Vida Cristiana

Las cuatro partes de la Oración

Por: J.I. Packer
Fuente: Blog Teología para Vivir

LA ORACIÓN: LOS CRISTIANOS PRACTICAN LA COMUNIÓN CON DIOS

 Y les dijo: cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal.Lucas 11:2–4

Dios nos hizo y nos ha redimido para que tengamos comunión con Él, y eso es la oración. Dios nos habla en el contenido de la Biblia y a través de él; su Santo Espíritu lo abre para nosotros y nos lo aplica, capacitándonos para comprenderlo. Nosotros le hablamos a Dios entonces acerca de Él mismo, de nosotros y de la gente de su mundo, dándole a lo que decimos la forma de respuesta a lo que Él ha dicho. Esta forma única de conversación en ambos sentidos continúa mientras perdura la vida.

Las cuatro partes de la oración.

La Biblia enseña y ejemplifica la oración como una actividad cuádruple que han de realizar los miembros del pueblo de Dios de manera individual, tanto en privado (Mateo 6:5–8) como en mutua compañía (Hechos 1:14; 4:24). Debemos:

  1. Expresar adoración y alabanza;
  2. Debemos hacer una contrita confesión del pecado y buscar el perdón;
  3. Hemos de manifestar gratitud por los beneficios recibidos,
  4. Hemos de expresar peticiones y súplicas, tanto por nosotros como por los demás.

El Padrenuestro (Mateo 6:9–13; Lucas 11:2–4) manifiesta adoración, petición y confesión; el Salterio contiene modelos de los cuatro elementos de la oración.

Mateo 6:9–13 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.

La petición, en la cual la persona que ora reconoce con humildad su necesidad y expresa su confianza total en que Dios la atenderá, usando sus recursos soberanos de sabiduría y bondad, es la dimensión de la oración que se destaca con mayor constancia en la Biblia (por ejemplo, Génesis 18:16–33; Éxodo 32:3133:17; Esdras 9:5–15; Nehemías 1:5–11; 4:4–5, 9;6:9. 14; Daniel 9:4–19; Juan 17; Santiago 5:16–18; Mateo 7:7–11; Juan 16:23–24;Efesios 6:18–20; 1 Juan 5:14–16. La petición, junto con las otras formas de oración, debe ir dirigida de ordinario al Padre, como nos muestra el Padrenuestro, pero se puede clamar a Cristo para pedir salvación y sanidad, como en los días de su carne (Romanos 10:8–13; 2 Corintios 12:7–9), y al Espíritu Santo para pedirle gracia y paz (Apocalipsis 1:4). No es posible que sea incorrecto presentarle nuestras peticiones a Dios como uno y trino, o solicitar una bendición espiritual de cualquiera de las tres Personas, pero es prudente seguir la pauta marcada por el Nuevo Testamento.

Oración en el Nombre de Cristo Jesús.

Jesús enseña que las peticiones al Padre se han de hacer en su nombre (Juan 14:13–14; 15:16; 16:23–24). Esto significa que invocamos su mediación, como el que nos consigue el acceso al Padre, y buscamos su apoyo, como intercesor nuestro en la presencia del Padre. No obstante, sólo podemos buscar apoyo en Él cuando pedimos de acuerdo con la voluntad revelada de Dios (1 Juan 5:14) y nuestros propios motivos para pedir son correctos (Santiago 4:3).

Jesús enseña que es correcto que presionemos a Dios con fervorosa insistencia cuando le presentamos nuestras necesidades (Lucas 11:5–13; 18:1–8), y que Él va a responder una oración así de manera positiva. Sin embargo, debemos recordar que Dios, quien sabe lo que es mejor de una forma que nosotros no lo sabemos, nos puede negar nuestra petición concreta en cuanto a la forma en que se van a satisfacer las necesidades. Con todo, si lo hace, es porque tiene algo mejor que darnos, que aquello que le hemos pedido, como era el caso cuando Cristo le negaba a Pablo la sanidad con respecto al aguijón en su carne (2 Corintios 12:7–9). Decir “Hágase tu voluntad”, rindiendo la preferencia que hemos expresado a la sabiduría del Padre, tal como hizo Jesús en Getsemaní (Mateo 26:39–44) es la forma más explícita de expresar fe en la bondad de lo que Dios tiene planificado.

No hay tensión ni falta de coherencia entre la enseñanza de las Escrituras sobre la preordenación soberana de todas las cosas por Dios y la relacionada con la eficacia de la oración. Dios preordena tanto los medios como el fin, y nuestra oración ha sido preordenada como el medio a través del cual Él hace que se cumpla su soberana voluntad.

Mateo 26:39–44 Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño. Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras.

Conclusión.

Los cristianos que oran con sinceridad, con reverencia y humildad, con la sensación de que son privilegiados y con un corazón puro (es decir, purificado, penitente), encuentran dentro de sí un instinto filial puesto allí por el Espíritu que los impulsa a dirigir su oración al Padre celestial y a confiar en Él (Gálatas 4:6; Romanos 8:15), así como un anhelo de orar que supera su incertidumbre sobre los pensamientos que deben expresar (Romanos 8:26–27). La misteriosa realidad de la ayuda del Espíritu Santo en la oración sólo llega a ser conocida por los que realmente oran.[1]

Tomado de: J. I. Packer, Teologı́a Concisa: Una Guı́a a Las Creencias Del Cristianismo Histórico (Miami, FL: Editorial Unilit, 1998), 195-197.

J I Packer

Sobre el autor...

James Innell Packer, J.I. Packer(1926-), es un teologo ingles, perteneciente a la Iglesia Anglicana. Ha servido como profesor de Teologia en ‘Regent College’ en Canada. Es considerado como uno de los Teologos de mayor influencia en el siglo XX, y quizá de todos los tiempos. Realizo estudios en la Universidad de Oxford (MA, PhD). Fue profesor de Griego en el Seminario anglicano ‘Oak Hill’ en Londres, antes de ser profesor en ‘Regents’. Ha escrito decenas de libros entre los cuales se cuenta: “Una búsqueda de la piedad: La vision puritana de la vida cristiana”, “Conociendo a Dios”, “La vida en el Espíritu”, “Afirmado el credo de los Apóstoles”, entre muchos otros.

Liderazgo

LLENA TU CUERNO

Fuente: Desarrollo Cristiano Internacional

 A lo largo del texto bíblico encontramos una gran variedad de llamamientos, en diferentes situaciones, con distintas personalidades y para cometidos diversos. Por todo este panorama no es posible y tampoco deseable sistematizar exhaustivamente esta cuestión.

 A pesar de ello, y siendo consciente de ese riesgo, en el presente artículo, he seleccionado uno de estos llamamientos, concretamente el de David. De este caso singular trataremos de elaborar una serie de principios que por su nivel de generalización podrían aplicarse a un buen número de llamamientos.

 El texto bíblico que he seleccionado es el de 1 Samuel 16.1–13. En este pasaje David se nos presenta como el hijo menor de una familia de Belén; su ocupación es la de pastor de ovejas, el cual era uno de los oficios más frecuentes en aquella región. El contexto histórico es el reinado de Saúl.

 Me gustaría destacar ocho aspectos característicos de este llamamiento:

  1. Dios toma la iniciativa (16.1)

«Dijo el Señor a Samuel…» Surge una necesidad: El Señor a desechado a Saúl por una grave desobediencia. El Señor conoce la necesidad de reemplazarlo y en su sabiduría él prepara y llama. Es interesante notar la forma tan clara en la que comunica a Samuel la urgencia de un nuevo llamamiento: «Te enviaré […] porque de sus hijos me he provisto rey».

  1. Dios usa instrumentos humanos (16.1–2)

En este contexto lo vemos actuar en un doble sentido. Usa a Samuel con toda su experiencia como profeta y juez, ya que ha rechazado al actual responsable, Saúl. Y Dios va a llamar a un joven, un hijo de Isaí de Belén. Dios ha querido involucrar a hombres y mujeres para cumplir sus propósitos.

Por lo general Dios no nos llama de forma espectacular o misteriosa, lo hace como en el pasado, valiéndose de siervos probados y con experiencia en su obra. Esa es la gran responsabilidad de aquellos que sirven en la obra, como ancianos, pastores y otros líderes (2Ti 2.2). En segundo lugar, Dios sigue llamando a hombres y mujeres para que lo sirvan, ya sea de forma personal o por medio de otros.

  1. Dios se revela a través de la obediencia (16.2–4)

El llamamiento en este caso es un proceso en el que Dios se revela de manera progresiva y en el que demanda obediencia. Aunque la obediencia a Dios puede suponer correr ciertos riesgos, esta no es sinónimo de imprudencia (16.2b). Por otro lado, la obediencia a Dios puede conducirnos a situaciones incómodas, de soledad, de incomprensión (16.4).

Pero llegando a este punto tal vez te preguntes ¿qué tomamos en consideración acá, el llamamiento de David o el de Samuel? La respuesta que nos proporciona el mismo texto es clara, es el de David. Pero todo lo escrito hasta aquí expone otro punto muy importante: el hecho de que Dios usa a gente responsable ya involucrada en su obra para comunicar y afianzar un llamamiento. Este punto aparecerá todavía de forma más clara en el Nuevo Testamento. Así pues, Samuel desempeña un papel clave en el proceso del llamamiento de David y su actitud de obediencia es imprescindible, y todo ello porque la norma bíblica no es la del autonombramiento sino la del llamamiento.

  1. Dios demanda santidad (6.5)

Otro aspecto importante que nos muestra este texto es la necesidad de limpieza y santidad. Por ello todos las participantes en este proceso de llamamiento: Samuel, los ancianos de Belén e Isaí, junto con sus hijos, participan del sacrificio de santificación.

Es notable que la ceremonia de ungimiento no la llevara a cabo en secreto, aunque sí procedió con discreción; el momento histórico lo requería. Dios no nos pide perfección moral, esa sería una demanda imposible de satisfacer; pero sí busca santidad, es decir vida de arrepentimiento.

  1. Dios no sigue criterios humanos (16.6–7)

Samuel vio a Eliab y le causó una grata impresión: era el primogénito, bien parecido, fuerte, de porte adecuado, etcétera. Humanamente la cosa estaba muy clara. Pero Dios tiene que reconvenirlo y corregirlo exponiendo las diferencias de criterio entre los suyos y los de Samuel: «Jehová no mira lo que mira el hombre». Esto puede ser un motivo de reflexión. Nuestra tendencia nos lleva a valorar cualidades externas, son las más obvias, tenemos más facilidad y capacidad para ello. Pero no son las esenciales. Dios valora las cualidades internas, mira el corazón (1Cr 28.9).

  1. Dios es exigente pero a la vez paciente (16.8–11)

Aunque parecieran dos rasgos contradictorios, no lo son; es un reflejo del carácter perfecto de nuestro Dios. Esta combinación de exigencia y paciencia nos previene de la precipitación y de la fiebre por lo instantáneo. La selección fue cuidadosa hasta al extremo en que se terminaron los candidatos. Samuel, para sorpresa de los presentes, tuvo que preguntar: ¿estos son todos? Faltaba el menor, el último en quien pensar; pero Samuel, guiado por Dios, lo mandó llamar y esperó. Él, a pesar de su experiencia, era sensible a la dirección del Señor.

  1. Dios conoce a la persona a la que él escoge

David es el hombre de Dios para esta nueva etapa. Es un hombre conforme al corazón de Dios, así lo definió el Señor mismo. Nuestro Dios no es caprichoso, si él esperó el proceso de selección hasta que llegaron a David, fue porque lo conocía y sabía que, a pesar de sus debilidades, era la persona adecuada.

En este mismo orden de situaciones David no necesitó hacer nada espectacular para que Dios se fijara en él. El fue fiel en su cometido: cuidar el rebaño de ovejas que poseía su familia. Dios lo llamó de en medio del cumplimiento de sus obligaciones laborales. De seguro que en el desempeño de esta tarea se forjarían muchas de las cualidades que el mismo Señor estimó como necesarias para su futuro ministerio.

Nuestra vocación no consiste en hacer nada espectacular; más bien, como en el caso de David, debemos ser fieles en aquello que es nuestra tarea cotidiana: «cuidar del rebaño». Aunque a los ojos humanos este planteamiento no impresiona, es el que Dios ha escogido, «ser fieles en lo poco antes de recibir llamamientos a extraordinarias tareas».

  1. Dios capacita (16.13–18)

Samuel era ya mayor, Saúl había sido desechado, David estaba empezando a ser preparado por Dios. «Desde aquel día el Espíritu de Dios vino sobre David» (vv.13 y 18). Dios a quien llama capacita: la experiencia de David fue también la de Abraham, José, Moisés, y muchos más. David, luego de aquella experiencia tan importante, volvió a su tarea. Llama la atención este detalle. Dios no se precipita. Su concepto del tiempo no es el nuestro.

Siempre me ha impresionado la afirmación del apóstol Pablo a los corintios: «nuestra competencia proviene de Dios» (1Co 3.5). Si Dios nos llama podemos estar seguros de que también nos capacitará. Una de las constantes que aparece en la mayoría de los llamamientos registrados en la Palabra es el sentimiento de incapacidad que los llamados expresan; es sano, sabio y realista reconocer que resulta imposible llevar a cabo la obra sin que él nos capacite.

Se tomó de revista Andamio IV, 1996, publicación de Grupos Bíblicos Universitarios de España. Se usa con permiso.

Paternidad

5 mentiras populares sobre el discipulado familiar

Por: Matt Chandler y Adam Griffin
Fuente: Coalición por el Evangelio

El discipulado familiar es el muy importante, pero mayormente común, liderazgo espiritual de tu hogar. En pocas palabras, el discipulado familiar significa dirigir tu hogar haciendo todo lo que puedas, cada vez que puedas, para ayudar a tu familia a convertirse en amigos y seguidores de Jesús. Ciertamente, hay puntos altos y bajos en la vida que crean grandes oportunidades para que los padres señalen la fidelidad de Dios, pero la mayoría del liderazgo espiritual ocurre en las interacciones cotidianas con tu familia.

Mientras piensas en lo que el discipulado familiar es para tu familia, estos son cinco recordatorios importantes, cinco mentiras que somos tentados a abrazar, sobre lo que no es el discipulado familiar.

1. El discipulado familiar no es exploración espiritual de forma libre

El discipulado familiar es adoctrinamiento, enseñando las doctrinas y cosmovisión de Dios tal como se establecen en su Palabra, sin ceder a las opiniones contrarias del mundo o disculparse por la potencial ofensa que esa verdad pudiera ocasionar.

En una cultura que ama la idea de dejar que los niños elijan por sí mismos lo que ellos piensan que es verdad, el “adoctrinamiento” se ha convertido en una mala palabra. ¡Qué decepción tan desastrosa! No decirle a tus hijos lo que es verdad es lo opuesto al amor. Estamos ayudando a la próxima generación a transitar por un camino de vida peligroso a través de tentaciones y desinformación maliciosa.

No dejes a tus hijos a la deriva en el desierto de este mundo, mientras cruzas los dedos con la esperanza de que encuentren el estrecho camino hacia el único oasis.

2. El discipulado familiar no es usar la Palabra de Dios para salirte con las tuyas

No es usar la amenaza del descontento de Dios para hacer que tus hijos guarden silencio, se queden quietos o dejen de molestarse el uno al otro. La manipulación del comportamiento es impulsada por el miedo, pero la obediencia a Dios es impulsada por la gratitud y el amor sincero. Un niño bien portado no es lo mismo que un niño discipulado.

Mientras que la Biblia tiene mucho que decir sobre el comportamiento piadoso, y la obediencia es un aspecto importante del discipulado, la modificación del comportamiento no es nuestra meta principal. Es demasiado fácil instruir a un fariseo: un niño que conoce y sigue las reglas de Dios, pero cuyo corazón está lejos de Él. Queremos que nuestros hijos sean obedientes a Dios, no porque se sientan intimidados por Él (o por nosotros), sino porque realmente aman la obediencia y confían en el amor y cuidado de Dios por ellos. El discipulado familiar persigue un cambio sincero de corazón en los niños; una verdadera transformación cristiana.

3. El discipulado familiar no es una forma de criar a niños populares

Criar a niños que sigan a Cristo significa que estás preparando una generación dispuesta a sentirse cómoda siendo diferente y aun despreciada por una cultura que piensa que sabe qué es mejor.

Aunque el objetivo no es criar niños que sean deliberadamente irritantes para el mundo, debe ser tu absoluta esperanza tener hijos que no se aparten de lo que es verdad solo porque irrita a alguien. Lo que crees como cristiano es ofensivo para las sensibilidades modernas. Que esto se te quede grabado: si Dios en su gracia salva a tu hijo, muchos en la cultura sentirán repulsión hacia tu hijo. Por lo menos, los niños discipulados serán considerados “raros”.

La fe de tu hijo o hija no impresionará al mundo. Tus hijos serán odiados por quién es tu Dios y cómo Él es (Mr 13:13Jn 15:19). Necesitamos levantar una generación preparada para ser claramente diferentes de sus compañeros, “anormales” por su rectitud moral. En muchos sentidos, eso es lo opuesto a nuestra inclinación natural sobre cómo criar a nuestros hijos. Criar hijos que están preparados para ser odiados significa criar niños que amen a Dios sin vergüenza, incluso ante el odio y la alienación.

4. El discipulado familiar no es una estrategia para convertirse en un padre admirado

Resiste la tentación de liderar para convertirte en una madre o un padre impresionante. En cambio, imprime en tus hijos la necesidad desesperada por un Padre celestial. Tu identidad está arraigada en el hecho de que eres un hijo de Dios, no en que eres el padre de tu hijo. Esto no se trata de encontrar tu afirmación en el afecto o admiración de los demás. Esto no se trata de construir tu legado personal o de hacer versiones junior de ti mismo.

El discipulado familiar transforma a los niños en la imagen de Cristo, no en la imagen de su madre o padre. No estás diseñando a un niño para que se ajuste a un molde de perfección para conseguir la admiración humana y el orgullo de los padres. Este entrenamiento en rectitud no es una competencia o una vía para despliegues egocéntricos de superioridad familiar.

5. El discipulado familiar no siempre es el camino más atractivo

El discipulado familiar no es el camino de menor resistencia. Para los niños, la autoridad, el entrenamiento y las reglas parecen adversarios de la libertad y del placer. “Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza. Sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, después les da fruto apacible de justicia” (Heb 12:11).

El viñedo sin podar no es el que produce el mejor fruto. No discipulamos porque no trae ningún dolor. Tú discipulas porque crees que es mejor servir y obedecer al Dios que sabe lo que es mejor y quien es lo mejor.

Siempre estamos discipulando

De manera intencionada o no, todos los padres están discipulando a los pequeños a su alrededor. Los niños nos observan y escuchan mientras formamos sus impresiones del mundo, de la fe y de lo que significa ser un adulto.

Es mucho mejor tener un plan que confiar en nuestros instintos. Dado que cada padre y cada hijo es único, debemos tener un plan y una visión para el discipulado familiar adecuado para nuestra familia única.

Seamos intencionales con nuestra influencia.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Sol Acuña Flores.

Sobre los autores

Matt Chandler es el pastor encargado de enseñanza en la iglesia The Village en el área metropolitana de Dallas/Fort Worth. Es presidente de Acts 29 (Hechos 29), una organización mundial que planta iglesias. Está casado con Lauren y es padre de Audrey, Reid, y Norah.

Adam Griffin (DEdMin, Seminario Teológico Bautista del Sur) es el pastor principal de la iglesia Eastside Community Church en Texas, Estados Unidos. Previamente, él sirvió como diácono y pastor de formación espiritual en la iglesia Village Church. Adam vive en Dallas con su esposa Chelsea y sus tres hijos: Oscar, Gus y Theodore.

Vida Cristiana

¿Por qué la Biblia es tan importante para los cristianos?

Por: Pepe Mendoza

Antes de responder la pregunta, es importante señalar la diferencia entre las palabras “importante” y “necesario”. Algo es “importante” cuando es conveniente, interesante o se considera superior o influyente. Se habla, por ejemplo, de la importancia de cederle el paso a los ancianos o de la importancia de tener educación universitaria. Ambas situaciones son consideradas importantes por los beneficios que traen consigo, pero no podríamos decir que son absolutamente obligatorias.

Por el contrario, cuando señalamos que algo es “necesario”, estamos diciendo que se trata de algo esencial, indispensable, obligatorio y opuesto a lo voluntario o espontáneo. Por ejemplo, necesitas del aire para vivir; no existe un individuo que diga que el aire le es indiferente. Entonces, podríamos decir que algo es importante en relación con su valor y sus posibles resultados, mientras que algo es necesario porque es absolutamente indispensable e ineludible.

La Biblia no solo es importante, valiosa y útil para el cristiano, sino que también es absolutamente necesaria, indispensable e ineludible. Esto podría sonar extraño en tiempos en que la espiritualidad está marcada o definida por un sentimiento subjetivo y por supuestas premisas individuales autónomas marcadas por el “esto es lo que creo yo… y punto”. Hoy muchas personas se dicen cristianas y hasta muy devotas sin tener siquiera un entendimiento básico o un contacto mínimo con la Biblia. Por eso quisiéramos dejar en claro que la Biblia no solo es importante, sino que es necesaria para los cristianos.

La Biblia no solo es importante, valiosa y útil para el cristiano, sino que también es absolutamente necesaria, indispensable e ineludible

Dios se ha revelado

La fe judeocristiana afirma que el Dios Soberano se ha revelado, es decir, que Él mismo ha descubierto, manifestado y dado a conocer su persona y voluntad. ¿Por qué es necesaria la revelación de Dios mismo? Isaías responde a esta pregunta cuando afirma que los pensamientos y los caminos de Dios son superiores y diferentes a los nuestros. Desde nuestra perspectiva humana y debido a nuestra condición caída no podemos percibir a Dios y sus asuntos (Is 55:9; Ro 3:10-12). La revelación de Dios en la Biblia es importante y necesaria porque si Él no se hubiera dado a conocer, entonces no habría posibilidad alguna de que pudiéramos conocerle por nosotros mismos.

Moisés clarifica que el Señor se ha revelado en las Escrituras (otro nombre para la Biblia) para que le conozcamos, le sigamos y así podamos obedecerle (Dt 29:29). El apóstol Pablo nos dice que su predicación era el resultado de la revelación del “misterio que ha estado oculto desde los siglos y generaciones… [que] ahora ha sido manifestado a sus santos” (Col 1:26). La Biblia es importante y necesaria porque es la revelación que Dios hace de sí mismo y sin ella ¡no podrías conocer a Dios!

La Biblia transforma

La importancia y necesidad de la Biblia no queda reducida al conocimiento revelado de Dios, algo que ya es maravilloso y sublime. Además, la Biblia tiene un poder sobrenatural y transformador; ningún libro humano posee esta cualidad.

Jeremías afirma por revelación de Dios, “‘¿No es Mi palabra como fuego’, declara el Señor, ‘y como martillo que despedaza la roca?’” (Jr 23:29). Ese inmenso poder inherente transforma, alimenta y convierte tu corazón. David compuso un salmo para mostrar todos los beneficios de la Palabra de Dios: “restaura el alma… hace sabio al sencillo… alegran el corazón…alumbra los ojos…” (Sal 19:7-8). La Biblia es importante y necesaria porque es el único alimento que fortalece tu vida espiritual y es, como dice Pedro, algo que debemos anhelar: “deseen como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra, para que por ella crezcan para salvación” (1 P 2:2).

Si Dios no se hubiera dado a conocer, entonces no habría posibilidad alguna de que pudiéramos conocerle por nosotros mismos

Muchos quieren saber sinceramente qué es lo que Dios espera de ellos. Lo malo es que tienden a buscar la voluntad de Dios de forma mística y hasta un tanto esotérica, como si se esperase la llegada de una voz audible desde el cielo o alguna señal sobrenatural que muestre una luminosa flecha con la dirección para la vida. Sin embargo, el Señor ha dejado la Biblia como un medio espectacular para mostrar su voluntad, revelando lo que espera de nosotros de forma clara, abundante e ineludible.

Por ejemplo, si te preguntaras, ¿qué es lo que demanda Dios de mí? En la Biblia puedes encontrar la respuesta: “Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, Sino solo practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios?” (Mi 6:8).

La Biblia es importante y necesaria porque allí podemos encontrar luz para nuestro camino (Sal 119:105), la verdad que nos hace libres (Jn 8:31-32) y la forma de vida que le agrada a Dios y le da gloria a su nombre (Tit 3:8).

La Biblia es importante y necesaria para los cristianos porque allí se nos presentan las buenas noticias de salvación en Cristo Jesús (2 Ti 3:15). El evangelio nos anuncia primero la realidad de nuestra condición de separación de Dios, una realidad sin esperanza y con solo la muerte como destino final. Sin embargo, Dios se reveló para mostrar un plan de salvación amoroso, en donde el mismísimo Hijo de Dios vino para rescatarnos y liberarnos de nuestra condición mortal por su sola y absoluta gracia. Ahora en Él somos nuevas criaturas y tenemos esperanza porque esperamos su retorno anunciado con precisión en la Biblia.

¿Podrá un cristiano tener una relación distante y superficial con la Biblia? Por lo que hemos visto ahora, podemos decir como Pablo, ¡de ninguna manera!

Nota: Este artículo fue publicado primero en Coalición por el Evangelio: https://tinyurl.com/2nahedzw

José “Pepe” Mendoza es el Asesor Editorial en Coalición por el Evangelio. Sirvió como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú. Es profesor en el Instituto Integridad & Sabiduría, colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary, y también trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana.

Puedes encontrar a José «Pepe» Mendoza en:

 

Paternidad

¡Ayuda! A mis hijos no les gusta la iglesia

Por: Megan Hill
Fuente: Coalición por el Evangelio

Para las familias con niños, los domingos por la mañana pueden ser un teatro para el drama espiritual. Ya sea que tengas niños pequeños que gritan porque sus zapatos de la iglesia le aprietan o adolescentes que salen 15 minutos tarde con toda su calma, no es fácil llegar a la iglesia. La lucha no se detiene necesariamente una vez que estás en el carro. Los niños a menudo se quejan de sus clases de escuela dominical, se quejan del tiempo de koinonía, balbucean los himnos y están intranquilos durante el sermón. Sus objeciones son muchas y las expresan con franqueza: muy largo, muy silencioso, muy incómodo, muy aburrido. A veces, a nuestros hijos simplemente no les gusta ir a la iglesia.

Como adulta que fue criada en la iglesia y que ahora es madre de un niño pequeño y un adolescente (más dos niños en el medio), estoy muy familiarizada con estos obstáculos. Sin embargo, estoy convencida de que vale la pena superarlos.

Cuando nuestros hijos se resisten a la iglesia, nuestra primera inclinación puede ser escapar del incómodo ritual semanal. Todos conocemos a padres que han exigido que su iglesia modifique la adoración para adaptarla a sus hijos o que comienzan a buscar otra iglesia, una con un horario o estilo que entienden será más atractiva. O simplemente dejan de ir por completo. Quizás hayas tenido la tentación de hacer lo mismo (no me refiero a personas impedidas de asistir debido a restricciones o preocupaciones por la COVID-19).

Una de las principales responsabilidades de los padres es capacitar a nuestros hijos para que sean adoradores. Llevar a nuestros hijos a la iglesia, les guste o no, es un acto esencial de discipulado. La iglesia local puede no parecer emocionante, pero cuando los miembros del pueblo de Dios adoran juntos en espíritu y en verdad, estamos obedeciendo al Padre y tenemos comunión con Cristo (Jn 4:23-26). Cuando los padres se comprometen a ser fieles semanalmente en las iglesias que proclaman el evangelio, les enseñamos a nuestros hijos que no hay nada más importante para sus almas.

Entonces, cuando tus niños pequeños o adolescentes no quieran ir a la iglesia, ora pidiendo la ayuda del Espíritu Santo. Después involucra sus corazones de cinco maneras.

1. Reconoce las experiencias de los niños

La iglesia no siempre es fácil para los niños y está bien reconocerlo. Si son adolescentes, la iglesia puede parecer aburrida o restrictiva (¡tengo que quedarme quieto! ¡Tengo que estar callado y escuchar!); si son jóvenes, aún puede parecerles aburrida o restrictiva (¡se parece demasiado a la escuela! ¡Preferiría estar haciendo otra cosa!). Podemos escuchar las experiencias de nuestros hijos e incluso mostrar empatía. La iglesia local, una reunión sin pretensiones de gente común involucrada en prácticas predecibles, tampoco es siempre fácil para los adultos. Podemos confesar que a veces nos sentimos igual que ellos.

2. Elimina los obstáculos prácticos

Habiendo escuchado las inquietudes de nuestros hijos, podemos evaluar los problemas subyacentes. A veces, a nuestros hijos no les gusta la iglesia por razones que no son necesariamente espirituales y, en su mayoría, se pueden arreglar. También podemos ser comprensivos aquí. Como adulto, es probable que hayas descubierto algunas estrategias prácticas (café, zapatos cómodos, almuerzos hechos en ollas eléctricas de cocción lenta) que te ayudarán a participar los domingos o, al menos, evitarán que te desconectes. Podemos ayudar a nuestros hijos a hacer lo mismo.

Los niños pequeños, por ejemplo, pueden poner resistencia a tener que sentarse en el culto porque les da hambre a las 11 am. Darles un bocadillo antes del culto demuestra tu preocupación por sus cuerpos y calma sus estómagos quejumbrosos. De igual manera, los bolígrafos y el papel para tomar notas de los sermones pueden darle algo que hacer a las manos inquietas y las mentes distraídas. Usar ropa cómoda de iglesia puede evitar la inevitable picazón y la inquietud provocada por las etiquetas y las corbatas.

Los niños mayores y los adolescentes pueden tropezar con otros obstáculos: cansancio, timidez, miedo a perderse algo. Los padres pueden ayudarlos. Establecer una hora razonable para ir a la cama el sábado por la noche hará que el despertador del domingo por la mañana sea menos discordante. Llegar temprano a la iglesia evitará que un público vergonzoso camine por el pasillo hacia los únicos asientos vacíos. Establecer hábitos familiares claros, consistentes y alegres para los domingos ayudará a aliviar el dolor de las actividades perdidas.

3. Enseña a los niños que la iglesia es buena

Por supuesto, no podemos eliminar todas las dificultades. Las personas específicas que componen nuestra iglesia, los elementos de nuestra adoración colectiva e incluso el objeto divino de nuestra adoración pueden ser obstáculos para nuestros hijos, pero son obstáculos que no podemos cambiar simplemente para adaptarlos a ellos.

Aquí es donde hacemos exactamente lo que siempre hemos hecho como padres: instruimos con amor a nuestros hijos. Cuando los niños pequeños exigen helado y dulces para la cena, les decimos que el pollo y el brócoli son mucho mejores para sus cuerpos, e insistimos en que los coman con regularidad. Cuando se trata de la iglesia, a nuestros niños tampoco les gusta siempre lo bueno. Nuestro trabajo es instruirlos.

Primero, damos el ejemplo con nuestras propias acciones y actitudes. Los niños deben escuchar a sus padres orar por la iglesia: dar gracias por los ancianos, pedirle a Dios que bendiga la adoración e interceder por las necesidades de los miembros de la iglesia. Los viernes y sábados, debemos comenzar a prepararnos para el domingo con una actitud de gozosa anticipación. Los domingos por la tarde, podemos hablar sobre cómo el sermón de la mañana nos convenció de pecado y nos ayudó a amar más a Cristo. Nuestro propio amor genuino por la iglesia es un testimonio convincente para nuestros hijos.

Por encima de eso, debemos ayudar a nuestros hijos a entender la adoración. A lo largo de la semana o a través de susurros en las sillas, les explicamos que la adoración es nuestra oportunidad de escuchar a Dios hablarnos (cuando se lee y predica la Biblia) y de hablar con Dios (en oración y canción). También les decimos por qué hacemos estas cosas. Independientemente de lo que pueda suponer un niño de 4 o 14 años, la adoración en la iglesia no es algo que la gente haya inventado. Dios nos manda a reunirnos para adorar (He 10:24-25), cantar alabanzas juntos (Col 3:16), escuchar la predicación (1 Ts 2:13), orar juntos (Ef 6:18) y dar generosamente (2 Co 9:7).

Luego aprovechamos cada oportunidad para mostrarles a partir de las Escrituras que pertenecer a la iglesia es esencial para los creyentes. Cuando enseñamos historias bíblicas a los pequeños, destacamos el hecho de que Adán, Noé y Abraham adoraron con el resto del pueblo de Dios. Reunirse para adorar es simplemente lo que hacen los seguidores de Dios. A los niños mayores les enseñamos que las epístolas del Nuevo Testamento no fueron escritas principalmente para individuos sino para iglesias del primer siglo. Esos versículos que frecuentemente memorizamos con mandatos de orar (1 Ts 5:17) o buscar la santidad (1 P 1:15) son en realidad tareas que toda la iglesia debe hacer junta. A los adolescentes les recordamos que su futuro principal no está en formar parte del equipo de baloncesto o entrar en esa universidad de élite; su futuro principal es como adorador en la iglesia celestial (Ap 7:9).

Meditar en estas verdades puede impulsar a toda la familia a amar a la iglesia que Dios ama, aún cuando es difícil quedarse quieto.

4. Afirma el valor de los niños en el reino de Dios

A veces a los niños no les gusta la iglesia porque sienten que no pertenecen. Asumen que el sermón no está dirigido a ellos, que nadie en la iglesia se preocupa por ellos y que los domingos por la mañana simplemente están calentando asientos. Los padres debemos contrarrestar intencional y regularmente estas suposiciones falsas afirmando el valor del reino para los niños.

El mismo Cristo que dio la bienvenida a los niños en sus brazos y su reino les da la bienvenida a nuestros hijos en su iglesia hoy (Mt 19:13-15). Las congregaciones del Antiguo Testamento (por ejemplo, Esd 10:1) y las iglesias del Nuevo Testamento (por ejemplo, Col 3:20) incluían niños, por lo que las palabras de la Biblia, ya sea que se lean o se prediquen, están destinadas a los niños. Sus oraciones son armas espirituales (Sal 8:2), sus alabanzas son adoración importante (Mt 21:9-1115-16), y su ejemplo piadoso anima a toda la congregación en santidad (1 Ti 4:12). Lejos de ser un elemento secundario de la iglesia local, los niños son vitales.

5. Invita a los niños a participar

Finalmente, invitamos a nuestros hijos a colaborar. No les pedimos que amen a la iglesia de manera abstracta; les pedimos que amen a su propia iglesia de manera concreta. A su vez, estos actos de amor obediente son herramientas que el Espíritu usa para unir a nuestros hijos con la iglesia y cultivar sentimientos de amor en sus corazones.

Los llamamos a estar presentes en la adoración, a escuchar activamente la Palabra y a cantar con entusiasmo sin importar cuán desafinadas sean sus voces.

También los llamamos a servir. Aún los niños más pequeños pueden acompañarnos cuando visitamos a las viudas de la iglesia. Los niños pueden orar por los creyentes perseguidos en todo el mundo y por los incrédulos de su propia comunidad. Pueden dar monedas de sus alcancías para apoyar el ministerio del evangelio. Pueden limpiar las mesas, trapear los pisos y recoger la basura. Pueden sonreír y hacer amigos. Con nuestro apoyo y ánimo, nuestros niños pueden usar sus dones para el beneficio del cuerpo de Cristo.

Me gustaría poder decir que estas cinco prácticas tendrán un efecto inmediato en la vida de hijos reacios. Podrían. Pero, de nuevo, es posible que no. Por eso buscamos la ayuda del Espíritu Santo y perseveramos. A nuestros hijos puede que no les guste la iglesia este domingo, el próximo domingo o dentro de cinco años. Pero enseñarles a amar “la iglesia de Dios, la cual Él compró con Su propia sangre” (Hch 20:28) vale cada sacrificio que hagamos.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.

Sobre la autora...

Megan Hill es esposa de pastor, vive en Massachussets. Es editora para The Gospel Coalition y autora de tres libros: Praying Together: The Priority and Privilege of Prayer: In Our Homes, Communities, and Churches [Orando juntos: La prioridad y el privilegio de la oración: en nuestros hogares, comunidades, e iglesias] (Crossway/TGC, 2016), Contentment: Seeing God’s Goodness [Contentamiento: Viendo la bondad de Dios] (P&R, 2018) y A Place to Belong: Learning to Love the Local Church [Un lugar al que pertenecer: Aprendiendo a amar la iglesia local] (Crossway, May 2020).

Edificación de la Iglesia

¿SOMOS LIBRES, SEÁMOSLO SIEMPRE?

Por: Francisco Vergara

En el Perú se celebra la independencia el 28 de julio. Este significativo momento ocurrió hace 200 años. Para conmemorar la independencia se realizó un concurso público para establecer el Himno Nacional del Perú (llamado originalmente Marcha Nacional del Perú), el mismo que fue estrenado el 23 de setiembre de 1821. La letra es de José de la Torre Ugarte y la música fue compuesta por José Bernardo Alcedo. La primera intérprete fue Rosa Merino en la fecha indicada. Durante algunos años, desde 1840, se introdujo una estrofa apócrifa y anónima, que se entonaba como primera, aludiendo al sufrimiento silencioso de los peruanos. Al descubrirse su carácter apócrifo se discutió y, después de muchas idas y venidas en 2005, el Tribunal Constitucional establece que la estrofa espuria, aunque tal, debe continuar considerándose como símbolo patrio. Recién a partir del año 2009 se decidió que en las ceremonias oficiales debe entonarse el coro y la última estrofa, que a continuación mencionamos:

Coro: Somos libres, seámoslo siempre, / seámoslo siempre / y antes niegue sus luces, / sus luces, sus luces el Sol / que faltemos al voto solemne / que la Patria al Eterno elevó / que faltemos al voto solemne / que la Patria al Eterno elevó / que faltemos al voto solemne / que la Patria al Eterno elevó.

Estrofa VI: En su cima los andes sostengan / la bandera o pendón bicolor / que a los siglos anuncie el esfuerzo / que ser libres, que ser libres, / que ser libres por siempre nos dio / a su sombra vivamos tranquilos / y al nacer por sus cumbres el sol / renovemos el gran juramento / que rendimos, que rendimos, / que rendimos al Dios de Jacob, / que rendimos al Dios de Jacob, / al Dios de Jacob.

Como se aprecia, tanto el coro como la sexta estrofa, hacen una referencia al Dios Eterno, al Dios de Jacob. Eso, sin duda, alude a la experiencia cultural de un país dominado por la religiosidad, algo que nos acompaña hasta nuestros días. Pero, podemos cantar sin ruborizarnos: Somos libres, seámoslo siempre. Nuestra pregunta no es política, como podría suponerse dado el contexto de cambio de gobierno en el que estamos inmersos, con las controversias propias de una situación como ella.

¿Somos libres, seámoslo siempre? Aunque la letra del himno nacional del Perú es entonada con mucho fervor y sentimiento patriótico en las ceremonias oficiales, y aunque al terminar de entonarse se grite con mucha fuerza también: ¡Viva el Perú!, como cristianos nos podemos preguntar con total legitimidad: ¿Somos libres?, ¿de qué somos libres? El himno alude solamente a una realidad política: la independencia de España; pero hay otra dependencia o esclavitud mucho más sutil, pero igualmente real y nociva para la vida social, en comunidad, la esclavitud del pecado.

La única salida para esa dependencia es venir a Cristo: Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres (Jn. 8:36). El contexto de esa afirmación es un diálogo entre el Señor Jesús y los judíos que le seguían. Al parecer querían desconocer su historia: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie (Jn. 8:33). Ellos habían estado bajo el yugo egipcio más de 400 años, luego de manera intermitente y sucesiva fueron dominados por una serie de potencias mundiales que emergieron, y en ese mismo instante estaban bajo el yugo del poder romano. ¿Cómo podían decir que no habían sido esclavos de nadie?

No obstante, la intervención del Señor apuntaba en otra dirección: Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Jn. 8:32). No se trataba de consideraciones políticas, que pueden ser superadas mediante procesos sociales. Se trata de una esclavitud o dependencia espiritual, que es muy grave, porque la mayoría de las veces no se acepta fácilmente (Jn. 8:34). Esta realidad espiritual solo puede ser superada por procesos espirituales. Vivimos una ficción, una ilusión, de ser libres cuando en realidad vivimos en esclavitud de nuestros deseos pecaminosos o de los pecados consuetudinarios. Salir de esa condición y llegar a ser hijos de Dios requiere una intervención del Espíritu de Dios, que nos convenza de pecado, de justicia y de juicio; y nos haga venir a Cristo en arrepentimiento y fe.

La verdad, según la Biblia, no la encontramos en una proposición racional, lógica, inteligente, coherente; se puede (y debe) expresar en esos términos, pero está referida a una persona concreta: Jesucristo. Fue Él quien dijo: Yo soy la verdad (Jn. 14:6). No es solamente que transmite o comunica la verdad, Él mismo personifica la verdad. Si queremos ser verdaderamente libres debemos venir a Cristo.

Pablo dice en Ro. 6:16-18:

16 ¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? 17 Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; 18 y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.

De modo que ahora en Cristo somos siervos de la justicia que es en Él, por la libertad de la esclavitud del pecado. Luego de experimentar esa libertad en Cristo podremos cantar con verdadera convicción: Somos libres, seámoslo siempre. Dios bendiga a nuestra patria y que los cristianos seamos de bendición para nuestros coterráneos y todos aquellos que se albergan en esta tierra.

Vida Cristiana

Oremos por Cuba: 5 motivos para clamar ante nuestro Dios

Por: JOSUÉ BARRIOS
Fuente: Coalición por el Evangelio

Cuba atraviesa una situación delicada a medida que se realizan una serie de protestas contra el gobierno. Mientras las últimas protestas masivas anteriores ocurrieron en agosto de 1994 y se concentraron en el malecón de La Habana, estas nuevas manifestaciones están abarcando toda la isla y resultan ser las más grandes en los últimos 60 años.

La hora es crucial para la nación y la incertidumbre parece reinar, pero como Iglesia creemos en un Dios que es soberano sobre todo y al mismo tiempo es pronto para escuchar nuestro clamor.

Sin importar dónde te encuentres, aquí hay cinco oraciones por Cuba que podemos elevar hoy por el país y la iglesia:

  • Oramos para que Dios tenga misericordia de la Isla y preserve las vidas humanas, en medio de una gran tensión que podría convertirse en un enfrentamiento entre cubanos con un mayor número de muertes (1 Ti 2:1).
  • Oramos para que los gobernantes sean responsables, sabios y justos ante las demandas y el clamor del pueblo (Pr 29:2).
  • Oramos por la economía en el país, que desde el comienzo de la pandemia se ha deprimido más aún, elevando el costo de la vida. Esto afecta la distribución de alimentos, medicinas y servicios (tales como la luz y el agua) en la isla (1 Ti. 6:8).
  • Oramos para que la iglesia pueda ser luz en este tiempo y conducirse con sabiduría, firme en sus convicciones bíblicas, reflejando un Reino que no es de este mundo, y que pueda llevar a otros la esperanza del evangelio (Mt 5:14-161 P. 2:9).
  • Oramos para que el Señor guarde la integridad física y espiritual de Su pueblo y sus pastores, mientras nuestros hermanos creyentes esperan en Él. Que tanto la iglesia como el resto del país puedan gozar de mayor paz en este lado de la eternidad (1 Ti. 2:2).

Nuestro Dios es “Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Ef 3:20). Acompáñanos a orar por Cuba.

Sobre el autor...

Josué Barrios sirve como Coordinador Editorial en Coalición por el Evangelio. Posee una licenciatura en periodismo y cursa una maestría en el Southern Baptist Theological Seminary. Vive con su esposa Arianny en Córdoba, Argentina, y sirve en la Iglesia Bíblica Bautista Crecer, donde realiza una pasantía ministerial. Puedes leerlo en josuebarrios.com y seguirlo en InstagramTwitter y Facebook.

Matrimonio

La sumisión comienza en casa

Fuente: Desarrollo Cristiano Internacional

En la vida matrimonial, si cada cónyuge obedece las Escrituras, cultivando una relación de mutua sumisión y de servicio recíproco, refrenará la corriente de matrimonios marchitos o rotos. De este modo los esposos y las esposas irán aprendiendo a compartir juntos las responsabilidades del liderazgo en sus hogares. Resulta inevitable que surja la pregunta de cómo resolver las situaciones sin salida que se dan en la toma de decisiones cuando las opiniones difieren.

La práctica constante de depositar sobre el varón la responsabilidad de pronunciar la última palabra es la solución que menos honra a Dios. Esta coloca una carga poco realista sobre el marido para que tome siempre la decisión correcta y en la esposa fomenta una mentalidad de escape, quien, entonces, o se resigna a la posición de derrota permanente o se vuelve una manipuladora del macho que maneja el poder.

A continuación presento algunas sugerencias alternativas para resolver decisiones conflictivas de manera honrada y práctica.

  1. Cédanse el lugar el uno al otro, denle la ventaja a la otra persona, esfuércense por agradarla, opten por lo que la otra prefiere. Esto es lo que significa ser siervo y someterse mutuamente (Fil 2.3–4). Si los mandatos de someterse (Ef 5.21) y de ser siervos unos de otros (Gá 5.13) no se aplican, ante todo, al sometimiento de uno mismo a la persona que está más cerca, sea esposa o esposo, ¿a quién más deberán aplicarse? Al igual que la caridad, el sometimiento comienza en casa.
  2. Repártanse las responsabilidades con base en las capacidades, la experiencia y la habilidad de cada uno. Las áreas de servicio pueden acordarse de antemano para que cada cónyuge sea responsable de presentar decisiones finales en las áreas específicas en las que muestra capacidad.
  3. Permítanse concesiones. Busquen el término medio porque es un procedimiento con base bíblica (Lc 14.31–32; Hch 6.1–6; 15.37–40).
  4. Definan los principios bíblicos que se relacionan con el tema en discusión y tomen sus decisiones sobre la base de una evaluación.
  5. Pidan juntos la dirección de Dios y espérenla. Pospongan la decisión para beneficiarse de la perspectiva que les da el tiempo, porque Dios usa tanto la oración como el tiempo para resolver diferencias y conflictos.
  6. Manténganse a la expectativa de la dirección que Dios les proveerá mediante las circunstancias. La historia tiene sus maneras.
  7. Cuando una decisión afecte a un cónyuge más que a otro, pesará más la opinión de aquel a quien más le concierne la decisión. Esto es lo que significa la vida en comunidad. Por ejemplo, un esposo quiere tener más hijos porque le gustan los niños, pero su esposa sabe que está balanceándose al borde de una crisis nerviosa debido al peso que para ella representa su hogar. La voz de ella debe ser la que determine esta decisión, a menos que, por supuesto, él esté dispuesto a quedarse en casa y criar a sus hijos.
  8. Lleven a cabo juntos proyectos de investigación sobre el tema que propició el conflicto. Lean, vayan a conferencias, tomen cursos para edificar la base de una buena decisión (Ef 5.17; Stg 1.5–6). Por ejemplo, el uso del castigo físico con los hijos es un tema delicado que puede convertirse en una fuente de graves conflictos en las parejas jóvenes. En vez de actuar por impulsos emocionales o canfiando en socializaciones del pasado, la pareja deberá investigar ambas caras del tema y llegar a un consenso.
  9. Decidan remitir la cuestión a una tercera persona que sea confiable y objetiva, luego de acordar que ambos se sujetarán a lo que ella determine (1Co 6.5).
  10. Ejecuten un cambio de roles. Ambos cónyuges pueden por turno articular su posición respectiva de la manera más clara posible. Luego ocupen el rol del otro cónyuge por un período de tiempo para identificarse con su manera de pensar. La empatía que genera este intercambio por lo general provee una salida.

Bajo la dirección del Espíritu Santo, también pueden encontrarse otros métodos creativos para resolver las diferencias sin recurrir a la horrible práctica pagana en la que un cónyuge ejerce control sobre el otro. Según el principio de «una sola persona», cuanto más dominante sea uno con su cónyuge, más daña su matrimonio y empobrece su propia vida. A la inversa, según el mismo principio de «una sola persona», cuanto más uno afirma y edifica a su cónyuge y estimula su crecimiento independiente, más aporta a su matrimonio y enriquece su propia vida, sin mencionar la simple obediencia a Dios, quien desea que ninguno de sus hijos caiga bajo el yugo de la esclavitud (Ef 5.28).

Las palabras del apóstol Pablo resuenan hoy día con un realismo convincente: «Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por tanto, manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yudo de la esclavitud» (Gá 5.1).

Cada generación de cristianos debe examinar sus creencias y sus prácticas bajo el microscopio de las Escrituras, tanto para indetificar aquellos desechos del mundo que con tanta facilidad nos acosan, como para purificarse de ellos y proteger con mucho celo la libertad adquirida a tan alto costo para nosotros —tanto hombres como mujeres— en la cruz del Calvario.

 

Preguntas para estudiar el texto en grupo

  1. Según el autor, ¿cuál es la mejor manera de frenar la corriente de matrimonios marchitos y rotos? ¿De qué manera consigue usted y su cónyuge florecer su propio matrimonio?
  2. ¿Cuáles de las sugerencias del autor para resolver conflictos le parecen más factibles de aplicar en su matrimonio?, ¿cuáles le gustaría implementar con su cónyuge?
  3. ¿Qué otros métodos creativos sugeriría usted aplicar para solucionar diferencias de opinión?
  4. ¿En qué se fundamenta el autor para afirmar que la práctica en la que un cónyuge ejerce control sobre el otro es horrible y pagana? ¿Qué consecuencias sufren los matrimonios que la aplican?

Se tomó y adaptó de El lugar de la mujer en la iglesia y la familia, lo que la Biblia dice, 1985, segunda edición, Nueva Creación. Se publica con permiso del autor.

El autor, nacido y criado en Francia, se doctoró en estudios bíblicos por la Universidad de Boston, por siete años se integró a un programa de posdoctorado en la Sorbona de París bajo la mentoría del profesor Oscar Cullmann. Es autor de varios libros e innumerables artículos. Fue líder fundador de Willow Creek Community Church, una iglesia cerca de Chicago. Está casado con María. Tienen cuatro hijos adultos y dos nietos.

Vida Cristiana

No lo olvides, el evangelio es (aún) para cristianos

Por: Mitch Chase
Fuente: Coalición por el Evangelio

Los no cristianos que llegan a creer en el evangelio se convierten en santos que siguen creyendo en el evangelio. Este evangelio, o “buenas nuevas”, se trata de lo que Dios ha hecho por nosotros en Jesús.

Las buenas nuevas acerca de la persona y la obra de Cristo eran el plan de Dios desde antes que Él fundara la Tierra. En la sabiduría eterna y los decretos de la Trinidad, el Hijo entraría en el mundo de las criaturas de Dios de tal manera que uniera la verdadera humanidad a la verdadera divinidad. La encarnación no era el plan B.

El plan de redención previo a la creación revela cuán profundas son las raíces del amor de Dios para su pueblo. Los creyentes están seguros en el amor de Dios porque su amor no es algo que haya tenido un comienzo. Antes de que fuéramos, su amor ya era.

Cristo y Señor

La buena noticia es que la Palabra/Amor/Gracia/Sabiduría de Dios se hizo carne y habitó entre las personas. Jesús es el Cristo prometido o el Hijo de David (ver 2 S. 7:12-13; Mt. 1:1-17). La creación caída puso los ojos en el gobernante y redentor que traería shalom y renovación, y aún ahora este mundo gime para que todas las cosas sean hechas nuevas.

Los creyentes son seguidores del que aplasta la serpiente (Gn. 3:15). Son súbditos del Rey que vino, vivió, sufrió, murió, resucitó, y ascendió por ellos. Jesús es el Cristo porque es el gobernante prometido que será entronizado para siempre, conquistando a sus enemigos y reivindicando a su pueblo. Y Jesús es también Señor porque su reinado lo abarca todo, con total autoridad en el cielo y en la tierra que le pertenece. Así que los cristianos proclaman que Jesús es el Cristo y que Cristo es el Señor de todos.

El camino del discípulo es trazado bajo el reinado del soberano Jesús. Necesitamos el evangelio porque vuelve nuestra mirada hacia el reino interminable del Ungido de Dios. El evangelio nos ayuda a ver por qué los ídolos no pueden salvarnos. El reinado de Jesús,  ya inaugurado pero todavía no consumado, es un fundamento firme en un mundo que construye sobre la arena.

El Abogado que necesitamos

Los cristianos son aquellos que confiesan la verdad acerca de Jesús, buscan seguir los mandamientos de Jesús, y aman al pueblo de Jesús (ver toda la carta de 1 Juan). Pero, ¿quién de nosotros es un seguidor perfecto? Somos discípulos imperfectos, y esos son los únicos discípulos que siguen a Jesús de todos modos. El evangelio nos recuerda que Jesús cumplió la promesa de un nuevo pacto contenida en el Antiguo Testamento (Jer. 31:31 -34; Lc. 22:20). Debido a que su vida sin pecado y su muerte como pecador selló un nuevo pacto para pecadores como nosotros, nuestros fracasos y pecados no anulan nuestra posición para con Dios, ni disminuyen su amor por nosotros.

A través de la fe en Jesús, estamos unidos a Él. En nuestra unión con Él, Él es nuestro Abogado. En Cristo, hay perdón y purificación. Renovación y fuerza. Súplica y seguridad. Somos santos que luchan, pero Jesús es nuestro amigo que nunca falla y que nos lleva al Padre por los méritos de su vida obediente. Podemos ir confiadamente ante el trono de la gracia porque nuestro Salvador se sienta confiadamente a la diestra de Dios.

Creciendo dentro de una vida en el evangelio

Pablo no quería que los colosenses se apartaran de la esperanza del evangelio (Col. 1:23), quería que los gálatas anduvieran por el Espíritu que había comenzado una obra de salvación en ellos (Gá. 3:1-3; 5:16-26), y había predicado a los corintios las buenas nuevas “en el cual también están firmes” (1 Co. 15:1-2). Para Pablo, los cristianos nunca dejan atrás el evangelio para algo más grande, mejor, o más profundo. El evangelio es el poder de Dios para salvar, santificar, perdonar, y preservar. El evangelio es una noticia anclada en el consejo eterno de Dios. Este es un mensaje con profundidad, dimensión, y grandeza que no podemos comprender. El evangelio nunca nos queda pequeño; simplemente crecemos en nuestra comprensión del mismo.

Nuestro peregrinaje como cristianos es por un camino de gracia. La obra expiatoria de Jesús en la cruz asegura no solo que la pena del pecado ha sido pagada, sino también que el poder del pecado ha sido derrotado. Podemos caminar en la luz y por el Espíritu. Jesús, el Rey salvador, ha venido a libertarnos. El corazón del cristiano se ha arrepentido, se sigue arrepintiendo, ha creído, y sigue creyendo. La vida cristiana es una vida centrada en el evangelio (Gá. 2:20; Fil. 1:21). Jesús tomó su cruz hasta la muerte y después vino la resurrección y gloria. Ahora Jesús nos llama a tomar nuestra cruz diariamente (Lc. 9:23) para que podamos seguirlo con fe y hacia la gloria (Mt. 25:34; 2 Co. 4:17-18).

Un futuro lleno de buenas noticias

Si eres seguidor de Cristo, me pregunto qué ves en tu futuro. ¿Ves, con ojos de fe, a Dios obrando todas las cosas para tu bien y conformándote a la imagen de su Hijo amado (Ro. 8:28-30)? ¿Percibes, como a través de un espejo velado, que tus sufrimientos actuales darán paso a una gloria venidera que es incomparable y duradera (Ro. 8:18-25)? Estas esperanzas son buenas nuevas y por lo tanto evangelio, porque el evangelio no es solo lo que Jesús ha hecho, sino lo que hará.

La vida del verdadero discípulo se está desarrollando, día a día, en el amor de Dios. Y debido a que nuestra unión con Cristo nunca será cortada (Ro. 8:31-39), nuestro futuro está lleno de buenas nuevas las cuales son eternas. El nuevo pacto es para siempre, y así el evangelio es para siempre. Jesús es el Rey redentor quien compró de las naciones un pueblo para sí mismo por medio de su sangre (Ap. 5:9-10). La gracia divina que nos persiguió ahora nos mantendrá firmes, y el Cristo del evangelio satisfará nuestros corazones con el pan vivo y el agua viva que solo Él puede dar.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Jenny Midence García.

Sobre el autor...

Biblia y Teología

MISIÓN Y APOCALIPSIS

Por: Ana Ávila
Fuente: Desarrollo Cristiano Internacional

Es común asegurar que la Biblia es un libro misionero, la revelación de un Dios misionero. Por eso esperaríamos de manera muy especial que el último libro del canon sea también un libro misionero. Pero la lectura cuidadosa de Apocalipsis bajo una lupa misionera nos desconcierta mucho. ¿Dónde están la Gran Comisión y la tarea evangelizadora aquí? ¿Se puede realmente encontrar un enfoque misionero en este libro? A primera vista resulta difícil afirmar que sí. Entonces, ¿tendríamos que decir que la Biblia termina con un libro que no es misionero? ¿O tendríamos que enfocar de otra manera lo que entendemos por «misionero»?1

                                  

En este artículo intentaremos analizar este tema por medio de un estudio de los términos propios del lenguaje misionero y, en artículos posteriores, por medio de los principales temas del Apocalipsis que parecieran constituir su visión de la misión.

 

Misión como envío

En Apocalipsis nunca se usa la palabra «envío» para referirse a la misión de los cristianos. En tres pasajes alude a Jesús, quien envía a su ángel para dar la revelación a los fieles (1.1 y 22.6 con [p. 352] apostéllo; 22.16 con pémpo). Según 5.6 (con apostéllo) y 11.10 (con pémpo), Dios envía al espíritu de vida por toda la tierra. En 1.11 se le manda a Juan enviar (pémpson) su libro a las siete iglesias y, en 14.15 y 18, se les manda a los ángeles meter (pémpson) su hoz para la cosecha. Ni poreúomai («ir») ni matheteúo («hacer discípulos»), que se encuentran en Mateo 28.19, aparecen en el Apocalipsis.

 

En realidad, el concepto del «envío» de la iglesia brilla por su ausencia en el último libro del canon. Nada señala claramente un llamado de los fieles a evangelizar a los incrédulos (la posible excepción de 11.3–13 se analizará bajo «Misión como testimonio»). En los mensajes a las siete congregaciones, a ninguna se le felicita por haber evangelizado con éxito, ni se le culpa por no haberlo hecho. En el contexto de la aparente ausencia general de lo que se suele considerar como el «mensaje misionero» en Apocalipsis, la ausencia del tema en los dos capítulos más específicamente pastorales no deja de sorprendernos.2

 

Misión como anuncio de buenas nuevas

Este tema también nos depara algunas sorpresas. El verbo euvaggelízo se usa solo dos veces en todo el libro (10.7; 14.6). En 10.7 el ángel fuerte se refiere al «misterio de Dios» que Dios «evangelizó» («anunció») a los profetas y que ahora va a consumarse con la séptima trompeta; en 14.6 el sujeto del verbo es un ángel que «evangeliza» («predica») el evangelio eterno a toda [p. 353] nación.3 En ambos casos, se trata de un mensaje de juicio a partir de la creación más que de la «buena nueva» de salvación a partir de la muerte de Cristo, y el verbo se traduce comúnmente «anunciar» o «predicar». De manera similar, el verbo kerússo aparece una sola vez (5.2) y se aplica también a un ángel, cuya pregunta retórica no se relaciona en nada con la proclamación del evangelio.4 Aunque el verbo sózo (salvar) y el sustantivo sóter (salvador) no aparecen en el libro, sotería (salvación) se encuentra tres veces en himnos de alabanza por la redención (7.10, por los mártires; 12.10 y 19.1, por «una gran voz del cielo»). Tampoco aparece en el libro ningún verbo que signifique «creer» (pisteúopeítho, etc.): en las cuatro veces que aparece pístis (2.13, 19; 13.10; 14.12) el énfasis cae en la fidelidad y no en el acto de fe, de creer. El perdón de los pecados y la justificación por la fe no parecen ser tan centrales aquí como en las cartas paulinas.5 No se encuentran referencias en Apocalipsis que apunten específicamente a una tarea evangelizadora de la iglesia.

Aunque desde esta perspectiva casi nada se refiere explícitamente a la evangelización, puede aparecer información implícita o bajo otra terminología. Aquí nos interesa averiguar dos asuntos: (1) ¿qué pasajes podrían referirse a la labor evangelizadora sin usar el lenguaje clásico del tema?, y (2) en términos más [p. 354] generales, ¿cómo entiende Apocalipsis «la buena nueva», es decir, cuál es el «evangelio» del último libro de la Biblia?

 

Pasajes que podrían referirse a la evangelización

Tres pasajes podrían relacionarse con la proclamación del evangelio a cargo de la iglesia: 11.3–13 (lo analizaremos, en un futuro artículo, bajo «Misión como testimonio»); 3.8 (la «puerta abierta» de la carta a la congregación de Filadelfia), y 6.1–2 (la figura del caballo blanco y su jinete).

 

El mensaje de la carta a Filadelfia se construye alrededor del símbolo de la puerta. Cristo lleva las llaves de la casa de David, y abre y nadie cierra, cierra y nadie abre (3.7). En seguida anuncia a los filadelfinos que él ha colocado ante ellos «una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar» (3.8). Agrega que él provocará que los judíos de la «sinagoga de Satanás» un día «vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado» (3.9). Muchos interpretan la «puerta abierta» como una oportunidad de evangelizar, similar al sentido frecuente de dicha figura en Pablo (1Co 16.9; 2Co 2.12; Col 4.3) y en Hechos (14.27). Algunos también interpretan la «conversión» de los judíos (3.9) como fruto de dichos esfuerzos evangelizadores. Pero otros, con igual razón, interpretan la «puerta abierta» como la entrada al reino escatológico (casa de David; cf. 3.20) y señalan que la «conversión» de los judíos se representa más bien como una sumisión (como un eco del sueño de José; Gn 37.9s.). La ambigüedad hermenéutica del pasaje no nos permite sacar conclusiones firmes en cuanto a la misión de la iglesia.

 

La interpretación del caballo blanco (6.1s.) es aún más discutible. Serios exégetas han visto en este simbolismo desde Cristo hasta el Anticristo, pasando por el evangelio mismo, los temibles partos (feroces arqueros montados en corceles blancos), el Imperio Romano o uno de los emperadores. La verdad es que los datos del texto no sientan una sólida base exegética para ninguna conclusión y no permiten sacar inferencias en cuanto a la [p. 355] misionología del libro. Quizá se observe cierta preferencia por la interpretación de Cullmann, Ladd, Boer y otros, que sostienen que este primer sello corresponde a Mateo 24.14 (Mr 13.10) y señala la marcha triunfante del evangelio por todo el mundo. Sin embargo, en dicho caso el símbolo podría referirse a la misión de la iglesia durante toda su historia, en correspondencia con los «principios de dolores» del discurso del monte de los Olivos, y no específicamente durante el tiempo apocalíptico.

 

Si el jinete del caballo blanco expresa el recorrido victorioso del evangelio del Reino frente a todas las fuerzas del mal y de la muerte (6.3–8), sería un símbolo muy poderoso de esperanza en medio del conflicto y la persecución. Pero, debido a que su interpretación es muy discutible, sería peligroso derivar conclusiones específicas en cuanto al concepto de la misión de la iglesia según Juan de Patmos. Como ocurre con Mateo 24.14, el pasaje tendría que ver más con el resultado que con el proceso: la evangelización de las naciones como señal escatológica del reino.6

Con este artículo iniciamos una serie sobre el tema de la misión de la iglesia en Apocalipsis. Busque en los próximos números en un artículo nuevo.

1 Llama la atención, por otra parte, que los libros de misionología se refieran tan poco al Apocalipsis. Aparentemente, la misionología se ha elaborado mayormente a espaldas del último libro de la Biblia. Una notable excepción es Donald Senior y Carroll Stuhlmueller, Biblia y misión, Verbo Divino, Navarra, 1985, pp. 402–410, 422, 432, 444, 454.

2 Aunque las varias referencias al «trabajo arduo» de las congregaciones (2.2s.) o sus «obras» (2.2, 5s., 19, 22, 26; 3:1s., 8, 15)␣podrían  aludir teóricamente a labores de evangelización, el contexto nunca especifica ese aspecto, sino, más bien, la práctica ética (2.5, 26) y␣la  Resistencia al culto imperial (2.2s., 13). Del contexto de 3.14–22 tampoco parece que la tibieza de los laodicenses fuera una falta de celo evangelizador.

3 Ap. 14.6 es también el único pasaje en el libro que emplea el sustantivo euaggélion. Aquí «evangelio eterno» (sin artículo) es también esencialmente un mensaje de juicio y una última llamada al arrepentimiento, sobre la base de la creación y de la justicia divina. El esfuerzo de Bauckham (The Climax of Prophecy, T. & T. Clark, Edimburgo, 1993) por dar un sentido evangelizador a 14.6 impresiona por su erudición, pero no convence.

4 Los sustantivos kérux y kerugma no aparecen en el Apocalipsis.

5 Muchos han visto una tendencia arminiana en el Apocalipsis, ya que solo el «vencedor», (2.7) que es «fiel hasta la muerte», (2.10; Mr 13.13) será salvo.

6 Debe notarse aquí también que algunos autores, no sin sus razones, interpretan Mr 13.10/Mt 24.14 y Ap. 6.1s. como la proclamación escatológica del evangelio llevada a cabo por los ángeles (cf 14.6) y no por la iglesia.

Preguntas para estudiar el texto en grupo

 

  1. ¿Cuáles son los dos concetos que el autor utiliza para examinar en Apocalipsis la posibilidad de que Juan tuviera un enfoque misionero en este libro? ¿Qué sorpresas dejan estos dos conceptos con respecto al abordaje del tema de la misión en el libro?
  2. ¿Qué pasajes aborda el autor que probablemente se refieran a la evangelización? ¿Cuál es el aporte de cada pasaje a la discusión por la que se escribe el artículo?
  3. ¿Por qué resulta tan importante discutir el tema de la misión en Apocalipsis? ¿En qué nos afecta a la iglesia latinoamericana de ahora?

Se tomó de «La misión de la iglesia en el Apocalipsis», Bases bíblicas de la misión, perspectivas latinoamericanas, René Padilla, editor, Nueva Creación. Todos los derechos reservados. Se usa con permiso del autor.

El autor, costarricense por adopción, se doctoró en teología por la Universidad de Basilea, Suiza. Ha ejercido la docencia en varias instituciones teológicas y universidades de América Central y de otros lugares del mundo. Es miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL) y ha escrito varios libros y numerosos artículos.