9 verdades que cada padre debe recordar

Por: Tim Challies
Fuente: Coalición por el Evangelio

¿Promete Proverbios que mi hijo no se descarriará? Hace poco alguién le hizo esta pregunta a John Piper en un episodio reciente del podcast Ask Pastor John. La pregunta estaba basada en Proverbios 22:6: “Enseña al niño el camino en que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él”. Piper terminó ese episodio compartiendo las siguientes 9 verdades que los padres deben recordar al criar a sus hijos:

1. En general, educar a los hijos a la manera de Dios los guiará hacia la vida eterna. En general, esto es cierto.

2. Esta realidad incluye poner nuestra esperanza en Dios y orar fervientemente por sabiduría y por Su salvación hasta el día en que muramos. No oren solo hasta que se conviertan a los 6 años. Oren hasta el día de la muerte por la conversión de sus hijos y por la perseverancia de su aparente conversión.

3. Satúralos con la Palabra de Dios. La fe viene por el oír y el oír por la Palabra de Dios (Romanos 10:17).

4. Sé radicalmente consistente y auténtico en tu propia fe. No solo en el comportamiento, sino también en tus afectos. Los niños necesitan ver lo precioso que es Jesús para mamá y papá, no solamente cómo se obedece, o cómo se va a la iglesia, o cómo se leen devocionales o cómo se cumplen los deberes, deberes y deberes. Necesitan ver, en el corazón de mamá y papá, el gozo y la satisfacción de que Jesús es el mejor amigo del mundo.

5. Modela la preciosidad del evangelio. Cuando nosotros los padres confesamos nuestros propios pecados y dependemos de la gracia, nuestros niños dirán: “Ah, no tienes que ser perfecto. Mamá y papá no son perfectos. A ellos les encanta la gracia. Aman el evangelio porque Jesús perdona sus pecados. Entonces sé que Él puede perdonar también mis pecados”.

6. Forma parte de una iglesia amorosa saturada de la Biblia. Los niños necesitan estar rodeados de otros creyentes, no solo de mamá y papá.

7. Exije obediencia. No seas perezoso. Hay muchos padres jóvenes hoy día que parecen tan perezosos. No están dispuestos a levantarse y hacer lo que se necesita hacer para corregir al niño. Por eso debemos ser consistentes con nuestros castigos y especialmente con todas nuestras promesas de cosas buenas que decimos que vamos a hacer por ellos.

8. Dios salva a niños de una paternidad fracasada o incrédula. Dios es soberano. Al final, no somos nosotros los que salvamos a nuestros niños. Dios salva niños, y apenas habría cristianos en el mundo si no los salvase de familias fracasadas.

9. Descansa en la soberanía de Dios sobre tus hijos. No podemos soportar el peso de Su eternidad. Eso es asunto de Dios, y debemos dejarle todo eso a Él.


Publicado originalmente para el blog de Tim Challies. Traducido por Manuel Bento.

 

Sobre el autor

Tim Challies es un seguidor de Cristo, esposo de Aileen y padre de tres niños. Es pastor de Grace Fellowship Church en Toronto, Ontario, y cofundador de Cruciform Press.

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3 razones para trabajar de buena gana

Por: Karina Evaristo
Fuente: Coalición por el Evangelio

Es común considerar el trabajo como algo desagradable o esclavizante. Frases como: «Mañana es lunes otra vez», expresadas en un tono de profunda decepción, son usuales cada reunión de domingo. Nos quejamos de nuestro trabajo y esperamos con ansias que llegue nuevamente el fin de semana. Pareciera que aquello en lo que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo se ha convertido en algo que no disfrutamos en lo más mínimo.

Incluso puede ser que tratemos de ser optimistas y aún así el trabajo nos resulte tedioso. Hace algunos años trabajé en una ONG reclutando al personal de campo y de oficina. Para este último grupo se hacía una inducción que incluía una visita a un proyecto social en una zona alejada de la capital. El propósito era que los trabajadores contables y de sistemas pudieran ver cómo su labor impactaba positivamente a cientos de niños. Muchos regresaban motivados a la oficina después de la visita. Sin embargo, este sentimiento se mantenía solo durante un tiempo. Con el pasar de los meses y en medio de las arduas jornadas de trabajo, la emoción se evaporaba.

Algo queda claro: somos prontos para olvidar el propósito de nuestro llamado y tardos para darnos cuenta de que el diseño de Dios para nuestras vidas incluye el trabajo.

Como cristianos, estamos llamados a honrar a Dios con toda nuestra vida, pero a veces parece que solo estamos disponibles para hacerlo cuando vamos a la iglesia. ¿Acaso lo que hacemos en lo cotidiano, de lunes a viernes, no forma parte de nuestra vida? ¿Por qué insistimos en separar nuestra vida laboral o académica de nuestra vida consagrada al Señor? Pareciera que somos expertos en desconectar nuestra adoración del domingo con nuestras labores del lunes.

Nuestras vidas como creyentes funcionan en sentido vertical con Dios y en sentido horizontal con nuestro prójimo y el mundo que nos rodea. Estamos llamados a trabajar para la gloria de Dios y para promover el bien común. Como Lutero decía: «Dios no necesita nuestras buenas obras, pero nuestro prójimo sí».[1]

Para trabajar de buena gana es crucial que comprendamos que nuestras labores «seculares» están íntimamente relacionadas con nuestra profesión de fe. ¿Cómo? Aquí hay tres verdades bíblicas que nos ayudan a entenderlo.

1) Fuimos creados para trabajar.

Estamos hechos a la imagen de un Dios que trabaja. Desde el inicio de las Escrituras podemos apreciar este concepto fundamental. Los primeros humanos recibieron instrucciones de trabajo inmediatamente después de su creación y antes de la caída; el trabajo no es el resultado del pecado. De hecho, Dios mismo trabaja por el puro placer de hacerlo. Por lo tanto, al trabajar nos identificamos con nuestro Creador y con Su hijo Jesús, quien dedicó la mayor parte de Su vida trabajando como carpintero. Ser portador de la imagen de Dios incluye, entre otras cosas, ser un trabajador.

Mientras que tu trabajo no sea deshonesto ni resulte denigrante hacia tu prójimo, es trabajo de Dios. Toda labor puede ser un servicio hacia el prójimo que Dios te ha llamado a amar (Mt 22:36-40). Si tu trabajo es un trabajo que necesita ser hecho, entonces estás haciendo el trabajo de Dios.

Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Dios los bendijo y les dijo: «Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra» (Gn 1:27-28).

2) El evangelio transforma el trabajo.

Como todo lo que ha sido corrompido por causa del pecado, nuestro trabajo necesita ser redimido por el evangelio.

En este mundo caído, donde nuestras relaciones están dañadas y la envidia parece ser el ADN de cualquier ambiente laboral, nuestro llamado como cristianos es a ser compasivos y bondadosos. Después de la caída el trabajo se volvió frustrante (Gn 3:16-19), pero por causa del evangelio, el trabajo recupera su propósito debido a que hemos sido redimidos y recuperamos nuestra comunión con Dios.

Ahora laboramos para contribuir con el bien común y recordando la esperanza de que Jesús volverá y restaurará el estado caído de todas las cosas; en la eternidad, el amor, la justicia y la verdad reinarán.

Cuando entiendes que la naturaleza del evangelio es cambiar la forma en que hacemos las cosas, dejas de ver tu trabajo como una maldición y comienzas a verlo como un medio para glorificar a Dios y bendecir a tu prójimo con tus labores. «Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3:23).

3) El trabajo es un medio para ser luz.

Los frutos de tu trabajo pueden ser muchos: a través de él puedes proveer a tu casa, puedes adquirir conocimiento y desarrollar tu carácter para crecer en madurez; puedes encontrar amistades con las que crecer laboralmente y a quienes compartir el evangelio.

Desde los que hacen el trabajo más sencillo hasta el más complejo, todos podemos ser colaboradores de Dios a través de nuestras labores para cumplir con Su misión en este mundo. Nuestros trabajos nos proveen una plataforma de servicio e influencia.

Adán labraba la tierra y la cultivaba. José pasó de ser un esclavo a gobernar; a los treinta años se convirtió en el segundo al mando de Egipto. Daniel ganó un puesto de honor entre los gentiles y pudo mostrar el poder de Dios frente al Rey Belsasar. Rut, siendo moabita, acompañó a su suegra anciana y viuda y no dudó en trabajar de forma incansable por su sustento. Pablo y Bernabé hacían tiendas. El mismo Jesús trabajó como carpintero gran parte de su vida; su trabajo ayudaba para el sustento de su familia.

¿Quién sabe lo que Dios hará a través de ti en el lugar al que te ha enviado a trabajar? «Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos» (Mt 5:16).

Tu trabajo importa

No es casualidad que hayas llegado al trabajo en el que te encuentras; Dios te puso allí para que seas sal y luz y finalmente, como decía Pablo, realizamos nuestro trabajo «como al Señor y no a los hombres» (Ef 6:7).

Trabajemos de buena gana sabiendo que todo lo que hacemos como creyentes puede ser un reflejo de la obra de Dios en nosotros y una forma de adorarlo. Pongámonos los lentes del evangelio y miremos a través de ellos sabiendo que todo buen esfuerzo, incluso el más sencillo, tiene un eco para la eternidad.

Derribemos la falsa dicotomía entre lo «secular» y lo «sagrado» y dejemos de pensar que solo somos cristianos dentro de las cuatro paredes de la iglesia. Que nuestra adoración sea un olor fragante las 24 horas del día, 7 días a la semana.


[1] Gustaf Wingren, Luther on Vocation [Lutero sobre la vocación], p. 38.

Sobre el autor

Karina Evaristo tiene 27 años y, sirve desde hace más de 10 años como líder de jóvenes en la Alianza Cristiana y Misionera de Comas en Lima, Perú. Es licenciada en psicología, especializada en recursos humanos, y culminó una MBA. Karina está cursando un diplomado en estudios bíblicos en el Instituto Integridad y Sabiduría. Trabaja para una compañía internacional de software y experiencia digital. Estudió en el Seminario Bíblico Alianza del Perú. Puedes seguirla en Instagram: @karievaristo.

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¿Estoy pecando? 6 preguntas para las áreas grises.

Por: Blake Glosson
Fuente: Coalición por el Evangelio

A continuación encontrarás quince acciones que algunas personas consideran pecaminosas y otras no. Cuenta cuántas de las siguientes las considerarías pecaminosas.

1. Besos con tu novio/novia

2. Ver películas clasificadas R (para público adulto)

3. Escuchar música no cristiana

4. Consumir alcohol

5. Decir malas palabras

6. Tatuarse

7. Asistir a un evento de Halloween

8. Usar las redes sociales

9. Darte un “atracón” de Netflix.

10. Conducir unos cuantos kilómetros por hora por encima del límite de velocidad

11. Faltar a la iglesia un domingo para asistir a un evento deportivo

12. Enviar a los hijos a la escuela pública

13. Apostar en eventos deportivos

14. Gastar dinero en artículos de lujo

15. Jugar a videojuegos que contengan violencia.

BONUS: Permitir que tus hijos hagan cualquiera de las anteriores.

Interpretando tu puntuación

¿A cuántas has respondido con un «sí»?

Si has conseguido 10 o más, ¡eres un legalista!

Si has sacado 5 o menos, ¡eres un antinomiano!

Es broma.

Si te costó responder estas preguntas y respondiste «depende» a muchas de ellas, puede que eso no sea malo.

Muchos cristianos catalogan algunos de estos temas como «áreas grises», una categoría que podríamos definir como acciones que la Escritura no identifica claramente como «pecaminosas» o «no pecaminosas» para todas las personas en todos los lugares y en todo momento.

Dicho de otra manera, un área gris (bíblicamente hablando) es cualquier asunto que no está claramente ordenado, prohibido o permitido en las Escrituras.

Desarrollando discernimiento

Las áreas grises en cuestiones morales siempre han existido para los creyentes (ver Ro 14:1-23). Las nuevas tecnologías y los problemas sociales modernos ofrecen ciertamente manifestaciones únicas de áreas grises, pero los cristianos siempre han necesitado ejercer sabiduría y discernimiento en innumerables situaciones de la vida.

Mi propósito en este escrito no es presentar mi opinión sobre la moralidad de estas posibles áreas grises, sino proveer preguntas que te ayuden a tomar decisiones morales respecto a las áreas grises en tu propia vida, de una manera bíblica y que honre a Dios.

Cuando no estés seguro de si una determinada acción es pecaminosa, hazte estas preguntas antes de proceder:

1. ¿Está el Espíritu Santo convenciéndome de que esto está mal? (Ro 14:23; Stg 4:17).

2. ¿Esta acción hace tropezar a un hermano o hermana? (Ro 14:20; 1 Co 8:9-13).

3. ¿Es esta acción perjudicial en lugar de beneficiosa para mi fe? (1 Co 6:12; 10:23).

4. ¿Esta acción me domina o me controla? (1 Co 6:12; 9:27).

5. ¿Esta acción me hace ser desobediente a alguien que Dios ha puesto en autoridad sobre mí? (Ef 6:1; He 13:17)

6. ¿Estoy juzgando a otros que no están de acuerdo conmigo en esta área gris? (Mt 7:1-5; Ro 14:13).

Si respondiste «sí» a una o más de estas preguntas, es probable que este comportamiento sea pecaminoso o al menos imprudente. Por supuesto, esta no es una lista exhaustiva de todo lo que la Biblia dice sobre las áreas grises y hay innumerables advertencias que podríamos añadir (por ejemplo, cómo distinguir la diferencia entre la convicción guiada por el Espíritu y una culpa legalista o cómo responder a la autoridad abusiva). Sin embargo, esta lista sirve como punto de partida.

¿Cómo seré juzgado?

Dios tiene dos tipos de «voluntad»: Su voluntad oculta y Su voluntad revelada (cp. Dt 29:29). Hay un sentido real en el que Dios nos ha ocultado parte de Su voluntad soberana (por ejemplo, si nos casamos con la persona cristiana A o B, o si vivimos en Greenville o en Dallas), mientras que nos ha revelado claramente otros aspectos de Su voluntad (por ejemplo, debes amar a tu prójimo y arrepentirte de tu pecado).

Entonces, ¿sobre qué aspecto de la voluntad de Dios vamos a ser llamados a rendir cuentas por nuestra obediencia?

El Catecismo Menor de Westminster (pregunta 39) nos ayuda aquí:

Pregunta: ¿Cuál es el deber que Dios exige al hombre?

Respuesta: El deber que Dios exige al hombre es la obediencia a Su voluntad revelada

Las dos últimas palabras son clave: Dios exige obediencia a Su voluntad revelada.

Deuteronomio 29:29 presenta tanto el lenguaje como la justificación de la afirmación de los teólogos de Westminster: «Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, mas las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que guardemos todas las palabras de esta ley».

Dios no está jugando contigo, viendo si puedes «adivinar bajo cuál sombrero» está el pecado y, si adivinas mal, pierdes. No está deseando secretamente que compres el carro rojo —sin decírtelo— y luego te castiga por comprar el carro azul. Ese no es el tipo de Padre que es nuestro Dios.

Dios quiere que obedezcamos sus mandamientos en las áreas blancas y negras y que busquemos su sabiduría en las áreas grises. Él sabe que no conocemos Su voluntad oculta (Sal 103:14), y no nos condena por ello. Pero con lo que sabemos de Su voluntad revelada en las Escrituras, estamos bien equipados para tomar decisiones sabias que honren a Dios, incluso en las áreas más grises (2 Ti 3:16-17).


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.

Sobre el autor

Blake Glosson es estudiante del Seminario Teológico Reformado. Anteriormente, sirvió como director de adultos jóvenes en la iglesia New Covenant Bible Church en St. Charles, Illinois.

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Conoce al padre perfecto y al hijo perfecto

Por: NANCY GUTHRIE
Fuente: Coalición por el Evangelio

Solamente dos personas tenían el potencial de ser padres perfectos. Creados a imagen de Dios, se les dio el gran encargo de “fructificar y multiplicarse, llenar la tierra y señorearla”. Debían criar hijos que llevaran la misma imagen, viviendo en gozosa obediencia a Dios. Al crecer su familia, también los límites del Edén. Toda la tierra se convertiría en un jardín lleno de descendencia que reflejaría la gloria divina.

Pero Adán y Eva fallaron en ser aquello para lo que fueron creados. Su desobediencia les llevó a la realidad del dolor de la maternidad –el dolor de los pecadores dando a luz a pecadores.

Adán y Eva no fueron solamente los primeros padres en la humanidad; fueron los primeros en experimentar el criar hijos en la misma casa y que cada uno resultara diferente. Fueron los primeros en medio de disputas por la rivalidad entre hermanos. Fueron los primeros en experimentar luto. Seguramente fueron los primeros en preguntarse qué podrían haber hecho diferente para que las cosas no hubieran resultado tan terriblemente mal.

Pero ciertamente no fueron los últimos.

Incontables padres imperfectos

Al multiplicarse la gente, la maldad se multiplicó. Entonces Dios comenzó de nuevo con Noé y sus hijos. Noé y su esposa dieron a sus hijos escuela en casa en la seguridad del arca; y cuando salieron, no existía ninguna cultura que los descarriara. Cam se convirtió en el padre de los Cananeos, mientras que los descendientes de Sem incluyeron a Abraham.

Al rastrear la historia desde Abraham —quien fue padre de Ismael e Isaac—, a través de Isaac —que engendró a Esaú y Jacob—, y luego a través de Jacob quien tuvo 12 hijos (algunos de los cuales hicieron cosas despreciables que desearíamos que no se mencionaran en la Biblia) vemos niños criados en el mismo hogar tomar decisiones diferentes y seguir caminos diferentes. Para cuando llegamos al final del Antiguo Testamento, hemos leído las fallas paternas de Aarón el sumo sacerdote, Samuel el gran juez, y David el rey ungido. Nos preguntamos ¿Realmente esta es la familia que Dios planea usar para bendecir a todas las familias sobre la tierra (Génesis 12:3)?

Un padre perfecto

Mientras que el Antiguo Testamento nos habla de muchos padres imperfectos, también narra el historia de un Padre perfecto –un Padre perfecto que tiene hijos rebeldes. Adán y Eva creyeron la mentira de la serpiente de que Dios les había negado algo bueno. Ellos se rebelaron y fueron forzados a dejar el amoroso hogar que Él había preparado para ellos en el Edén.

Luego Dios tuvo otro hijo, la nación de Israel. Les sacó de esclavitud y les dio su amorosa ley para que pudieran vivir como su posesión valiosa en el hogar que Él les había provisto en Canaán. Pero ellos también se negaron a obedecer. Como un padre que con anhelo rememora lo que pudo haber sido, a través del profeta Oseas, escuchamos al Señor hablar de su amor por su hijo:

Cuando Israel era niño, yo lo amé,
y de Egipto llamé a mi hijo.
Cuanto más los llamaban los profetas,
tanto más se alejaban de ellos;
seguían sacrificando a los Baales y
quemando incienso a los ídolos.

Sin embargo yo enseñé a andar a Efraín,
yo lo llevé en mis brazos;
pero ellos no comprendieron que yo los sanaba. (Oseas 11:1-3)

Como un padre con el corazón roto, el Señor habla a través de su profeta: “Hijos crié y los hice crecer; mas ellos se han rebelado contra mí… mi pueblo no conoce no tiene entendimiento de mi cuidado de ellos… generación de malvados, hijos corrompidos han abandonado al SEÑOR” (Isaías 1:2-4).

Adán y Eva habitaron un ambiente perfecto. Pero aún el hogar más ideal no protege a los hijos de la atracción a la maldad.

Adán y Eva sabían lo que sucedería si comían del árbol del conocimiento del bien y del mal. Oír las advertencias de Dios no asegura que los hijos harán caso.

Adán y Eva estaban desnudos y sin avergonzarse uno frente al otro y delante de Dios. Las relaciones de intimidad, saludables, no garantizan que los hijos no se alejarán del amor paterno.<

El Padre de Israel les dio su buena ley. Tener la palabra de Dios comunicada claramente no le da a un hijo el poder para obedecerla.

El Padre de Israel les dio un hogar y una tierra de abundancia y seguridad. La provisión generosa no siempre inspira a una devoción agradecida.

Adán y Eva fallaron en obedecer la palabra que Dios les había hablado. Israel fallo en obedecer la palabra de Dios escrita para ellos. Cada uno desperdició la bendición y oportunidad. Cada uno subestimó la gracia que se les otorgaba.

Y en ocasiones nuestros hijos hacen lo mismo. La responsabilidad por fallar en prestar atención a lo que fue dicho, dado y prometido pertenecía a Adán y Eva y a Israel, no a Aquél que habló y dio y prometió.

Mamá y papá, no asuman que es un fracaso de su parte el que su hijo no se haya arraigado a aquello que se le ha extendido en Cristo.

Un hijo perfecto

Al final del Antiguo Testamento, es obvio que era necesario otro Hijo —un hijo que desplegara la imagen de su Padre y cumpliera el propósito del Padre. Finalmente llegó el día cuando un ángel le dijo a María que iba a tener un hijo que sería “Santo, y será llamado el Hijo de Dios”.

Desde temprana edad, Jesús comprendió su condición y propósito únicos como Hijo de Dios. Cuando, a la edad de 12, sus padres lo encontrar en la sinagoga , “Él les dijo: ‘¿Por qué me buscaban? ¿Acaso no sabían que me era necesario estar en la casa de mi Padre?’ (Lucas 2:49).

Jesús personificó todo lo que Israel estaba destinado a ser. Él era todo lo que Dios quería en un Hijo. En su obediencia perfecta, Él hizo aquello en lo que Adán falló, e Israel nunca pudo hacer.

El refugio de los padres imperfectos

¿Qué significa esto para padres como nosotros? Significa que encontramos compañerismo con nuestro Padre en los cielos. Él conoce el gran gozo de tener un hijo que es todo lo que Él siempre quiso –uno que obedece perfectamente, ama sacrificialmente y lo refleja gloriosamente.

Pero Dios también sabe el gran dolor de tener hijos que se niegan a obedecer, que fracasan en amar, y que están destituidos de su gloria. Él no apunta su dedo hacia los padres o hijo que luchan. Él se acerca. Él es un refugio seguro cuando la crianza se vuelve y permanece difícil. Él comprende.

Como padres, encontramos esperanza en el Hijo, creyendo que su récord de perfección cubrirá todas nuestras imperfecciones. En Él experimentamos una abundancia de gracia que se derrama sobre nuestros hijos. Al morar en Él, nos vamos conformando cada vez más a su imagen, de manera que podamos pastorear a nuestros hijos como nosotros somos pastoreados por Él. Y debido a que sabemos que todo el juicio que merecemos fue cumplido en Él, podemos ser honestos en nuestras fallas como padres, confiados en que no hay condenación para aquellos escondidos en Cristo.

Como padres, no tenemos el poder para crear vida espiritual en nuestros hijos. Pero el Espíritu sí lo tiene.

Con frecuencia no tenemos la voluntad o las palabras para orar por nuestros hijos. Pero el Espíritu sí lo hace. Él ora por nosotros y por ellos con gemidos indecibles.

La travesía de los padres dura toda una vida, y no se trata de hacer todo correctamente. En lugar de eso, trata de una dependencia en la gracia del Único que ha ejercido la paternidad perfectamente.

Sobre la autora

​Nancy Guthrie, vive en Nashville, Tennessee, con su marido David, y su hijo Matt. Ella y David son los co-anfitriones de la serie de vídeos GriefShare utilizados en más de 8500 iglesias en todo el país y anfitriones de Respite Retreats, retiros para parejas que han experimentado la muerte de un hijo. Nancy es la autora de numerosos libros, entre ellos Aferrándose a la Esperanza y Escuchando a Jesús Hablar a su Dolor y Viendo a Jesús en el Antiguo Testamento. Puedes leer más de sus escritos en su sitio web.

Padres, no necesitan ser «geniales»

Por: Christina Fox
Fuente: Coalición por el Evangelio

«Mamá no es genial».

Uno de mis hijos hizo este comentario mientras estábamos reunidos una noche alrededor de la mesa. Inmediatamente me sentí obligada a demostrar lo contrario y procedí a compartir historias «geniales» de mi vida. Le dije: «¿Te he contado la vez que…?» y él me miraba sin impresionarse y se encogía de hombros. El resto de la familia se reía de mis esfuerzos por elevarme a los ojos de mi hijo.

Pronto se me acabaron las historias y me sentí desinflada, condenada a llevar el título de «mamá no genial».

Lo que olvidé en ese momento fue que mi labor como madre no es ser «genial» a los ojos de mis hijos. Mi labor no es brillar con luz propia ni mucho menos. Más bien, mi labor es dirigir a mis hijos hacia otra persona: Dios.

Reflejando a Dios ante nuestros hijos

Como seres creados, fuimos hechos para reflejar la imagen de Aquel que nos hizo. «Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn 1:27). Así como la luna no tiene luz propia, sino que refleja la luz del sol, nosotros reflejamos la imagen de Dios al mundo que nos rodea. Lo representamos en este mundo, mostrando a los demás quién es Él mientras hacemos lo que Él hace.

Reflejamos la imagen de Dios cuando inventamos creativamente nuevas formas de hacer las cosas o producimos una obra maestra artística. Lo reflejamos cuando descansamos de nuestras labores cada semana, así como Dios descansó en el séptimo día de la creación. Mostramos a los demás quién es Dios cuando somos pacientes, amables y generosos. En todos los ámbitos de la vida, desde nuestro trabajo hasta nuestras relaciones, desde la manera en que utilizamos nuestro tiempo hasta la forma en que respondemos a los demás, desde nuestras palabras hasta nuestra adoración, señalamos a los demás a Dios en la forma en que vivimos nuestras vidas.

Como padres, somos la imagen de nuestro Padre en el cielo cuando formamos a nuestros hijos como Dios nos forma a nosotros.

La Biblia nos dice que Dios es nuestro Padre. A través de la justificación por la fe en Cristo Jesús, entramos en relación con Dios Padre. Él nos adopta como Suyos. Jesús es nuestro hermano mayor y somos coherederos con Él. Como nuestro Padre, Dios provee a nuestras necesidades. Nos instruye, entrena y disciplina. Nos ama y nos sustenta.

Tómate un momento para considerar las formas en que Dios ejerce su paternidad sobre ti. Como tu Padre, te enseña lo que significa ser Su hijo. Seguramente te ha repetido las mismas lecciones una y otra vez con paciencia y gracia. Te consuela en tus miedos. Cuando te desvías hacia el pecado, te disciplina y te muestra el camino de vuelta a la senda estrecha de la vida.

4 maneras en que podemos reflejar a Dios en la crianza de los hijos

Cuando criamos a nuestros hijos como Dios nos cría a nosotros, les presentamos quién es Dios. ¡Qué glorioso privilegio! Padres, podemos ser los primeros en presentar a nuestros hijos al Dios que los ama. Considera cuatro maneras de hacerlo.

1. Consistencia

Nuestro Dios es un Dios consistente. Nunca cambia; es el mismo ayer, hoy y siempre. Cumple lo que dice. Sabemos lo que podemos esperar de Él. Como padres, cuando nos esforzamos por ser consistentes con nuestros hijos, les reflejamos el carácter de Dios. Podemos ser consistentes en nuestras rutinas diarias, en las expectativas que establecemos y en nuestras respuestas a nuestros hijos. Cuanto más sepan nuestros hijos qué esperar de nosotros, más les mostraremos al Padre.

2. Formación

Nuestro Padre nos enseña y nos forma en el camino de la justicia. Nos dice cómo vivir para Él en este mundo. Nos muestra el camino de la sabiduría y nos advierte del camino de la insensatez. Cuando formamos a nuestros hijos en la Palabra de Dios, cuando nos tomamos el tiempo de enseñarles a amar a Dios y a los demás, reflejamos al Padre ante ellos. Cuando les enseñamos lo que está bien y lo que está mal, y lo que es verdadero y falso, les mostramos quién es Dios.

3. Disciplina

Si somos de los que confían en Cristo para la salvación, Jesús tomó nuestro castigo por el pecado en la cruz cuando llevó la ira de Dios. Cuando pecamos, Dios no nos castiga, pues derramó su ira sobre Cristo, pero sí nos disciplina. Nos corrige. Nos muestra nuestro pecado y nos llama al arrepentimiento. Nos da consecuencias para que odiemos el pecado y amemos la justicia. Del mismo modo, cuando disciplinamos a nuestros hijos por sus malas acciones, cuando establecemos límites y cumplimos con las consecuencias, señalamos a nuestros hijos su necesidad del evangelio de la gracia.

4. Paciencia

Nuestro Dios es paciente con nosotros. Tropezamos con el pecado y nos perdona una y otra vez. Aunque nos olvidamos rápidamente de quién es y de lo que ha hecho, y respondemos a los problemas con preocupación y miedo, Dios nos recuerda pacientemente su bondad y fidelidad. Representamos a Dios ante nuestros hijos cuando somos pacientes con su inmadurez. Reflejamos a Dios ante ellos cuando les recordamos las reglas y las consecuencias por romperlas. Señalamos a nuestros hijos a su Padre celestial cuando les respondemos con paciencia en lugar de irritación o frustración.

De todas estas maneras y más, mostramos a nuestros hijos quién es Dios.

Mi hijo tenía razón: no soy una madre genial. Ahora estoy bien con eso. Lo que más importa es que yo refleje a Dios ante mis hijos. Nuestros hijos no necesitan padres con una imagen «genial». Necesitan padres que reflejen la imagen de Dios.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.

Sobre la autora

​Christina Fox es una consejera, escritora y madre, no necesariamente en ese orden. Vive con su esposo y sus dos hijos en el sur de la Florida. Puedes leer sobre su caminar en la fe en su blog y en Facebook.

Cómo desarrollar el bosquejo de un sermón

Por: JONATHAN BOYD
Fuente: Coalición por el Evangelio

Recuerdo algo que me pasaba cuando no tenía mucha experiencia en la predicación. Estudiaba el pasaje profundamente y lograba escribir la idea central del sermón con algunos encabezados sólidos.

Me sentía feliz con eso, pero después me bloqueaba y me preguntaba: ¿Qué hago ahora? ¿Cómo desarrollo este bosquejo? En ese entonces, escribía en papel el sermón y esos espacios blancos entre los encabezados me angustiaban.

Gracias al Señor, eso cambió cuando estudié con Elvin K. Mattison en el seminario Faith Baptist Theological Seminary. Él tenía un doctorado en comunicación y había estudiado la retórica por muchos años. Mattison nos ofreció un método fácil de aprender, presentado como el proceso retórico, el cual sirve para ponerle “carne” al bosquejo de cualquier sermón expositivo.

Un poco de teoría

En su libro Retórica, Aristóteles explica lo que es sentido común sobre la comunicación: la efectividad de cualquier discurso depende del carácter del orador (ethos), la lógica o el razonamiento de lo que se dice (logos), y de las emociones que sienten los oyentes al escuchar (pathos).[1]

El proceso retórico nos ayuda a tener un equilibrio entre los tres elementos que menciona Aristóteles. Nos permite mantener la atención de la audiencia y llevar a cada oyente a la aplicación de la Palabra de Dios para que sea un hacedor de ella (Stg. 1:22).

Los pasos del proceso retórico

Ahora señalaré brevemente los pasos del proceso retórico y después daré un ejemplo de cómo lo podemos usar. Cuando ya tengo la idea central del sermón y los encabezados escritos en el bosquejo, pongo los siguientes puntos debajo de cada encabezado:

A. Observación
B. Interpretación
C. Ilustración
D. Aplicación
E. Exhortación

Estos son los cinco pasos del proceso retórico. Ahora, ¿cómo los desarrollamos?

Un ejemplo con Romanos 8:18-25

Ilustraré el proceso retórico utilizando uno de mis sermones del libro de Romanos. La idea central del sermón era: “Debemos esperar con ansias la gloria futura”. Hablé de tres razones para esperar con ansias esa gloria y así desarrollé la primera:

I. Porque la gloria futura es muchísimo mejor que las aflicciones presentes (v. 18)

A. Observación:

El primer punto del proceso retórico es la observación. Esto concuerda con una buena hermenéutica  en donde tenemos que observar antes de interpretar. En la prédica como tal, primero no leo el encabezado del punto, sino que digo algo así: “Hermanos, vamos a ver la primera razón por la cual debemos esperar con ansias la gloria futura. Lean conmigo el versículo 18”. Leo el versículo y solo después digo el encabezado. ¿Por qué? Porque quiero que mis oyentes vean primero la Escritura y de dónde surge el encabezado. No nace en mi mente, sino que surge del texto de manera natural.

Entiendo que algunos predicadores excelentes pueden leer un encabezado primero y después explicar de dónde lo sacaron, pero me parece más fiel al texto hacerlo de la manera que explico aquí. Con respecto a la retórica, también reforzamos nuestra credibilidad (ethos) cuando la audiencia puede ver de dónde vienen nuestras ideas.

Este paso dura poco tiempo pero es importante. Si el pasaje es más largo, se puede leer el versículo más importante o todos los versículos relacionados con el encabezado. Lo importante es que la audiencia vea el respaldo bíblico para el encabezado.

B. Interpretación:

Aquí empiezo a interpretar el texto bíblico relacionado. En mi sermón sobre Romanos 8, expliqué qué significaba para Pablo “los sufrimientos de este tiempo presente”, especialmente con referencia a las dificultades que menciona en 2 Corintios 11:23-28.

Por supuesto, los elementos de la interpretación de cada encabezado serán diferentes. Tratamos temas como los contextos histórico y literario, el significado de las palabras, pasajes paralelos, y gramática, entre otros. De los cinco puntos del proceso retórico, este es que el requiere más tiempo.

En términos de retórica, este paso tiene mucho que ver con el componente lógico (logos). Nuestra interpretación debe ser razonable y coherente, lo cual hará que el sermón sea más persuasivo en cuanto dependa de nosotros.[2]

C. Ilustración:

Después de interpretar el pasaje, comparto una ilustración para iluminar el contenido del paso anterior. Otros han escrito sobre la importancia de las ilustraciones o cómo encontrarlas. Por eso no hablaré mucho sobre eso aquí.

Las ilustraciones contribuyen al poder retórico del sermón porque ayudan a la audiencia a entender mejor las verdades expuestas (logos) y también fomentan un ambiente emocional propicio (pathos) para que el Espíritu obre.

En el sermón que prediqué hablé de los atletas de alto rendimiento, y cómo perseveran en medio de la aflicción de los entrenamientos porque esperan la gloria de una victoria. Si ganarse una medalla de oro es glorioso, imagina la gloria venidera que nos espera como cristianos si perseveramos como Dios quiere.

Si usamos ilustraciones con las cuales la audiencia puede relacionarse, nuestra credibilidad (ethos) aumenta porque los oyentes ven que no pasamos todo nuestro tiempo metidos en los siglos pasados, sino que podemos relacionar las verdades eternas de la Palabra a la vida cotidiana en el siglo XXI.

D. Aplicación:

Después de la ilustración, comparto algunas aplicaciones. La aplicación de las Escrituras surge fácilmente de una buena ilustración. Es más, en muchos casos la misma ilustración pasa directamente a una aplicación concreta de la verdad estudiada.

Quizás algunos creen que solo el Espíritu Santo debería aplicar la Palabra, pero Jesús (p. ej. Mt. 5:27-29) y Pablo (p. ej. Ef. 4:25) nos enseñan que debemos presentar aplicaciones específicas de los principios generales que enseñamos.

Así que es indispensable ofrecer aplicaciones claras a la congregación. Como decía un profesor de consejería bíblica: no crecemos espiritualmente en “un mundo borroso de ideas abstractas”, sino que crecemos cuando aplicamos concretamente la Palabra de Dios. No podemos mencionar aplicaciones específicas para cada oyente, pero sí podemos dar ideas que ayuden a todos a pensar en cómo aplicar el pasaje.

Algunas preguntas que pueden ayudarnos a proveer aplicaciones son las siguientes:

  • ¿Cómo aplicaría esta verdad a personas de diferentes edades?
  • ¿Cómo aplica esta verdad a los no creyentes?
  • ¿Cómo aplica a personas de diferentes niveles de madurez espiritual?

He escuchado prédicas en las cuales ninguna aplicación aparece hasta la oración final y creo que eso es lamentable. Al usar el método retórico incluiremos diferentes aplicaciones en cada sección del sermón. Creo que esto contribuye a los tres aspectos del triángulo retórico porque muestran que el predicador entiende cómo la verdad de Dios puede plasmarse en la vida de la congregación (ethos); las aplicaciones se conectan con las emociones de la congregación (pathos) y apoyan la lógica de la prédica (logos), ya que si entendemos cómo aplicar un pasaje entendemos mejor su significado.[3]

E. Exhortación:

Si la predicación es hablar “de parte de Dios y delante de Dios”, como dice Sugel Michelén, no podemos dejar a un lado la exhortación. Entiendo la exhortación de una manera amplia. Toma múltiples formas: el predicador anima, advierte, consuela, o hasta ruega (2 Co. 5:20).

A veces no incluyo la exhortación en todos los encabezados, pero la pongo inicialmente en el bosquejo hasta determinar si voy a incluirla o no en esa sección de la prédica. De todas maneras, es imprescindible incluirla al final del mensaje. Toda prédica debe llevar a la audiencia a responder ante la Palabra. Como Elías, debemos exhortar a los oyentes a tomar una decisión clara (1 R. 18:21).

En este paso, la audiencia debe poder ver nuestra pasión por la gloria de Dios y su evangelio. Las emociones (pathos) bien dirigidas por la verdad de Dios (logos) son legítimas y buenas. Conocer al Señor Jesucristo produce gozo y esto debe palparse en la predicación. Si los oyentes salen de la reunión pensando que han escuchado una buena lección de historia o interpretación bíblica, no hemos logrado el propósito principal de la predicación porque la predicación verdadera apunta a la transformación espiritual de los oyentes a través de la salvación y la santificación (Rom. 11:33-12:3). La vida transformada del predicador le da credibilidad (ethos) para exhortar a la audiencia.

Espero que este proceso retórico pueda ayudarte en la predicación expositiva para la gloria de nuestro Dios, la santificación de los creyentes, y la salvación de los que no conocen a nuestro Salvador.


[1] Sobre el cristiano y la filosofía, véase: ¿Por qué estudiar filosofía?
[2] Solo el Espíritu Santo puede efectuar cambios espirituales en los oyentes (Jn. 16:8-11). Sin embargo, la buena organización del sermón apoya su obra.
[3] Michelén, S. (2016). De parte de Dios y delante de Dios: una guía de predicación expositiva. Nashville, TN: B&H Español. Cap. 12. Loc. 2928. Edición de Kindle.
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Sobre el autor

Jonathan Boyd es misionero con ABWE (Association of Baptists for World Evangelism) y uno de los pastores en la Iglesia Cristiana Bautista Impacto Bíblico, en Santa Marta, Colombia. Es casado y padre de cuatro hijos. Tiene dos maestrías de Faith Baptist Theological Seminary (Ankeny, Iowa, Estados Unidos) y una de la Universidad de Birmingham (Reino Unido). Puedes seguirlo en Twitter @Joncolombia75.

Necesitas un corazón enseñable

Por: PLINIO OROZCO
Fuente: Coalición por el Evangelio

Los reformados nos caracterizamos por un amor profundo por la verdad. Siempre estamos dispuestos a evaluar todo según el estándar de la Escritura, pero en medio de esta preciosa tarea podemos olvidar que tenemos limitaciones. Profesamos algunas doctrinas que son difíciles de explicar y otras en las que nos quedamos cortos a la hora de aplicar. ¿Sabemos completamente como se unen la soberanía divina y la responsabilidad humana? ¿Sabemos explicar a plenitud la Trinidad? ¿Podemos describir perfectamente en palabras humanas la realidad de la humillación de Cristo?

Fui ordenado al ministerio en 2012. Ese mismo año Dios, por su gracia, me permitió conocer las doctrinas de la reforma. Escuché una gran cantidad de sermones cada semana y leí muchos libros en poco tiempo; llegué a pensar que conocía todo lo que debía conocer y que estaba listo para enseñar a otros sin necesidad de que nadie me instruyera sobre estas y otras verdades. Todas estas son evidencias de orgullo: olvidé que tenía limitaciones y manifesté poca gracia a pesar de profesar las doctrinas que exaltan la gracia.

Afortunadamente, Dios fue muy bueno conmigo al concederme un grupo de ovejas que me amaban, oraban por mí y me enseñaban con amor. Yo solo tenía 25 años y la mayoría de mis ovejas eran mucho mayores que yo. Hombres y mujeres temerosos del Señor.

En algunas ocasiones, cuando bajaba del púlpito, ciertos hermanos me corregían con mucha gracia cuando lo consideraban necesario. Comencé a entender que la crítica era un instrumento santificador en las manos del Señor. Dios usó todo esto para el crecimiento de ellos y para mi propio crecimiento.

Humildad sobrenatural

El orgullo es natural en nosotros, pero la humildad es una virtud del Espíritu y, por lo tanto, es sobrenatural. Cada uno de nosotros necesitamos crecer en ella.

La humildad nos permite ser enseñables, elimina la arrogancia que existe en nosotros, acaba con nuestro deseo de siempre tener la razón y golpea fuertemente nuestro anhelo de protagonismo para que, al final, solo Cristo sea admirado. Como escribió Pablo:

«Porque en virtud de la gracia que me ha sido dada, digo a cada uno de ustedes que no piense de sí mismo más de lo que debe pensar, sino que piense con buen juicio, según la medida de fe que Dios ha distribuido a cada uno» (Romanos 12:3).

En el libro Pensamientos para hombres jóvenes, J.C Ryle expresó:

«El orgullo se asienta en el corazón de todos nosotros por naturaleza. Nacimos ya orgullosos. El orgullo nos hace confiar en nosotros mismos, haciéndonos creer que somos suficientemente buenos así como estamos, tapa nuestros oídos para que no escuchemos consejo, nos impulsa a rechazar el evangelio de Cristo, a andar por nuestro propio camino. Pero el orgullo nunca reina con más poder que cuando reina en el corazón de un joven».[1]

El orgullo nos invita a abrazar la tendencia de hablar sobre todos los asuntos para que luzcamos inteligentes, pero la humildad nos invita a reconocer que no lo sabemos todo (1 Co 8:2).

La crítica es inevitable

Vivimos en un mundo marcado por el pecado y nadie podrá escapar de la crítica, mucho menos los líderes jóvenes. Estamos a la vista de todos y, debido a nuestra juventud, son muchas las cosas que necesitamos aprender. Si no poseemos un corazón enseñable le causaremos mucho daño a nuestra alma y a todos los que estén a nuestro alrededor. Que la crítica no nos sorprenda. Más bien, ¡preocupémonos cuando nadie nos corrija! Debemos alarmarnos cuando todos nos adulen y siempre hablen bien de nosotros (Lc 6:26).

Para desarrollar un corazón enseñable, considera cuatro elementos importantes:

Primero, reconoce tus limitaciones. Fue Sócrates quien dijo: «Todo lo que sé es que nada sé». Reconocer que no lo sabemos todo nos guardará de apoyarnos en nuestra propia sabiduría y nos permitirá escuchar el consejo de otros. «No seas sabio a tus propios ojos; teme al Señor y apártate del mal» (Pr 3:7).

Segundo, que tu meta sea exaltar a Dios y no la imagen que deseas proyectar a otros. Cuando hagamos esto evitaremos resistirnos a las críticas. Las críticas nos recuerdan nuestras imperfecciones y pecados. Al escuchar, reconociendo honestamente que existen áreas que necesitamos cambiar, mostraremos a los demás nuestra profunda necesidad de gracia y la realidad de que la excelencia solo está en Cristo.

Tercero, odia el orgullo y ama la humildad. Todo verdadero cristiano está siendo transformado por el poder del Espíritu Santo. En esa transformación Dios nos conduce a amar lo que Él ama y a odiar lo que Él odia (Pr 8:13). No es en vano que alguien dijo muy sabiamente: «El orgullo y la piedad no caminan juntos».

Finalmente, ora a Dios para que te conceda más de su gracia transformadora para tener un corazón humilde, que es lo mismo que tener un corazón enseñable.

Después de nueve años en el ministerio, continúo inclinándome hacia el orgullo. Necesito seguir creciendo en esta virtud cristiana conocida como humildad. ¡Gloria a Dios por su gracia, que nos muestra nuestra debilidad y nos transforma a la imagen de Cristo!


[1] Pensamientos para hombres jóvenes, p. 10.

Sobre el Autor...

Plinio Orozco es uno de los pastores de Iglesia Bautista Reformada Trono de Gracia, en Caracas, Venezuela, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios. Esta casado con Katherine desde el año 2010. Puedes encontrarlo en Twitter e Instagram.

Nuestro Abogado y Defensor Jesucristo: 1 Juan 2:1-2, por Howard Marshall

Por: Howard Marshall
Fuente: Teología para Vivir

Hace unas semanas el ministerio ‘Teología para Vivir’, en colaboración con la Iglesia ‘La Capilla de la Roca’, comenzaron una serie de sermones expositivos en 1 Juan. Cada sermón está acompañado de una exposición de la Palabra en video, el bosquejo y contenido del sermón preparado por el expositor, así como un comentario adicional de acuerdo al pasaje en cuestión. La finalidad de esto es poder ayudar y motivar a los predicadores a predicar expositivamente de las Escrituras. El comentario que se presenta a continuación, esperamos que sirva como un complemento al sermón y el bosquejo, a fin de facilitar aún más a los predicadores la preparación de sus sermones expositivos.

Nuestro abogado y defensor Jesucristo: 1 Juan 2:1-2

  • Para ver el video del sermón, aquí.
  • Para ver el bosquejo del sermón, aquí.
  • Para ver el comentario exegético del sermón, aquí.

Nuestro abogado y defensor Jesucristo: 1 Juan 2:1-2

1 Juan 2:1–2

Verso 1. Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos Abogado (Intercesor) para con el Padre, a Jesucristo el Justo.

 

Verso 2. El mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

Comentario.

Verso 1. Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos Abogado (Intercesor) para con el Padre, a Jesucristo el Justo.

En este punto hay una breve pausa en el pensamiento, indicada por el «hijitos míos» dirigido por el autor a sus lectores.19 En los versículos anteriores ha tenido muy presentes a sus opositores, y ha citado la clase de afirmaciones que hacen, por las cuales otros miembros de la iglesia podrían ser desviados. Ahora dirige su atención más específicamente a los miembros de la iglesia y les hace una exhortación. El que haya escogido la palabra «hijitos» indica la cariñosa preocupación que tiene por ellos. Cuando los describe como hijos de Dios, emplea otra palabra griega (3:1).20 Es interesante notar que, aunque Jesús ordenó a sus discípulos no llamarse «padre» unos a otros (Mt. 23:9), a menudo se compara la relación del pastor con su congregación con la de un padre con sus hijos, y los pastores no tenían reparos en dirigirse a sus congregaciones como «hijos» (e.g., 1 Co. 4:14, 17; Gá. 4:19; 1 Ti. 1:2; Flm. 10; 3 Jn. 4).

En los versículos anteriores Juan había hecho hincapié en el hecho de que los cristianos no estaban libres del pecado. Era posible que sus lectores interpretaran esto21 como una licencia para pecar. Si una de las características de los cristianos era el pecado, y se podía conseguir el perdón gratuitamente, los lectores bien podían reaccionar como aquellos que decían: «¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?» (Ro. 6:1). Juan, por tanto, tenía que poner muy en claro que lo que él buscaba era que los cristianos no pecaran. El pecado no confesado era incompatible con la comunión con Dios. El propósito de Juan, por tanto, era que sus lectores reconocieran su pecado y lo confesaran, y también que se esforzaran por vivir sin pecado. Es fácil vivir sin pecado si uno niega que sus actos son realmente pecaminosos. Juan desea que sus lectores se den cuenta del hecho de que el pecado lo penetra todo … y que, sin embargo, vivan sin pecar.

Luego de insertar esta nota casi parentética, regresa por tercera vez al tema del perdón. Existe un remedio para aquellos que pecan y lo confiesan, y consiste en el hecho de que «tenemos a uno que habla ante el Padre en defensa nuestra.» Así parafrasea la NIV la palabra griega que generalmente se traduce como «abogado». La palabra castellana se basa en el latín advocatus, que a su vez corresponde al griego paraklētos, y significa literalmente «uno llamado al lado (para ayudar)». En este contexto, indudablemente significa un «abogado» o «defensor», en un contexto legal. Significa una persona que intercede en favor de otro. Hay buena evidencia de que éste era uno de los significados de la palabra griega, y era común en el Antiguo Testamento y en el trasfondo judío del Nuevo Testamento. Pablo también habla de Jesús como el que está a la diestra de Dios e intercede por nosotros (Ro. 8:34). Esta es la idea que se encuentra aquí. No tenemos nada que argumentar ante Dios para ganar el perdón por nuestros pecados, pero Jesucristo actúa como nuestro abogado y presenta su defensa en favor nuestro.22 Se lo describe como justo. A Juan le gusta emplear este adjetivo con respecto a Jesús, especialmente cuando piensa en Jesús como un ejemplo que deben seguir los cristianos (2:29; 3:7). También Pedro describe a Jesús en esta forma cuando contrasta la inocencia de Jesús con la maldad de los que lo mataron (Hch. 3:14; cf. 7:52), pero sobre todo se refería a Jesús como el Justo que murió por los injustos, para llevarnos a Dios (1 P. 3:18).23 Esta es la idea que se encuentra aquí. Jesucristo no solamente no tiene pecados propios por los cuales deba sufrir, sino que tiene la capacidad de interceder por otros, por cuanto no ha sido contaminado por el pecado. Puede, por así decirlo, presentar su propia justicia ante Dios y pedirle que perdone a los pecadores en base a su acto justo.24

Verso 2. El mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.  

Pero ¿cuál es precisamente el fundamento sobre el cual el abogado basa su caso? Juan pasa a elucidar el pensamiento describiendo a Jesús como «la propiciación» (hilasmos) por nuestros pecados. El único otro lugar del Nuevo Testamento donde se encuentra esta palabra es 4:10,25 y ha dado lugar a considerable debate, por no decir controversia. Cuando la palabra aparece fuera de la Biblia, transmite la idea de una ofrenda presentada por el hombre con el fin de aplacar la ira de un dios a quien ha ofendido. Era un medio de hacer cambiar al dios de una actitud de ira a una actitud favorable dándole algo para compensar por la ofensa que había sufrido. En la versión griega del Antiguo Testamento, sin embargo, el significado es debatible. Westcott y Dodd afirman que, mientras en el griego secular el objeto de la acción del verbo correspondiente es el dios ofendido, en el Antiguo Testamento el objeto es la ofensa misma, y de allí concluyen que «el concepto de la Escritura … no es el de apaciguar a alguien que está airado y que tiene un sentimiento personal contra el ofensor, sino el de cambiar el carácter de aquello que ocasiona desde fuera una necesaria separación y coloca un obstáculo inevitable a la comunión.»26 Esta opinión fue fortalecida al hacer notar que Dios mismo puede ser el que provee el sacrificio. La conclusión era que en las fuentes seculares la palabra significa «propiciación», i.e., un medio para aplacar a una persona ofendida, pero en la Biblia significa «expiación», i.e., un medio para neutralizar el pecado y anularlo. Como ninguna de estas palabras es de uso común hoy día, algunas versiones modernas ofrecen una paráfrasis. La Versión Ecuménica combina las dos ideas al traducir «sacrificio de purificación», ya que el «sacrificio» es algo que se ofrece a Dios y la «purificación» es algo que se hace debido al pecado. La Versión Popular dice: «Jesucristo se ofreció para que nuestros pecados sean perdonados»; mientras que la Biblia para Latinoamérica traduce: «El es la víctima por nuestros pecados».

La interpretación de la evidencia de Westcott y Dodd ha sido fuertemente cuestionada por L. Morris y D. Hill.27 Estos dos eruditos han demostrado que a menudo en el Antiguo Testamento está presente la idea de aplacar la ira de Dios cuando se usa el grupo de palabras en cuestión, y concluyen que lo mismo es verdad en el Nuevo Testamento. El sentido del pasaje en 1 Juan, entonces, sería que Jesús propicia a Dios con respecto a nuestros pecados.28 No cabe duda de que éste es el significado. En el versículo anterior Jesús actúa ante Dios como nuestro abogado. La imagen que continúa en este versículo es la de Jesús abogando por la causa de los pecadores culpables ante un juez a quien se le pide el perdón de una culpa que ellos reconocen. No se le está pidiendo que los declare inocentes, i.e., que diga que no hay evidencia de que hayan pecado, sino más bien que les conceda el perdón por el pecado que reconocen. Para que se conceda el perdón, se realiza una acción con respecto a los pecados que tiene el efecto de volver a Dios en favor del pecador. Si deseamos, podemos decir que los pecados son cancelados por dicha acción. Esto significa que una acción tiene el doble efecto de expiar el pecado y así propiciar a Dios. Estos dos aspectos son inseparables, y una buena traducción tratará de transmitir los dos.29

El sacrificio propiciatorio, naturalmente, es la muerte de Jesús. Esto es evidente por el hecho de que en la afirmación paralela de 1:7 es la sangre de Jesús la que nos limpia de todo pecado. La sangre es una metáfora de la muerte sacrificial.

Se deben notar dos puntos importantes. El primero es que Jesús es tanto el abogado como el sacrificio propiciatorio. Lo que ruega por los pecadores es lo que él mismo ha hecho a su favor. Esto es lo que lo hace para ellos un abogado justo. El segundo punto es que los términos de abogado y sacrificio parecen colocar a Jesús en contraste con Dios como si Dios tuviera que ser persuadido por un tercero de que nos perdone. Una debilidad inherente a la imagen que se emplea aquí es que corre el peligro de presentar a Dios como un juez reacio, a quien el abogado tiene que arrancar el perdón para los pecadores. Pero ésta sería una conclusión falsa. Ya en 1:9 Juan ha hecho hincapié en que Dios es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y en 4:9s. une su poderosa voz al coro del Nuevo Testamento que declara que fue Dios el Padre quien dio a Jesús su Hijo para que fuera el sacrificio propiciatorio por nuestros pecados. Es Dios mismo quien provee el medio de nuestro perdón y paga el costo. El término «abogado», en última instancia es inadecuado para expresar la paradoja del Dios ofendido que perdona por sí mismo nuestras ofensas dando a su propio Hijo para que sea nuestro Salvador.

Pero no es esto lo único de lo cual debemos admirarnos.30 En una de las típicas ideas que agrega, Juan añade que la eficacia de este sacrificio no se limita a los pecados del grupo particular de sus lectores, sino que alcanza a toda la humanidad.31 La provisión universal implica que todos los hombres la necesitan. No hay camino a la comunión con Dios excepto por el perdón de nuestros pecados por medio del sacrificio de Jesús. Al mismo tiempo, Juan descarta la idea de que la muerte de Jesús sea de eficacia limitada: la posibilidad del perdón es cósmica y universal. Como suele suceder, Carlos Wesley captó la idea admirablemente cuando escribió:

Sufrió para al mundo redimir; Propiciación por todos realizó; Por los que no vendrán a él El precio de su vida dio.32

La enseñanza de Juan en esta sección se levanta contra los errores de la iglesia de hoy que reflejan los del siglo i. Uno de estos errores es la idea de que los actos pecaminosos no nos privan del acceso a Dios. Los hombres modernos tratan el pecado con ligereza, y en la medida en que creen en Dios, tienen la convicción de que él es bastante tolerante con nuestras flaquezas y faltas. No se toma con la suficiente seriedad el mensaje de que Dios es luz. Probablemente pocas personas negarán que las acciones deliberada y claramente malas son incompatibles con la religión verdadera. Lo que niegan es que alguno de sus propios actos caiga en esa categoría. Hay un rechazo a medir las acciones por las normas de Dios. El otro error es la pretensión de no tener pecado. Sea lo que fuere que se diga posteriormente en esta epístola, aquí Juan se muestra muy firme contra cualquier pretensión de perfección que puedan tener los cristianos. Ninguno de nosotros está libre de pecado; ninguno de nosotros puede pretender que no necesita la limpieza ofrecida por Jesús a los pecadores.[1]

Adaptado de: I. Howard Marshall, Las Cartas de Juan (Buenos Aires; Grand Rapids, MI: Nueva Creación; William B. Eerdmans Publishing Company, 1991), 111-116.

 

Notas:

19 Las versiones castellanas traducen bien el griego teknion, literalmente «niñito», una forma diminutiva que expresa afecto.

20 Respecto a teknion, ver 2:12, 28; 3:7, 18; 4:4; 5:21. Juan usa también paidion (2:14, 18) en el mismo sentido.

21 Tauta se refiere a lo que acaba de escribir, pero el autor puede estar pensando en la epístola en su totalidad; cf. 5:13.

NIV New International Version

22 El significado de paraklētos en Juan 14–16 puede ser diferente del de este pasaje. No es necesario tratarlo aquí. Ver J. Behm, TDNT V, 800–814; R. E. Brown, The Gospel according to John, Nueva York, 1967, y Londres, 1971, II, 1135–1144; O. Betz, Der Paraklet, Leiden, 1963.

23 J. Jeremias, TDNT V, 707, sostiene que lo que aquí tenemos es un título mesiánico tradicional que se remonta a Isaías 53:11; cf. Enoc 38.2; 53.6

24 Posiblemente el pensamiento sea que su defensa no se basa en una vana pretensión.

25 Se emplean otras palabras de la misma raíz: hilaskomai en Lc. 18:13 y He. 2:17; hilastērion en Ro. 3:25 y He. 9:5; y hileōs en Mt. 16:22 y He. 8:12.

26 Westcott, 85–87; C. H. Dodd, «Hilaskomai, its cognates, derivatives and synonyms in the Septuagint», JTS 32, 1931, 352–360; reimpreso en The Bible and the Greeks, Londres, 1935, 82–95.

27 Ver L. Morris, The Apostolic Preaching of the Cross, London, 19653, caps. 5 y 6; D. Hill, Greek Words and Hebrew Meanings, Cambridge, 1967, cap. 2. Ver además R. R. Nicole, «C. H. Dodd and the Doctrine of Propitiation», Westminster Theological Journal 17, 1954–1955, 117–157; ídem, «‘Hilaskesthai’ Revisited», EQ 49, 1977, 173–177; N. H. Young, «C. H. Dodd, ‘Hilaskesthai’ and his critics,» EQ 48, 1976, 67–78.

28 El griego peri; cf. 4:10; 1P. 3:18. Ver también He. 5:3; 10:6, 8, 18, 26; 13:11; Riesenfeld, TDNT VI, 53–56.

29 El problema es si la acción tiene principalmente el propósito de expiar el pecado o de propiciar a Dios. El argumento común de que no puede estar presente la idea de propiciación porque es Dios quien provee el medio no puede aplicarse a este pasaje, ya que es Dios ante quien aboga el Hijo. (Por esta razón H. Clavier se equivoca al interpretar el pasaje en el sentido de que Dios ofrece la propiciación a los hombres con el fin de ganarlos y de que abandonen la oposición a él: «Notes sur un mot-clef du johannisme et de la sotériologie biblique: hilasmos», NovT 10, 1968, 287–304.) El hecho sería que el grupo de palabras puede tener diferentes matices en diversos contextos, y en algunos casos tiene el sentido de expiación (cf. 2 R. 5:18; Sal. 25:11; Sir. 5:5s.), mientras que en otros tiene el sentido de propiciación. Ver además J. D. G. Dunn, «Paul’s Understanding of the Death of Jesus», en R. J. Banks (ed.), Reconciliation and Hope, Grand Rapids/Exeter, 1974, 125–141, especialmente 137–139.

30 Nótese el extraño empleo de de tan avanzada la oración (BD 4752).

31 Cf. Jn. 1:29. La opinión de Westcott (44s.) de que debemos traducir «sino por todo el mundo» parece demasiado sutil.

32 The world He suffered to redeem;

For all He hath the atonement made;

For those that will not come to Him

the ransom of His life was paid.

«Father, whose everlasting love.» (The Methodist Hymnbook, Londres, 1933, No. 75).

[1] I. Howard Marshall, Las Cartas de Juan (Buenos Aires; Grand Rapids, MI: Nueva Creación; William B. Eerdmans Publishing Company, 1991), 111–116.

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Sobre el autor...

Howard Marshall (1934-2015),D.D. (Ashbury University); BA (Cambridge University); MA; BD; PhD (University of Aberdeen),ministro metodista Escoces, es considerado uno de los eruditos del Nuevo Testamento más importantes del siglo XX. Fue profesor emérito de Nuevo Testamento y Exegesis de la Universidad de Aberdeen en Escocia. Marshall también ocupo la catedra principal de la Asociación para la Investigación Bíblica y Teológica Tyndale, así también fue el presidente de la Sociedad Británica del Nuevo Testamento, entre otros muchos. Marshall tuvo un largo y fructífero matrimonio con Joyce, de quien tuvo cuatro hijos. Joyce fue con el Señor en 1996. Entre sus numerosas publicaciones tenemos; ‘Lucas: Historiador y Teólogo’(1989); ‘Los orígenes de la Cristología del Nuevo Testamento’ (1990), ‘Hechos’, (1980), ‘Jesús el Salvador: Estudios en la Teología del Nuevo Testamento’ (1990); ‘Un Comentario Crítico Exegético a las Epístolas Pastorales’, (1999); ‘Concordancia al Texto Griego del Nuevo Testamento’, (2002); ‘Mas allá de la Biblia: Pasando de la Escritura a la Teología’, (2004); ‘Teología del Nuevo Testamento: Muchos Testigos, un solo Evangelio’ (1994); ‘Perspectivas sobre la Expiación’ (2007), etc.

La Reforma Protestante: 3 mitos y verdades

Por: ARTURO PÉREZ
Fuente: Coalición por el Evangelio

Recuerdo cuando, siendo un niño en la escuela, vi por primera vez el retrato de Martín Lutero en un libro de historia. Leí que este monje alemán inició la llamada Reforma Protestante en el siglo XVI, al clavar sus 95 tesis en las puertas de la Catedral de Wittenberg (Alemania) el 31 de octubre de 1517.

En ese momento yo no comprendía de qué se trataba esta Reforma, por qué protestaban, y mucho menos cómo podrían clavar 95 tesis en una puerta, pues en mi mente infantil pensaba que una “tesis” era un volumen muy extenso de información que se presentaba para lograr un grado académico en la universidad.

En mi adolescencia me explicaron que, en este contexto, una tesis no es más que una declaración o proposición a ser demostrada, y que estas 95 tesis eran oraciones de pocas líneas. Con el tiempo tuve la oportunidad de leerlas por mí mismo, incluso en el idioma original en que Lutero las escribió. Así entendí mejor la preocupación de este monje —quien también fue doctor en teología y profesor en la Universidad de Wittenberg— por lo que pasaba en la iglesia de la época que le tocó vivir.

Pero luego descubrí que no todo lo que aprendí en la escuela sobre Lutero y la Reforma Protestante fue de acuerdo a los hechos. En los últimos 500 años surgieron algunos mitos y leyendas, o más bien imprecisiones sobre el origen de este movimiento que cambió al mundo. Estos son tres mitos y verdades sobre la Reforma Protestante:

Mito #1: “Lutero clavó sus tesis en Wittenberg el 31 de octubre de 1517”.

Lutero no clavó ningún documento en las puertas de Wittenberg el 31 de octubre de 1517. Más bien, envió una importante carta, escrita de manera respetuosa y apropiada, dirigida al arzobispo Albrecht de Mainz, en Magdeburg (Alemania), incluyendo las 95 tesis para su consideración.[1]

El motivo de la carta y las tesis fue la venta de indulgencias en Wittenberg que buscaban recaudar fondos para la construcción de la basílica de San Pedro. Estas indulgencias eran mercadeadas con la autoridad de Albrecht de Mainz. Lutero quería hacerle saber su punto de vista teológico al arzobispo para evitar que los feligreses tropezaran ante este error, ya que solo Cristo, y no el papa, tiene el poder de perdonar pecados.

La idea de las indulgencias venía del concepto del “tesoro del mérito”. La iglesia de Roma decía que María y otros santos “llenos de gracia” poseían tantos méritos en exceso, que había un “tesoro del mérito” en el cielo disponible para los pecadores que los necesitaran. Sin embargo, para poder apropiarse de tales méritos, el pecador no tiene otra vía que la iglesia, la cual posee “las llaves del tesoro del mérito” para aplicarlos a través de los sacramentos.

De ahí que la Iglesia Católica Romana sigue enseñando que, aunque la justificación es recibida en los méritos de Cristo por medio del sacramento del bautismo como instrumento de salvación, los pecados mortales nos hacen caer del estado de justificación. Para mantener ese estado de gracia, es necesario el ejercicio del sacramento de la reconciliación mediante penitencias, esto es, ciertas oraciones y sacrificios que el penitente debía ejercitar para mantener y lograr su estado de justificación por medio de estos “méritos adecuados” (de congruo). De esta manera, Roma niega la enseñanza bíblica de la justificación por la fe sola.

Roma reafirmó su posición en el Concilio de Trento (1545-1563) en respuesta a la Reforma.[2] La idea de Roma era que estas indulgencias vendidas servirían al penitente como un certificado de que ejercitaba la penitencia debida, tomada del “tesoro del mérito”, bajo la insignia del papa, para obtener el perdón de pecados y la liberación del alma del purgatorio después de la muerte.

Hoy celebramos la Reforma el 31 de octubre porque en esa fecha Lutero envió la carta mencionada. Pero las 95 tesis no fueron clavadas por Lutero en las puertas de Wittenberg sino por algún custodio del edificio, que lo haría en el transcurso de las siguientes dos semanas, como parte de sus funciones de publicar este tipo de documentos de interés para los estudiantes de la universidad. Las puertas de la iglesia servían como tablero de boletines para publicación de anuncios.[3]

La imagen de Lutero clavando sus tesis en Wittenberg fue una figura usada por Philip Melanchthon, un colaborador de Lutero que no estaba presente en Wittenberg para esa época. Al pasar los años, Melanchthon quiso ilustrar el poder de Dios prosperando lo que cualquier maestro responsable, que enseña la verdad de Dios, debería hacer: exaltar la verdad del evangelio públicamente.

Verdad #1: ¡Lutero no clavó las tesis en las puertas de la catedral de Wittenberg!

Mito #2: “La Reforma Protestante se llamó así desde el inicio porque buscó protestar contra la iglesia”.

Cuando Lutero escribió sus tesis no tuvo intención de entregarlas al público para “protestar” contra la iglesia. De hecho, él pensaba que tanto el arzobispo como el papa estaban ajenos a esta situación de la venta de indulgencias en Wittenberg, y más bien quería alertarlos del error teológico. Él también quería discutir las tesis entre sus estudiantes, pero lo primero que sucedió fue que los estudiantes que vieron la publicación tradujeron el documento del latín al alemán, y en la providencia de Dios se difundió rápidamente.

Si queremos identificar un momento cuando el movimiento de la Reforma Luterana se declara públicamente en contra de Roma, podríamos sugerir el instante cuando Lutero, en 1520, recibe una bula papal llamada Exsurge Domine (“levántate, Señor”). El papa León X decía en ella que “un cerdo salvaje ha entrado en la viña del Señor”, y ordenaba que las obras literarias de Lutero fueran quemadas, dándole al monje 60 días para retractarse y someterse a la autoridad de Roma. En respuesta, Lutero quemó esta bula públicamente con otros libros que eran considerados “los peores proponentes de las doctrinas papistas”.[4] Luego Lutero comparecería ante la Dieta Imperial reunida en Worms (Alemania) en 1521 donde no se retractó.

Entonces, ¿cómo surgió el término “protestante”? Vino a surgir en 1529, alrededor de un tema político en Alemania en cuanto a la libertad de cultos. Para 1526 se había dado libertad a los estados alemanes para elegir su propia preferencia religiosa. Austria y algunos estados del sur de Alemania optaron por el catolicismo romano, mientras que otros comenzaron a implementar la Reforma Luterana. Para 1529 hubo una Segunda Dieta en Espira (Alemania), con una gran oposición de los católicos romanos reconfirmando el edicto de Worms contra las enseñanzas de Lutero, lo cual fue una amenaza de intervención imperial (de Roma) contra Alemania. “Esto llevó a los príncipes luteranos a presentar una protesta formal, recibiendo así el nombre de ‘protestantes’”.[5]

De hecho, en el sentido estrictamente histórico, la Reforma se compone de cuatro movimientos: luteranos, reformados (Calvino), Radicales (anabaptistas), y la contrarreforma de Roma. El término “Reforma Protestante” trata de identificar solo el pensamiento teológico de los primeros dos movimientos; esto es, los reformadores seguidores del pensamiento de Lutero (ubicados principalmente en Alemania y otros lugares) y, por otro lado, los reformadores en Suiza y el resto de Europa (que siguieron el pensamiento de Zuinglio, Bucer, Calvino, Beza, etc.). Por tanto, utilizar el término “protestante” en los inicios de la reforma, es “en un sentido estricto, un anacronismo”.[6]

Verdad #2: Lutero y sus seguidores en un principio no protestaron contra Roma.

Mito #3: “La reforma inició y concluyó durante el siglo XVI”.

Jesús citó al profeta Isaías para señalar un mal presente en medio de los creyentes que han profesado la fe a través de los tiempos: “Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mí” (Mt.15:8). De hecho, pilares de la iglesia como el apóstol Pedro y Bernabé cayeron en hipocresía debiendo ser confrontados públicamente para preservar la pureza del evangelio (Gá. 2:11-14 cf. Hch. 15:7-9).

Así podríamos citar ejemplos anteriores a la Reforma del siglo XVI, como el caso de Agustín de Hipona (354 – 430) quien denunció la herejía de Pelagio; o el caso de John Wycliffe (1320 – 1384) y Jan Hus (1369 – 1415), quienes llamaron la atención a la iglesia de su tiempo afirmando que la Escritura (y no el papa ni la Iglesia) es la suprema autoridad para la vida del creyente (Sola Scriptura). En otras palabras, el espíritu de la Reforma ni comenzó ni concluyó en el siglo XVI. En cambio, siempre ha estado y estará presente en tanto que el Espíritu de Cristo continúa obrando en medio de su pueblo.

La frase  ecclesia reformata, semper reformanda (“la iglesia reformada siempre se está reformando”) aparece en un libro escrito por Jodocus van Lodenstein en 1674. Van Lodenstein era un ministro de la Iglesia Reformada de las Provincias Unidas (hoy Países Bajos). Van Lodenstein fue testigo de muchos cambios en la iglesia reformada, entre ellos el desarrollo de la teología del pacto y las batallas internas de iglesias locales en cuanto al uso del órgano como instrumento musical en la adoración pública.

¿A qué se refería entonces Jodocus van Lodenstein con su frase “la iglesia reformada siempre se está reformando”? El teólogo Robert Godfrey dice que Lodenstein “creía que la Biblia era clara en temas de doctrina, adoración, y gobierno, y que las iglesias reformadas habían reformado estos asuntos correctamente”.[7] Van Lodenstein pertenecía a una corriente de reformados pietistas de los Países Bajos, similar a los puritanos de Inglaterra. El sentir y la preocupación de estos grupos era que, luego de que las iglesias pasan por un proceso de reforma al regresar a la Escritura, la cual nos redarguye de pecado por medio de la Ley de Dios, debemos anunciar a la gente la Palabra de Cristo (el evangelio), la cual continúa creando fe en nuestro corazón. En otras palabras, lo que siempre necesita reformarse en la iglesia es el corazón humano por medio del evangelio.

Debido al pecado remanente en el creyente, es fácil llegar a confiar en nuestras propias prácticas religiosas y obras imperfectas, antes que en la obra perfecta de Cristo. Todos caemos en algún momento en honrar a Dios de labios mientras nuestro corazón se aparta de Él (Mt. 15:8). En nuestro afán de “agradar a Dios” dejamos a Cristo atrás. Sin darnos cuenta, hacemos un ídolo de la plataforma religiosa con el fin de buscar beneficios personales: fama, poder, vanagloria, riquezas, justicia propia, o cualquiera que sea la lista de ídolos de nuestro corazón.

A pesar de nosotros mismos, la buena noticia es que la Iglesia sigue siendo reformada por la acción del Espíritu de Cristo obrando en nosotros, de manera constante, una y otra vez. El Espíritu nos ilumina, reformándonos y mostrándonos nuestro pecado por medio de la Ley de Dios, al tiempo que sigue creando fe y transformando nuestro corazón por medio del evangelio de Cristo. “La fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo” (Ro.10:17). En tanto haya mensajeros de Dios predicando la Palabra de Cristo, la iglesia reformada siempre se está reformando.

Verdad #3: La Reforma no empezó con Lutero y continúa en nuestros días.


[1] Eric Metaxas, Martin Luther: The man Who Rediscovered God and Changed the World (New York: Penguin Books, 2018), 107.
[2] Theodore Alois Buckley B.A., The Canons and Decrees of the Council of Trent (London: Aeterna Press, 2014), Kindle, Loc.1032. (“On Justification,” Canon XXIV).
[3] Es posible que un número de copias fueran publicadas en las puertas de otras seis iglesias del pueblo de Wittenberg para ese mismo propósito.
[4] Justo González, The Story of Christianity, Volume II: The Reformation to the Present Day (New York: HarperCollins, 2014), 33.
[5] Justo González, The Story of Christianity, Volume II, 44.
[6] Alister McGrath, Reformation Thought (Oxford, UK: Wiley-Blackwell, 2012), 6.
[7] Robert Godfrey, “What Does Semper Reformanda Mean?” en la revista TableTalk, marzo 24, 2017.

Sobre el autor...

Arturo Pérez es miembro del board de directores de Knox Theological Seminary donde obtuvo su grado de Maestría en Estudios Bíblicos y Teológicos. Es autor de Síntesis del Nuevo Testamento (Xulon, 2012) y Síntesis del Antiguo Testamento (Xulon, 2014). Como vocación profesional, Arturo es Ingeniero Industrial enfocado en la Industria de Tecnología y ha estado trabajando en Microsoft Corp por los últimos 20 años. Vive en el sur de la Florida junto a su esposa Jeannie y su hija Priscilla, sirviendo en la iglesia de su comunidad. Puedes encontrarlo en LinkedIn o en Twitter.

4 rasgos que debes buscar en una pareja

Por: David Qaoud
Fuente: Coalición por el Evangelio

Recientemente mi esposa y yo celebramos otro aniversario de bodas. Intercambiamos regalos, vimos el video de nuestra boda y disfrutamos juntos de una cena romántica. Pasamos tiempo en oración, agradeciendo a Dios por nuestro matrimonio y pidiendo muchas décadas más juntos.

Reflexionamos sobre lo bueno y lo malo del día de nuestra boda, así como lo gracioso, como por ejemplo la forma en que el pastor se burló de mí por citar a Charles Spurgeon en mis votos matrimoniales. Nuestro aniversario es un día para regocijarnos en la bondad de Dios.

Me gustaría poder decir que esto es lo que cada pareja cristiana experimenta.

Como pastor, he visto y escuchado mucho sobre la dura realidad de lo que muchos cristianos soportan en el matrimonio. Me rompe el corazón. Pero parte del dolor probablemente se puede evitar si los solteros que desean casarse tuvieran una mejor comprensión de qué buscar en un cónyuge.

Lo que alguna vez pensé

Solía ​​dar consejos matrimoniales como este:

  1. Cásate con alguien que sea cristiano.
  2. Ten en mente la atracción mutua a la hora de casarte.
  3. Si hay fe y atracción mutua, entonces considera el matrimonio.

Mi objetivo al dar este tipo de consejo era evitar la “hiperespiritualización” que a menudo caracteriza al cortejo cristiano. Quería animar a los hombres a ser hombres y pedirle una cita a una de las muchas mujeres valiosas entre ellos.

Pero ahora veo cuán simplista era ese consejo.

Aunque algunos no estén de acuerdo, todavía no creo que debas casarte con alguien que no te parezca atractivo. Eso hará que la intimidad en el matrimonio sea muy decepcionante. Pero si bien la fe mutua y la atracción romántica (en ese orden) son requisitos previos para el matrimonio cristiano, ahora veo que hay más rasgos que buscar en un cónyuge si no quieres sentirte miserable después de decir: “Sí, acepto”.

¿Cuáles son?

1. Mira hacia el futuro, no hacia el pasado

Él era miembro activo de una pandilla en Los Ángeles por varios años. Robó, agredió y ocasionó muchas injusticias. Sin embargo, ahora es un pastor presbiteriano, un maravilloso esposo y padre y abuelo nuevo. Mi amigo es un buen recordatorio de que Jesús puede cambiar la vida de cualquier persona y que el pasado de alguien no es tan importante como su futuro.

La vida de alguien antes de caminar con Dios no es tan importante como hacia dónde se dirige ahora que está caminando con Dios.

Esto puede significar que tu futuro cónyuge tendrá antecedentes sexuales o hasta un hijo. Hay muchos hombres solteros en la iglesia que descartan parejas increíbles porque ella tuvo una relación sexual no cristiana en el pasado.

Muchos cristianos se guardan para el matrimonio (lo que es correcto), pero son presumidos y tibios (lo que está mal). Por el contrario, muchos para quienes el sexo prematrimonial forma parte de su historia, son personas increíblemente piadosas. La segunda persona será un mejor cónyuge, siempre.

Cuando la mujer pecadora demostró su fe en Jesús besando y ungiendo sus pies después de llorar en su presencia, un fariseo cuestionó el conocimiento de Jesús de la mujer (Lc 7: 36–50). Pero Jesús sabía todo sobre su pasado pecaminoso y eligió, gustosamente, perdonarla.

A menudo, aquellos que tienen el “peor” pasado son los mejores cristianos y cónyuges.

2. Busca autocontrol

El autocontrol, con el propósito de glorificar a Dios y servir a los demás, es uno de los indicadores más fuertes del carácter cristiano.

Todo el mundo comete un error y dice algo malo (me declaro culpable) o come demasiadas bolas de helado después de la cena (culpable de nuevo). Sin embargo, en el espectro de áreas de carácter, un patrón de falta de autocontrol debería ser una señal de alerta. Piénsalo dos veces antes de casarte con alguien que no pueda controlar su lengua, su apetito o sus deseos sexuales.

Considera estas dos áreas.

Pornografía: los hombres o mujeres cristianos adictos a la pornografía necesitan saber que son amados por el Dios trino, que hay decenas de consejeros, pastores y recursos listos para ayudarlos y que pueden matar este pecado autodestructivo a través del esfuerzo impulsado por la gracia y el poder del Espíritu Santo.

Pero por ahora, no están listos para casarse.

No te cases con alguien que sea adicto a la pornografía y no le creas si prometen dejar de verla una vez que se casen.

Ira injusta: el cortejo y el compromiso traen un nivel ridículo de incomodidad y tensión, por lo que es normal mostrar molestia o irritación de vez en cuando. No lo tomes en cuenta y sigue adelante. ¿Pero si te alza la voz repetidamente? Eso es una historia diferente. Considera terminar la relación. Por lo general, nos comportamos de la mejor manera cuando estamos en la etapa del noviazgo y luego empiezan las peleas en el matrimonio. Cualquier preocupación con la elección de palabras que escuchas ahora solo se magnificará cuando estén casado.

Una persona que lucha perpetuamente con el autocontrol en múltiples áreas no está lista para el matrimonio.

3. Busca a alguien que camine con Dios

Los sitios web de citas cristianas son una forma viable de conocer a un cónyuge. Palabras claves en su biografía como “cristiana” o “amo a Jesús” pueden iniciar un diálogo sobre el cortejo, pero no entres en una relación con alguien solo porque esa persona dice que es cristiana. Asegúrate de ver evidencia de fruto espiritual antes de una segunda cita.

La santidad personal parece obvia, pero una razón menos obvia para casarte con una persona piadosa es que, para bien o para mal, las personas casadas se contagian entre sí.

Si eres activo en la oración, la iglesia y la lectura de la Biblia cuando estás soltero, pero te casas con alguien que no lo es, tu vida espiritual se verá afectada. Las personas en nuestros hogares moldean lo que hacemos.

Por otro lado, si te casas con alguien que obviamente ama a Jesús y quiere crecer en santificación, entonces la devoción de tu cónyuge hará crecer la tuya.

4. Busca una persona gozosa

La autocompasión es una enfermedad. Todos conocemos a personas que juegan el papel de víctimas, que están convencidas de que merecen una vida mejor. Tal autodesprecio le quita el gozo a la vida y le quitará el gozo a la tuya.

Una vez, un pastor le dio un consejo a su hija el día de su boda: “No dejes que las tristezas de la vida te impidan tener gozo”. Este consejo vale oro.

El pecado personal, el drama familiar, la crianza de los hijos, las luchas financieras y todos los demás efectos de vivir en un mundo caído significan que hay cientos de enemigos diferentes que intentan acabar con tu gozo. La depresión es real. El lamento y el dolor no son solo normales; son sanos. Hay momentos para clamar a Dios y ayudarnos unos a otros a sufrir bien. Pero aun en el dolor más profundo, los cristianos tienen miles de razones para regocijarse en Dios.

El pueblo de Dios no debería caracterizarse por la tristeza durante todo el año. Cásate con una persona que tenga algo de resiliencia, que sepa celebrar. Cásate con una persona que te dé energía y con quien sea divertido estar cerca. Tu cónyuge debe tomar a Jesús en serio, pero no tomarse a sí mismo de esa forma.

Siempre te casas con la persona equivocada

¿Te preocupa que vayas a tomar la decisión equivocada? Anímate: lo harás.

Todo el mundo se casa con la persona equivocada. Todos están equivocados producto del pecado. Sin embargo, una visión sólida de la depravación total y una comprensión firme de la providencia no significa que debas bajar tus estándares sobre con quién te casas. Busca el consejo de personas casadas, piadosas y de confianza. No permitas que un buen deseo de casarte te impida pensar racionalmente sobre las debilidades (y sus posibles consecuencias) en un posible cónyuge.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.

Sobre el autor...

David Qaoud (MDiv, Covenant Theological Seminary) es pastor asociado de la Iglesia Evangélica Bethesda en St. Louis, Missouri, EE. UU. y fundador de gospelrelevance.com. Su trabajo ha aparecido en The Gospel CoalitionFor the Church y Banner of Truth. Vive en Saint Louis (Estados Unidos) con su esposa e hijo.