¿SOMOS LIBRES, SEÁMOSLO SIEMPRE?

Por: Francisco Vergara

En el Perú se celebra la independencia el 28 de julio. Este significativo momento ocurrió hace 200 años. Para conmemorar la independencia se realizó un concurso público para establecer el Himno Nacional del Perú (llamado originalmente Marcha Nacional del Perú), el mismo que fue estrenado el 23 de setiembre de 1821. La letra es de José de la Torre Ugarte y la música fue compuesta por José Bernardo Alcedo. La primera intérprete fue Rosa Merino en la fecha indicada. Durante algunos años, desde 1840, se introdujo una estrofa apócrifa y anónima, que se entonaba como primera, aludiendo al sufrimiento silencioso de los peruanos. Al descubrirse su carácter apócrifo se discutió y, después de muchas idas y venidas en 2005, el Tribunal Constitucional establece que la estrofa espuria, aunque tal, debe continuar considerándose como símbolo patrio. Recién a partir del año 2009 se decidió que en las ceremonias oficiales debe entonarse el coro y la última estrofa, que a continuación mencionamos:

Coro: Somos libres, seámoslo siempre, / seámoslo siempre / y antes niegue sus luces, / sus luces, sus luces el Sol / que faltemos al voto solemne / que la Patria al Eterno elevó / que faltemos al voto solemne / que la Patria al Eterno elevó / que faltemos al voto solemne / que la Patria al Eterno elevó.

Estrofa VI: En su cima los andes sostengan / la bandera o pendón bicolor / que a los siglos anuncie el esfuerzo / que ser libres, que ser libres, / que ser libres por siempre nos dio / a su sombra vivamos tranquilos / y al nacer por sus cumbres el sol / renovemos el gran juramento / que rendimos, que rendimos, / que rendimos al Dios de Jacob, / que rendimos al Dios de Jacob, / al Dios de Jacob.

Como se aprecia, tanto el coro como la sexta estrofa, hacen una referencia al Dios Eterno, al Dios de Jacob. Eso, sin duda, alude a la experiencia cultural de un país dominado por la religiosidad, algo que nos acompaña hasta nuestros días. Pero, podemos cantar sin ruborizarnos: Somos libres, seámoslo siempre. Nuestra pregunta no es política, como podría suponerse dado el contexto de cambio de gobierno en el que estamos inmersos, con las controversias propias de una situación como ella.

¿Somos libres, seámoslo siempre? Aunque la letra del himno nacional del Perú es entonada con mucho fervor y sentimiento patriótico en las ceremonias oficiales, y aunque al terminar de entonarse se grite con mucha fuerza también: ¡Viva el Perú!, como cristianos nos podemos preguntar con total legitimidad: ¿Somos libres?, ¿de qué somos libres? El himno alude solamente a una realidad política: la independencia de España; pero hay otra dependencia o esclavitud mucho más sutil, pero igualmente real y nociva para la vida social, en comunidad, la esclavitud del pecado.

La única salida para esa dependencia es venir a Cristo: Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres (Jn. 8:36). El contexto de esa afirmación es un diálogo entre el Señor Jesús y los judíos que le seguían. Al parecer querían desconocer su historia: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie (Jn. 8:33). Ellos habían estado bajo el yugo egipcio más de 400 años, luego de manera intermitente y sucesiva fueron dominados por una serie de potencias mundiales que emergieron, y en ese mismo instante estaban bajo el yugo del poder romano. ¿Cómo podían decir que no habían sido esclavos de nadie?

No obstante, la intervención del Señor apuntaba en otra dirección: Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Jn. 8:32). No se trataba de consideraciones políticas, que pueden ser superadas mediante procesos sociales. Se trata de una esclavitud o dependencia espiritual, que es muy grave, porque la mayoría de las veces no se acepta fácilmente (Jn. 8:34). Esta realidad espiritual solo puede ser superada por procesos espirituales. Vivimos una ficción, una ilusión, de ser libres cuando en realidad vivimos en esclavitud de nuestros deseos pecaminosos o de los pecados consuetudinarios. Salir de esa condición y llegar a ser hijos de Dios requiere una intervención del Espíritu de Dios, que nos convenza de pecado, de justicia y de juicio; y nos haga venir a Cristo en arrepentimiento y fe.

La verdad, según la Biblia, no la encontramos en una proposición racional, lógica, inteligente, coherente; se puede (y debe) expresar en esos términos, pero está referida a una persona concreta: Jesucristo. Fue Él quien dijo: Yo soy la verdad (Jn. 14:6). No es solamente que transmite o comunica la verdad, Él mismo personifica la verdad. Si queremos ser verdaderamente libres debemos venir a Cristo.

Pablo dice en Ro. 6:16-18:

16 ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? 17 Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; 18 y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.

De modo que ahora en Cristo somos siervos de la justicia que es en Él, por la libertad de la esclavitud del pecado. Luego de experimentar esa libertad en Cristo podremos cantar con verdadera convicción: Somos libres, seámoslo siempre. Dios bendiga a nuestra patria y que los cristianos seamos de bendición para nuestros coterráneos y todos aquellos que se albergan en esta tierra.

Oremos por Cuba: 5 motivos para clamar ante nuestro Dios

Por: JOSUÉ BARRIOS
Fuente: Coalición por el Evangelio

Cuba atraviesa una situación delicada a medida que se realizan una serie de protestas contra el gobierno. Mientras las últimas protestas masivas anteriores ocurrieron en agosto de 1994 y se concentraron en el malecón de La Habana, estas nuevas manifestaciones están abarcando toda la isla y resultan ser las más grandes en los últimos 60 años.

La hora es crucial para la nación y la incertidumbre parece reinar, pero como Iglesia creemos en un Dios que es soberano sobre todo y al mismo tiempo es pronto para escuchar nuestro clamor.

Sin importar dónde te encuentres, aquí hay cinco oraciones por Cuba que podemos elevar hoy por el país y la iglesia:

  • Oramos para que Dios tenga misericordia de la Isla y preserve las vidas humanas, en medio de una gran tensión que podría convertirse en un enfrentamiento entre cubanos con un mayor número de muertes (1 Ti 2:1).
  • Oramos para que los gobernantes sean responsables, sabios y justos ante las demandas y el clamor del pueblo (Pr 29:2).
  • Oramos por la economía en el país, que desde el comienzo de la pandemia se ha deprimido más aún, elevando el costo de la vida. Esto afecta la distribución de alimentos, medicinas y servicios (tales como la luz y el agua) en la isla (1 Ti. 6:8).
  • Oramos para que la iglesia pueda ser luz en este tiempo y conducirse con sabiduría, firme en sus convicciones bíblicas, reflejando un Reino que no es de este mundo, y que pueda llevar a otros la esperanza del evangelio (Mt 5:14-161 P. 2:9).
  • Oramos para que el Señor guarde la integridad física y espiritual de Su pueblo y sus pastores, mientras nuestros hermanos creyentes esperan en Él. Que tanto la iglesia como el resto del país puedan gozar de mayor paz en este lado de la eternidad (1 Ti. 2:2).

Nuestro Dios es “Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef 3:20). Acompáñanos a orar por Cuba.

Sobre el autor...

Josué Barrios sirve como Coordinador Editorial en Coalición por el Evangelio. Posee una licenciatura en periodismo y cursa una maestría en el Southern Baptist Theological Seminary. Vive con su esposa Arianny en Córdoba, Argentina, y sirve en la Iglesia Bíblica Bautista Crecer, donde realiza una pasantía ministerial. Puedes leerlo en josuebarrios.com y seguirlo en InstagramTwitter y Facebook.

La sumisión comienza en casa

Fuente: Desarrollo Cristiano Internacional

En la vida matrimonial, si cada cónyuge obedece las Escrituras, cultivando una relación de mutua sumisión y de servicio recíproco, refrenará la corriente de matrimonios marchitos o rotos. De este modo los esposos y las esposas irán aprendiendo a compartir juntos las responsabilidades del liderazgo en sus hogares. Resulta inevitable que surja la pregunta de cómo resolver las situaciones sin salida que se dan en la toma de decisiones cuando las opiniones difieren.

La práctica constante de depositar sobre el varón la responsabilidad de pronunciar la última palabra es la solución que menos honra a Dios. Esta coloca una carga poco realista sobre el marido para que tome siempre la decisión correcta y en la esposa fomenta una mentalidad de escape, quien, entonces, o se resigna a la posición de derrota permanente o se vuelve una manipuladora del macho que maneja el poder.

A continuación presento algunas sugerencias alternativas para resolver decisiones conflictivas de manera honrada y práctica.

  1. Cédanse el lugar el uno al otro, denle la ventaja a la otra persona, esfuércense por agradarla, opten por lo que la otra prefiere. Esto es lo que significa ser siervo y someterse mutuamente (Fil 2.3–4). Si los mandatos de someterse (Ef 5.21) y de ser siervos unos de otros (Gá 5.13) no se aplican, ante todo, al sometimiento de uno mismo a la persona que está más cerca, sea esposa o esposo, ¿a quién más deberán aplicarse? Al igual que la caridad, el sometimiento comienza en casa.
  2. Repártanse las responsabilidades con base en las capacidades, la experiencia y la habilidad de cada uno. Las áreas de servicio pueden acordarse de antemano para que cada cónyuge sea responsable de presentar decisiones finales en las áreas específicas en las que muestra capacidad.
  3. Permítanse concesiones. Busquen el término medio porque es un procedimiento con base bíblica (Lc 14.31–32; Hch 6.1–6; 15.37–40).
  4. Definan los principios bíblicos que se relacionan con el tema en discusión y tomen sus decisiones sobre la base de una evaluación.
  5. Pidan juntos la dirección de Dios y espérenla. Pospongan la decisión para beneficiarse de la perspectiva que les da el tiempo, porque Dios usa tanto la oración como el tiempo para resolver diferencias y conflictos.
  6. Manténganse a la expectativa de la dirección que Dios les proveerá mediante las circunstancias. La historia tiene sus maneras.
  7. Cuando una decisión afecte a un cónyuge más que a otro, pesará más la opinión de aquel a quien más le concierne la decisión. Esto es lo que significa la vida en comunidad. Por ejemplo, un esposo quiere tener más hijos porque le gustan los niños, pero su esposa sabe que está balanceándose al borde de una crisis nerviosa debido al peso que para ella representa su hogar. La voz de ella debe ser la que determine esta decisión, a menos que, por supuesto, él esté dispuesto a quedarse en casa y criar a sus hijos.
  8. Lleven a cabo juntos proyectos de investigación sobre el tema que propició el conflicto. Lean, vayan a conferencias, tomen cursos para edificar la base de una buena decisión (Ef 5.17; Stg 1.5–6). Por ejemplo, el uso del castigo físico con los hijos es un tema delicado que puede convertirse en una fuente de graves conflictos en las parejas jóvenes. En vez de actuar por impulsos emocionales o canfiando en socializaciones del pasado, la pareja deberá investigar ambas caras del tema y llegar a un consenso.
  9. Decidan remitir la cuestión a una tercera persona que sea confiable y objetiva, luego de acordar que ambos se sujetarán a lo que ella determine (1Co 6.5).
  10. Ejecuten un cambio de roles. Ambos cónyuges pueden por turno articular su posición respectiva de la manera más clara posible. Luego ocupen el rol del otro cónyuge por un período de tiempo para identificarse con su manera de pensar. La empatía que genera este intercambio por lo general provee una salida.

Bajo la dirección del Espíritu Santo, también pueden encontrarse otros métodos creativos para resolver las diferencias sin recurrir a la horrible práctica pagana en la que un cónyuge ejerce control sobre el otro. Según el principio de «una sola persona», cuanto más dominante sea uno con su cónyuge, más daña su matrimonio y empobrece su propia vida. A la inversa, según el mismo principio de «una sola persona», cuanto más uno afirma y edifica a su cónyuge y estimula su crecimiento independiente, más aporta a su matrimonio y enriquece su propia vida, sin mencionar la simple obediencia a Dios, quien desea que ninguno de sus hijos caiga bajo el yugo de la esclavitud (Ef 5.28).

Las palabras del apóstol Pablo resuenan hoy día con un realismo convincente: «Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por tanto, manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yudo de la esclavitud» (Gá 5.1).

Cada generación de cristianos debe examinar sus creencias y sus prácticas bajo el microscopio de las Escrituras, tanto para indetificar aquellos desechos del mundo que con tanta facilidad nos acosan, como para purificarse de ellos y proteger con mucho celo la libertad adquirida a tan alto costo para nosotros —tanto hombres como mujeres— en la cruz del Calvario.

 

Preguntas para estudiar el texto en grupo

  1. Según el autor, ¿cuál es la mejor manera de frenar la corriente de matrimonios marchitos y rotos? ¿De qué manera consigue usted y su cónyuge florecer su propio matrimonio?
  2. ¿Cuáles de las sugerencias del autor para resolver conflictos le parecen más factibles de aplicar en su matrimonio?, ¿cuáles le gustaría implementar con su cónyuge?
  3. ¿Qué otros métodos creativos sugeriría usted aplicar para solucionar diferencias de opinión?
  4. ¿En qué se fundamenta el autor para afirmar que la práctica en la que un cónyuge ejerce control sobre el otro es horrible y pagana? ¿Qué consecuencias sufren los matrimonios que la aplican?

Se tomó y adaptó de El lugar de la mujer en la iglesia y la familia, lo que la Biblia dice, 1985, segunda edición, Nueva Creación. Se publica con permiso del autor.

El autor, nacido y criado en Francia, se doctoró en estudios bíblicos por la Universidad de Boston, por siete años se integró a un programa de posdoctorado en la Sorbona de París bajo la mentoría del profesor Oscar Cullmann. Es autor de varios libros e innumerables artículos. Fue líder fundador de Willow Creek Community Church, una iglesia cerca de Chicago. Está casado con María. Tienen cuatro hijos adultos y dos nietos.

No lo olvides, el evangelio es (aún) para cristianos

Por: Mitch Chase
Fuente: Coalición por el Evangelio

Los no cristianos que llegan a creer en el evangelio se convierten en santos que siguen creyendo en el evangelio. Este evangelio, o “buenas nuevas”, se trata de lo que Dios ha hecho por nosotros en Jesús.

Las buenas nuevas acerca de la persona y la obra de Cristo eran el plan de Dios desde antes que Él fundara la Tierra. En la sabiduría eterna y los decretos de la Trinidad, el Hijo entraría en el mundo de las criaturas de Dios de tal manera que uniera la verdadera humanidad a la verdadera divinidad. La encarnación no era el plan B.

El plan de redención previo a la creación revela cuán profundas son las raíces del amor de Dios para su pueblo. Los creyentes están seguros en el amor de Dios porque su amor no es algo que haya tenido un comienzo. Antes de que fuéramos, su amor ya era.

Cristo y Señor

La buena noticia es que la Palabra/Amor/Gracia/Sabiduría de Dios se hizo carne y habitó entre las personas. Jesús es el Cristo prometido o el Hijo de David (ver 2 S. 7:12-13; Mt. 1:1-17). La creación caída puso los ojos en el gobernante y redentor que traería shalom y renovación, y aún ahora este mundo gime para que todas las cosas sean hechas nuevas.

Los creyentes son seguidores del que aplasta la serpiente (Gn. 3:15). Son súbditos del Rey que vino, vivió, sufrió, murió, resucitó, y ascendió por ellos. Jesús es el Cristo porque es el gobernante prometido que será entronizado para siempre, conquistando a sus enemigos y reivindicando a su pueblo. Y Jesús es también Señor porque su reinado lo abarca todo, con total autoridad en el cielo y en la tierra que le pertenece. Así que los cristianos proclaman que Jesús es el Cristo y que Cristo es el Señor de todos.

El camino del discípulo es trazado bajo el reinado del soberano Jesús. Necesitamos el evangelio porque vuelve nuestra mirada hacia el reino interminable del Ungido de Dios. El evangelio nos ayuda a ver por qué los ídolos no pueden salvarnos. El reinado de Jesús,  ya inaugurado pero todavía no consumado, es un fundamento firme en un mundo que construye sobre la arena.

El Abogado que necesitamos

Los cristianos son aquellos que confiesan la verdad acerca de Jesús, buscan seguir los mandamientos de Jesús, y aman al pueblo de Jesús (ver toda la carta de 1 Juan). Pero, ¿quién de nosotros es un seguidor perfecto? Somos discípulos imperfectos, y esos son los únicos discípulos que siguen a Jesús de todos modos. El evangelio nos recuerda que Jesús cumplió la promesa de un nuevo pacto contenida en el Antiguo Testamento (Jer. 31:31 -34; Lc. 22:20). Debido a que su vida sin pecado y su muerte como pecador selló un nuevo pacto para pecadores como nosotros, nuestros fracasos y pecados no anulan nuestra posición para con Dios, ni disminuyen su amor por nosotros.

A través de la fe en Jesús, estamos unidos a Él. En nuestra unión con Él, Él es nuestro Abogado. En Cristo, hay perdón y purificación. Renovación y fuerza. Súplica y seguridad. Somos santos que luchan, pero Jesús es nuestro amigo que nunca falla y que nos lleva al Padre por los méritos de su vida obediente. Podemos ir confiadamente ante el trono de la gracia porque nuestro Salvador se sienta confiadamente a la diestra de Dios.

Creciendo dentro de una vida en el evangelio

Pablo no quería que los colosenses se apartaran de la esperanza del evangelio (Col. 1:23), quería que los gálatas anduvieran por el Espíritu que había comenzado una obra de salvación en ellos (Gá. 3:1-3; 5:16-26), y había predicado a los corintios las buenas nuevas “en el cual también están firmes” (1 Co. 15:1-2). Para Pablo, los cristianos nunca dejan atrás el evangelio para algo más grande, mejor, o más profundo. El evangelio es el poder de Dios para salvar, santificar, perdonar, y preservar. El evangelio es una noticia anclada en el consejo eterno de Dios. Este es un mensaje con profundidad, dimensión, y grandeza que no podemos comprender. El evangelio nunca nos queda pequeño; simplemente crecemos en nuestra comprensión del mismo.

Nuestro peregrinaje como cristianos es por un camino de gracia. La obra expiatoria de Jesús en la cruz asegura no solo que la pena del pecado ha sido pagada, sino también que el poder del pecado ha sido derrotado. Podemos caminar en la luz y por el Espíritu. Jesús, el Rey salvador, ha venido a libertarnos. El corazón del cristiano se ha arrepentido, se sigue arrepintiendo, ha creído, y sigue creyendo. La vida cristiana es una vida centrada en el evangelio (Gá. 2:20; Fil. 1:21). Jesús tomó su cruz hasta la muerte y después vino la resurrección y gloria. Ahora Jesús nos llama a tomar nuestra cruz diariamente (Lc. 9:23) para que podamos seguirlo con fe y hacia la gloria (Mt. 25:34; 2 Co. 4:17-18).

Un futuro lleno de buenas noticias

Si eres seguidor de Cristo, me pregunto qué ves en tu futuro. ¿Ves, con ojos de fe, a Dios obrando todas las cosas para tu bien y conformándote a la imagen de su Hijo amado (Ro. 8:28-30)? ¿Percibes, como a través de un espejo velado, que tus sufrimientos actuales darán paso a una gloria venidera que es incomparable y duradera (Ro. 8:18-25)? Estas esperanzas son buenas nuevas y por lo tanto evangelio, porque el evangelio no es solo lo que Jesús ha hecho, sino lo que hará.

La vida del verdadero discípulo se está desarrollando, día a día, en el amor de Dios. Y debido a que nuestra unión con Cristo nunca será cortada (Ro. 8:31-39), nuestro futuro está lleno de buenas nuevas las cuales son eternas. El nuevo pacto es para siempre, y así el evangelio es para siempre. Jesús es el Rey redentor quien compró de las naciones un pueblo para sí mismo por medio de su sangre (Ap. 5:9-10). La gracia divina que nos persiguió ahora nos mantendrá firmes, y el Cristo del evangelio satisfará nuestros corazones con el pan vivo y el agua viva que solo Él puede dar.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Jenny Midence García.

Sobre el autor...

MISIÓN Y APOCALIPSIS

Por: Ana Ávila
Fuente: Desarrollo Cristiano Internacional

Es común asegurar que la Biblia es un libro misionero, la revelación de un Dios misionero. Por eso esperaríamos de manera muy especial que el último libro del canon sea también un libro misionero. Pero la lectura cuidadosa de Apocalipsis bajo una lupa misionera nos desconcierta mucho. ¿Dónde están la Gran Comisión y la tarea evangelizadora aquí? ¿Se puede realmente encontrar un enfoque misionero en este libro? A primera vista resulta difícil afirmar que sí. Entonces, ¿tendríamos que decir que la Biblia termina con un libro que no es misionero? ¿O tendríamos que enfocar de otra manera lo que entendemos por «misionero»?1

                                  

En este artículo intentaremos analizar este tema por medio de un estudio de los términos propios del lenguaje misionero y, en artículos posteriores, por medio de los principales temas del Apocalipsis que parecieran constituir su visión de la misión.

 

Misión como envío

En Apocalipsis nunca se usa la palabra «envío» para referirse a la misión de los cristianos. En tres pasajes alude a Jesús, quien envía a su ángel para dar la revelación a los fieles (1.1 y 22.6 con [p. 352] apostéllo; 22.16 con pémpo). Según 5.6 (con apostéllo) y 11.10 (con pémpo), Dios envía al espíritu de vida por toda la tierra. En 1.11 se le manda a Juan enviar (pémpson) su libro a las siete iglesias y, en 14.15 y 18, se les manda a los ángeles meter (pémpson) su hoz para la cosecha. Ni poreúomai («ir») ni matheteúo («hacer discípulos»), que se encuentran en Mateo 28.19, aparecen en el Apocalipsis.

 

En realidad, el concepto del «envío» de la iglesia brilla por su ausencia en el último libro del canon. Nada señala claramente un llamado de los fieles a evangelizar a los incrédulos (la posible excepción de 11.3–13 se analizará bajo «Misión como testimonio»). En los mensajes a las siete congregaciones, a ninguna se le felicita por haber evangelizado con éxito, ni se le culpa por no haberlo hecho. En el contexto de la aparente ausencia general de lo que se suele considerar como el «mensaje misionero» en Apocalipsis, la ausencia del tema en los dos capítulos más específicamente pastorales no deja de sorprendernos.2

 

Misión como anuncio de buenas nuevas

Este tema también nos depara algunas sorpresas. El verbo euvaggelízo se usa solo dos veces en todo el libro (10.7; 14.6). En 10.7 el ángel fuerte se refiere al «misterio de Dios» que Dios «evangelizó» («anunció») a los profetas y que ahora va a consumarse con la séptima trompeta; en 14.6 el sujeto del verbo es un ángel que «evangeliza» («predica») el evangelio eterno a toda [p. 353] nación.3 En ambos casos, se trata de un mensaje de juicio a partir de la creación más que de la «buena nueva» de salvación a partir de la muerte de Cristo, y el verbo se traduce comúnmente «anunciar» o «predicar». De manera similar, el verbo kerússo aparece una sola vez (5.2) y se aplica también a un ángel, cuya pregunta retórica no se relaciona en nada con la proclamación del evangelio.4 Aunque el verbo sózo (salvar) y el sustantivo sóter (salvador) no aparecen en el libro, sotería (salvación) se encuentra tres veces en himnos de alabanza por la redención (7.10, por los mártires; 12.10 y 19.1, por «una gran voz del cielo»). Tampoco aparece en el libro ningún verbo que signifique «creer» (pisteúopeítho, etc.): en las cuatro veces que aparece pístis (2.13, 19; 13.10; 14.12) el énfasis cae en la fidelidad y no en el acto de fe, de creer. El perdón de los pecados y la justificación por la fe no parecen ser tan centrales aquí como en las cartas paulinas.5 No se encuentran referencias en Apocalipsis que apunten específicamente a una tarea evangelizadora de la iglesia.

Aunque desde esta perspectiva casi nada se refiere explícitamente a la evangelización, puede aparecer información implícita o bajo otra terminología. Aquí nos interesa averiguar dos asuntos: (1) ¿qué pasajes podrían referirse a la labor evangelizadora sin usar el lenguaje clásico del tema?, y (2) en términos más [p. 354] generales, ¿cómo entiende Apocalipsis «la buena nueva», es decir, cuál es el «evangelio» del último libro de la Biblia?

 

Pasajes que podrían referirse a la evangelización

Tres pasajes podrían relacionarse con la proclamación del evangelio a cargo de la iglesia: 11.3–13 (lo analizaremos, en un futuro artículo, bajo «Misión como testimonio»); 3.8 (la «puerta abierta» de la carta a la congregación de Filadelfia), y 6.1–2 (la figura del caballo blanco y su jinete).

 

El mensaje de la carta a Filadelfia se construye alrededor del símbolo de la puerta. Cristo lleva las llaves de la casa de David, y abre y nadie cierra, cierra y nadie abre (3.7). En seguida anuncia a los filadelfinos que él ha colocado ante ellos «una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar» (3.8). Agrega que él provocará que los judíos de la «sinagoga de Satanás» un día «vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado» (3.9). Muchos interpretan la «puerta abierta» como una oportunidad de evangelizar, similar al sentido frecuente de dicha figura en Pablo (1Co 16.9; 2Co 2.12; Col 4.3) y en Hechos (14.27). Algunos también interpretan la «conversión» de los judíos (3.9) como fruto de dichos esfuerzos evangelizadores. Pero otros, con igual razón, interpretan la «puerta abierta» como la entrada al reino escatológico (casa de David; cf. 3.20) y señalan que la «conversión» de los judíos se representa más bien como una sumisión (como un eco del sueño de José; Gn 37.9s.). La ambigüedad hermenéutica del pasaje no nos permite sacar conclusiones firmes en cuanto a la misión de la iglesia.

 

La interpretación del caballo blanco (6.1s.) es aún más discutible. Serios exégetas han visto en este simbolismo desde Cristo hasta el Anticristo, pasando por el evangelio mismo, los temibles partos (feroces arqueros montados en corceles blancos), el Imperio Romano o uno de los emperadores. La verdad es que los datos del texto no sientan una sólida base exegética para ninguna conclusión y no permiten sacar inferencias en cuanto a la [p. 355] misionología del libro. Quizá se observe cierta preferencia por la interpretación de Cullmann, Ladd, Boer y otros, que sostienen que este primer sello corresponde a Mateo 24.14 (Mr 13.10) y señala la marcha triunfante del evangelio por todo el mundo. Sin embargo, en dicho caso el símbolo podría referirse a la misión de la iglesia durante toda su historia, en correspondencia con los «principios de dolores» del discurso del monte de los Olivos, y no específicamente durante el tiempo apocalíptico.

 

Si el jinete del caballo blanco expresa el recorrido victorioso del evangelio del Reino frente a todas las fuerzas del mal y de la muerte (6.3–8), sería un símbolo muy poderoso de esperanza en medio del conflicto y la persecución. Pero, debido a que su interpretación es muy discutible, sería peligroso derivar conclusiones específicas en cuanto al concepto de la misión de la iglesia según Juan de Patmos. Como ocurre con Mateo 24.14, el pasaje tendría que ver más con el resultado que con el proceso: la evangelización de las naciones como señal escatológica del reino.6

Con este artículo iniciamos una serie sobre el tema de la misión de la iglesia en Apocalipsis. Busque en los próximos números en un artículo nuevo.

1 Llama la atención, por otra parte, que los libros de misionología se refieran tan poco al Apocalipsis. Aparentemente, la misionología se ha elaborado mayormente a espaldas del último libro de la Biblia. Una notable excepción es Donald Senior y Carroll Stuhlmueller, Biblia y misión, Verbo Divino, Navarra, 1985, pp. 402–410, 422, 432, 444, 454.

2 Aunque las varias referencias al «trabajo arduo» de las congregaciones (2.2s.) o sus «obras» (2.2, 5s., 19, 22, 26; 3:1s., 8, 15)␣podrían  aludir teóricamente a labores de evangelización, el contexto nunca especifica ese aspecto, sino, más bien, la práctica ética (2.5, 26) y␣la  Resistencia al culto imperial (2.2s., 13). Del contexto de 3.14–22 tampoco parece que la tibieza de los laodicenses fuera una falta de celo evangelizador.

3 Ap. 14.6 es también el único pasaje en el libro que emplea el sustantivo euaggélion. Aquí «evangelio eterno» (sin artículo) es también esencialmente un mensaje de juicio y una última llamada al arrepentimiento, sobre la base de la creación y de la justicia divina. El esfuerzo de Bauckham (The Climax of Prophecy, T. & T. Clark, Edimburgo, 1993) por dar un sentido evangelizador a 14.6 impresiona por su erudición, pero no convence.

4 Los sustantivos kérux y kerugma no aparecen en el Apocalipsis.

5 Muchos han visto una tendencia arminiana en el Apocalipsis, ya que solo el «vencedor», (2.7) que es «fiel hasta la muerte», (2.10; Mr 13.13) será salvo.

6 Debe notarse aquí también que algunos autores, no sin sus razones, interpretan Mr 13.10/Mt 24.14 y Ap. 6.1s. como la proclamación escatológica del evangelio llevada a cabo por los ángeles (cf 14.6) y no por la iglesia.

Preguntas para estudiar el texto en grupo

 

  1. ¿Cuáles son los dos concetos que el autor utiliza para examinar en Apocalipsis la posibilidad de que Juan tuviera un enfoque misionero en este libro? ¿Qué sorpresas dejan estos dos conceptos con respecto al abordaje del tema de la misión en el libro?
  2. ¿Qué pasajes aborda el autor que probablemente se refieran a la evangelización? ¿Cuál es el aporte de cada pasaje a la discusión por la que se escribe el artículo?
  3. ¿Por qué resulta tan importante discutir el tema de la misión en Apocalipsis? ¿En qué nos afecta a la iglesia latinoamericana de ahora?

Se tomó de «La misión de la iglesia en el Apocalipsis», Bases bíblicas de la misión, perspectivas latinoamericanas, René Padilla, editor, Nueva Creación. Todos los derechos reservados. Se usa con permiso del autor.

El autor, costarricense por adopción, se doctoró en teología por la Universidad de Basilea, Suiza. Ha ejercido la docencia en varias instituciones teológicas y universidades de América Central y de otros lugares del mundo. Es miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL) y ha escrito varios libros y numerosos artículos.

Un recordatorio para los padres en el día de los padres

Por: Sugel Michelén
Fuente: Coalición por el Evangelio

No sé cuántos países celebran el día de los padres en la misma fecha que nosotros lo hacemos en RD (es decir, el último domingo de Julio). Pero sea cual sea la fecha de este evento en el calendario de cada país, no quise dejar pasar la oportunidad sin traer una nota de recordatorio para todos los que somos padres.

Tanto en Ef. 6:1-4 como en Col. 3:20-21, el apóstol Pablo escribe unas palabras sobre el deber de los hijos de obedecer a sus padres, y el deber de los padres de criar a sus hijos en el marco del evangelio. El pasaje de Efesios es el más extenso de los dos, así que voy a tomarlo como punto de partida:

“Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”.

Aunque en los versículos 1 y 4 aparece la palabra “padres” en nuestra versión RV60, en el original griego son dos palabras distintas. La del versículo 1 puede ser traducida como “progenitores”, e incluye tanto al padre como a la madre. Es por eso que Pablo se vale del quinto mandamiento del Decálogo para recordar a los hijos que debían honrar a su padre y a su madre. De manera que ambos padres tienen una responsabilidad en la crianza de sus hijos, y ambos poseen la misma autoridad sobre ellos.

Sin embargo, el término que Pablo usa en el vers. 21 es la palabra griega páteres que parece señalar de manera especial a los hombres, a los padres. Ellos son los que tienen la responsabilidad primaria de guiar a la familia, incluyendo a sus esposas en el papel de madres.

Contrario al pensamiento del mundo en ese sentido, Dios coloca sobre los hombres la responsabilidad del liderazgo de su familia. Por supuesto, nosotros sabemos que las madres juegan un papel vital en la crianza de los hijos. Generalmente ellas pasan más tiempo con ellos y ejercen una influencia determinante en sus vidas. Pero el hombre es responsable ante Dios de proveer a su esposa y a sus hijos la guía, el sostén y la protección que necesitan en un clima de amor y servicio.

Ser cabeza de la familia no es contemplado en la Biblia como una ventaja, sino como una gran responsabilidad. Nosotros tenemos un trabajo que debemos hacer de manera intencional, procurando el bien espiritual y físico de nuestra esposa y nuestros hijos. Dios nos ha llamado a hacer un trabajo, un trabajo que está muy por encima de nuestras capacidades naturales y que solo puede ser hecho en dependencia de Él. Él nos contrató, Él nos da los recursos que necesitamos cada momento para poder ser los padres que Él quiere que seamos, y Él nos pedirá cuentas algún día por esa mayordomía que nos fue confiada.

Lamentablemente, la influencia del mundo ha tenido un impacto profundo en la iglesia de Cristo en este asunto. En muchos hogares cristianos es la mujer y no el hombre la que va delante en la vida espiritual de la familia y la crianza de los hijos. Leí recientemente que un autor cristiano fue a proponerle a una casa publicadora un libro sobre la paternidad. ¿Saben lo que el encargado la respondió? Que los libros dirigidos a los padres no venden. “Nuestros estudios nos han mostrado que el 80% de los libros sobre crianza son comprados por las madres. Ellas los leen y se los pasan a sus maridos, que apenas los leen. Es difícil mercadear la paternidad a una audiencia femenina”.

Y el impacto que ese matriarcado está produciendo en las iglesias y en la sociedad es sencillamente devastador, sobre todo para el desarrollo de un verdadero liderazgo. La masculinidad es algo que se produce mayormente en un ambiente en el que las mujeres se comportan como mujeres y los hombres se comportan como hombres (lean bien: no como “machos”, sino como hombres).

De manera que tanto el padre como la madre tienen la responsabilidad de criar a los hijos en el temor de Dios, pero el padre es el principal responsable de ese deber.

Apreciamos todo comentario que pueda complementar este artículo para edificación de los lectores de este blog.

 

© Por Sugel Michelén. Todo Pensamiento Cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

Sugel Michelen

Sobre el autor...

​Sugel Michelén (MTS) es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Ha sido por más 35 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios. Es autor de varios libros, incluyendo De parte de Dios y delante de Dios y El cuerpo de Cristo. El pastor Michelén y su esposa Gloria tienen 3 hijos y 5 nietos. Puedes seguirlo en Twitter.

10 lecciones inolvidables sobre ser padre

Por: Ray Ortlund
Fuente: Coalición por el Evangelio

Públicamente, mi papá fue uno de los grandes pastores de su generación. Sirvió de manera notable durante veinte fructíferos años en Lake Avenue Congregational Church en Pasadena, donde John y Noël Piper adoraron durante sus días en el seminario Fuller. Papá y John eran amigos muy cercanos.

En privado, mi papá era el mismo que en público. Solo había un don Ray Ortlund, un auténtico cristiano. La distancia entre lo que vi en el Nuevo Testamento y lo que vi en mi papá era corta. Era el hombre más parecido a Cristo que he conocido, la clase de hombre y el tipo de padre que anhelo ser.

Sin ningún orden en particular, aquí diez lecciones sobre ser papá que aprendí al mirar a mi padre, con cada lección vivida a partir de los recuerdos de su cuidado por mí.

  1. Nunca estaba demasiado ocupado

Mi padre era un pastor muy ocupado, pero nunca estaba demasiado ocupado para mí. Cuando sentía que no había tenido tiempo suficiente conmigo, decía: “Hey Bud, ¿quieres faltar a la escuela mañana e ir a la playa?”. ¡No tardé mucho en estar de acuerdo con eso! Así que nos fuimos. Surfeamos, hablamos, y nos divertimos juntos. Al día siguiente escribió una nota a la escuela para explicar mi ausencia, y cuando la llevé a la oficina del director, tacharon mi ausencia de “inexcusable”. Supongo que la razón no contaba; un padre que quiere ponerse al día con su hijo. Pero a papá no le importaba. Era yo quien le importaba. Y yo lo sabía.

  1. Era un hombre de la Biblia

Mi papá se dedicó de todo corazón a Jesús. En mi cumpleaños numero diecisiete, él y mi mamá me dieron una Biblia nueva. En la página de enfrente escribió lo siguiente:

Bud,

Nada es mayor que tener un hijo, un hijo que ama al Señor y camina con Él. Tu madre y yo hemos encontrado en este libro nuestro tesoro más querido. Te lo damos, y al hacerlo no podemos darte nada mejor. Sé un estudiante de la Biblia y tu vida estará llena de bendiciones. Te amamos.

Papá

9/7/66

(Filipenses 1:9-11)

Cuando leí eso, sabía que mi padre decía cada palabra en serio. Él era un hombre de la Biblia, y la bendición de la que escribió era obvia en su propia vida.

  1. Siempre alabó a Dios

Cuando crecía, la mayoría de las mañanas no necesitaba un reloj despertador. Me despertaba con el sonido de mi papá a través del pasillo, cantando en la ducha. Todas las mañanas, a todo pulmón y de manera alegre, cantaba este himno:

Cuando la mañana cubre de oro los cielos, 

Mi despabilado corazón clama:

¡Que Jesucristo sea alabado!

Bien en el trabajo o en la oración,

A Jesús yo clamo:

¡Que Jesucristo sea alabado!

Muchos hombres no son transparentes. No tengo ni idea de lo que creen. Pero con mi padre nunca me cuestioné sobre qué le importaba más, o sobre lo que buscaba en la vida. Ni una sola vez. En lo absoluto. Ni siquiera un poco. Él nunca mantuvo un bajo perfil de la vida. Jesús era demasiado maravilloso para él. Alabó al Señor a lo largo de su vida, en público y en privado, de una manera clara y maravillosa que no podía ser ignorada.

  1. Él me animó

Mi papá me dio la libertad para que yo pudiera cumplir el llamado de Dios en mi vida. Me guió de manera apropiada, por supuesto, pero nunca se aferró a mí con temor, ni esperaba que yo siempre viviera cerca. Todo lo contrario. Me instó a seguir a Cristo en cualquier lugar. De vez en cuando me daba este discurso: “Escucha, hijo. Los cristianos de corazón medio son los más miserables de todos. Saben lo suficiente acerca de Dios como para sentirse culpables, pero no han ido lo suficientemente lejos con Cristo para ser felices. ¡Sé completamente incondicional a Él! No me importa si eres un excavador de zanjas, siempre y cuando ames al Señor con todo tu corazón”.

No le impresionaba el éxito del mundo, o el asistir a las escuelas correctas, y toda esa pretensión y falsedad. Él quería algo mejor para mí, algo que tenía que encontrar por mi cuenta. Pero nunca dudé de la urgencia con la que deseaba para mí un claro llamado de Dios en mi vida. Y lo recibí, en parte porque mi papá no se inmiscuyó en él, sino que me animó a seguir al Señor por mi cuenta.

  1. Caminaba verdaderamente con Dios

Recuerdo bajar temprano una mañana y caminar a donde mi padre, en la sala de estar. Allí estaba, de rodillas, con el rostro enterrado en las manos, absorto en silenciosa oración. Él no sabía que había alguien más allí. No era teatro. Era real. Mi papá tenía un verdadero caminar con Dios. Nunca se me ocurrió preguntarme si Jesús era el Señor de su corazón y de nuestro hogar. Papá amaba el evangelio. Él sirvió a la iglesia. Dio testimonio a nuestros vecinos. Incluso entregó el diezmo cuando no tuvo dinero para hacerlo. Marcó la pauta en nuestra casa, y nuestro hogar fue un lugar de alegría, honestidad, y consuelo. Jesús estaba allí.

  1. Me enseñó teología en el patio

Un día, cuando yo tenía once o doce años, mientras estábamos haciendo trabajos de jardinería afuera —no recuerdo el contexto— mi papá se detuvo, me miró a los ojos y dijo: “Sabes, Bud, antes de que el tiempo empezara, Dios te escogió”. Yo lo miré perplejo. ¿El Dios Todopoderoso pensó en mí, un ser minúsculo? ¿Desde ese entonces? Me sentí tan amado por Dios. Años más tarde, cuando comprendí mejor la doctrina de la elección, no tuve problema con ella. Me encantó. Mi papá había comenzado mi educación teológica desde mi infancia durante nuestra conversación cotidiana.

  1. Nos amaba cuando no era fácil hacerlo

Mi madre, una noche antes de que papá llegara a casa, me dijo que él practicaba algo todos los días. Trabajaba duro durante todo el día y llegaba cansado a casa. Así, mientras subía los escalones de la escalera, antes de extender la mano para abrir la puerta trasera de casa, levantaba una sencilla oración a Dios: “Señor, necesito algo de energía extra en este momento”. Y Dios respondía a esa oración. Nunca vi a mi papá entrar a casa sin emoción positiva para dar. Más bien se acercaba a mi mamá, la besaba con un beso enorme, y luego se volvía hacia mí y me decía: “¡Vamos, Skip, vamos a luchar!”. Y nos íbamos a la habitación del frente a luchar en el suelo, junto con una explosión de cosquillas y risas. Día a día, la realidad de Dios en el corazón de mi papá le daba energía para amar a su familia cuando no era fácil.

  1. Me ayudó a amar a la iglesia

El hecho de que papá fuera pastor me hizo “el hijo del pastor”, obviamente. De vez en cuando la gente bien intencionada de la iglesia me decía cosas tontas, como si tuviera que ser perfecto o superior o algo que ellos esperaban. Así que papá me dijo: “Hijo, cuando la gente dice cosas así, no tiene intención de dañarte. Pero no es justo. No se dan cuenta de eso. Quiero que lo sepas, y trata de ignorarlo”.

Papá tenía altos estándares de la vida cristiana. Pero era lo suficientemente sabio como para saber que un niño de diez años sigue a Cristo de una manera diferente a la de un niño de cuarenta años. Era realista y compasivo. Me dio permiso para ser un niño cristiano. Y él es la principal razón terrenal por la que amo a la iglesia hoy. Él me mostró, sabiamente, cómo la vida de la iglesia no necesita ser opresiva.

  1. Vivió su fe de manera simple y práctica

Papá me enseñó a caminar con el Señor de manera práctica. Por ejemplo, una declaración que estableció como una a seguir diariamente fue la siguiente:

Mi declaración de fe mañanera

Creo que hoy:

  1. Dios está dirigiendo soberanamente mi vida mientras me entrego a Él, y que Él me ama incondicionalmente, y yo lo amo y lo pongo primero en mi vida.
  2. Cristo es mi Señor y maestro, y busco permanecer en Él y hacer su voluntad inmediatamente y correctamente.
  3. El Espíritu Santo es mi amigo, maestro, y guía, que abrirá y cerrará puertas hoy y me llenará de sí mismo para hacerme un servidor eficaz.
  4. Ahora encomiendo mi esposa y mi familia al Señor, quien los ama tanto como a otros a quienes amo. Ellos también están bajo su cuidado soberano.
  5. Salgo teniendo una fe audaz, y me relajo en el Señor, disfrutando este día dado por Él. Confío en que Él me usará hoy.

Era simple, pero válido. Papá ejemplificó cómo hacer accesible y práctico el cristianismo diario.

  1. Me dijo que el ministerio no lo es todo

Ser un “hijo de pastor” era a veces difícil, como ya he mencionado. Lo que me hizo sobrellevar esta dificultad fue el amor de mi padre por mí, y mi admiración por él. Yo lo amaba profundamente. Aun lo hago. Incluso mientras escribo esto, se me hace un nudo en la garganta. Lo extraño tanto. Ser el hijo de un pastor piadoso fue un privilegio sagrado que me fue dado como un regalo de Dios mismo. Mi respeto por mi papá y su atracción personal —el verdadero cristianismo que vi en él, la belleza con la que sirvió como pastor, incluso cuando sufrió— el impacto personal de todo esto fue que crecí para honrar el ministerio pastoral. Y hoy, yo mismo me regocijo en ser pastor. Lo que me lleva a mi escenario final.

Temprano el domingo 22 de julio del 2007, mi papá se despertó en su habitación de hospital en Newport Beach. Él sabía que finalmente el día de su liberación de esta vida había llegado. Le pidió a la enfermera que llamara a la familia. Ese día mi esposa Jani y yo estábamos lejos, en Irlanda, por asuntos ministeriales. No sabíamos lo que estaba sucediendo en casa. Pero la familia se reunió alrededor de la cama de papá. Leyeron la Escritura. Cantaron himnos. Papá dio una bendición patriarcal y una amonestación personal a cada uno, un mensaje adecuado para alentar y guiar. Él pronunció sobre ellos toda la bendición de Aarón: “El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti y tenga de ti misericordia; el Señor alce sobre ti su rostro, y te dé paz” (Nm. 6:24-26).

Y luego, en voz baja, durmió.

Más tarde le pregunté a mi hermana sobre el mensaje de papá para mí. Fue este: “Dile a Bud: el ministerio no lo es todo. Jesús lo es”.

Las últimas palabras de mi padre resumieron su vida como padre, y su vida entera.

Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Omar Jaramillo.

Sobre el autor...

Ray Ortlund es el pastor principal de Immanuel Church en Nashville, Tennessee, y sirve como miembro del Concilio de The Gospel Coalition. Puedes seguirlo en Twitter.

9 verdades que cada padre debe recordar

Por:Tim Challies
Fuente: Coalición por el Evangelio

¿Promete Proverbios que mi hijo no se descarriará? Hace poco alguién le hizo esta pregunta a John Piper en un episodio reciente del podcast Ask Pastor John. La pregunta estaba basada en Proverbios 22:6: “Enseña al niño el camino en que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él”. Piper terminó ese episodio compartiendo las siguientes 9 verdades que los padres deben recordar al criar a sus hijos:

1. En general, educar a los hijos a la manera de Dios los guiará hacia la vida eterna. En general, esto es cierto.

2. Esta realidad incluye poner nuestra esperanza en Dios y orar fervientemente por sabiduría y por Su salvación hasta el día en que muramos. No oren solo hasta que se conviertan a los 6 años. Oren hasta el día de la muerte por la conversión de sus hijos y por la perseverancia de su aparente conversión.

3. Satúralos con la Palabra de Dios. La fe viene por el oír y el oír por la Palabra de Dios (Romanos 10:17).

4. Sé radicalmente consistente y auténtico en tu propia fe. No solo en el comportamiento, sino también en tus afectos. Los niños necesitan ver lo precioso que es Jesús para mamá y papá, no solamente cómo se obedece, o cómo se va a la iglesia, o cómo se leen devocionales o cómo se cumplen los deberes, deberes y deberes. Necesitan ver, en el corazón de mamá y papá, el gozo y la satisfacción de que Jesús es el mejor amigo del mundo.

5. Modela la preciosidad del evangelio. Cuando nosotros los padres confesamos nuestros propios pecados y dependemos de la gracia, nuestros niños dirán: “Ah, no tienes que ser perfecto. Mamá y papá no son perfectos. A ellos les encanta la gracia. Aman el evangelio porque Jesús perdona sus pecados. Entonces sé que Él puede perdonar también mis pecados”.

6. Forma parte de una iglesia amorosa saturada de la Biblia. Los niños necesitan estar rodeados de otros creyentes, no solo de mamá y papá.

7. Exije obediencia. No seas perezoso. Hay muchos padres jóvenes hoy día que parecen tan perezosos. No están dispuestos a levantarse y hacer lo que se necesita hacer para corregir al niño. Por eso debemos ser consistentes con nuestros castigos y especialmente con todas nuestras promesas de cosas buenas que decimos que vamos a hacer por ellos.

8. Dios salva a niños de una paternidad fracasada o incrédula. Dios es soberano. Al final, no somos nosotros los que salvamos a nuestros niños. Dios salva niños, y apenas habría cristianos en el mundo si no los salvase de familias fracasadas.

9. Descansa en la soberanía de Dios sobre tus hijos. No podemos soportar el peso de Su eternidad. Eso es asunto de Dios, y debemos dejarle todo eso a Él.


Publicado originalmente para el blog de Tim Challies. Traducido por Manuel Bento.

Sobre el autor...

Tim Challies es un seguidor de Cristo, esposo de Aileen y padre de tres niños. Es pastor de Grace Fellowship Church en Toronto, Ontario, y cofundador de Cruciform Press.

La iglesia ante la sombra del consumismo

Por: Anónimo
Fuente: Desarrollo Cristiano Internacional

Todavía recuerdo esos dos momentos, tan aparentemente sencillos y sin mayor trascendencia, uno en mi iglesia local y otro en una ciudad de un país sudamericano:

  • «Pastor, nos estamos cambiando de iglesia porque en la otra congregación tienen un buen programa para niños que está más a tono con la necesidad de nuestros hijos pequeños… y anhelamos que ellos sigan al Señor desde su infancia».
  • «Pastor, mi visión es que mi iglesia se convierta en la primera mega-iglesia de la ciudad y estoy trabajando en ello… ya estoy ministrando en la radio y en la televisión».

Me tomó años darme cuenta que ambas conversaciones reflejaban, más que instancias aisladas, un cambio de actitud y perspectiva que comienza a tomar cada vez más fuerza en la Iglesia Evangélica Latinoamericana.

Lo que parecen acciones motivadas por buenas y loables intenciones, más bien proyectan una nueva «comprensión» de lo que es ser Iglesia. Tal pareciera que estamos sucumbiendo más y más a la «cultura del consumo» y a su consecuencia natural, el «consumismo».

El diccionario de la Real Academia Española define «consumismo» como la «tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios». Pero esto, más bien parece enfocarse en las actitudes y prácticas económicas de la población… ¿o será que hay algo más detrás?

Quisiera enfocarme, si bien brevemente por lo limitado del espacio disponible, en las dos caras de la moneda del movimiento evangélico de hoy: en nosotros como creyentes y como líderes.

¿Qué mentalidad comienza a caracterizarnos como creyentes?

En primer lugar, no cabe duda que el perfil económico de la Iglesia en nuestro continente ha cambiado radicalmente. Hace apenas 50 años, nos caracterizábamos por ser iglesias de gente humilde con poca preparación académica… hoy, por la gracia de Dios son cada vez más los creyentes —y sus hijos— que poseen educación avanzada. Eso también se ha reflejado en el aumento del ingreso del creyente promedio en nuestras iglesias. Pero, ¿cómo impacta aquello en la obra del Reino?

Muchos de nuestros creyentes han abrazado el patrón de consumo de la sociedad en la que estamos inmersos y ahora quieren más y más de lo último. Nuestros jóvenes, aun los más humildes, lucen extravagantes teléfonos inteligentes y zapatos deportivos de marca. Nuestros hermanos en la fe luchan por agregarle a sus viviendas todo tipo de lujitos «según sus posibilidades». Cada vez más, vemos autos más grandes y nuevos en el estacionamiento o en las áreas adyacentes al templo. Si bien no siempre nuestros hermanos cuentan con los recursos para adquirir dichos bienes y los servicios resultantes, recurren con frecuencia a las opciones de crédito cada vez más asequibles. Pareciéramos ser víctimas de las mismas campañas publicitarias de los medios de comunicación que afectan al resto de la población.

Sin embargo, como los recursos que cada creyente posee son, en última instancia, limitados, entre más gastamos en satisfacer los deseos del corazón, menos quedará disponible para invertir en la obra del Reino. Las ofrendas para misiones y proyectos evangelísticos parecieran languidecer, al mismo tiempo que mejora la vestimenta y el estatus económico de nuestra membresía. Por favor, no me malentienda, no es que nuestra gente haya dejado de dar, sino que dar para el Reino no es prioritario, y mucho menos para una causa que demande sacrificio e incomodidad, como lo fue para nuestros hermanos macedonios del primer siglo (2 Corintios 8.1-4).

Tal vez pensemos que esto solo aplica al creyente común, pero no es así. Hace unos años, mientras participaba de una reunión de pastores, el predicador invitado compartió un poderoso mensaje profético en el que nos animaba a pedirle a Dios lo que añoraba nuestro corazón. El mío se quebrantó al escuchar el clamor de mis colegas del ministerio levantar oraciones como: «Señor, tú sabes que necesito un auto nuevo…», «Señor, siempre te he pedido una casita propia para mi familia…», etc. En un momento en que el Espíritu Santo se estaba moviendo, no hubo quien llorase y pidiese por su comunidad y sus flagelos, por la salvación de familiares, vecinos y amigos, por la restauración de quienes se habían apartado, etc. Todo se centró en nosotros mismos y en nuestras propias necesidades del momento. No me malinterprete, todas eran peticiones válidas… ¡pero cuán distintas fueron las del joven rey al que Dios le dio la misma oportunidad (2 Crónicas 1.7-10)!

Claro está que la definición de «consumismo» del diccionario siempre enfrentará el problema: lo que para algunos es un gasto innecesario, para otros es de suma importancia… es un asunto de perspectiva relativa. Y tal vez ese sea el problema, que hemos dejado de fundamentar nuestras decisiones en los valores eternos de la Palabra de Dios y simplemente lo hacemos en base a nuestra opinión. ¡Y todos sabemos que nuestra “opinión” puede cambiar muy fácilmente… tan solo basta que cambien las circunstancias que nos rodean! Pero creo que el problema que enfrentamos como creyentes trasciende lo económico. Tiene que ver con la actitud resultante de darle demasiada importancia a adquirir y poseer aquello que sentimos que «agrega valor» a nuestras vidas y a la de nuestras familias. Esto me lleva a la primera conversación citada al principio del escrito.

¿Qué mejor actitud que la de unos padres que se preocupan por la salud espiritual de sus hijos? ¿Por qué no buscar lo mejor —el mejor programa, los mejores maestros, las mejores instalaciones— para ellos? Bueno, tal vez esto nos lleve precisamente a concluir que buscamos y examinamos a las iglesias locales con el mismo lente con que examinamos las vitrinas y escaparates de las tiendas por departamento, para encontrar el producto que mejor nos luzca. Si bien la iglesia local tiene la responsabilidad de servir a la comunidad de fe, no es menos cierto que dicho servicio trasciende en mucho la relación proveedor-cliente del mundo comercial. La iglesia y su liderazgo no están para satisfacer nuestros deseos y anhelos, ni siquiera para respaldar de manera indiscriminada nuestros sueños y aspiraciones. Están para promover la causa del Reino de los cielos, para «perfeccionarnos a todos nosotros para la obra del ministerio» (Efesios 4.11-12).

Esto implica que nos incorporamos a una iglesia local para aprender a ser más como Cristo y servir a la comunidad por la que derramó su sangre, de la manera en que Él nos dirija a hacerlo. Lo sencillo y práctico de la demanda divina encuentra su mejor expresión en las palabras del Maestro: «¿Por qué me llaman “Señor” y no hacen lo que les digo?» (Lucas 6.46, parafraseado).

Al enfrentar este problema, como creyentes necesitamos «ponernos la mano en el corazón» y preguntarnos si no será que nosotros, como pastores y líderes, hemos propiciado —si bien con las mejores intenciones— el afianzamiento de esa mentalidad.

¿Qué mentalidad pudiera estar influyendo en nosotros como pastores y líderes?

La mentalidad de «sociedad de consumo» que comienza a caracterizar a la Iglesia Latinoamericana depende necesariamente de un liderazgo que la alimente y propicie. Y es que, al comenzar a dar un énfasis desmedido al crecimiento de nuestras congregaciones —y con esto hago referencia a la segunda conversación citada al inicio del escrito— dejamos de lado un genuino enfoque en el Reino.

Creo que en medio de una cultura que busca la excelencia como medio para promover su producto por encima de los demás, la iglesia local comienza a caer en la trampa de igualarse con su contraparte comercial. Buscamos brindar a la congregación el programa más excelente posible, acompañado por los mejores músicos, cantantes e instrumentos; los mejores predicadores y maestros; las mejores y más cómodas instalaciones, etc. Si bien nada de esto es malo en sí mismo, jamás reemplazará el claro objetivo de toda iglesia local: formar hombres y mujeres para seguir y servir a Dios donde Él les coloque, en empresas, instituciones y comunidades. No es extraño ver a una iglesia cambiar su equipo de sonido por uno más costoso, remodelar el templo para hacerlo más atractivo y ponerle aire acondicionado o calefacción (según sea el caso), para brindar el mejor ambiente posible. El problema es que todo eso requiere que se priorice el uso de fondos limitados de la iglesia local. Algo se sacrifica cuando invertimos más de la cuenta en mantener a la congregación con nosotros y en atraer a los creyentes de otras congregaciones a la nuestra.

Estoy seguro de que ningún pastor o líder pensaría conscientemente en perjudicar a otras iglesias hermanas; pero también creo que pocos nos preguntamos por qué hacemos lo que hacemos. La reflexión honesta delante de Dios abre la puerta para que el Espíritu Santo nos confronte con nuestras verdaderas motivaciones, ante lo engañoso de nuestro corazón (Jeremías 17.9-10). Lo que generalmente comienza con una sincera carga por llegar a la comunidad de los no alcanzados, no tarda en sucumbir ante las presiones de una comunidad que cada vez más coloca todo en el altar del éxito —entendiendo por éste una iglesia grande, con recursos y visibilidad en la co¬munidad, con su secuela de beneficios tangibles para su liderazgo.

Sí, tal vez hoy la norma —promovida sin mala intención por los medios de comunicación— sea la de una iglesia que brinda los mejores servicios a su membresía. Aquello se nos muestra en la televisión o lo escuchamos en la radio cristiana. Todos, como pastores, queremos brindar lo mejor a nuestros feligreses, especialmente ante el temor —a veces inconsciente— de perderlos y que busquen otra congregación que sí lo ofrezca. Pero tanto unos como otros hemos dejado de lado nuestra verdadera vocación.

En ese ambiente de competencia por mantener miembros que buscan la mejor «iglesia local», nos desvivimos por ofrecerles más por menos. Les brindamos genuinos espectáculos de alabanza y adoración excelente; y les damos enseñanzas de calidad en el mínimo tiempo posible, para evitar cansarlos o interferir con el resto de su día. La contraparte de este enfoque es que abraza también una mentalidad de especialización de la mano de una dotación y capacitación superiores. Eso convierte a la mayoría de nuestra membresía en meros espectadores y críticos consumados del culto evangélico. Y por ende, cada vez más surgen comparaciones entre iglesias locales, entre equipos de alabanza y entre predicadores. ¡Y por supuesto que ninguno de nosotros quiere quedar del lado menos favorecido!

¿Qué hacer al respecto?

Estoy convencido de que la solución al problema planteado no es ni complicada ni difícil si optamos por preferir la agenda de Dios. Se trata de volver la mirada a la Iglesia Primitiva y a la que ha perdurado por más de dos mil años sobre la Tierra enfrentando todo tipo de persecuciones y desastres —de adentro y de fuera. ¿Qué tal si consideramos los siguientes pasos?

  1. Enseñemos todo el consejo de Dios a la congregación —como lo hiciera el apóstol (Hechos 20.26-28)— y no tan solo los temas que nos gustan más a nosotros como líderes o que promueven la agenda del momento de la iglesia local, o animen a la gente a ofrendar más.
  2. Enfaticemos lo que está en el corazón del evangelio (lo vital) y no sus periferias (lo secundario): la salvación del no creyente (Marcos 16.15), el discipulado y la formación del creyente (Mateo 28.19-20) para la obra del ministerio que, necesariamente, implica ganar a otros para Cristo y no tan sólo servir en los confines del templo.
  3. Enseñemos que solo somos mayordomos, y no dueños de los bienes y recursos que Dios ha puesto en nuestras manos con propósito eterno: ¡que sean de bendición a la comunidad en la que fuimos implantados por Dios… y más allá! Esto implicará dar generosamente y aun de manera sacrificial para la obra de Dios (2 Corintios 9.6-8), pero nos corresponderá a nosotros, como pastores y líderes, asegurar que tales ofrendas sean invertidas en expandir el Reino y no en «mantener» a los creyentes dentro de la comunidad o mejorar la calidad de vida del liderazgo.

Asegurémonos de modelar en nosotros, como pastores y líderes, una actitud enseñable ante la Palabra de Dios, permitiéndole corregirnos; y estemos dispuestos a compartir tales correcciones con la congregación a medida que crecemos en ella. Oremos para que podamos ser genuinos ejemplos de hombres y mujeres que colocan la expansión del Reino —y no el crecimiento numérico o financiero de nuestra congregación— como primera prioridad; y atrevámonos a convertirnos en los principales dadores de la congregación.

¡Adelante y que el Señor les bendiga!

 

© Desarrollo Cristiano Internacional, 2013.

Cinco maneras en que la ira de Dios no es como la nuestra

Por: Colin Smith
Fuente: Coalición por el Evangelio

El tema de la ira (o enojo) de Dios hacia el pecado y hacia los pecadores es claramente y ampliamente enseñado en la Biblia. Y esta verdad está tan entrelazada con la esperanza de nuestra paz unos con otros y con Dios que, si perdemos uno, también perdemos nuestra esperanza del otro.

La ira de Dios no es como la ira humana

Cuando hablamos de la ira de Dios, debemos recordar que es la ira de Dios. Todo lo que sabemos acerca de Él, que Él es justo, que Él es amor, y que Él es bueno, necesita ser considerado en nuestro entendimiento de su ira.

Las palabras “enojo” e “ira” nos hacen pensar en nuestra propia experiencia de estas cosas. Tú puedes haber sufrido por alguien que habitualmente está enojado. La ira humana a menudo puede ser impredecible, mezquina, y desproporcionada. Estas cosas no son ciertas sobre la ira de Dios. La ira de Dios es la respuesta justa y mesurada de su santidad hacia el mal.

Aquí hay cinco maneras en que la ira de Dios es diferente a la nuestra.

1. La ira de Dios es provocada

“No olvides cómo provocaste a ira al Señor tu Dios en el desierto”, Deuteronomio 9:7.

Este tipo de lenguaje se usa repetidamente en la Biblia. La ira de Dios no es algo que resida en Él por naturaleza. Es una respuesta al mal. Es provocada.

Hay una diferencia muy importante entre la ira de Dios y su amor. La Biblia dice: “Dios es amor”. Esa es su naturaleza. El amor de Dios no es provocado. Dios no nos ama porque ve algo de sabiduría, belleza, o bondad en nosotros. La razón por la que Dios nos ama radica en su naturaleza, no en la nuestra.

Pero la ira de Dios es diferente. Es su santa respuesta a la intrusión del mal en su mundo. Si no hubiera pecado en el mundo, no habría ira en Dios.

A menudo se ha señalado que lo contrario del amor no es el odio; es la indiferencia. ¿Qué esperanza tendríamos en un mundo acechado por el terror si Dios simplemente mirara con una sonrisa débil o incluso con un ceño fruncido? La esperanza de un mundo cuya historia está repleta de violencia reside en un Dios que se opone implacablemente a todo mal, y que tiene el poder, la capacidad, y la voluntad de destruirlo.

2. Dios es lento para la ira

“Compasivo y clemente es el Señor, lento para la ira y grande en misericordia”, Salmos 103:8.

Estas cualidades se repiten una y otra vez en el Antiguo Testamento, como si fueran las cosas más importantes que necesitas saber acerca de Dios.

¿Por qué Dios permite que el mal continúe en el mundo? ¿Por qué no regresa ahora y lo borra? En 2 Pedro 3:9 se nos recuerda que: “El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con ustedes, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento”.

Dios ofrece gracia y perdón en Jesucristo. La gente viene a Él en arrepentimiento y fe todos los días y Dios pacientemente mantiene abierta la puerta de gracia. El día de la ira de Dios vendrá, pero Él no tiene prisa en traerlo, porque entonces será cerrada la puerta de gracia.

3. La ira de Dios se revela ahora

“Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad”, Romanos 1:18.

Cuando lees Romanos 1, encuentras que los pecadores van en una de tres direcciones. Ellos suprimen la verdad acerca de Dios, intercambian la verdad por una mentira, y adoran las cosas creadas en lugar del Creador. ¿Cómo revela Dios su ira cuando los pecadores hacen estas cosas? Dios los entrega a sus pasiones.

“Por lo cual Dios los entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones”, Romanos 1:24.

“Por esta razón Dios los entregó a pasiones degradantes”, Romanos 1:26.

Cuando vemos que la estructura moral de nuestra cultura está siendo desgarrada, los cristianos deben clamar a Dios por misericordia sobre la base de Romanos 1: “Señor, lo que vemos a nuestro alrededor es un signo de tu ira y juicio. Sé misericordioso, oh Señor, y por favor no nos abandones por completo”.

4. La ira de Dios está almacenada

“Pero por causa de tu terquedad y de tu corazón no arrepentido, estás acumulando ira para ti en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios”, Romanos 2:5.

Toda la historia de la Biblia lleva a un día en que Dios lidiará con todo el mal de una vez y para siempre. En ese día, el juicio de Dios será completamente revelado. Este será el día de ira en el que Dios recompensará todo mal.

Dios hará esto en perfecta justicia. Nadie será acusado de un solo pecado que no cometió, y el castigo por cada pecado coincidirá con el crimen. Toda boca será detenida, porque todos sabrán que Él juzgó con justicia. Entonces Dios dará comienzo a un cielo nuevo y tierra nueva que serán el hogar de la justicia.

5. La ira de Dios es sobre los pecadores

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él”, Juan 3:36.

Juan no dice: “La ira de Dios vendrá sobre los desobedientes”. Él dice: “La ira de Dios permanece sobre él”. Ya está ahí. ¿Por qué? Por naturaleza somos hijos de ira (Ef. 2:3). Es el estado en el que nacimos.

Aquí nos encontramos cara a cara con el meollo del problema humano. ¿Cuál es? No es que estamos perdidos y necesitamos encontrar nuestro camino en un viaje espiritual. No es que estamos heridos y necesitamos ser sanados. El meollo del problema humano es que somos pecadores bajo el juicio de Dios, y su ira divina está sobre nosotros, a menos que sea quitada.

El derramamiento de la ira de Dios sobre Jesucristo fue el mayor acto de amor que este mundo jamás haya visto

La ira de Dios fue derramada

Esto nos lleva al corazón de lo que sucedió en la cruz. La ira divina hacia el pecado fue derramada, o aplicada, sobre Jesús. Él se convirtió en la “propiciación” por nuestros pecados (Ro. 3:25) al sacrificarse por nosotros. Esta gran palabra “propiciación” significa que la recompensa o el pago por nuestros pecados se derramó sobre Jesús en el Calvario.

El derramamiento de la ira de Dios sobre Jesucristo fue el mayor acto de amor que este mundo jamás haya visto. Y Jesús está ante nosotros hoy, un Salvador vivo. Él nos ofrece el incalculable regalo de la paz con Dios. Él está listo para perdonar tus pecados y para llenarte de su Espíritu. Él es capaz de salvarte de la ira y reconciliarte con el Padre. Él ha abierto la puerta del cielo, y es capaz de darte entrada. ¿Estás listo para encontrar la paz con Dios a través de Él?


Publicado originalmente en Unlocking The Bible. Traducido por Jenny Midence-Garcia.

Sobre el Autor...

​Colin Smith (MPhil, London School of Theology) es el pastor principal de The Orchard Evangelical Free Church en los suburbios del noroeste de Chicago, y es un miembro del concilio de The Gospel Coalition. Para más recursos de Colin Smith visite Unlocking the Bible. Puedes seguir a Colin en Twitter.