: María Magdalena y María, la madre de José se percataron de dónde había sido enterrado Jesús. La confusión reinaba, la desesperanza era el sentimiento común. Así debía acabar la historia sin resurrección. Sin embargo, contra todo pronóstico y expectativa, ¡Jesús resucitó!  

El relato demuestra con creces la sorpresa y hasta la incredulidad de todos los discípulos. Nadie esperaba algo así. La resurrección de Cristo iba más allá de su comprensión o expectativa humana. Por eso Pablo al hablar de estos sucesos impresionantes dice, “Porque yo les entregué en primer lugar lo mismo que recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Co 15:3-4, énfasis añadido).  

Solo las Escrituras y el poder soberano de Dios podrían darles sentido a todos estos sucesos. Reflexionar en la obra de Cristo anunciada en el evangelio, su muerte y resurrección, es una necesidad permanente para los cristianos porque esa obra divina está infinitamente más allá de tu comprensión humana. Requiere que vayas a las Escrituras para poder percibir caminos que son superiores y más altos que los humanos (Is 55:8).  

Si meditamos en estos días en la obra de Cristo, su muerte y resurrección, aprenderemos que la resurrección nos ubica en una nueva dimensión espiritual porque, “con Él nos resucitó y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús” (Ef 2:6). Podremos también percibir nuestra propia resurrección y redirigiremos nuestras vidas hacia “las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 3:1b). Además, reconoceremos que ya no podremos vivir para nosotros mismos, “sino para Aquel que murió y resucitó por [nosotros] (2 Co 5:15).  

Finalmente, la resurrección de nuestro Señor nos ayuda a poner nuestra esperanza en su retorno porque, no tenemos fe en un dios que se quedó en el pasado, sino que servimos “al Dios vivo y verdadero, y espera[mos] de los cielos a Su Hijo, al cual resucitó de entre los muertos, es decir, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera” (1 Ts 1:9b-10). 

¡Bendita resurrección de nuestro Señor Jesucristo!

Sobre el autor...

José “Pepe” Mendoza es el Asesor Editorial en Coalición por el Evangelio. Sirvió como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú. Es profesor en el Instituto Integridad & Sabiduría, colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary, y también trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana.

Puedes encontrar a José “Pepe” Mendoza en:

 

No dejemos de celebrar …

Fuente: Desarrollo Cristiano Internacional

En los últimos años he estado observando y preguntando acerca de las prácticas que tienen las diferentes iglesias para celebrar Navidad y Semana Santa. En más de la mitad de las iglesias estos días transcurren como cualquier otro, sin aprovecharlos en absoluto.

«¿Por qué no creen ustedes que Jesús murió y resucitó?» preguntó un hombre católico. «Ustedes no celebran Semana Santa, ¿no es cierto?»

Lo cierto es que muchas iglesias cristianas evangélicas no sólo no hacen nada en Navidad y Semana Santa, sino que aun se resisten a casi todas las celebraciones especiales, ritos o ceremonias.

Para muchos cristianos evangélicos «Semana Santa» es, como la llaman en Uruguay, «la semana del turismo». En esta última Semana Santa, descubrí que muchos pastores habían ido a la playa, otros a visitar a sus familias, y en algunos casos las reuniones fueron canceladas o combinadas con otras iglesias.

La explicación más común es que estas fiestas ingresaron a la iglesia provenientes del paganismo; entonces como evangélicos, se supone que no debemos celebrarlas. Hace poco escuché a un conocido predicador decir por la radio que Jesús realmente no nació un 25 de diciembre (con lo que todos estamos de acuerdo), ni fue crucificado durante el tiempo que llamamos Semana Santa, y que a través de la historia la iglesia «cristianizó» ciertas fiestas paganas para celebrar el nacimiento y la resurrección de Cristo. Por lo que, según este predicador, no debemos tener ninguna participación en ellas.

Cabe preguntarnos si ese argumento es realmente válido. Utilizando el mismo argumento, podríamos decir que jamás deberíamos construir un edificio para usarlo como iglesia, ya que en los primeros 300 años del cristianismo los creyentes no edificaron ningún edificio con ese fin. Eran los paganos los que tenían templos y Dios permitió que el templo en Jerusalén fuera destruido.

Tenemos muchas contradicciones. No encontramos a Jesús o a sus discípulos realizando casamientos como ceremonia religiosa; sin embargo, nosotros sí lo hacemos. La historia de Juan 2 no es argumento válido para llevar a cabo una ceremonia religiosa. Jesús solo asistió como invitado a una celebración al típico estilo judaico. Jesús no intervino dando un mensaje o haciendo una oración, sino produciendo más vino. (Y si Jesús repitiera este acto hoy, posiblemente habría escándalo en la mayoría de nuestras iglesias, y júbilo en otras).

Tal vez lo que debiéramos preguntarnos es: ¿por qué la iglesia históricamente comenzó a edificar iglesias, a celebrar casamientos y a remarcar ciertas fechas? Necesitamos discernir entre lo que es la violación de un principio bíblico y lo que es la aplicación de la sabiduría que Dios nos ha ordenado buscar.

Al escribir este artículo me encuentro en un avión, camino a Perú. La Biblia en ningún lugar autoriza el uso del avión; es un invento moderno. ¿Debo no volar entonces? ¿O debo agradecer a Dios por el gran don de la mente humana, que pudo hacer aviones que me permiten servirle mejor?

Otro argumento popular es que la ceremonia o rito termina en vanas repeticiones. No hay duda de que toda ceremonia puede terminar siendo repetitiva y vacía. ¿Debo entonces abandonarla? ¿Debo dejar de agradecer a Dios por las comidas porque resulta factible que en algunas oraciones yo o alguien en nuestra mesa las considere repetitivas y sin gratitud sincera? Jamás. Como cabeza de hogar, mi rol es cultivar la gratitud y el reconocimiento de que Dios es el proveedor de nuestra vida. Abandonar el ritual no es la solución sino impregnarlo con verdadero sentido.

Necesitamos reconocer que para bien o para mal hay gran poder en las celebraciones, ritos y ceremonias. En el Antiguo Testamento, Dios instituyó ciertas celebraciones nacionales con el fin de ayudar al pueblo a recordar grandes eventos de la historia redentora. En el libro de Los Hechos encontramos a los apóstoles aún recurriendo a ella.

¿No sería sabio, que en vez de rechazar la religiosidad popular, buscáramos formas de llenar su gran vacío con las verdades y prácticas que llevan a las personas a conocer más profundamente al Dios verdadero? Necesitamos ayudar a la gente a que recuerde los grandes eventos de la obra redentora, y a que se goce de su profundo significado. Debemos ser los que llenamos el vacío espiritual, no con religiosidad sino con conocimiento.

¿Por qué no organizar dramatizaciones y actividades como actos de fe y testimonio donde manifestemos a todo el mundo lo que Dios realmente hizo? Hace algunos años, para Semana Santa, unos jóvenes de Mendoza hicieron una representación que resultó tan profesional y profunda que se les invitó a realizarla en lugares públicos y hubo gran respuesta de la población católica. Como resultado, las personas quedaron profundamente impresionadas y muchas conocieron al Señor.

A la vez, una dramatización navideña hecha por jóvenes o niños ayudará a que participen en el sentido mismo de la Navidad. El hecho de tener que memorizar sus partes basadas en las Escrituras, y de practicar muchos domingos, los ayudará a comprender su significado. Después será de testimonio para las familias y vecinos que puedan asistir al evento.

Aprovechemos estos eventos, pero requiere planificación, preparación y práctica. No dejemos que la pereza nos lleve a solo buscar unas vacaciones. Es una gran oportunidad para ayudar a las personas a que realmente conozcan a Cristo y puedan enseñar a nuestros hijos lo que es vital en nuestra fe. ¡Celebremos! ¡Adelante!

Apuntes Pastorales, Volumen XIV – número 2