Jonathan Edwards
Héroes de la Fe

POR LA FE – HISTORIAS QUE INSPIRAN: SEVERO PREDICADOR

En febrero de 1740, Jonathan Edwards predicó el sermón de ordenación de una congregación de Cold Spring, Massachusetts. Le recordó al nuevo pastor, Edward Billing, que Dios no les encargó a los ministros determinar su misión.

 «Los ministros —proclamó el afamado pastor de Northampton— son enviados para completar la misión que Dios les encomendó. Deben predicar el mensaje que él les ordena. Él ha puesto en sus manos un libro que contiene un resumen de doctrinas y les manda que prediquen esa Palabra».

 Así como la Palabra que predicaban no provenía de ellos mismos, y muchas veces chocaba con las suposiciones humanas, Edwards creía que ocurría lo mismo con el cuidado de las almas.

 Con esas convicciones, Edwards asumió el pastorado en Northampton. El 11 de febrero de 1729, la ciudad había perdido a dos importantes líderes espirituales: a Solomon Stoddard, el ministro de los últimos cincuenta y siete años, y a Ebenezer Strong, el anciano.

 Aunque entendía el dolor de su congregación, el nuevo líder espiritual de Northampton consideraba estas muertes como señales del desagrado de Dios, y les rogó a los ciudadanos del pueblo que se arrepintieran: «Examinen qué han hecho para desagradar a Dios […] Todos deberían reflexionar sobre sí mismos, observar en su corazón la vida pasada y transformar sus pasos para testimonio de Dios».

 Desde sus primeros días como pastor, Edwards combinó la convicción del amor de Dios por su pueblo con sermones estrictos acerca de lo que les exigía el pacto a sus beneficiaros.

 Cuidado pastoral sí, consentir no

Las impresiones de severidad, incluso de frialdad y distancia, fueron consolidadas por una decisión que tomó Edwards al comienzo de su ministerio en Northampton, que se desarrollaría durante veintiún años. Decidió que no realizaría visitas pastorales, práctica pastoral a la  que sus fieles estaban acostumbrados, sino que solamente estaría a su lado cuando lo llamaran por casos de enfermedad u otra emergencia.

 Su «discípulo» Samuel Hopkins escribió que Edwards basó su decisión en una evaluación realista de sus propios dones. Él creía que simplemente no coincidiría con la simpatía de aquellos ministros que tenían el «don de introducir un discurso rentable y religioso de una manera libre, natural, y… sin ningún esquema». Por lo tanto, sentía que le vendría «bien a las almas […] que él les predicara, escribiera y conversara en su despacho con las personas que tenían inquietudes religiosas, y procuraban modificarlas».

 Hopkins recordó con cariño el afecto y la preocupación que el pastor de Northampton sentía por su pueblo: «Por el bien de ellos siempre escribía, pensaba, trabajaba, oraba; y los amaba por encima de cualquier otro pueblo bajo el cielo».

 Durante el famoso Despertar de las décadas de 1730 y 1740, el despacho que tenía en su casa se llenaba de gente que buscaba «presentarle sus inquietudes espirituales», comenta Hopkins. Edwards aconsejaba a cada uno.

Durante los años del avivamiento, Edwards continuó desarrollando todas las tareas habituales de un ministro con su rebaño, entre ellas, unas cuarenta bodas. Algunas de estas involucraban a  jóvenes a quienes había aconsejado y enseñado, como Lyman Sadoc, que se casó con Sarah Clark el 31 de enero de 1745.

Además de darles consejos espirituales a los hermanos de la iglesia, enseñarles a sus hijos, y oficiar su matrimonio, Edwards fomentaba su desarrollo intelectual, prestándoles libros de su biblioteca personal. A principios de la década de 1730, al menos nueve personas de su congregación recibieron libros de su biblioteca, que iban desde el catecismo de Isaac Watts a un tratado sobre el bautismo infantil.

La clase de predicación que Dios quiere

A medida que el Despertar inundaba Northampton, Edwards abordó aquello que entendía como su principal responsabilidad pastoral: predicar. El ministro fiel, enseñaba, «busca pronunciar palabras agradables, y hace todo lo que de él dependa para que su prédica  influya y opere cambios en sus oyentes, para verlos atentos, dispuestos a escuchar y aprender, aceptando lo que él les ofrece con la inquietud de hacer lo mismo que él».

Como la mayoría de los puritanos, Edwards predicaba la Biblia, dividiendo sus sermones en tres secciones: «texto», «doctrina» y «aplicación», cada uno impregnado de las Escrituras. Incluso su propia forma de hablar a menudo era sorprendentemente bíblica. Escogía sus palabras con cuidado por las imágenes que creaba en la mente de sus oyentes.

Aunque desde el principio, se basaba en sus notas mientras predicaba, Edwards creía que esta costumbre era «una deficiencia y una debilidad», por eso se inclinó a desarrollar un formato esquemático durante la década de 1740. Su estilo, aunque restringido, era poderoso.

«Sus palabras —recuerda Hopkins— descubrían un alto grado de fervor interior, y llegaban con gran peso a la mente de sus oyentes».

Otra persona que lo escuchó predicar recordó su «poder para presentar una verdad importante delante de la audiencia, con el peso abrumador del debate, y con tal intensidad de sentimiento que toda el alma del hablante era arrojada hacia aquellos que lo escuchaban».

El resultado, comentaba el observador, era que «la atención solemne de toda la audiencia resultaba en fascinación, desde el principio hasta el fin, y les dejaba impresiones imposibles de borrar». Este admirador, por lo menos, denominó a Edwards como «el hombre más elocuente que he oído hablar».

Brazos abiertos, reprensión tajante

Edwards no solo esperaba ver almas convertidas por su ministerio, también deseaba crear una comunidad vibrante de creyentes. Anhelaba que todos en Northampton experimentaran una verdadera religión desde el corazón y la mente; no descuidaba a las mujeres de la ciudad, ni a los niños, ni a los esclavos.

En sus escritos de renacimiento, destacó las experiencias del despertar de distintos ciudadanos como la de Abigail Hutchinson y la de otra persona, una mujer que no dio su nombre pero que en realidad era su esposa Sarah. Se alegraba al ver a los jóvenes de la ciudad, como Phoebe Palmer de cuatro años, quien conoció la gracia de Dios en 1735, «y dedicaba su tiempo a hablar acerca de la excelencia y el amor incondicional de Jesucristo».

Y les abrió las puertas de la iglesia a los afroamericanos en un grado poco común en esa época, admitiendo varios esclavos negros como miembros en la década de 1730.

La preocupación de Edwards por el bienestar espiritual de su comunidad lo llevó a tomar medidas disciplinarias que hoy nos parecen duras, a pesar de que eran comunes en las iglesias coloniales. Una de esas acciones ocurrió en 1744, cuando varias niñas de Northampton le informaron que algunos jóvenes habían utilizado un manual de comadrona para burlarse de ellas.

En primer lugar, Edwards predicó un sermón acerca de Hebreos 12.15­–16, en el que habló en contra del pecado. Luego convocó a una reunión a la iglesia. Poco después de esa asamblea, Edwards elaboró una lista de las personas que tuvieron que ver con las acciones de esos jóvenes. Unos días después, el comité de la iglesia se reunió para conocer los hechos del caso.

Mientras que los jóvenes acusados ridiculizaron a la iglesia y a su pastor durante el proceso, al menos dos de ellos finalmente confesaron haber tenido una «conducta ofensiva hacia la autoridad de la iglesia».

Durante todo el procedimiento, y de hecho a lo largo de todo su pastorado en Northampton, Edwards defendió su autoridad. No lo hizo por orgullo de su posición, sino porque observó que cuando la gente no respetaba el pacto de la iglesia, tampoco podían vivir a la altura de la fe que profesaban.

Condiciones para la comunión

Durante su pastorado en Northampton, la comprensión de Edwards de esta profesión de fe se vio modificada. Solomon Stoddard, ex pastor de la ciudad y su abuelo materno, había enseñado que la Cena del Señor era una ordenanza de conversión, o un medio por el cual Dios podía impartir su gracia salvadora. Durante la primera década de su ministerio, Edwards estuvo de acuerdo con su abuelo. Sin embargo, como el fuego del Despertar se enfrió, creció la preocupación Edwards por los cristianos que no podían mantenerse interesados ​​en los asuntos espirituales. Consecuentemente, repensó lo que entendía como la verdadera religión y sus resultados sobre los cristianos.

Su enfoque en cuanto a los afectos religiosos, «los ejercicios vigorosos y prudentes» del corazón, llevó a Edwards a esperar que la religión influyera tanto en el corazón como en la mente. Convencido de que muchas de las conversiones del Despertar eran falsas, instó a su congregación a adoptar una política de admisión más estricta, que requería que los nuevos miembros profesaran públicamente su fe antes de que se les permitiera participar de la Comunión. Este movimiento intensificó las tensiones dentro de la Iglesia y finalmente provocó su despido.

Para Edwards, este era el precio que un pastor fiel debía estar dispuesto a pagar por mantener una disciplina efectiva. Los riesgos eran demasiado altos para admitir cualquier palabrería ministerial. En la ordenación de David White en noviembre de 1736, recordó a sus oyentes que «el trabajo de los ministros es rescatar las almas perdidas y llevarlas a la felicidad eterna, que es la obra misma por la que Cristo vino al mundo y por la cual derramó su sangre. Dios busca que seamos instrumentos del éxito de Cristo en la obra de la redención; esa es la obra más gloriosa».

 

Usado con permiso de Desarrollo Cristiano Internacional
Fuente: http://desarrollocristiano.com/por-la-fe-historias-que-inspiran-severo-predicador/

 

Fe
Valores del Reino

FE

Habacuc 7:1-10

Los enviados del centurión comunicaron a Jesús el mensaje que les había sido confiado, un mensaje que dejó atónito al Cristo. Dirigiéndose a la multitud, exclamó: «Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.» Esta es, por demás, una sorprendente declaración. Este hombre tenía una perspectiva sobre la vida espiritual que merece nuestra atención.

Examinemos, por un momento, sus palabras. Explicando que era innecesario su presencia física en la casa del centurión, añadió: «di la palabra y mi siervo será sanado, pues también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes, y digo a este: “Ve”, y va; y al otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace.»

Con seguridad existe una dimensión más profunda en las palabras de este romano de lo que nosotros podemos captar. No obstante, creo que podemos resaltar al menos dos elementos fundamentales relacionados con la fe. La fe reconoce que cuando Dios habla tiene autoridad absoluta para decir lo que dice. En primer lugar, este hombre entendía que la fe descansa sobre la palabra hablada.

Para los que somos parte del pueblo de Dios, esta es una importante distinción. Demasiados cristianos creen que la fe es una especie de sentimiento de entusiasmo o pasión.Cuanto más positivo sea este sentimiento más probable se cree son las posibilidades de que se cumpla lo que el sentimiento anhela. Por esta razón somos animados, con frecuencia, a cantar con más fe o a orar con mucha fe. La fe que se tiene en mente es una especie de fervor santo que, supuestamente, impacta al mundo espiritual.

La fe bíblica se fundamenta sobre algo mucho más sólido y confiable que esto, la Palabra eterna del Dios todopoderoso. Pablo claramente señala esto en Romanos: «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.» (10.17). Fe, entonces, es algo que se nutre exclusivamente de las Palabras que han sido pronunciadas por la boca de Aquel que es soberano.

Esto nos lleva a la segunda observación sobre la fe. El centurión entendía que una parte esencial de la fe tiene que ver con la autoridad del que pronuncia las palabras que la sustentan. Esto es algo que, como parte de un sistema militar, entendía claramente. Ningún soldado en actividad osaría dudar de la autoridad de un oficial de rango superior. Todo el edificio militar descansa sobre el hecho de que el que da las órdenes goza de una autoridad incuestionable a los ojos de los que las reciben.

Del mismo modo, la fe reconoce que cuando Dios habla tiene autoridad absoluta para decir lo que dice. Sus hijos pueden creer sus Palabras, porque están respaldadas por su posición de soberano del Universo. Si no existe un reconocimiento de esta autoridad total y absoluta, no se puede ejercer fe. El centurión reconocía la autoridad del Cristo y entendía, por ello, que no hacía falta que estuviera físicamente presente para que ocurriera algo. Bastaba que simplemente pronunciara palabras al respecto. Y así fue. Habló, y «al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo». «¡Concédenos, Señor, vivir en esta dimensión de la fe! Amén.»

 

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Martín Lutero
Héroes de la Fe

LUTERO: PADRE DE LA REFORMA, HOMBRE DE LA BIBLIA

Hace algunos años, cuando faltaba relativamente poco tiempo para celebrarse el 450 aniversario del fallecimiento de Martín Lutero (ocurrido un 18 de febrero), recorrió el mundo la noticia de un descubrimiento catalogado como «sensacional». En efecto, los periódicos de muchos países publicaron artículos con títulos semejantes a éstos: «Apareció la Biblia de Lutero», «Descubierta la Biblia de bolsillo de Lutero».

La noticia no podía ser más oportuna. Informaciones que se tenían de algunos aspectos de la vida del reformador del siglo XVI, basadas en testimonios muy posteriores y por ello, de segunda mano, han sido ahora ratificadas como verdaderas.
La Biblia en cuestión fue descubierta por el investigador español Manuel Santos Noya, en la Biblioteca Estatal de Wittenberg, donde se dedicaba a catalogar viejas Biblias latinas. Al parecer, en dicha biblioteca hay unas catorce mil Biblias, en más de doscientos idiomas. Mientras revisaba un ejemplar en latín de 1519, publicado en Lyon, al doctor Santos le llamó la atención que esa Biblia tuviera notas escritas a mano. El análisis cuidadoso de la caligrafía y el estudio del contenido de las notas han demostrado que se trata del ejemplar utilizado por el propio Martín Lutero cuando, en el castillo de Wartburg, entre 1521 y 1522, tradujo el Nuevo Testamento al alemán.Martín Lutero se desempeñó como profesor de Sagrada Escritura en la Universidad de Wittenberg, donde dictó cursos sobre los Salmos y las epístolas El hombre de la Biblia.

Este descubrimiento da pie para recordar un hecho que fuera fundamental en el movimiento reformista iniciado por el monje agustino: el lugar importantísimo que la Biblia ocupó en la vida personal de Martín Lutero y en la reforma protestante, de la que fuera incansable paladín. Ese estatus privilegiado de la Sagrada Biblia, expresado en la conocida frase Sola Scriptura, ha sido herencia indiscutible de las iglesias hijas de la Reforma, y de todos aquellos movimientos que, aun sin nexo histórico con ella, recogieron el manto y se autodefinen como protestantes o evangélicos.
Martín Lutero fue el hombre de la Biblia. No en vano se desempeñó como profesor de Sagrada Escritura en la Universidad de Wittenberg, donde dictó cursos sobre los Salmos y sobre las epístolas a los Romanos y a los Gálatas. Cuando después de haber clavado sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg lo conminaron para que se retractase de sus enseñanzas, contestó que no lo haría a menos que le demostraran, con base en las Escrituras, que estaba equivocado.

Como traductor de la Biblia a su idioma natal, Lutero contribuyó de manera decisiva a darle configuración al alemán literario de su época. Así lo han señalado los especialistas en la literatura de esa lengua. Pero, más que ese simple aspecto cultural por muy importante que sea, la vida y la obra del monje Martín se agigantan para la historia, tanto por la radicalidad (en el sentido etimológico de la palabra, de ir a las raíces) de sus posiciones teológicas, como por el legado que dejó a quienes, con sinceridad, quisieron adorar a Dios con toda libertad, según los dictados de su conciencia y bajo la guía inigualable de las Sagradas Letras.

Lugar de privilegio
Para él la Escritura ocupaba un lugar de privilegio en todo lo referido a las definiciones dogmáticas; es decir, a la determinación de la doctrina de la Iglesia. Ello no implicaba desprecio hacia otras formas de transmisión de la enseñanza cristiana (como por ejemplo, los documentos de los Padres de la Iglesia), sino subordinación de éstas a aquella. En otras palabras, los escritos cristianos a lo largo de los siglos son de incalculable valor para iluminar el sentido del texto bíblico; pero esos escritos han de ser juzgados a la luz de las Sagradas Escrituras, y no a la inversa. El patrón es la Biblia. Esta es la norma normans, o sea, la norma que norma, la regla que regula; lo otro, en tanto que sea de valor, será norma normata, es decir, norma que está sujeta a otra norma superior (lo que significa que se trata de una norma que es, a su vez, normada).
La Biblia descubierta, a la que nos hemos referido en el primer párrafo, debido a su tamaño ha sido calificada como «Biblia de bolsillo». Las notas manuscritas revelan que Lutero siguió usándola aun después de haber concluido la traducción. Podemos imaginarnos, quizás con sólo un pequeñísimo margen de error, que se trata de una Biblia que Lutero llevaba siempre consigo, lista para recibir las glosas marginales del inquieto biblista.

Esta comprensión que Lutero tenía de las Escrituras ha sido fundamental para todas las iglesias cristianas de la «tradición protestante» (en el amplio sentido del término, según apuntamos antes). Por eso son preocupantes algunos fenómenos que están proliferando últimamente entre las iglesias evangélicas.Conocer la Biblia es mucho más, que el sólo repetirla. La ignorancia en este aspecto nos convierte en presa fácil de cualquier «viento de doctrina». Uno de esos fenómenos en particular es en sobremanera inquietante. Nos referimos al desplazamiento de las Sagradas Escrituras hacia posiciones secundarias, en favor de la entronización de otros factores de la experiencia cristiana: los sentimientos (¿se estarán transformando esas iglesias en comunidades hedonistas, en las que se busca «pasar un rato tranquilo» y «sentirse bien y felices»?), una mal concebida «alabanza» (¿suplantarán con la música y el canto a la Biblia y a la teología en el lugar que les corresponde en la liturgia y en la vida cristiana?), y una pobre práctica de evangelización (importan ahora, más que la sencillez y las exigencias del mensaje del evangelio, el «teatrismo» y la espectacularidad que Jesús rechazó con tanto vigor en la tentación del desierto).

Modas religiosas
Lo anterior puede parecer muy duro, pero hemos estado en cultos evangélicos en los que no se ha leído la Biblia, o en los que se dedica al canto mucho más tiempo del que se dedica, en conjunto, a leer la Biblia y a comentarla. Para empeorar la situación, muchos de esos cánticos están vacíos de mensaje o tienen contenidos antibíblicos, o son simplemente repeticiones hasta el infinito de ciertas expresiones efectistas, con lo que lo único que se logra es crear un estado de «euforia» en el adorador. (A propósito, y si se nos permite el atrevimiento, recomendamos a los lectores buscar en el diccionario el significado de la palabra euforia).

Las «modas religiosas» (de las que tampoco se escapan ciertos sectores de la Iglesia Católica) sólo revelan un hecho: la extraordinaria fragilidad del conocimiento bíblico que poseen los cristianos de hoy en día. No nos referimos principalmente a la memorización de textos bíblicos, aunque lo consideramos un buen hábito y de suma importancia. Conocer la Biblia es mucho más, muchísimo más que el sólo repetirla. La ignorancia que muchos cristianos revelan en este aspecto los convierte en presa fácil de cualquier «viento de doctrina». Lo dicho resalta el significado y la pertinencia de la figura de Martín Lutero para nuestra época, aunque ya hayan transcurrido 450 años desde su fallecimiento. Esa memoria nos recuerda nuestra herencia (solían identificarnos como «el pueblo del Libro») y llama nuestra atención sobre la debilidad de nuestro cristianismo moderno, que subordina la Escritura a la emoción, en vez de subordinar esta última «a la Ley y los Profetas».

Plutarco Bonilla, oriundo de las Islas Canarias, es consultor de traducciones de las Sociedades Bíblicas Unidas y es editor de la revista Traducción de la Biblia. Actualmente vive en Costa Rica con su esposa Esperanza. ©Copyright 2009, todos los derechos reservados.

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